Capítulo 2.

El avión salió a su hora. Sentada en su mullido asiento en clase business y con la mirada perdida en las nubes, Amy rememoró lo que estaba haciendo veinticuatro horas antes. Debería haber estado en el enorme y hermoso jardín de la casa de sus padres, intercambiando votos y anillos, en lugar de en el sofá de su amiga Gaby, en bata, con un gin-tonic en la mano y llorando a moco tendido.

Gaby era su mejor amiga. Se conocieron en la universidad, porque vivían puerta con puerta en la residencia de estudiantes de la Universidad de Edimburgo. Al principio creyeron ser muy distintas. Akizuki era de una familia adinerada y había tenido una infancia llena de lujos muy protegida. Gaby en cambio era de clase media su vida consistía en esforzarse por conseguir salir adelante. Sin embargo, Akizuki estaba deseando escapar de sus orígenes y, gracias como apoyo a su vecina de cuarto, pronto la sonsaco y estuvieron bebiendo pintas en el bar, bailando sobre las mesas en las fiestas de los estudiantes de primer año y descubriendo las alegrías del desenfreno.

—¡Madre mía! —solía decir Akizuki la mañana posterior a alguna fiesta especialmente loca—. Anoche se te fue la pinza, ¿verdad? Las mosquitas muertas siempre son las peores...

Gaby se ruborizaba.

—Solo me estoy divirtiendo. Para eso está la universidad, ¿verdad?

—Desde luego que sí. Y no te estoy reclamando. ¡Te estoy echando flores!

Las cosas se tranquilizaron un poco cuando conoció a Danny, un estudiante de medicina como ella, que acabó convirtiéndose en su novio. El la hizo ser mas sensata y precavida, dejo un poco las juergas y el desenfreno. Después de graduarse se trasladaron a Londres para seguir estudiando. Gaby siguió en Edimburgo y comenzó a trabajar como relaciones públicas para una agencia de viajes. Estuvo unos diez años viajando por el mundo con los periodistas que querían reseñar algún hotel o spa nuevo de cinco estrellas. Ya había cumplido los treinta cuando se mudó a Londres y fundó su propia empresa de viajes, especializada en organizar vacaciones para los que ella llamaba «forrados de pasta y cortos de tiempo». Uno de esos especímenes era un abogado de unos cuarenta llamado PJ, recién divorciado, increíblemente rico y (contra todo pronóstico y tópico) muy mono. Antes de que cumpliera los treinta y uno, Gaby y PJ se habían casado en el jardín de una casona en Wiltshire, acompañados de sus doscientos mejores amigos. Un mes más tarde nació su hijo, Archie.

No fue precisamente un cuento de hadas. La ex de PJ, Annabel, no paraba de darles la lata, al igual que sus dos hijas adolescentes. Sin embargo, Gaby era feliz, aunque nueve meses después del nacimiento de Archie se quedó a cuadros cuando descubrió que volvía a estar embarazada.

Había ocasiones en las que la capacidad organizativa de Gaby la asustaba. Era de esas personas que descongelaba la nevera dos veces al año, les daba la vuelta a los colchones una vez al mes, pegaba las fotos de los zapatos en su respectivas cajas y compraba, ¡e incluso usaba!, esos chismes para limpiar el lavavajillas. Incluso llegaba a agotarla con su obsesión por las listas de «Lo que se lleva y lo que no» de Harper's Bazaar con la posición que ocupaba en la lista de espera para comprar el nuevo bolso de Balenciaga.

Sin embargo, bajo esa superficialidad latía un corazón de oro. No habría podido superar ciertas cosas sin Gaby, sobre todo lo que le había pasado el día anterior. A las siete de la mañana llegó a su casa, que olía a pintura por la nueva redecoración y vio que el cochecito de los niños estaba envuelto en plástico protector de burbujas en el vestíbulo. En cuanto le dijo que había cancelado la boda, Gaby se puso manos a la obra para avisar a todos los invitados, tras lo cual hizo lo propio con el registro civil y con los encargados del banquete.

Después se encargó de ella. Le preparó un gin-tonic y contestó su teléfono, que sonaba más o menos cada veinte segundos.

—¿Sí? No, soy su amiga Gaby... ¡Ah, hola, John! Sí, me acuerdo de ti. ¿Qué tal estás? ¡Vaya, lo siento! No, lo siento pero Akizuki no está... Sí, ha sido una sorpresa... Sé que los vuelos son caros, sí. ¿En serio? ¿¡Tanto! No sé dónde está... Te llamará. Sí... Adiós. —Colgó—. Tu viejo amigo John. Muy enojado. Ha cogido un vuelo desde Francia y se está quedando en el Landmark. Dice que se ha gastado casi mil libras en una boda inexistente.

Se aferró la cabeza con las dos manos al escucharla.

—¡Ay, Dios, esto es horrible!

—¡No me lo puedo creer! ¡Deja de preocuparte por él! Piensa en ti. Eres tú a quien han dejado plantada en el altar.

El comentario le hizo dar un respingo. Gaby jamás decía las cosas con tiento cuando podía decirlas a lo bruto, por que demonios había aprendido eso de ella.

El móvil sonó de nuevo.

—¿Sí? ¡Ah, hola, señor Hirahizawa! Soy Gaby. No, lo siento pero Amy no está aquí. No sé dónde está. Sí, se dejó aquí su móvil... Es normal que no sepa dónde tiene la cabeza, claro. En fin, sí, supongo que la llamará dentro de poco. Terrible, sí... Toda la familia, claro. Bueno, ya que están todos en Londres tal vez deberían salir a cenar en familia. O ir al teatro. Tal vez queden entradas para Mamma Mia... Debería pensarlo, sí. Si se pone en contacto conmigo, le diré que la llame... No, no creo que esté con Doug. No, no sé lo que ha pasado... Por supuesto, le diré que la ha llamado. Adiós. —Y cortó la llamada—. Tu padre otra vez. Vas a tener que llamarlo, Akizuki.

—Lo sé. Y lo haré. —Comenzó a llorar de nuevo—. Ay, Gaby, esto es una pesadilla. Mi padre... pobrecillo. Esto le ha costado una fortuna.

—¡Qué va! Hace poco te estabas quejando de que todo era demasiado poco para tu boda.

—Eso fue horrible por mi parte. Aun así es mucho dinero. —Su padre era un empresario exitoso y su madre, había fallecido despues de nacer su hermano Eriol—. Deberíamos haber hecho un seguro para la boda.

—No habría servido de nada. Porque al fin y al cabo tu padre puede costear eso y más.

—¡Eso es verdad! ¿Cómo voy a compensarlo?

—El dinero de la boda no es nada comparado con lo que te habría costado un divorcio. ¿Sabes lo que le cuestan a PJ la dichosa Annabel y sus hijas? ¡Ciento cincuenta mil al año!

Eso hizo bien poco por consolarla.

—Además, todo el dinero que he gastado... y el tiempo de los invitados, malgastado. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así?

Gaby estampó un pie en el suelo.

—¿¡Cuántas veces tengo que decírtelo! Tú no has hecho nada. La culpa de todo esto es de Doug, por ser un imbécil. —La miró con los ojos entrecerrados—. ¿Estás segura de que Pinny no tiene nada que ver?

Antes de que pudiera contestar entró PJ, vestido con un polo de rugby naranja y unos pantalones piratas rosa. Llevaba a Archie en brazos, que acababa de despertarse de la siesta de dos horas que recomendaba Gina Ford. PJ parecía haberse topado de repente con un anuncio de tampones mientras cambiaba de canal. Lidiar con mujeres lloronas no era lo suyo, no.

—Akizuki, ¿qué tal va la cosa? —Le echó un vistazo a su mujer, con la esperanza de que le diera información, pero al ver que no acudía a su rescate, añadió—: ¿Qué vas a hacer con la luna de miel?

—¿Con la luna de miel?

—¡Mierda! —exclamó Gaby, llevándose la mano a la boca—. No puedo creerme que se me haya olvidado. Siento mucho decírtelo, pero si cancelas ahora... no te devolverán nada. Ha sido a última hora.

—¡No importa!

—Lo siento. Pero como poco vas a tener que pagar el setenta y cinco por ciento del total. Los hoteles son unos cabrones cuando se trata de cancelar reservas.

—¡Esta bien!

—A ver, voy a tratar de solucionarlo —le prometió; aunque por su tono de voz supo que las posibilidades de que consiguiera algo eran mínimas—. Ahora mismo les llamo por teléfono.

—Ni me acordé de la luna de miel...

Gaby estaba ojeando la agenda de su móvil.

—Aja. Estupendo. No sé si voy a pillarlos hoy, pero lo intentaré. Voy al despacho un momento. —Y los dejó, a PJ y a ella, sonriéndose con incomodidad.

—Hace un día estupendo —dijo PJ, observando a través de las contraventanas la distinguida calle donde vivían—. Un día perfecto para la boda. Qué lástima. —Al ver la cara que ponía ante ese comentario se apresuró a añadir—: ¿Te apetece otro gin-tonic?

Mantuvieron una apasionante conversación sobre criquet mientras Archie jugaba con el camión que ella, su madrina, le había regalado el día de su bautizo. De vez en cuando pasaba por su lado y le abrazaba las piernas. Esa carita regordeta, el olor de sus rizos y los incomprensibles balbuceos y grititos la alegraron en cierto modo, al igual que lo estaba haciendo el alcohol que PJ le servía sin parar. Cuando Gaby volvió ya estaba bastante achispada.

—No ha ido muy bien —dijo—. No te reembolsan nada. Dicen que lo habrían hecho si lo hubieras cancelado la semana pasada, pero que con veinticuatro horas de antelación es muy, pero que muy precipitado.

Apuró de un trago lo que le quedaba de gin-tonic.

—Así que, además de haber malgastado el tiempo y el dinero de otras personas, y de haberme convertido en un hazmerreír delante de todo el mundo, ahora tengo que gastarme casi diez mil libras en un viaje que ni siquiera voy a hacer...

—¿Se iban mañana por la mañana? —preguntó PJ.

—Aja.

—Tiene solución —le dijo—. Puedes irte tú sola de luna de miel.

Akizuki y Gaby lo miraron sin dar crédito.

—No seas tonto —replicó Akizuki—. No puedo hacerlo.

—¿Por qué no?

—Bueno, porque... porque es una luna de miel. Una luna de miel se hace en pareja.

—Ya. Pero es que tú no tienes pareja —señaló PJ—. Y no vas a desperdiciar todo ese dinero.

Se lo pensó. Ya había pedido vacaciones en el trabajo. La idea de irse a algún sitio lejos de todos los conocidos era tentadora. Además, ¿dónde iba a pasar esos quince días de vacaciones? No podía irse a su departamento porque, hasta donde sabía, Doug también seguía viviendo allí; y la idea de quedarse en Balham, en su antigua habitación, compartiendo la casa con su padre le resultaba insoportable. La decepción que vería en él sería aún más dolorosa que la que sentía ella.

—Dos semanas sola en Italia...

—No tienes por qué estar sola —dijo Gaby en voz baja—. Yo podría acompañarte.

—¿De verdad?

—Pues sí. Todavía me quedan unos cuantos días de vacaciones. Mañana no puedo porque el martes tengo la revisión de la vigésima semana, pero podría salir el miércoles. Faviola se quedará aquí. —Faviola era la maravillosa niñera filipina—. Solo serán unos días. No me veo capaz de acompañarte durante dos semanas completas sin remordimientos. —Le dio un apretón a Archie—. Pero no me he ido sola a ningún lado desde que nació. Será mejor que nada, ¿no te parece?

—Será genial —murmuró Akizuki—. ¿Estás segura?

—Por supuesto. Me vendrá muy bien un descanso. PJ puede encargarse de todo lo demás, ¿verdad, cariño?

—Desde luego —afirmó sin asomo de mal humor.

—Por cierto, se me olvidaba preguntarte. El niño no me da patadas todavía. ¿Es normal o debería preocuparme?

—Es normal —le contestó, acostumbrada a que sus amigas le hicieran esa clase de preguntas—. ¿Estás seguro de que no te importa? —le preguntó a PJ.

—En absoluto. Me vendrán bien esos días solo, sobre todo ahora que empieza el campeonato de rugby. ¡Uf! —exclamó, cuando Gaby le dio un guantazo.

—Podemos tomar el sol —dijo ella, dirigiéndose a Gaby—. Visitar museos. —Todas las cosas que había soñado hacer con Doug. Sintió un nudo en la garganta.

—Comer pasta y pizza. —Su amiga sonrió—. Helados... ¡Ay, no! Los helados no, porque la leche a lo mejor no está pasteurizada. Pero sí podemos tumbarnos en la piscina. Salir a pasear. Conocer algún que otro Romeo... Porque si no te ligas a algún italiano, es que no eres una chica y tienes que cambiar tu carnet de identidad.

—¡Uf! —repitió PJ, y Amy estuvo a punto de sonreír por primera vez en veinticuatro horas.

—No quiero ligar. No volveré a enamorarme en la vida.

—Eso lo dices ahora. Espera hasta que algún Luigi salido te susurre tonterías a la luz de la luna...

El móvil volvió a sonar.

—¿Sí? —A Gaby se le descompuso la cara—. ¡Ah, hola, señora Fraser! Mmm, no está aquí ahora mismo. No sé dónde está, no... Sí, lo sé. Sé que todo esto es desquiciante. No, no sé dónde está Doug, ¿usted lo sabe?

Akizuki hizo una mueca. Imaginarse a la madre de Doug subiéndose por las paredes era más de lo que podía soportar. Al menos no tendría que volver a verla, ni a ninguno de los demás miembros del clan Fraser. Tal vez la ruptura tuviera ciertas ventajas...

—Vale, lo siento —dijo Gaby—. Sí. Sí. Estoy segura de que está molesto, pero Akizuki también lo está. —Apretó los dientes—. Sí, le diré que la llame. Pero no sé cuándo lo hará. No sabemos dónde está. —Cortó la llamada—. Ya sabes quién era...

Se imaginó días y días plagados de ese tipo de conversaciones. No podía soportarlo más.

—Tienes razón. Tengo que irme.

—¡Sí! —exclamó Gaby, alzando la mano para que chocara los cinco—. ¡Esa es mi chica! ¡Nos vamos de luna de miel! Y no te preocupes por los días que pasarás sola. Te vendrán muy bien. Será una experiencia liberadora. Te lo prometo.