Esta es la adaptación de un libro por lo tanto la historia le pertenece a su autor Robyn Grady

Dos

Mientras atravesaba en coche el camino de árboles que conducía a una de las casas más impresionantes que había visto en su vida, Rachel Berry sopló para apartarse el largo flequillo de la frente y volvió a repetirse una vez más que era capaz de hacer aquello y que no había razón para estar nerviosa. Recordó con una punzada en el estómago que no mucho tiempo atrás era una mujer con mucha confianza en sí misma, nada la asustaba, nada la detenía. Esa seguridad la había llevado a unas alturas mareantes, a un lugar donde se sentía segura, viva y admirada. Dos veces campeona del mundo de surf. Había momentos en los que todavía no se creía que aquel fabuloso ascenso hubiera acabado como lo hizo.

Desde muy pequeña se había sentido atraída por el surf. Sus padres siempre se referían a ella como a su "pequeña sirena". Nada le gustaba más que las endorfinas que experimentaba al ir más allá de sus límites.

Convertirse en campeona del mundo había sido la guinda. Patrocinadores fabulosos, reportajes en las revistas, la posibilidad de entrenar a gente joven…, hasta donde llegaba la vista, el horizonte brillaba con increíbles posibilidades. El accidente lo había cambiado todo.

Pero por suerte había vida cuando una dejaba de ser una deportista de élite famosa, aunque fuera una vida diferente. Tras superar la peor parte del accidente, se centró completamente en los estudios que había dejado anteriormente de lado y había conseguido el título de fisioterapeuta en la Universidad Bond de Sidney. Estaba muy agradecida de que su duro trabajo estuviera dando resultados, mejores de los que podía haber soñado.

Cuando llegó al final del camino, Rachel recordó la inesperada llamada que había recibido aquella mañana. Nada menos que Quinn Fabray, la campeona del mundo de carreras, requería sus servicios tras sufrir un accidente el fin de semana. La asistente de la señora Fabray, una mujer llamada Tina Cohen Chang que parecía muy profesional, le había dicho que Fabray y ella habían barajado muchos especialistas de su profesión y habían decidido que sus credenciales eran las más aptas para la dolencia del hombro que padecía la piloto. Rachel no había podido evitar preguntarse a qué credenciales se referiría Tina.

Ella trabajaba casi exclusivamente con deportistas lesionados, pero nunca había tratado a nadie de tanto renombre. Tal vez Quinn Fabray o su asistente estaban al tanto de su antigua vida, pensó Rachel apagando el motor. ¿Habrían indagado lo suficiente como para averiguar cómo había terminado el último capítulo de aquella parte de su vida?

Abrió la puerta del coche y sacó las piernas. Se puso de pie y observó la ultramoderna y magnífica casa y los impecables jardines que la rodeaban. La mansión de dos plantas de Rose Bay ocupaba casi una manzana. Rachel imaginó que tendría muchas habitaciones, cada una de ellas con su propio cuarto de baño con spa. Una piscina interior proporcionaría deliciosos baños durante el invierno, mientras que una piscina olímpica exterior y tal vez una pequeña playa artificial, aliviarían los rigores del verano de Sidney.

Estirando la chaqueta de su traje pantalón, de color beige y ribeteado de negro, Rachel levantó la cabeza. Vio un enorme patio decorado con jazmines amarillos y arbustos plantados en enormes macetas de terracota. Cerró los ojos, aspiró el dulce aroma de la naturaleza y dejó escapar un suspiro. En su época de deportista había ganado mucho dinero, pero nada comparado con aquella demostración de riqueza. Por supuesto, los lucrativos beneficios de la línea de colonias, ropa y videojuegos de la marca Quinn Fabray contribuirían a su fortuna. Encanto, dinero y aspecto de estrella de cine. Quinn Fabray lo tenía todo.

Una voz muy sexy con marcado acento británico le atravesó el pensamiento.

–Estoy de acuerdo. Hace un día maravilloso. Tal vez deberíamos charlar aquí fuera.

Un calor agradable le nació en el vientre y se le expandió por todo el cuerpo en el momento en que abrió los ojos de golpe. Delante de ella, en aquel patio delantero tan grande, había una mujer. Y qué mujer.

Quinn Fabray.

Transcurrió una eternidad hasta que su impactado cerebro reaccionó. Lo cierto era que nunca había experimentado una visión como la que tenía delante. La mujer tenía una media sonrisa pícara, llevaba el cabello rubio revuelto con estilo, y tenía los hombros anchos y fuertes.

Y esos hombros, se recordó Rachel conteniendo un gemido, eran la única razón por la que ella estaba allí.

Deteniéndose lo suficiente para pensar en qué pie debía mover primero, Rachel compuso una sonrisa profesional y se acercó a su nueva cliente, entonces se dio cuenta de que llevaba el brazo en cabestrillo.

–Creo que me está esperando. Soy Rachel Berry. Estaba admirando su casa y los jardines.

Quinn observó el enorme terreno y asintió mientras una suave brisa le levantaba el cabello rubio de la frente.

–Siempre disfruto cuando estoy en Australia – aseguró–. El tiempo es maravilloso –sus preciosos ojos verdes se clavaron en los de ella e inclinó la cabeza –. Le estrecharía la mano, pero…

–Tiene problemas en el hombro derecho.

–No es nada importante –dijo echándose a un lado para dejarla pasar.

Rachel entró en el vestíbulo, que era del mismo tamaño que su apartamento, y pensó en el último comentario que había hecho. Si la lesión de la señora Fabray había llevado hasta el hospital y exigía un tratamiento intensivo posterior, estaba claro que sí era importante. Su trabajo era asegurarse de devolverle todo el abanico de movimientos y la fuerza, y eso era exactamente lo que pensaba hacer. Las mujeres como Quinn Fabray tenían prisa por volver a la normalidad. Eso lo entendía.

Desgraciadamente, a veces no era posible.

Haciendo un esfuerzo por no quedarse embobada mirando la escalinata y los suelos de mármol pulido, Rachel se giró hacia su anfitriona cuando esta cerró la puerta de casi cuatro metros de altura. Contuvo una sonrisa. Debía ser el día libre del mayordomo.

–¿Quiere tomar algo, señorita Berry? –preguntó ella mientras la guiaba a través del espacioso vestíbulo blanco.

–No, muchas gracias –respondió Rachel incapaz de apartar la vista del fluido movimiento de sus pantalones negros. ¿Captaría alguna peculiaridad en su modo de andar si fuera al contrario, si ella estuviera delante y él detrás? Aunque sin duda, una mujer que salía con supermodelos y con al menos una princesa europea no se fijaría en ella.

–Hablaremos en la terraza interior –deteniéndose frente a unas puertas dobles, abrió una de ellas para que Rachel entrara.

Cuando la hubo cerrado, la señora Fabray se dirigió a un grupo de sofás de piel blanca. Al otro lado de los ventanales en forma de arco estaba la magnífica piscina que ella había imaginado y también un sofisticado spa. La caseta de la piscina, que imitaba el diseño de la casa principal, parecía lo suficientemente grande para acomodar a una familia de cuatro miembros. Detrás del área de la piscina había una enorme construcción que debía ser el garaje. Todo el mundo sabía que a Quinn le gustaban los coches.

–Por favor, póngase cómoda –le señaló el sofá más cercano.

Rachel se apoyó contra los cojines y juntó los pies. En lugar de colocarse en el sofá de enfrente, Quinn Fabray se sentó a su lado.

Rachel se sonrojó. El magnetismo de aquella mujer era algo tangible. Su proximidad no podía considerarse inapropiada, estaban separadas por al menos un brazo de distancia.

Rachel se apartó unos centímetros. Por su parte, Quinn estiró las piernas y cruzó los tobillos. Llevaba zapatos italianos.

–Y dígame, Berry, ¿qué me puede contar?

–He estudiado los resonancias magnéticas –deslizó la mirada hacia el brazo en cabestrillo–. Y también el informe del cirujano en el que se señalaban los detalles de la lesión. Parece que su hombro no sufrió una dislocación completa, sino más bien una luxación. ¿Sabe lo que significa eso?

–Que no se me reventó el hombro completamente. Rachel asintió.

–Para entendernos, sí, eso precisamente.

Cuando una sonrisa sutil llegó a los ojos de Quinn, a Rachel le dio un vuelco al estómago y se aclaró la garganta. Sí, era una mujer increíblemente atractiva, pero por el amor de Dios, tenía que concentrarse. Su meta no era quedarse embobada mirándola, sino conseguir que Quinn Fabray saliera de aquel episodio completamente recuperada y hablando maravillas de sus servicios. Con suerte su reputación subiría como la espuma.

Volvió a concentrarse, entrelazó los dedos y los colocó sobre el regazo.

–Su historial médico indica que sufrió una rotura de ligamentos en ese hombro cuando era adolescente.

Los ojos de Quinn se nublaron durante un instante. Parecía como si Rachel hubiera mencionado al diablo, pero luego volvió a sonreír.

–Me caí de la moto.

Ella asintió. Era una buscadora de emociones, por supuesto que habría empezado sobre dos ruedas.

–¿Le gustan los deportes de motor? –se interesó Quinn.

–Yo era más una chica de agua.

–¿Natación? ¿Esquí acuático?

Rachel se sonrojó, dejó de sujetarse las manos y se alisó la raya central de los pantalones. No estaban allí para hablar de su vida.

–Tengo otra cita esta tarde, así que será mejor que nos centremos en la cuestión. Quinn la escudriñó con la mirada y luego se reclinó en el

sofá.

–Supongo que su trabajo la mantiene ocupada, señorita Berry.

–Bastante.

–Pero no durante los fines de semana.

–Trabajo algunos sábados.

–¿Y los domingos no? Rachel parpadeó.

–¿Cree que me necesitará los domingos también?

–Que sean todos los días de la semana por el momento.

–Hay mucho trabajo que podrá hacer sin mi ayuda, dejémoslo en un día sí un día no.

–Todos los días de la semana –reiteró Quinn antes de sonreír otra vez –No se preocupe, señorita Berry, le prometo que mi actual situación no durará mucho. Rachel dejó escapar el aire de los pulmones lentamente. Aquella mujer era una leyenda viva, reverenciada por millones de personas en todo el mundo. ¿Estaba siendo intencionalmente sarcástica o de verdad se creía invencible? Porque ella sabía que nadie lo era.

–Estábamos hablando de su lesión anterior –continuó con tono implacable –Podría haberle hecho más propenso a sufrir heridas posteriormente. Los músculos y los ligamentos de esa zona están más débiles y necesitarán fisioterapia para ayudar a estabilizar la articulación.

Quinn la miraba con la cabeza ligeramente ladeada y un brillo peculiar en los ojos.

–Entiendo.

Rachel contuvo el aliento, se aclaró la garganta y trató de concentrarse otra vez. –Al tener las manos en el volante, el impacto del accidente le sacudió el húmero derecho y…

La suave risa de Quinn la interrumpió.

–Rebobine un poco, doctora.

–No soy doctora –quería ser muy clara con su cualificación–. Me titulé en Ciencias de la Salud con honores y soy miembro de la Asociación Australiana de Fisioterapia.

–Y ahora es usted la dama que tiene mi futuro en sus manos. La llamaré doctora. Con su permiso, por supuesto.

Rachel se puso tensa. Pero ella era quien pagaba. Se encogió ligeramente de hombros.

–Bueno…, si eso le hace sentirse más cómoda.

Quinn deslizó la mirada hacia sus labios y luego volvió a mirarla a los ojos.

–Siga hablando, doctora.

–Hablábamos de su húmero –Rachel extendió el puño para hacer una demostración–. La bola se deslizó parcialmente de la articulación y hay que manipularla para volver a colocarla en el centro de la cavidad glenoidea –cubrió el puño con la otra mano y luego la levantó otra vez.

–Entiendo. La bola entra en cavidad –Quinn puso su fuerte puño dentro de la palma que Rachel todavía tenía elevada.

La alarma interior de Rachel sonó en cuanto sintió el contacto, y apartó la mano. Sus miradas se cruzaron. La de Quinn la estaba cuestionando. El cosquilleo del vientre se había intensificado y los pezones se le endurecieron. Pero cuando Quinn esbozó una sonrisa, Rachel volvió a la realidad. Se colocó con la máxima naturalidad posible un mechón detrás de la oreja y trató de controlar el latido de su corazón. Era absurdo siquiera considerarlo, pero ¿estaba coqueteando con ella? No podía saberlo con certeza. Ella era una mega estrella y hacía tiempo que…

Su última relación íntima había terminado cuatro meses después del accidente. Ella creía que su compañero de surf, Finn Hudson, era el hombre más sexy del mundo, pero no era más que un aficionado al lado de Quinn Fabray. El poder de esta para cautivar con una sola mirada y el más leve roce era palpable.

Rachel estiró la espina dorsal y se centró en el trabajo.

–Tenemos que centrarnos en una serie de estiramientos de rehabilitación.

–Suena bien.

–¿Cuándo quiere que empecemos, señora Fabray?

–Llámame Quinn.

A Rachel le pareció una propuesta razonable, y asintió.

–¿Qué te parece si organizo un calendario y…?

–Creo que podríamos empezar mañana.

–Mañana me parece bien –Rachel adquirió un tono serio –Supongo que no hace falta que te diga que tendremos que trabajar muy duro, y con constancia.

–No me cabe duda de que me dejarás lista a tiempo.

Ella frunció el ceño. ¿Se le habría pasado algo?

–¿A tiempo para qué?

–Me voy a perder la tercera ronda este fin de semana –apretó los músculos de las mandíbulas–. Me temo que eso no puede evitarse. La cuarta ronda es tres semanas después.

Rachel estuvo a punto de echarse a reír. Tenía que estar de broma. Pero a juzgar por su expresión, hablaba muy en serio.

–Me habían dicho que el médico de tu equipo ha asegurado que no podrás conducir profesionalmente durante al menos seis semanas.

–Demostraremos que se equivoca –afirmó Quinn con mirada decidida–. Mi asistente me ha informado que tus clientes creen que eres capaz de hacer milagros.

–No soy una santa, señora Fabray.

–Quinn. y créeme, no estoy buscando una santa. Su mirada se volvió más ardiente y Rachel se puso de pie demasiado rápido. Se tambaleó hacia un lado y extendió un brazo para equilibrarse, pero Quinn Fabray ya estaba allí y le rodeó la cintura con el brazo, proporcionándole sin esfuerzo el apoyo que necesitaba.

Rachel medía poco menos de un metro sesenta, así que tuvo que echar el cuello hacia atrás para mirarla a la cara. Y eso fue un error. Cuando aquellos ojos verdes se cruzaron con los suyos, le dio la impresión de que la estrechaba con más fuerza, acercándola a su pecho, a sus piernas…

Rachel se soltó y dio dos pasos atrás tratando de recuperar la compostura.

–¿Te encuentras bien?

–Perfectamente, gracias –aseguró volviendo al tono profesional–. Supongo que sabe dónde está mi consulta.

–El tratamiento se hará aquí. Ella frunció el ceño.

–Tengo todo el equipo en la consulta.

–Seré sincera –Quinn deslizó la mano buena en el bolsillo trasero de los pantalones–. Me preocupa la prensa. Ya tengo bastantes cosas en la cabeza, no necesito titulares que afirmen que soy un inválido acabado.

Libby sonrió con indulgencia.

–Entiendo que quieras protegerte, pero me temo que…

–Se traerá todo lo que necesites. Le diré a mi asistente que lo organice. Y doblaré el importe de la factura para cubrir cualquier inconveniencia.

Rachel se quedó boquiabierta. ¿Doblar la factura?, ¿demostrar que el medico estaba equivocado? ¿Creía que podía sobornarla para que redujera el tratamiento y así poder llegar a la cuarta ronda? Al parecer Quinn Fabray no estaba familiarizada con la palabra "precaución". Solo sabía hacer las cosas de una manera: la suya. Si ella no aceptaba sus condiciones, sin duda encontraría a otra persona que sí lo haría. Lo que solo le dejaba dos opciones.

Podía plegarse a lo inevitable, acceder a que todo el trabajo se hiciera en su casa y aceptar la fortuna que le ofrecía, luego le daría el visto bueno cuando a ella le placiera, tanto si estaba preparada para volver a conducir como si no. O podía decirle que no se dejaría manipular por su encanto ni por su orgullo, que la ética era para ella más importante que el dinero. Más importante que nada.

Pero había una tercera opción.

Lo miró con decisión a los ojos.

–Hablaré con tu asistente. Empezaremos mañana por la mañana. Una sombra cruzó por su expresión. Rachel la reconoció, era decepción. Quinn pensaba que iba a luchar más antes de capitular, aunque solo fuera por disimular. Era una lástima que no pudiera mostrar sus cartas, pero lo haría cuando llegara el momento.

Se dirigió hacia la puerta.

–Estaré de regreso en la consulta dentro de media hora. Tu asistente puede llamarme entonces.

Quinn se acercó a ella en dos zancadas y una sonrisa satisfecha asomó a sus labios.

–Creo que me va a gustar trabajar contigo, doctora.

Caminando a su lado por el pasillo, Rachel compuso una mueca. –Tal vez debería llevar bata blanca y un estetoscopio la próxima vez que venga –dijo con tono algo burlón.

–Puedes ponerte todo lo cómoda que quieras. Es lo que voy a hacer yo.

–Oh, no hará falta mucha ropa –dijo ella deteniéndose ante las puertas de entrada–. En tu caso al menos.

A Quinn se le quedó paralizada la mano en el picaporte. Ella contuvo la sonrisa, le apartó la mano, abrió la puerta y salió.

–Te veré mañana. A las nueve en punto.

Se marchó de allí sintiendo su sorpresa y su curiosidad en la espalda. Pero si su último comentario había sido inapropiado, no le importaba, tenía que ponerse a la misma altura.

Quinn Fabray no sabía lo bien que la entendía. Ella sabía lo que era la pasión. Lo que era marcarse un objetivo y no perderlo nunca de vista. También sabía lo que era perder la capacidad de perseguir y agarrarse a un sueño. Tener que reinventarse y empezar de cero. ¿Seis semanas de rehabilitación? Quinn Fabray no sabía lo afortunada que era.

Pero ganaría aquella carrera lenta y firmemente. Le impondría una rutina de ejercicios, Quinn vería los resultados positivos y, cuando llegara el momento, ella le haría ver lo catastrófico que sería volver al circuito tan pronto. Hasta entonces estaría con la guardia en alto. No podía negar que aquellas miradas sutiles, su inconfundible lenguaje corporal y sus roces casuales la afectaban, y Quinn lo sabía. Daba por hecho que podía manipularla, encandilarla, tal vez incluso intimidarla para conseguir de ella lo que quería.

Desgraciadamente para Quinn Fabray, no cabía ninguna posibilidad de que así fuera.

Rachel tomó asiento tras el volante. Estaba a punto de encender el motor cuando sintió un nudo en el estómago. Se pasó la mano por el muslo izquierdo, por encima de la rótula. Luego recorrió con los dedos la línea en la que la prótesis de la parte inferior de la pierna y ella se hacían uno.

Un inválido acabado…

Hacía tiempo que había dejado de llorar y de preguntarse qué había hecho ella para merecer aquello.

Con el apoyo de la familia, los amigos y los profesionales había salido de la nube negra de la autocompasión.

Ayudar a los demás a rehabilitarse había aportado un nuevo significado a su vida, pero al recordar el brillo de los ojos de Quinn Fabray cuando la había mirado de cierta manera, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta.

Deslizó la mano por la espinilla que no podía sentir.

¿La consideraría Quinn Fabray menos mujer si lo supiera?


Ya se conocieron Quinn y Rachel, ya sabemos que le paso a esta última...en los capítulos siguientes sabremos que fue exactamente lo que le paso así que calma.

Por otra parte, me gustaría que me dijeran que prefieren, si esta bien que la historia sea gip o no prefieren que no?, por favor déjenme sus comentarios para decidir como va a seguir la historia.

Finalmente, muchas gracias a todos los que compartieron la historia, por sus RT en twitter y sus comentarios.

PD. Gracias en especial a la persona que me comento lo de los nombres de los personajes, según yo si los había puesto pero bueno...

Nos leemos el sábado y espero sus comentarios por aquí o si quieren por twitter Jossha90