Tras la lente — Capítulo 02

Nunca hubiera esperado una llamada de buena mañana, pero su teléfono empezó a timbrar como un condenado a eso de las siete. Aún le quedaba una hora de sueño, así que aquello le hizo saltar de la cama para darse la vuelta y cogerlo. Descolgó, sin ser capaz de reconocer el número de teléfono que salía en la pantalla, y maldijo por dentro. Esperaba que se estuviera quemando algo, porque después de irse a dormir a la una, despertarse a las siete no entraba en la categoría de cosas que anhelaba.

— Bonnefoy, espero no pillarte en mal momento —dijo una voz femenina al otro lado del aparato. Al menos sabía qué horas eran, así que hablaba con un tono suave y agradable para el momento—. No sé si me reconoces, soy Elizabeth, de la revista.

— Hola, Elizabeth. Pues bueno, me pillas en la cama, no te lo voy a negar. ¿Ocurre algo? ¿Ya estás por la oficina? —preguntó el rubio sentándose en el colchón. Movió las piernas hacia la derecha y dejó que éstas pendieran sobre el aire hasta tocar el suelo, el cual estaba frío.

— Algunos tenemos horarios inhumanos —comentó tras reír por lo bajo—. Aunque después, en momentos de menos trabajo, vivimos como reyes. Tenemos un problemita por aquí, así que voy a dejarme de rodeos y voy a contarte la verdad. Necesitamos que vengas media hora antes a trabajar, de ser posible. Teníamos preparada una sesión y al final nos ha fallado el fotógrafo. Hemos charlado con el modelo y, después de presentarle diversas opciones, nos ha dicho que le gustaría ver cómo trabajas.

— Ah... Bueno, supongo que podría ir sin problema media hora antes. ¿Pero no tendré ningún problema? Tenía también otra sesión de fotos con Thomas.

— No te preocupes por eso, llamaré a Thomas cuando cuelgue. Si todo va bien, seguramente la sesión de hoy será la última con él en una buena temporada. No sabemos cuándo el fotógrafo de baja podrá regresar, así que, si todo va bien, te asignaremos al modelo hasta nuevo aviso. ¿Tienes algún problema? Si prefieres seguir con Thomas, quizás puedo hablar con él para que le busquemos otro.

Pensó en la idea de pasar más tiempo con Thomas y le dio un escalofrío de los de puro horror. Ese tipo no tenía madera de modelo y no entendía por qué le mantenían en la revista. Quizás se debía al tamaño de su miembro, digno de mención, pero por lo demás... No poseía gran atractivo, no tenía cuerpazo y no sabía posar y ser erótico. Francis tenía que hacer verdaderas maravillas para que las fotos merecieran la pena. Sudaba sangre cada vez que debía editarlas.

— ¿Eh? ¡No, no! Thomas seguro que encuentra otro fotógrafo en la revista que pueda hacer un mejor trabajo que yo —cosa que dudaba profundamente, pero todo fuese por quedar bien—. Entonces hoy tengo dos sesiones, la de la mañana y la de la tarde con Thomas. Entremedio editaré las fotografías. ¿Te parece bien?

— ¡Me parece perfecto! Suena a un buen día de trabajo. Contamos contigo, Francis. Esta es una oportunidad de oro para ti, así que no lo dudes y aprovéchala. No todos los días pasan estas cosas.

— Lo dices como si me hubiese tocado la lotería... ¿Con quién tengo que trabajar a primera hora?

— Ah, es verdad, no te lo había dicho. Se llama Antonio Fernández Carriedo, no sé si habías oído hablar de él, pero tiene bastante fama en la empresa. Trátale bien, que es uno de los mejores modelos que tenemos. Luego hablamos. ¡Adiós!

Escuchó el pitido que avisaba que la conversación se había roto al otro lado y miró ido hacia el suelo, intentando asimilar las últimas palabras que la jefa de Recursos Humanos le había dedicado. ¿Había escuchado bien? ¿Antonio Fernández? ¿El mismo Antonio Fernández que era considerado uno de los mejores modelos y que trabajaba normalmente con un fotógrafo exclusivo? Pues, al parecer, los milagros divinos existían y él acababa de ser testigo de uno.


Antonio Fernández Carriedo, de veintiséis años de edad, se tomaba muy en serio su trabajo a pesar de lo que muchos pensaban del mismo. Por eso, el día que le tocaba asistir a una sesión de fotografía, se armaba de valor, luchaba contra el sueño y se preparaba siete despertadores que terminarían por lograr que saliera de la cama. Despertarse a las cinco y media de la mañana y seguir luciendo sano no era una tarea sencilla. Por ese mismo motivo, aunque sabía que se iba a pringar de diferentes productos, se daba una ducha contundente y se tomaba un café tan cargado que podría resucitar a los muertos, según las palabras de cierto hombre que prácticamente medía dos metros de altura.

Llegó a las oficinas de la revista pronto y empezó a estudiar la temática de las fotografías que tendrían que tomar. Entonces, sin esperarlo, recibió una llamada de Alfred. Hubo una temporada larga en la que se arrepintió de haberle dado su número personal, porque el muchacho no dejaba de llamarle o enviarle mensajes a cada rato, algunos con puras tonterías, pero al final se dio cuenta de que era hasta útil. Igual que con otra persona se hubiera extrañado, cuando Alfred le dijo que se había roto una pierna y que no iba a poder venir, pensó que teniendo en cuenta el ritmo de vida que llevaba, mucho había tardado en suceder.

En la revista, los jefes solían entrar a primera hora, para reorganizar los estudios en caso de ser necesario, así que contactar con ellos no fue complicado. Se sentó en una silla acolchada, cómoda y que se adaptaba perfectamente a su físico, y miró a los dos hombres, alternativamente. El primero, detrás de un escritorio, miraba papeles con pinta ser víctima de los nervios, pero controlándose. El otro, al que conocía de poco, paseaba por la habitación como si estuviera delante de un león y tuviera que moverse para no morir. No entendía por qué a veces la gente de esa revista se sentía tan intimidada por su presencia. Aunque ganara bastante dinero, al fin y al cabo era un hombre normal y corriente.

— Siento mucho esta situación, Antonio —dijo el que estaba sentado—. No podíamos imaginar que Alfred iba a sufrir tal contratiempo. Encima que has llegado tan puntual... Las sesión tenemos que hacerla, o la empresa dejará de darnos su apoyo. Quieren a toda cosa que salgas con su lencería en alguna de las fotografías y deberían aparecer en el próximo número.

— No hay problema. ¿Supongo que podría intentar trabajar con otra persona? —murmuró tranquilo, después de encogerse de hombros. No le mataba, pero, dado el caso, podía hacer el esfuerzo.

— Claro, seguro que encontramos a alguien con quien puedas lograr un buen resultado. ¿Se te ocurre alguien? Podemos sacar una lista de los recomendados e informarte acerca de ellos.

— ¿Quién es el rubio? —preguntó Antonio, prácticamente pisando sus palabras para hacerse oír.

— ¿El rubio? —inquirió el hombre que había estado dando vueltas, por fin deteniéndose, para el agrado del hispano—. ¿De quién hablas?

— Bueno, eso esperaba que me dijeseis. Es rubio, tiene los ojos azules, más o menos de mi estatura... —empezó. Se dio cuenta de que, aún con los detalles, los otros dos tenían cara de confusión— ¡Sí, hombre! ¡Así, con perilla y vestido bastante elegante! El otro día le vi hablando con Honda.

Se hizo un silencio en el que los dos varones desviaron la mirada hacia el techo o el suelo, pensativos, intentando desentrañar el misterio. El del escritorio de repente golpeó la madera y sonrió, victorioso por haber conseguido resolverlo.

— ¡Te refieres a Bonnefoy! Sí, creo que no hay otro así por el edificio —buscó en la base de datos de los fotógrafos y consiguió una imagen, la cual pronto le mostraba en el monitor, que le había girado hacia él—. ¿Es este el hombre al que te refieres?

— ¡Sí, el mismo! —añadió Antonio con una sonrisa—. Pues le quiero a él.

— ¿A él? Pero si es un novato que a duras penas acaba de empezar. ¿No preferirías a alguien más profesional? No sé, quizás Kiku Honda tenga un hueco para hacer tus fotos. Su trabajo es impresionante.

— No os lo toméis a mal, pero he escuchado decir que hace hacer cosas muy raras. Sus fotografías tienen mucho caché, pero no son de mi agrado ciertos aspectos de ellas. Conozco al resto de los fotógrafos porque cuando tuve que conseguirme otro, tuve que intentar trabajar con ellos. En cambio, a éste no le conozco. Le vi el otro día, parece joven y tranquilo. Quizás me equivoque y esté chalado, pero una sesión de fotos no me matará. Si veo que su trabajo es pésimo, siempre podéis hacer todo eso que os gusta tanto de sacar una lista e intentar venderme el que más os guste.

En aquel momento, ninguno supo qué decir en contra de su propuesta. Antonio les proporcionaba el suficiente dinero como para dejarle escoger dónde, cuándo y cómo quería que sus fotos se tomaran. Si de repente le daba por ser excéntrico y jugársela de ese modo, entonces ellos le comunicarían a Bonnefoy que su horario había sido modificado. El hombre de detrás de la mesa asintió con la cabeza y el otro se encogió de hombros. El español sonrió, satisfecho por haber conseguido lo que quería, y se levantó. Tenía que seguir preparándose para la sesión de fotos y ahora que tendría que trabajar con alguien diferente, aún más. Se despidió de los jefes y fue de nuevo hacia la sala donde tendría lugar la sesión. No sabía cómo trabajaría ese hombre, Bonnefoy, pero esperaba que fuese bien.


Después de cinco minutos de prácticamente pánico, durante los cuales las piernas le temblaron a más no poder, Francis recuperó la compostura y se dirigió hacia la oficina donde trabajaba. ¿Y si, al verle, el modelo gritaba que no quería trabajar con él y se marchaba dejándole con un palmo de narices? Eso sería humillante, de verdad. Aquella mañana, el edificio de la revista parecía más frío que de costumbre y éste se le metía en las extremidades, produciendo una sensación de rigidez que no esperaba.

Aunque intentara negarlo, en su interior había un hervidero de nervios. Se asemejaba a estar de regreso en el primer día de trabajo, en el que sabía que se le iba a evaluar de manera estricta. No era para menos, se trataba del modelo más famoso de la revista. Puede que incluso fuera una oportunidad de oro para conseguir un mejor estatus dentro de la jerarquía de la empresa. Codearse con gente importante le volvía a uno más imprescindible de lo que era antes, cuando nadie le conocía.

En el hall principal, en el que se encontraba una hermosa secretaria, la cual siempre iba bien arreglada con un austero traje chaqueta, el pelo recogido y maquillada coqueta, se topó con Elizabeth, la cual poco tenía que envidiarle. Aunque ella no llevaba falda, el pantalón de pinza y la americana de color verduzco le sentaba tremendamente y le marcaban las voluminosas curvas con las que su cuerpo contaba. No negaría que, en alguna ocasión, había pensado en tirarle los tejos a Elizabeth, pero luego siempre terminaba recordando el temperamento de la joven, así que mejor no tentar a la suerte. Aún podría explotarle en las narices.

— ¡Francis! ¡Gracias por venir tan puntual! Te estábamos esperando —dijo la mujer acercándose a él y plantando su mano derecha en el centro de la espalda del galo. Era el lugar ideal para suavemente empujarle hacia el interior del edificio.

— Ahora no vendrás para decirme que lo de esta mañana ha sido una broma, ¿verdad? —preguntó el francés mirándola de soslayo. Ella se rio al darse cuenta de la expresión que había en su rostro.

— Vamos, relájate. Por supuesto que no es ninguna broma. Antonio te está esperando, porque antes quiere presentarse. Ha comentado que sería un poco incómodo desnudarse y dejar que un extraño al que ni siquiera ha saludado le tomara fotos. Parece bastante lógico, ¿verdad?

— Sigo pensando que a mí me incomodaría incluso con alguien a quien conociese de toda la vida. Tiene mérito —comentó casualmente el galo.

Anduvieron por el pasillo que había a la derecha, el cual se prolongaba hasta la esquina del edificio. Conocía esa sala, aunque nunca había entrado en ella, ya que estaba reservada para las grandes sesiones fotográficas, en las que normalmente sólo iban los modelos de élite de la revista erótica. De entre todas, la habitación superaba al resto en tamaño, en equipo y en la gran cantidad de material para ayudar a ambientar las fotografías de los que disponía. Se podía decir que era como el paraíso para un fotógrafo.

Elizabeth abrió la puerta del lugar, pesada, y permitió de esta manera que el rubio vislumbrara el interior. Todo estaba bastante ordenado y gran parte del material se encontraba apilado a un costado, permitiendo tomar panorámicas anchas sin problema. Había un par de camas, de diferentes formas y tamaños, y, sentado en un butacón, con unas gafas de lectura con la montura de color rojizo, se encontraba el modelo, leyendo un libro de cubiertas rojizas. Pronto lo dejó sobre una mesa y se levantó para irles al encuentro.

Antonio estaba vestido con un chándal rojo, con motivos en blanco. ancho, el cual le hacía verse enjuto y más joven de lo que seguramente era. Sus ojos verdes pasaron de Elizabeth a Francis y cuando se dio cuenta de que éste le miraba, entonces el español le sonrió de manera amigable. Algo tenía cuando hacía ese gesto que Francis no podía dejar de observarlo. Fernández le tendió la mano al fotógrafo, sin esperar a que fuese Elizabeth la que les presentara.

— Soy Antonio Fernández, mucho gusto —expuso.

— Yo me llamo Francis Bonnefoy, espero que trabajemos bien juntos —le respondió algo nervioso el de cabellos claros.

— Bueno, chicos, yo tengo muchísimas cosas que hacer, así que os dejaré a lo vuestro. Si termináis y la sala se queda libre, avisad por si alguien la necesita, ¿de acuerdo?

Se despidieron de la jefa del Departamento de Recursos Humanos y cuando ésta cerró la puerta, se quedaron los dos a solas en esa habitación. Después del apretón de manos, se habían soltado y habían observado a la mujer hasta que se perdió de vista. Entonces entornó el rostro y se encontró con la mirada verde del español y esa sutil sonrisa que en esta ocasión le puso nervioso.

— Por un momento pensaba que no te harían venir. Querían enseñarme a un montón de candidatos y empezar a intentar venderme la moto para que escogieran al que preferían. Pero he sido un poco caprichoso y he rechazado su oferta.

— ¿Y por qué yo? —preguntó. Se dio cuenta de que la atención de Antonio de repente se volvía a centrar por completo en él. Sonrió tenso—. Quiero decir, si no es molestia la pregunta.

— Claro que no es molestia, no te preocupes —respondió con una sonrisa conciliadora—. No sé. Nunca he sentido demasiada predilección por ninguno de los demás. Trabajo con Alfred porque es profesional y centrado cuando nos ponemos a trabajar. Fuera del trabajo es un cabeza loca, eso no lo niego. También considero que la gente que empieza en el mundillo merece oportunidades. Como no conozco la manera en la que trabajas, quería ver si tienes talento. Además, te vi el otro día cuando estabas con Honda, así que me viniste pronto a la mente.

— Ya... Gracias por la oportunidad, entonces —comentó. Aún seguía sin entender por qué no había escogido a Honda. Tenía mejor equipo y le consideraba mejor profesional.

— Vamos a sentarnos aunque sea cinco minutos y luego ya empezamos. Prefiero pasar un rato comentando un poco la estrategia para ver si tenemos ideas similares. ¿Te han contado de qué va el tema? —le preguntó Antonio después de tomar asiento en el sillón en el que había estado antes. Se dio cuenta de que el galo, frente al otro mueble, no parecía demasiado convencido—. Siéntate, anda. No comen.

Nunca antes se había sentado un rato a comentar la jugada y eso le parecía raro. Sin embargo, ante la insistencia del hombre con cabellos de color del chocolate, no le quedaba más remedio que tomar asiento y encararle. Le tomó dos segundos el darse cuenta de que Antonio esperaba una respuesta a la pregunta que le había hecho con anterioridad, la cual, por un momento, había olvidado por completo. Se apresuró a negar con la cabeza.

— Me han sacado de la cama prácticamente con la llamada de esta mañana. Lo único que me han dicho ha sido que te tomaría fotos, pero no me han comentado nada más. Si pudieras hacerme un resumen, te lo agradecería de todo corazón.

— Se trata de una empresa de lencería y se dedican a hacer prendas de ropa tanto para hombre como para mujer. Tienen el lema de que la ropa interior incluso puede llegar a ser unisex, por lo tanto han creado una línea que ambigua. Además, dentro de esa línea, existe la gama sensual, para "estimular relaciones" —explicó. Marcó las comillas con los dedos ya que creía que el estímulo dependía de la pareja y de los gustos de cada uno. Podía llegar a ser un incentivo pero, fuera de eso, después dependía de las personas involucradas—. He visto las prendas y poco dejan a la imaginación, la verdad. Quieren unas cuantas fotos en las que se vea bien la prenda, luego unas a medio bajar y ya el resto serán para la revista. Su intención es que todo se publique en el siguiente número, así que les corre cierta prisa. Deberíamos terminarlas hoy todas y te achucharán para que las retoques lo antes posible.

— Tengo tiempo entre tu sesión y la de la tarde, empezaré en cuanto obtenga las tomas que necesito —dijo Francis, profesional, mientras su mente trabajaba ya en decidir las poses y los ángulos que requeriría para obtener un mejor efecto.

— Yo había pensado en que podríamos hacer unas cuantas de pie y ya el resto en la cama. Por supuesto que esto es variable, al fin y al cabo tú eres el que decide cómo quieres que salga y yo simplemente haré lo que me digas. Pero el feedback entre el fotógrafo y el modelo lo encuentro necesario. Cuanto mejor nos entendamos, mejores fotografías obtendremos.

— Me parece una buena idea. Con los otros modelos que he trabajado no había este tipo de conversación, así que a veces trabajar con ellos no era sencillo. Entonces hacemos lo que has dicho. Si veo que alguna posición no me convence, la corregiré. Espero que no te lo tomes como una crítica, que no sería la primera vez que me salen con algo así.

— ¡Por favor...! —dijo Antonio de repente—. No te preocupes, de verdad. Esos que no aceptan un cambio de posición y que creen que es un ataque a su persona son idiotas. El fotógrafo tiene que pelear por obtener el resultado perfecto. Así que te pido que si debo cambiar cualquier mínimo detalle, me lo digas. Te dejo que te prepares con la cámara, yo iré también a acomodarme y cambiarme de ropa.

Asintió con la cabeza y vio que iba hasta un vestidor portable que había en la sala, dispuesto para que cualquiera pudiera desnudarse. Qué ironía que alguien se encerrara entre cuatro paredes de tela para después salir de ellas como Dios le trajo al mundo. Francis no perdió más tiempo en pensar aquello y se puso a asentar su cámara. En primer lugar la aseguró al trípode y después estuvo un rato configurándola, cambiando el diámetro de obertura del obturador y otros detalles. Al rato escuchó la cortinilla correrse y se giró para ver que el hispano salía, vistiendo un albornoz granate oscuro. En ese momento se iniciaba el trabajo y, para que la cosa no fuese tan extraña, el conversar se limitaba a pedirle que moviera una pierna o que se inclinara para ofrecer un plano más agradable. Le hizo un gesto con la mano, indicándole dónde debía quedarse de pie.

Antonio anduvo, descalzo, sobre las baldosas frías hasta llegar al lugar que le había indicado el fotógrafo. Desanudó el cinturón del batín y dejó que éste resbalara grácilmente sobre su piel. Mientras eso ocurría, cierto francés se daba cuenta de que esa intención que en un principio había tenido de no mirar demasiado, seguramente no llegaría a buen puerto. La piel del cuerpo del español, bronceada, con un agradable color tostado, desprendía el olor de la loción que se había untado únicamente para estar más brillante para las fotografías. Para su sorpresa, sus músculos no estaban desaparecidos y se marcaban ligeramente, sin ser exagerado. Su mirada deambuló por aquellos pectorales y abdominales, perdido en cada hueco y sombra que producían contra la piel.

Por si aquella revelación no fuese suficiente, si descendía incluso más, se encontraba con la ropa interior de la mencionada empresa. Se trataba de una tela fina, semitransparente y que presionaba el miembro de Antonio, que buscaba libertad. Cuando llevaba tres segundos mirando directamente a la entrepierna del modelo, se dio cuenta de que no era muy profesional estar examinando las partes nobles de aquella forma. Levantó la vista hasta él y se dio cuenta de que le observaba. Cuando vio que llevaba las manos a la cámara de fotos, entonces el hispano se movió hasta posar. Dejó uno de los brazos a un costado y el otro, ligeramente flexionado, dejaba que su mano rozara ligeramente parte de su ingle. La yema de los dedos presionaba con suavidad el bulto de la tela y lo frotaba, lentamente, lo suficientemente casual. Bonnefoy tragó saliva con tanta fuerza que hasta le provocó una sensación dolorosa. Necesitaba centrarse ya, o no sería capaz de disparar ni una sola fotografía y se quedaría mirándole hasta que le llamara de todo. Le estaba costando demasiado salir de su estado de shock al haber descubierto que Antonio Fernández tenía un cuerpazo de esos que quitaban hasta el hipo.

Darle al disparador fue una de las tareas más difíciles que había acometido en los últimos meses, ya que su dedo parecía haberse agarrotado y se negaba a flexionarse. Al final lo logró, después de aguantar el aliento. Siempre vigilaba que la cara no saliera y, aunque se moría por dentro, fue moviéndose para capturar diversos ángulos y cerraba los planos para que la ropa interior se apreciara de manera más evidente en la pantalla de la cámara. Le sorprendió la facilidad con la que Antonio variaba su pose, de forma elegante y nada forzada.

Perdió la cuenta de las fotografías que tomó, demasiado ofuscado con inmortalizar esa figura y con apreciarla al mismo tiempo. Estaba completamente seguro de que toda la sangre de su cuerpo se estaba acumulando en cierta parte y esperaba que, si se notaba, Antonio hiciera la vista gorda y lo ignorara. No sería ni el primer ni el último fotógrafo de revista erótica que se excitaba viendo lo que ellos hacían, aunque siempre intentaban mantenerse serenos. Él, iluso, había creído que había superado esa etapa de emocionarse como un chiquillo y así había sido hasta que había venido ese español, con su estúpido chándal que le ocultaba al completo la figura, y se había desnudado mostrando un cuerpo diez.

Terminó de fotografiarle por delante y entonces le hizo un gesto con la mano para que se girara. No quería ni hablar, temeroso de encontrar que le fallara incluso eso. No le molestó al español, que pronto viró sobre sus propios talones y le dio la espalda, mostrándole lo bien formada que estaba. Sin embargo, nada le preparó mentalmente para lo que se iba a encontrar más abajo. El trasero de Antonio, redondeado, prieto y metido en aquella pieza de lencería se veía como un apetitoso manjar al que le gustaría, como mínimo, sobarlo. Una parte en su interior, recóndita y que le sorprendió, se preguntaba cómo sería si apretujara una de sus nalgas en la palma de su mano.

Tuvo que reprenderse mentalmente, detener sus pensamientos que cada vez se alejaban por terrenos más peligrosos, y centrarse en hacerle fotos. No iba a desaprovechar la oportunidad de inmortalizar un cuerpo como el suyo. Sin tener que pedírselo, el hispano movió la cadera para que su trasero resaltara más y entonces lo pudo apreciar en su apogeo. Tuvo, durante un segundo, unos pensamientos tan perversos que casi se asustó a sí mismo. ¿Desde cuándo albergaba un deseo sexual tan intenso? Teniendo en cuenta la relación a distancia, Francis había hecho un esfuerzo épico por continuar siendo fiel, porque se esperaba de un novio leal. Claro que tenía ciertos trucos para mantener su deseo a raya, pero en general lo llevaba bastante bien. Si había alguien atractivo o atractiva, Francis podía apreciarles sin calentarse demasiado.

Pero todo se había ido al traste con una facilidad asombrosa cuando había visto al descubierto cada faceta del físico del hispano. Nunca había sentido tal atracción y menos tan intensa y hasta casi ansiosa. Su cuerpo había despertado de repente, sin previo aviso, y le exigía todo de lo que le había privado durante tanto tiempo. Sin embargo, su profesionalidad se mantenía y le forzaba a comportarse como un ser humano decente. Se limitaría a mirar todo a través de la lente, de esa manera podría llegar incluso a creerse que ese ser escultural era sólo uno de esos mitos de dioses griegos.

— ¿Podrías inclinarte un poco más? Como si te agacharas —pidió Francis después de haber sacado algunas tomas. En el fondo había una parte de él que se odiaba por pedirle algo así. Sabía que era parte del trabajo, que realmente no se trataba de ningún capricho suyo, pero en el fondo, cuando lo viera, no podría quedarse indiferente.

— Por supuesto, ningún problema —respondió el modelo.

Antonio se inclinó hacia delante, dejando en exposición ese trasero que cada vez se daba cuenta de que era la fiel definición de la perfección. Una de las manos se apoyó en su rodilla, aliviando de esta manera parte del peso que sostenían sus piernas. Lo que la otra hizo, casi le provoca un infarto cerebral al francés en ese mismo instante. No le pasó desapercibido el momento en el que el pudo ver que la mano libre de Antonio acariciaba su propio cuerpo, entre sus piernas. La falta de pensamientos coherente no fue lo único que experimentó; también fue víctima de un tirón de excitación en su más que despierta entrepierna.

Cuando consideró que tenía todas las fotos que necesitaba, le dijo que esa parte ya estaba y que ahora faltaban las de la cama. Suspiró inaudible y se sentó antes de que el hispano pudiera darse cuenta del problema que tenía entre las piernas. Agradecía dos cosas en ese mismo momento: la primera que la camisa que tenía fuese lo suficientemente ancha como para caer de manera holgada sobre su regazo y disimular su erección. La segunda fue poder dejar de hacerle fotos a ese maldito trasero, porque en serio que le estaba poniendo muy pero que muy malo. Fernández se subió a la cama, se tumbó y suspiró por lo bajo, intentando ser silencioso, al sentir que su miembro quedaba más liberado tras haber bajado la ropa interior.

El rubio se mordió por dentro la boca, justo la zona del labio inferior, cuando pudo verle aún más expuesto. Se iba repitiendo unas palabras, como un cántico, en un intento de mantener la cordura mental: "Tengo que hacer fotos, tengo que hacer fotos, tengo que hacer fotos." Antonio sabía en todo momento cómo colocar las piernas para permitirle a la cámara captar un mejor ángulo de su anatomía, sabía cómo poner las manos, sabía cómo tocarse a sí mismo de manera que quedara claro lo que hacía y, al mismo tiempo, que se pudiera ver su miembro. El espectáculo que el español le ofrecía era digno de ver y entendía por qué sus fotografías transmitían el erotismo a la perfección. Seguramente él en sí era puro erotismo.

Después de que apretara el disparador unas cuantas veces más, sin que le dijera nada, Antonio se quitó la ropa interior y continuó masturbándose para la cámara. El francés intentaba hacer ver que no se daba cuenta de que los ojos verdes a ratos le enfocaban, mientras la mano seguía moviéndose. Se dedicaba a observar la pantallita de la cámara, a acercar o alejar el zoom, a cambiar la configuración de la luz sin dejar de contemplar el resultado que obtenía, todo esto mientras seguía mordiéndose el interior de su labio y sentía su cuerpo tenso.

Minutos después, bajó la cámara fotográfica y ese gesto hizo que Antonio se detuviera.

— Creo que ya tengo todo lo que voy a necesitar para el reportaje —comentó, de manera escueta. Le daba la impresión de que, como se moviera mucho, iba a sentir un dolor considerable allí abajo, con todo lo que estaba aguantando.

— Perfecto. Cuando tengas todo editado, me gustaría ver tu trabajo —dijo el hispano estirándose para coger el batín y echárselo por encima de los hombros.

— Por supuesto. Antes de enviárselo al jefe, te lo pasaré a ti, a tu correo de la empresa, para que le eches un vistazo. No me gustaría que después me vinieras a decir que podría haber modificado algún detalle. Aunque no lo parezca, soy muy perfeccionista —comentó el francés, desmontando la cámara aún sentado en la silla.

— No lo dudo. Bueno, pues... ¿Podrías salir? Me gustaría adecentarme un poco.

No se trataba de una petición que pudiera rechazar, ya que sabía bien a qué se refería con todo aquello. Metió la cámara en la bolsa, se la puso al cuello y logró que le cubriera la parte delantera a propósito. Cuando volvió a mirar a Antonio, éste se había cubierto, aunque podía ver parte de su esternón, bronceado, marcado de una manera curiosa que captaba toda su atención. Se obligó a mirarle a los ojos.

— Bueno, nos vemos. Que tengas un buen día.

Después de recibir la respuesta por parte del hispano, se dio media vuelta y salió de manera atropellada bajo la atenta mirada de Antonio. Éste, al quedarse solo en la sala, se rio y negó con la cabeza. No era la primera vez que le pasaba algo así con un fotógrafo, así que, por supuesto, no iba a asustarse con tanta facilidad. Por otra parte, Francis estaba pensando en correr, pero sólo andar le molestaba. Se metió en el baño y, apoyado contra la puerta, suspiró con pesadez. Bajó la vista hacia su propio pantalón y entonces vio ese problema que no creía que fuese a bajar tan fácilmente. Dejó descansar la nuca contra la puerta y suspiró pesadamente, dejando que sus párpados cayeran y cubrieran sus ojos.

Siendo sinceros, tenía unas ganas de toquetearse que no eran normales. Pero, por mucho pensamiento enfermizo que rondara por su cabeza, Francis Bonnefoy no consideraba agradable masturbarse en el lavabo de su empresa, así que le tocaría intentar relajarse. Se concentró en relajar su respiración y en pensar en otras cosas que no fuesen para nada excitantes. Estuvo largos minutos allí, encerrado, maldiciendo su cuerpo, el cual se negaba a tranquilizarse pensando en que ahora mismo seguramente Antonio estaba jadeando, aliviando aquella erección que había mantenido en su apogeo durante un buen rato. Cuando por fin salió, se dio cuenta de que había perdido bastante tiempo metido en ese cubículo.

Salió y fue a una de las salas de edición con las que contaba el edificio. Homointerés proporcionaba a sus empleados una variopinta colección de ordenadores, de lo mejorcito del mercado y con los programas punteros para la edición fotográfica, para que éstos pudieran trabajar en condiciones óptimas. A su disposición tenía un total de dos habitaciones, que se distribuían en dos plantas diferentes. La sala número uno se orientaba al norte y tenía las mejores vistas de un hermoso parque. Se trataba habitualmente de la sala que estaba más frecuentada y por eso mismo Francis prefería ir a la otra. Cuando se ponía a trabajar, le gustaba que hubiese mayormente un silencio reinante y no podría obtenerlo si había veinte personas clicando sus ratones.

Cuando llegó al lugar, éste se encontraba vacío y se alegró enormemente. Sacó de la funda la cámara de fotos y el disco duro externo que siempre portaba consigo para poder guardar los datos con los que trabajaba y los dejó sobre la mesa. Después usó un cable USB para conectar la cámara al ordenador y otro más para el disco duro. Se quedaba sin puertos, pero tampoco es que tuviera que enchufar más cosas. Transfirió las fotos y con la primera que abrió pegó un respingo. Fue como si inmediatamente le hubieran asaltado un montón de recuerdos de ese momento y, lejos de dejarle tranquilo, le pusieron nervioso.

No obstante, a Francis se le daba muy mal eso de perder, así que encendió el programa de edición y, mientras cargaba, cerró los ojos y se frotó las sienes. ¿Por qué demonios tenía que comportarse como un adolescente hormonado? Sacudió la cabeza, abrió los ojos y los centró en la pantalla. Sus manos estaban tensas y le sudaban las palmas a medida que su mente, caprichosa, seguía recordando detalles y empezaba a alucinar otros tantos. Antes de poder terminar de ajustar la luz de la primera fotografía, gruñó a disgusto y se echó sobre el teclado, con las manos sobre su cabellera rubia.

— ¡Maldita seaaaa...! ¿¡Por qué me haces esto, cerebro!? —se quejó agónicamente el galo. De repente se incorporó—. No puedo. No puedo hacerlo y menos aquí. Pues lo tendré que editar en casa, está visto.

Cerró el programa, sin guardar los cambios, que habían sido nimios, y después desconectó el resto de sus cachivaches. Sabía a ciencia cierta que si proseguía con la edición, iba a acabar excitado de nuevo. No quería que nadie entrara y le encontrara de esa manera mientras retocaba fotografías. Sería bastante incómodo y le podría ocasionar problemas si quien fuera le reportaba a sus jefes. La política de mantenerse sereno se caracterizaba por su flexibilidad, pero nadie quería un acosador entre sus filas. Suspiró, resignado, y se levantó. Ahora tendría un rato libre que no sabía en qué iba a emplear.

Estaba andando por el pasillo cuando una mano se posó en su hombro. Viró sobre sus talones, lentamente para no golpearse contra nadie, y allí se encontró con unos ojos verdes y un cabello castaño largo, ondulado. La sonrisa deslumbrante de Elizabeth le recibió y se vio contagiado por aquel gesto.

— ¿Qué? Cuéntame, ¿cómo te ha ido con Antonio?

— Bueno, no me ha ido mal... —dijo Francis, intentando no sonar demasiado enérgico.

— Vaya por Dios, no suenas muy ilusionado. ¿Es que ha ido tan mal? Dicen que da gusto trabajar con él, que es diligente y que tiene mucho instinto para posar.

— Espera, espera, no me malinterpretes. Es un modelo muy profesional y todo lo que has dicho, pero, bueno, uno se distrae fácilmente.

No estaba seguro de si la mujer iba a entender lo que insinuaba y, sinceramente, no sabía si quería que lo comprendiese. Arqueó una ceja, confundida, pero de repente se le empezó a dibujar una sonrisa que, con el paso del tiempo, se fue acentuando.

— ¡Lo sé! En vivo sólo le he visto vestido, pero en la revista he podido comprobar el cuerpo que tiene y ¡madre de Dios! ¡Por supuesto que debe ser una fuente de distracción difícil de evadir! No quiero imaginarme cómo me quedaría yo. Seguramente mirándole fijamente sin echar ni una maldita foto —comentó ella, en confianza. Si fuese otro fotógrafo, seguramente no le contaría nada de eso.

— No te creas, me costó lo mío concentrarme. Voy a tener que editar las fotografías luego y no sé si incluso con eso voy a lograr evitar la distracción.

— Qué mono —proclamó la fémina, con tono ensoñador—. No te preocupes, muchos fotógrafos llegaron a resignar porque no podían luchar contra todo lo que les sacudía al verle posar.

— Es más que eso, Elizabeth. He trabajado con otros modelos y aunque producían una imagen agradable, no me producían tal efecto. Pero Antonio Fernández... Parece que ha nacido con un talento especial. Sabe cómo moverse, conoce su cuerpo a la perfección y cómo lograr que éste se vea aún mejor. Además ha tenido la suerte de ser bendecido con una gran anatomía, que muchos envidiarían. Es una conjunción de factores. Tengo que admitir que estoy en estado de shock después de haber trabajado con él.

Aunque toda esa estupefacción poco importaba, porque, por mucho que se quejara de lo tenso y distraído que le había tenido, aquella había sido una experiencia única y que deseaba que ocurriera de nuevo. Tenía que admitir que su escepticismo inicial se había esfumado al trabajar con él. Si lo consideraban el mejor era por algo. Le fascinaba.


En la quietud de una noche tranquila en aquel área residencial de la ciudad, se escuchó un grito de frustración que alteró toda aquella calma. Poco le había importado el molestar a sus vecinos en ese momento; él sólo quería descargar su impotencia y gritar parecía un buen método. Apartó el teclado del ordenador y se echó sobre el escritorio, escondiendo parte de su rostro entre los brazos. Se le habían hecho las tantas y al día siguiente tenía que madrugar para ir a trabajar. Por suerte no tenía programadas sesiones fotográficas, pero no iba a poder avanzar aquello en lo que trabajaba allí.

— Quiero terminar los retoques... —murmuró en voz baja, lastimera—. Pero voy demasiado lento, maldita sea.

Se movió hacia la derecha, dejando que su cabello se resbalara hacia el lado contrario por culpa de la gravedad, y se quedó mirando su mano derecha. La agitó, realizando mociones circulares, y se dio cuenta de que la tenía resentida. Sonrió, tenso, y en ese momento descubrió que patético se acababa de convertir en su segundo nombre.

El trabajo a posteriori con las fotos de Antonio no iba muy bien. Había considerado oportuno llevárselas a casa, visto que se excitaba incluso con una fotografía digital, y allí hacer la edición con calma. Bueno, para qué engañarnos, el propósito de traerse el trabajo a casa era que, en caso de excitarse hasta extremos dolorosos, pudiera parar y entonces aliviarse con la mano. Una vez calmado, no tendría problemas para continuar con la faena. Pero, de nuevo, las cosas no fueron como Francis había planeado. En el fondo, se había mentido a sí mismo ya que, antes de sentarse, se trajo pañuelos y un poco de loción hidratante.

Parecía un adolescente hormonado que se preparaba para tener a mano todo lo necesario para hacerse una paja satisfactoria. Le hacía sentirse poco profesional, pero tampoco lo quiso pensar con detenimiento e intentó convencerse a sí mismo de que traerse aquel arsenal no se salía de lo ordinario. Pero ni siquiera lograba engañarse a sí mismo, así que, cada vez que sentía su excitación demasiado intensa, que sus partes bajas dolían de toda la presión y la sangre acumulada, se untaba la mano en la loción y la llevaba a su entrepierna, la cual liberaba por un rato. Así pues, acomodado sobre la silla y con la vista puesta en la pantalla, Francis se masturbaba hasta alcanzar el clímax, se limpiaba con una de las toallitas, se volvía a cubrir y proseguía editando. Si hubiera sucedido una vez, pues no hubiese pasado nada, pero iban ya unas cuantas y no sólo la mano le dolía un poco. De la rapidez que a ratos alcanzaba, además se sentía cansado y con sed. Seguro que aquello no debía ni de ser bueno para su salud.

Miró en el calendario la fecha de entrega y se sintió más tranquilo al ver que aún tenía un par de días para entregar su trabajo. No le quedaría más remedio que terminar al siguiente si quería enseñárselas a Antonio para que le diera su opinión. A Antonio, con ese escultural cuerpo que Dios le había dado y con esa mirada verde que parecía la de un chiquillo a veces y la de un hombre adulto y atractivo, con misterios que descubrir, otras tantas. Se lamentó en voz alta, dejándose caer hasta tener la mejilla izquierda contra la mesa.

— Le haría tantas cosas horribles a ese perfecto cuerpo~... —murmuró apenado—. ¡Pero no puedo, porque trabajo con ese hombre tan ridículamente atractivo!

Suspiró, pesadamente, y concluyó que lo mejor sería que se fuese a dormir. El reloj marcaba casi la una y media y no iba a sacar nada de eso más allá de una nueva erección. Apagó el ordenador y arrastró los pies, cubiertos en unas zapatillas de estar por casa rosa que su hermana le había enviado como regalo navideño el año anterior, y entró en su habitación. Era una estancia de color café claro. Justo en la pared frente a la puerta había un ventanal que daba a un balcón ni muy pequeño, ni muy grande. A la derecha había la cama, con un edredón entre crema y la misma tonalidad que las paredes. En ella cabían perfectamente dos personas, pero Francis había cogido la mala manía de dormir atravesado, con la cabeza en la derecha y los pies en la izquierda. El armario se encontraba en la esquina a la derecha del ventanal y amplio. Si se abría, uno podía encontrarse con una vasta colección de ropa, pulcramente doblada, que se organizaba de manera que el espacio se ocupara eficientemente. En la pared frente a la cama había un espejo grande que llegaba hasta el suelo, el cual Francis usaba en muchas ocasiones para apreciarse después de haberse vestido y en la esquina a su izquierda inmediata había un galán de noche, en el cual dejaba las prendas que se iba a poner en poco tiempo para que no se arrugaran. En invierno, a los pies de la cama, en el suelo, solía poner una alfombra marrón oscuro para poder apoyar los pies descalzos y que no le recorriera ningún escalofrío por la diferencia de temperatura.

Se quitó la ropa, la dobló y la guardó en el armario, se puso el pijama y sólo entonces se permitió echarse a dormir sobre el lecho. Cuando se levantó a la mañana siguiente, no podía recordar a la perfección el sueño que había tenido, pero podía rememorar piel, el calor, el sudor y una respiración aquejada. Tampoco tuvo que pensar mucho para darse cuenta que su sueño no podría ser reproducido a menores de dieciocho años sin ser considerado un delito. La prueba del crimen era su miembro, entre sus piernas, levantado hacia arriba, empujando la tela del pijama y de la ropa interior.

— Esto tiene que ser una broma de muy mal gusto. No puedo acabar de levantarme y estar ya así.

Maldijo su vida y lo primero que hizo después de levantarse fue una ducha de agua fría. Le hizo tensarse, temblar, pero por lo menos le bajó el calentón y todo volvió a su estado natural. Mientras se secaba el cabello, con cuidado de no acercar el aparato demasiado a las hebras, para que no se estropearan, recordó algo. Era su misma voz, en aquel sueño, jadeando un nombre que conocía demasiado bien. Sonrió tenso y dejó de mover el secador, produciendo que sus cabellos ondearan por el aire que les atacaba. Había soñado con ese maldito modelo.

— La madre que me trajo quién sería.

No había creído nunca que fuera un hombre tan susceptible a ese tipo de cosas, pero ahora ya estaba más que comprobado. Antonio Fernández había sido como un gran tornado, llegó, arrasó con todo y dejó secuelas posiblemente permanentes. La víctima más reciente había sido un pobre francés fotógrafo llamado Francis Bonnefoy, que posiblemente pasaría unos días de calentura adolescente hasta que aquello se le pasara. Le fastidiaba, o eso mismo pensaba mientras iba al trabajo, saber que, seguramente, no era el primer fotógrafo que de repente adoraba la fisionomía de ese hombre de cabellos castaños y ojos verdes. Seguro que para él aquello debía de ser el pan de cada día, otro tipo más que babeaba por su cuerpo y que se pasaba los días matándose a pajas.

Francis no era especial, no era diferente a otras personas y esperaba y deseaba que aquella repentina vuelta a la adolescencia terminara pronto. Ese día no vio a Antonio, así que pasó el rato retocando las fotografías del otro modelo para poderlas enviar y así olvidarse del tema. Se fue la luz a mitad del proceso y perdió el trabajo de un par de horas, lo cual le produjo un mal humor que fue arrastrando hasta la hora de salir.

Decían que el sexo ayudaba a la relajación y que, en caso de no poderlo practicar, el chocolate podía convertirse en un buen sustituto. Bueno, pues Francis contaba con su inseparable mano la cual, a pesar de sentir unos pequeños calambres del esfuerzo por mantener un ritmo adecuado, no le dejó tirado y le permitió alcanzar un ansiado orgasmo en la tranquilidad de su hogar. Se miró la mano y entonces gritó, frustrado.

— ¡Me odio a mí mismo! ¡¿Es que no puedo editar las putas fotografías sin tener que cascármela?! ¡Voy a morir por extenuación antes de poder acabar los malditos retoques! ¡Seguro que lo pondrán en mi epitafio! —exclamó, reprendiéndose a sí mismo, mientras se limpiaba las manos.

En ese momento, Francis Bonnefoy decidió que no le importaba si eso le dolía extremadamente, pero iba a editar esas fotografías de una vez por todas sin tocarse. Cuando terminó por fin, sobre las once de la noche, cualquier ligero roce en su entrepierna le producía un escalofrío hasta doloroso de la cantidad de excitación que acumulaba. En ese momento, no obstante, le pudo el orgullo y se arrastró a la cama, donde se echó bocarriba. Extendió los brazos y asió las manos a la cama, prohibiéndose el tocarse. Cerró los ojos y fue una odisea no pensar en nada excitante. Estuvo casi una hora y media hasta que logró recuperarse y conciliar el sueño. A primera hora le enviaría las fotos a Antonio y esperaría su veredicto.

Sólo faltaba que, después de todo el esfuerzo, físico y psicológico, ahora dijera que no le gustaban. Sin embargo, eso lo dejaría para más adelante. Mañana sería otro día y el cuerpo de Francis, agotado después de darse tantos homenajes a sí mismo, necesitaba descansar y recuperar energías para afrontar el día que tenía por delante.


Hola ovo)/

El fic ha tenido buena acogida y, como es semana santa, he decidido publicar otro capítulo. Voy a ser honesta, seguramente la periodicidad del fic se supedite a dos cosas: mi disponibilidad (porque, desgraciadamente, trabajo y estas cosas) y a la recibida del fanfic. No mentiré, cuando recibo feedback me animo a editar y subir los capítulos más rápido.

Estoy publicándolo en AO3 también, por si alguien lo prefiere.

También he hecho un dibujo para la portada del fic. No soy lo mejor dibujando pero al menos le he puesto esfuerzo ;v;

Ahora paso a comentar los review:

Lady Locura, awww, lo siento xD Ha pasado bastante desde la última historia larga. Por supuesto que además de puercadas, el fic tendrá argumento, espero que te guste. Si no me falla la memoria, porque esto ya lo tengo escrito desde hace algún año, sí se ve a Francis celoso xD Espero que te guste el capítulo.

Ttack95, aunque no tengas mucho que decir, muchas gracias por pararte unos minutos para dejar un comentario. Aunque tarde, prometo que seguiré este fanfic y no lo dejaré abandonado. No me gusta dejar las cosas a medias :)

Whiteless, bueno, soy honesta, no creo volver a la actualización semanal, aunque en este caso sí haga una semana y pico desde que publiqué. Como he dicho antes, hay dos factores en juego, aunque uno sea más fuerte que el otro. Espero que te guste cómo se desarrolla la historia. Por supuesto habrá cosas subidas de tono pero también habrá otras tantas que no. Gracias a ti por pasarte a leer y por dejar comentario uvu

WarriorOfAthena, ¡gracias! No te preocupes, aunque hayas dejado el review más tarde, que le hayas dedicado un ratito a ello me hace feliz. Espero que la historia no te decepcione y que te guste el capítulo.

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos en el siguiente capítulo.

Miruru.