Me siento infinitamente emocionada por que les ha agradado este proyecto y por que se clavaron con la historia y me han estado pidiendo el capitulo 2. MIL GRACIAS. Les gustó la narrativa, me he esforzado y nunca había escrito de esta manera y que bueno que les agradó. Espero que nos sigamos leyendo, ustedes a mi, yo a ustedes y nos llevemos de maravilla. Gracias por apoyar.
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Capitulo 2 - La última flor
Y la mañana siguiente fue en apariencia un poco más monótona que la anterior y eso, siendo sinceros, es lo que había estado buscando toda mi vida. Desperté por suerte en una cama, la ventana filtraba los primeros rayos de la mañana y las sabanas frías y blancas me daban un falso cobijo. A lado de la camilla incómoda e individual estaba un mueble de madera con un vaso con agua de plástico, un pequeño cajón en el mismo mueble y un plato metálico a lado de aquel vaso.
Apenas un par de parpadeos me hicieron caer en cuenta de mi realidad, del por qué no estaba en mi cálida habitación y el por qué no escuchaba los gritos de las discusiones matutinas de mamá y papá. Mis padres eran un tanto introvertidos, les costaba expresar su sentir a menos de que ese mismo fuese la ira o el coraje, entonces explotaban como bombas de tiempo las cuales habían estado conteniendo por casi veinte años las cosas que se querían decir. Las peleas entre ambos habían aumentado considerablemente en los últimos meses y tras escucharlos descubrí cosas que yo no sabía ni quería saber de ellos.
Ambos solían viajar mucho. Se conocieron en la universidad y se enamoraron, se graduaron juntos y empezaron a pasos agigantados una vida de negocios y placeres. Amaban conocer varias ciudades, en casa había fotos de Viena, Arabia, Suiza, Argentina y Canadá regados en una hermosa pared. Yo veía la misma constantemente, los veía a ambos tan sonrientes y con ganas de devorarse el mundo pero en aquel entonces no estaba yo. A esa misma pared la llamé "La pared de los sueños rotos".
Tan pronto mi madre descubrió su embarazo no pudo viajar más. Papá en un acto de empatía y responsabilidad decidió permanecer a su lado pero, el encerrarse en casa, criar a un hijo no planeado y dejar esos sueños de ir a China, a Australia y a muchos lugares más fue cobrando factura en sus personalidades, en sus años y en sus ánimos. No es que ellos fueran malos padres es solo que ellos no querían serlo. ¿Eso me molesta? No, en realidad no.
Pienso que muchas personas de ese mundo viven cosas que no quisieran vivir, cosas para las que no están listos y cosas que para nada desean. Mis padres fueron uno de esos casos, y sin embargo, el hecho de no huir y responsabilizarse fue un acto admirable. Aun huyendo no estaría molesto, creo que al igual que ellos que vieron por mi yo hubiera visto por ellos y de ser posible me hubiese alejado para que fuesen felices.
Alguna vez lo hice. Recuerdo que de adolescente salí de casa corriendo con una mochila pequeña en la que cargaba unas cuantas cosas. Estuve vagando sin rumbo casi todo el día y me di cuenta que el mundo ahí fuera es difícil, que nadie te escucha, que nadie te da la mano. Había tanto ruido, tanta gente, tanto de todo que me sentí asfixiado y solo había podido sentarme en un rincón cercano a esa tienda de conveniencia mientras escuchaba policías y ambulancias en las cercanías y gritos, risas, cosas. Solo quería tranquilidad, esa a la que yo mismo estaba acostumbrado en casa pero yo realmente no quería volver, no quería seguir deteniendo los pasos de mamá y papá.
Recuerdo que alcé la vista, me encontré con una mirada curiosa y nada acorde con sus ropas, sus tatuajes y esos colgantes dorados que iban de su cuello hasta el centro de su pecho. Esos anillos dorados y plata y una curiosa gorra. Su mano pálida buscando estrechar la mía y yo tomándola para salir de aquel putrefacto rincón.
—Buenos días, Haru-chan—el enfermero entró a la habitación con un cesto plástico en mano donde la ropa del día yacía perfectamente doblada. La sonrisa de él lucía mucho más refrescante esa mañana y ese aroma a alcohol etílico y jabón que desprendía se impregnó en mis fosas nasales cuando se aproximó a mi cama — !Hoy hay mucho que hacer!
Bajé la mirada y solo quité en silencio la cobija que cubría mis pies descalzos, estos tocaron solo un poco el frío piso y finalmente fueron cubiertos por unas cómodas pantuflas de tela. Seguí a Makoto quien me hizo señas con la cabeza y así emprendí camino detrás de él. Atravesamos el pasillo, vislumbré cada habitación por la que podía con la mirada rápidamente hurgar. En una un anciano era alimentado en cama por aquel enfermero pequeño de cabellos platas quien sonreía hablando con el viejo, en la otra una dulce mujer era ayudada a ponerse de pie por otro enfermero. En una habitación más una señora de edad media aun dormía y en la última pude ver al hombre del piano sentado en su cama mirando por la ventana el extenso jardín.
Me detuve solo un par de segundos, aun una hombrera protegía aquella zona a lado de su cuello mientras posaba levemente su mano ahí. Seguí mi camino dejando de observarle, había una voz en mi cabeza curiosa que quería saber que pasaba realmente con él pero mi personalidad decía que era impropio y solo deseaba seguir su camino, llegar a la regadera y perderse entre las gotas de agua.
—Antes del baño me gustaría que participaras en los ejercicios matutinos —dijo mostrando su canasta frente a mí y señalando un vestidor. La tomé y tras revisar me percaté de que aquello era ropa deportiva de un color grisáceo. No podía recordar la última vez que hice ejercicio, de hecho la última vez que hice deporte fue cuando era tan solo un niño.
En aquel entonces tenía pasión por la natación pero mis padres no vieron de ello un futuro prometedor. Recuerdo que cuando les dije mi deseo de nadar profesionalmente ellos se sentaron junto a mí en aquella sala y dijeron un montón de cosas que justo ahora no puedo recordar pero que debieron ser fuertes y certeras para que yo cambiara de opinión. Creo que los padres viven pensando más en lo conveniente que en la felicidad, supongo que eso significa ser adulto y es un camino que me negué a aceptar. Por eso estoy aquí.
Tras salir con la ropa deportiva, la cual era más cómoda que la habitual, caminamos hasta el patio trasero donde algunas otras personas vestidas de igual forma andaban. Giré mi vista esperando encontrar a alguien que hubiese conocido el día anterior y solo pude notar a la dulce mujer que escuchaba el piano o a aquella que cantaba por la mañana.
—Miss Miho no puede asistir—dijo como si atinara a mi pregunta mientras, estando ahí de pie y observando a las personas, Makoto charlaba conmigo de una manera muy común —Solo algunos pueden realizar los ejercicios. Miss Miho va a un grupo de terapia.
Y ahí estaba la respuesta. Miss Miho, la chica de cabellos rojos y el pianista no estarían ahí por razones obvias. No es que realmente me preocupasen es solo que, esas personas en específico, tenían características y emitían una sensación diferente al resto, algo que me hacía recordarles más que a los demás. Supongo de aquella la primera vez que sentí algo así sobre las personas. En una vida estresante de oficina y con una ciudad andante que no conoce el descanso es común ir por las calles y pensar de todos como sombras, como personas sin alma alguna que andan al igual que yo. Pero en este lugar donde la libertad y la paz se respiran pude, por primera vez, concentrarme y mirar más allá, pensar
Hicimos calentamientos ese día, cosas muy básicas en el extenso jardín de ese lugar instruidos por un entrenador que se hacía llamar Sasabe. Algo peculiar y animado, tal vez bastante para un grupo de personas que apenas y entendían lo que intentaba decir. Mientras me flexionaba hacia un costado y al otro escuché un ruido que captó mi atención, un sonido de un ave bebé en las cercanías. Me detuve un instante y aprovechando una distracción del entrenador me escabullí del grupo.
Crucé unas arboledas de las cercanías y encontré un cerco más alto que yo protegía la zona. Detrás del mismo había césped algo creciente, concreto teñido de azul y una especie de piscina de baja profundidad. Todo eso estaba dentro del mismo terreno de aquel lugar aunque restringido para todos. Dentro de aquella misma seca y derruida piscina pude notar un pajarillo bebé que en vano buscaba salir del mismo, aleteaba hacia arriba y volvía a caer varios centímetros antes de llegar a su objetivo.
Busqué con la mirada alguna forma de entrar, cuando fuese medio día el sol sería tan apremiante que el pequeño no sobreviviría. Pasé mis manos por las rejas, pensé en saltar aunque la parte alta parecía peligrosa y, mientras los llantos del pajarillo crecían, mi desesperación hacia igual. ¿Qué era esa clase de sentimiento? ¿Empatía? ¿Humanidad? No lo sabía pero me asfixiaba aunque no de la manera en que mi antigua vida hacia si no de una forma dolorosa, de una forma que exclamaba dentro de mi "Si no haces algo perderá la vida".
—Haru…—su voz detuvo aquellos gritos momentáneamente y giré para notar al enfermero a unos pasos tras de mi— Haru, no es buena idea que…—señalé al lugar que anteriormente observaba y Makoto pudo notar la causa de mi separación del grupo. Sus cejas se mostraron con preocupación y se aproximó a la reja observando al pajarillo— ¡Cielos! Se ve agotado…
Makoto miró hacia atrás y me hizo una seña para que le siguiera caminando justo alrededor de la reja hasta llegar a una esquina. Con sus manos hizo que esta se hundiera un poco y empujándola con su cuerpo fue removiéndola hasta poder cruzar al otro lado. Sujetó la misma y con un movimiento de su mano me indicó que pasara tras él. Me agaché solo un poco para poder entrar en aquel sitio cuyo suelo no se veía por la hierba mala y solo pude pensar que, de enterarse alguien más, él estaría en problemas pero no pareció importarle.
Tan pronto ambos estuvimos del otro lado nos detuvimos en la orilla de la seca piscina miramos al parajillo que nuevamente estiraba las alas pequeñas intentando en vano salir. Mientras Makoto miraba alrededor buscando el nido del cual provenía decidí bajar, no había tiempo que perder.
—Haru, espera…—me habló pero ya me encontraba frente al pequeño. Cuando lo sostuve con mis manos aleteó asustado, queriendo ser libre, queriendo huir. Le observé por un rato, tuve una sensación angustiante al recodar ese miedo dentro de mí, esa adrenalina invadirme cuando había peligro y, como si me hubieran golpeado la mejilla reaccioné ante las palabras de Makoto — Vamos, te ayudaré a salir.
Le miré, estiraba su mano hacia mí y con el pequeño en mis manos decidí colocarlo, con sumo cuidado, en una de las bolsas de mi pants. Miré la mano de Makoto, como me la ofrecía para salir y algo dudoso la tomé, subí ayudado por su fuerza y tuve una sensación curiosa. Estando fuera saqué el ave de la bolsa, este estaba enérgico por suerte y con la ayuda de él subió a su pequeño nido en un árbol de las cercanías y aleteaba feliz mientras Makoto sonreía.
Podía recordar una reducida cantidad de personas que justo ahora se preguntarían que sería de mí. De esas pocas dos eran mis padres, uno era alguien más. En toda esta vida tan soporífera y ruin nunca conocí no recuerdo a alguien a quien hubiese llamado 'amigo', era un título desconocido para mí, algo que no sentía merecer pero en esa alegría y buena disposición, en esa nobleza sin pretensión tal vez podía encontrar esa misma palabra, tal vez podía encontrarlo en él.
—Volvamos antes de tener problemas—y dicho esto salimos de aquel lugar prohibido dejando atrás el nido, la piscina vacía y al alegre pajarillo.
Ese día mientras desayunaba Miss Miho estuvo presente contándome cosas de sus viajes y de gente maravillosa que conocía mientras yo miraba la comida que hoy era particularmente insípida. Makoto estaba con nosotros, la ropa deportiva ya no era mi vestimenta y lo agradecía pues el usar unas cómodas pantuflas todo el día era un lujo que gustoso recibía. Los trajes elegantes, las corbatas y los zapatos tan brillantes que reflejaban todo era algo de lo que me había aburrido, que me había intoxicado por lo que esa ropa, aun con su aroma clorado, era perfecta.
Cuando daba otra bocanada al desayuno hubo un escándalo, un grito en las cercanías. Makoto se puso de pie como si fuera un resorte pero dudó un instante. Tenía su puño izquierdo ligeramente apretado como si hubiese frustración y una preocupación en su mirada que parecía angustiante. Miss Miho no se había inmutado y seguía inmersa en su mundo charlando sin cesar mientras yo miré a Makoto queriendo decirle que partiera, que fuera ayudar, que todo estaría bien. Un grito más se escuchó, el exhaló y se sentó en su lugar mientras en el pasillo corrían un par de encargados hacia el lugar de donde provenía el ruido.
—Makoto, querido. Estoy exhausta ¿Podrías llevarme a mi habitación?—dijo Miss Miho rompiendo la tensión. Makoto asintió sin emitir sonido y fue extraño, fue una especie de tristeza verlo reaccionar así ¿Qué estaría pasando en aquel lugar? No lo supe pero tan pronto Makoto partió con ella me puse de pie, anduve camino hacia el extenso pasillo y al fondo pude ver la habitación donde me habían recluido anteriormente, esa habitación cerraba su puerta y dentro había alguien.
En ese momento no podía imaginarlo pero algo peligroso estaba ocurriendo ahí y tras entrever a un médico en la habitación contigua preferí bajar la mirada, mantener un perfil bajo y alejarme de aquello que olía a problemas. Básicamente, mientras caminaba hacia la puerta que daba al jardín, me sentí como mi yo de hacia una semana. Esa clase de persona que vaga por la calle, ve que alguien abusa o molesta a otra persona, se hace de la vista gorda y sigue caminando para no salir afectado; justo de esa manera me vi, justo de esa manera me asquee de mí mismo.
Abrí la puertecilla que daba al jardín tan repleto de césped y con ese sol mañanero al que no pude negarme observar mientras nuevamente divagaba en mis adentros. Ya habían pasado más de veinticuatro horas "recluso" y estaba conforme, internamente hablando, de esa maravillosa oportunidad de hablar tanto conmigo mismo
¿Cada cuánto tiempo las personas nos damos la oportunidad de sentarnos y charlar de aquello que nos concierne solo a nosotros? ¿Cada cuánto podemos conocernos? La verdad es que muy poco pues pasamos la mayor parte del día pensando en lo que hace el otro, en lo que rige al mundo, en las cosas como los gastos, las peleas, el dolor y en un sinfín de cosas que, aunque se relacionan con nosotros, no tienen que ver con nosotros. A veces, o por lo menos durante cierto tiempo cada día, debemos de pensar en nuestra salud mental, llenarnos de buenas ideas y preocuparse por uno mismo. De haberlo hecho tal vez yo no habría caído en la locura.
Observando nuevamente en el jardín divisé a la pelirroja junto a su enfermero quien nuevamente leía un libro justo como el día anterior. Ella parecía absorta en sus pensamientos y saliendo de mi egoísmo me pregunté si ella estaría pensando en sí misma. Dejé de lado la idea pues fue interrumpida por el andar del chico pelirrojo que iba hacia ellos en lo que pude deducir era un ritual diario. Justo como el día anterior se inclinó hacia ella, saludó al enfermero con los ojos llenos de estrellas y mostró esa sonrisa perturbadora de dientes afilados.
Me quedé observándolos por largo rato, como es que el pelirrojo extendía un papel al enfermero, como este lo tomaba sorprendido mientras el otro se tallaba en la nuca. Un curioso comportamiento, algo que había observado alguna vez en la oficina pero decidí ignorar más ahora me parecía interesante. Recuerdo que ese día el enfermero de lentes asintió, el pelirrojo sonrió aún más emocionado que antes y tras una larga despedida se fue. Aquel día también pude notar como el de lentes sonreía más que antes y un rubor le invadía constantemente las mejillas.
—Haru ¿Quieres leer un libro?—mi observación fue interrumpida y yo solo le observé negando un poco, levantándome de la banca donde estaba sentado y yendo hacia Makoto. —Disculpa por dejarte tanto tiempo, tenía algo que ver…
No comprendí y solo me mantuve esperando escuchar más pero él parecía la clase de personas que se guardaban los problemas o las malas noticias para sí mismo ¿No es eso dañino también? No quiero decir que las personas deban externar todo lo que sienten pero un desahogo de vez en cuando es necesario. Deseaba que él lo viera así.
Y los días empezaron a correr y después de esos dos primeros no hubo nada que contar. No es que fueran totalmente rutinarias las actividades, a veces jugaba ajedrez contra el anciano de la habitación de enfrente y a veces seguía leyendo aquel libro de Julio Verne, otros días me sentaba a observar a esa pelirroja o escuchaba a Miss Miho hablarme sobre las Islas Canarias. Pero entre todas las personalidades que mi mente había captado y digerido había una que no veía desde hace días y era precisamente la del pianista. Cuatro días después, cuando andaba por el extenso pasillo con sus blancos y su lustrado piso, miré hacia la puerta de lo que denominé "el confinamiento solitario" y esta estaba cerrada. Tal vez, solo tal vez, él estaba en ese lugar.
—Haruka Nanase…—dijo una enfermera interrumpiendo mi duelo mental—tienes una visita.
Ladee la cabeza y me puse en marcha hacia donde ella me indicaba arrastrando las pantuflas de color azulado. Makoto estaba junto con Miss Miho ese día por lo que anduve solitario inmerso en mis propias ideas sin escuchar sus risas o intentos de conversación, y no es que me desagradaran pero era difícil hablar tal vez con alguien como yo, todo el mundo lo decía así. Escuché una queja y un sonido metálico en la habitación anexa.
—¿Eh? ¿Esto también?—dijo una voz vagamente conocida quien, después de chistar, parecía dejar otro artículo de metal haciendo ruido con los demás — Vaya caos…—cuando le vi no lo pude creer y pareciera ser que él tampoco. Sus ojos se abrieron con una expresión de sorpresa y corriendo hacia mí con tal alevosía tomó de mis manos— ¡Haru-chan! ¿Cuánto tiempo?
Recordé aquel día en que le conocí, como su mano me sacó de aquel putrefacto agujero y mientras las estrellas iluminaban con armonía el cielo oscuro me salvó de ese miedo, de esa angustia, de esa ansiedad. Recuerdo que ese día clavé mis ojos en su exceso de anillos, en sus pálidas manos tatuados con letras, en su gran chamarra y en otros tatuajes más que se mostraban en sus clavículas, en su risa infantil y en sus ojos enormes y rosas. De mi lista de personas que podían estar pensando en mi él era el número tres después de papá y mamá, él lo era…
—¡Tardé tanto en descubrir que había sido de ti Haru-chan!—todas sus cadenas y excesos de colgantes reposaban en un canasto por seguridad, la enfermera le había quitado todos y cada uno y ahora los cargaba hacia un locker — ¿Perdiste la cabeza? Wow, eso es tan fuerte.
Miré sus manos que aún seguían tomando las mías y asentí mientras él seguía hablando sin parar. Ese día en que me encontró después de huir de mi hogar conocí algo en el mundo tan hermoso como la ciudad nocturna y sus extensos paisajes coloridos, el andar de una motocicleta y el olor a cigarro, que aun en una podrida metrópolis las flores crecían y, por estúpido o cursi que suene, la presencia de ese chico era la única flor que había conocido en la vida.
—Pueden pasar a la sala y le ruego que no alce la voz—le regañó una enfermera, él se disculpó avergonzado y fuimos hacia el lugar de descanso.
—Haru-chan, han pasado meses desde que nos vimos por última vez y en ese entonces te veías mal. Ahora te vez más relajado y eso es bueno —se sentó en el sillón sin cuidado alguno y con las piernas abiertas. Vestía con esas fachas de siempre, ese expansor en su oreja izquierda y unos cuantos aretes en la derecha que seguro no pudieron ver por su cabello rubio.
Después de nuestro primer encuentro supe que él se llamaba Nagisa Hazuki y era un vago desempleado que vivía en una invasión de vagonetas a las afueras de la ciudad. No hablaba sobre su familia o si tenía pareja, no hablaba de nada personal jamás solo de comida, diversión y animales. Tenía alrededor de veintitrés tatuajes seis perforaciones y posiblemente, por el arma en el cajón de su cocina, un historial criminal no limpio. ¿Cómo una persona con rostro infantil podía tener esa clase de vida? Alguna vez me lo pregunté pero no soy ni remotamente esa clase de persona curiosa que lo preguntaría por lo que, cuando fui a su humilde morada solo observé y seguí escuchando los fragmentos de locuras de las que él hablaba.
Nagisa era un año más chico que yo y sin embargo conocía más de la libertad y de cigarrillos, de cómo abrir autos y encenderlos sin una llave, era una contraparte total de lo que yo era, algo totalmente opuesto y de cierta manera, mientras pasaron los años y nuestros encuentros eran comunes, decidí empezar a evitarle ¿La causa? Admito que sentía celos de él.
Dejé de cruzar por las calles donde sabía que él deambulaba pues anteriormente, cuando nos encontrábamos, él alzaba la mano con alegría y me arrastraba a caminar con él, subirme a su moto, sentarnos en la orilla de un puente mientras bebíamos alguna cerveza. Era un curioso contraste, la gente nos miraba extraño pues un vago y un hombre de traje miraban el rio mientras la tarde caía.
—Cuando dejamos de vernos pensé que era porque Haru-chan me odiaba pero… ahora sé que es por que habías estado aquí —dijo él con una sonrisa mientras miraba al suelo y no tuve corazón para decirle que se equivocaba. En ese momento sentí que pese a él ser lo que llaman 'una lacra social' yo era un humano horrible por hacerle eso. De Nagisa aprendí que un traje y una corbata no me hacía mejor y que en medio de esa ciudad de prejuicios él era la última flor.
—¿Haru?— Makoto apareció mirándonos a unos pasos algo confuso, Nagisa sonrió alzando la mano y ese temor inicial de su rostro se deformó a una sutil sonrisa.
—Debes ser el enfermero de Haru-chan ¡Soy Nagisa!—estiró la mano hacia él y Makoto la acogió de la misma manera.
—Un gusto. Es bueno saber que Haru tiene amigos —me sentí sorprendido al título y algo desconcertado a decir verdad. No podía, aunque quisiera, llamarme su amigo pues le di la espalda por tanto tiempo y eso no hacen los amigos, o al menos no deberían hacerlo. Nagisa asintió y tenía en sus labios una gran sonrisa.
—Gracias por cuidar de él—fue lo único que dijo y Makoto mostrándose con algo de ¿vergüenza? ¿Timidez? Asintió.
—A sido su primer semana pero se ha adaptado muy bien…
Sentí aquellas palabras como un golpe en la nuca, Nagisa seguía riendo pero no le culparía si me odiaba pues él pensaba que nuestra distancia era por mi enclaustramiento.
Nunca fui bueno haciendo amigos, preocupándome por la gente, siendo constante como todos hacían. Tampoco fui bueno charlando, la semana que he durado en este lugar creo que no he dicho palabra alguna y aun así Makoto me entendía por eso en mi paz mental pensé que entre nosotros había una especie de conexión desconocida pero no era así. Recordé a Nagisa, a ese olor a tabaco y el sonido de su motocicleta, las risas que lanzaba bajo la luna y las estrellas reflejadas en el extenso océano después de trabajar, esa libertad que envidaba. Esa conexión era conocida y la había tenido anteriormente y la dejé escapar.
Tal vez de haberme aferrado a esa flor la locura no me hubiera embargado. No culparía para nada si Nagisa me hubiese odiado en ese momento.
Después de eso se alejaron unos pasos de mí y charlaron en secreto, supongo que le contó un poco de mi condición, de lo que me había arrastrado a ese sitio. Miré por el enorme ventanal recargándome en el respaldo del sillón y volví la vista a la pelirroja. Por algún motivo en sus cabellos podía perderme, aun en la distancia, y borrar las ideas de la inmundicia que mi persona representa, en como fui cruel y egoísta, olvidé ese capítulo doloroso y esa punzada en el pecho.
—Haru-chan…—su voz me sacó de mis pensamientos y miré algo cansado. Nagisa estaba inclinado delante mío con una rodilla en el suelo. Desde ahí noté nuevamente esos tatuajes, esa cara adornada con una tierna sonrisa entre comprensión, una que sentí no merecer — Prometo visitarte nuevamente.
Solo lo observé un largo momento y vi que en su mirada no había resentimiento alguno. Cerré los labios y asentí, tal vez tardaría en entender que un amigo no es quien siempre está a tu lado si no quien regresa pese a todo. Ese día Nagisa se fue junto con esa promesa dejándome una sensación de calidez. Ese día probé un pedazo pequeño del pastel llamado humanidad.
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Haru está aprendiendo cosas nuevas y eso es maravilloso ¿no creen? !Apareció Nagisa! Si, los que han visto 50%Off saben que está basado en esa versión y va a dar un contraste moderadamente cómico a esta historia para mantener el equilibrio. Ya verán más de él y lo importante que es para Haru... ¿Donde estará Sousuke? ¿Para cuando el SouMako, Zakki del mal? !Pronto! !Ahora a los reviews!.
Agradecimientos a:
-!pammesufree que es fan del harugou! No hay muchas fanaticas de la pareja pero con esta historia salieron a la luz jaja.
-lizbee gracias por tus palabras, !Son muy motivantes!
-ittoki-kun que aunque no es fan del harugou ama el soumako, !Gracias por tus palabras pronto sabremos más de ello!
-soumako3 que seguro es fan del soumako(?) jajajaja !Gracias por leer!
-stefaniaO que ama el harugou y el rinrei. !Es cierto! Quise hacer algo diferente, gracias por tus palabras.
- .15 !Gracias! Espero llenar sus expectativas.
-Marihanitha quien es de las personas que más me motiva a escribir !Gracias!
!Gracias a todos los que leen pero no comentan también. Esto sigue por ustedes!
Atte. Zakki
