Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.
RODEADOS
II. El programador
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A primera hora vio al vecino atravesando su parcela en medio de la neblina. Cargaba dos escopetas en su espalda, y estaba enfundado en una chaqueta de piel con forro de borrego. Caminaba a un paso rítmico con las manos metidas en los bolsillos, mordisqueando un mondadientes. Yamato entonces se levantó de su pórtico y abrió la puerta mosquitera. Descolgó su campera del perchero, y llamó al perro para que bajara a acompañarle.
—¿Estás listo? —le preguntó su vecino. Arrojó el mondadientes con sus labios, y bajó las escopetas de su espalda—. Ya está cargada. Con éste cañón de diez pulgadas le alcanza hasta para cuatro cartuchos, pero hoy lo mantendremos tranquilo con uno solo. ¿Te parece?
Yamato recibió la escopeta con ambas manos; a leguas se veía que era un arma ilegal. Era una escopeta recortada, claramente modificada por su vecino. Comenzaba a sospechar que ni para la escopeta original tenía el permiso correspondiente. El cañón era demasiado corto, y la culata había sido removida. Era un arma asociada al crimen, y estaba prohibida en muchos países; no era precisamente la más ideal para cazar aves y liebres, pero Yamato se reservó cualquier comentario que pudiera comprometerlo.
—Será mejor que cacemos un par de liebres hoy —comentó el vecino, asegurando su escopeta—. Mi esposa quiere cenar estofado esta noche.
Tomaron la senda de la parte de atrás de su casa para adentrarse al bosque. Hubo algo curioso en ese trayecto. Notó que el sonido se propagaba de manera distinta en su profundidad; el opulento bosque suprimía los sonidos bajo una densa humedad suspendida en el aire. A Yamato ya no le sorprendía no haber escuchado antes la cacería ilegal de su vecino. Era, después de todo, un sitio propicio para hacerlo sin consecuencias.
Comenzaron a seguir un rastro a dos kilómetros de su casa, y cuanto más ahondaron en el bosque, Yamato más alargó la distancia entre él y su vecino. La persona que tenía delante dejaba de parecérsele a la que había conocido en su estancia. Lejos de enfocarse en el rastreo, estaba intrigado por su abrupta y extraña conducta. Taichi estaba determinado en esa cacería como si su vida dependiera de ella; tenía la mirada enviciada en su objetivo, y se movía con demasiada precisión, agazapando su presa.
Su vecino además parecía tener muy buena mano con los perros. Su propio can no se le separaba de su lado, como si reconociera su autoridad por encima de la suya. Una jerarquía que, muy probablemente, fuese impuesta taimadamente esa tarde en su estancia, sin que él lo notara. Tenía cierto dominio sobre la naturaleza, y no estaba seguro si aquello le tranquilizaba, o todo lo contrario. Pero toda esa concentración se vio interrumpida cuando de pronto, absorto en sus conjeturas, Yamato pisó una rama que crujió estruendosamente en medio del bosque. Su vecino entonces bajó la escopeta, y volteó a verle. Sus labios fueron estirándose gradualmente conforme fue desarmándose.
—Me da la impresión de que no te agrado, Yamato —soltó de la nada, llevándose un palillo de madera a la boca—. Te noto muy serio.
Se sentó sobre unas firmes raíces que se alzaban a medio metro de la tierra, y sacó una licorera del compartimento de su chaqueta. Se empinó el recipiente luego de que Yamato le rechazara el trago con un ladeo, y carraspeó un par de veces después de terminárselo. Su presa había escapado, y se resignó a dejar ir una hora de rastreo en vano.
—No es nada personal —aseguró Yamato, aunque no estaba siendo del todo sincero—. No ha sido fácil hacer una vida aquí.
—Oye, yo entiendo —congració su vecino, palmeando las raíces—. Toma asiento.
Yamato cedió. Se sentó sobre la musgosa superficie, y mantuvo la escopeta a medio metro lejos de él; no se fiaba de ella, y le ponía nervioso la manera despreocupada con la que Taichi la manipulaba. Qué tan fiable podía ser un arma modificada por él, que seguramente no entendía la ciencia detrás de ella.
—Dijiste que trabajabas en Bisei, ¿no es así? —cuestionó su vecino, agitando la licorera. Yamato asintió, inseguro hacia dónde iba con el tema—. Solía conocer a alguien que trabajaba allí.
—¿A quién? —cuestionó, frunciendo el ceño de por medio. No podía imaginarse a ninguno de sus colegas relacionándose con alguien más fuera del centro de vigilancia. Aquellos estirados profesores que apenas se prestaban para las cordialidades de la oficina, vivían vidas muy solitarias en sus residencias de arquitectura contemporánea.
—Era un programador —contestó como si de cualquier oficio se tratara—. Se fue a principios de este año. Vivía en la casa donde ahora tú vives.
Yamato se volteó desconcertado; había escuchado rumores acerca de aquél programador en el centro de vigilancia, pero nadie le había dicho que vivió en su casa. Aunque tenía sentido que sus colegas se reservaran semejante detalle; aquél programador no se había ido. Había desaparecido.
—Me parece que aún no le han encontrado un reemplazo —le siguió la corriente, reservándose cualquier conjetura para ahondar en el tema.
—Sí, era muy bueno en su trabajo —asintió Taichi, un poco disperso en la conversación; era como si en su mente reviviera alguna memoria que lo distaba de esa plática—. Supongo que será difícil hallarle un sustituto.
—¿Te llevabas bien con él? —preguntó interesado. Taichi hizo una mueca, como si le cediera parte de la razón, pero no enteramente. Ladeó su mano, intentando fijar un término medio.
—Se podría decir que sí —se encogió de hombros, no muy convencido aún—. Pero se llevaba mejor con Mimi. El sujeto se fracturó el tobillo el año pasado, y Mimi se ofreció a ayudarlo con las tareas del hogar por un tiempo. Ella llegó a interesarse mucho en su investigación, y llegaba a la casa a contármelo todo —respondió, agitando la licorera a diez centímetros de su boca—. Pero no dijo nada antes de irse. Ni siquiera a Mimi.
Yamato de pronto se sintió intranquilo. Sintió la absurda necesidad de averiguar sobre aquél programador. Había escuchado rumores acerca de él que, hasta ahora, había ignorado por desinterés. Se trataba de una zona rural, e imaginó que tanta especulación sobre un mismo tema se debía a una cuestión de cotilleo, y nada más. Pero no se imaginó que el caso podría ser tan ambiguo, que genuinamente nadie sabía de su paradero.
Necesitaba averiguar dónde había sido visto por última vez. Era inquietante. Le aterraba la idea de que hubiese sido en su casa.
—Será mejor buscar otro rastro, o Mimi me echará la bronca —se levantó, y sacudió sus asentaderas. Silbó para llamar al can, y preparó la escopeta para comenzar de nuevo.
Yamato no tardó en imitarlo. Trató de enfocarse en el nuevo rastreo; Sora había estado débil en los últimos días, y tal vez un estofado la animaría. Pero en todo lo que podía pensar era en el programador desaparecido, y su posible paradero. La idea de que aún estuviera en alguna parte de su parcela, atrapado o escondido, le dejó un malestar punzante en su estómago.
—¿Y cómo se llamaba el programador?
El vecino, quien llevaba la delantera en la caza, no bajó su escopeta, ni apartó la mirada del objetivo. Relamió sus labios, y le respondió calmo y concentrado, con un dedo en el gatillo:
—Izumi Koushiro.
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Notas del autor:
Olvidé mencionar que los lugares son reales. Modifiqué ciertos aspectos, como las distancias y rasgos del medio físico, pero el centro de vigilancia es tal como lo describí. Gracias por leer (:
