Disclaimer: Nada de esto es mío. Ni lo va a ser, me temo.
Gracias a AnaHutch por el review. Que siempre vienen bien y hacen ilu : ) A los que habéis puesto la historia en favoritos también.
1
El tren es todo lujo y comodidades. Espacioso y bien equipado. Lleno de cosas bonitas que seguramente más de la mitad de los tributos ni siquiera habrá llegado a imaginar. Solo hay que ver las caras de algunos como para saber que ni siquiera conocen el significado de ducha. No es por ser tiquismiquis, que a Clove eso le da un poco igual. Está sentada en el sofá más cercano a los ventanales, disfrutando del montañoso paisaje. Ha escuchado tantas veces hablar de cómo es el transporte que les lleva al Capitolio que cuando ha llegado el momento de verlo con sus propios ojos no ha sentido ni un atisbo de sorpresa. En Los Juegos del Hambre nada será sorprendente para ella, la verdad. Está preparada como la que más.
Lya y Odur son los mentores elegidos este año. Bueno, en realidad Odur es elegido casi todos los años. A Clove sinceramente no le impresionan demasiado. La primera ganó los juegos más aburridos de la historia. O al menos de los que ella recuerda. Teniendo en cuenta su edad seguramente no son muchos. Clove acababa de cumplir los nueve años y metiron a Lya y al resto de tributos en un páramo casi desértico, con poco de lo que alimentarse y con mucha menos agua, así que la mayoría murieron deshidratados. Pocos sobrevivieron a la primera semana. Y al resto Lya se los cargó con tanta facilidad que Clove juraría que fueron Los Juegos del Hambre más rápidos de la historia. Ella prefiere un poco más de espectáculo.
Odur es bástate más viejo, así que los suyos nunca ha tenido la oportunidad de verlos. Pero en el Distrito dos le llaman el quebrantahuesos. Por algo será, supone. Prefiere no preguntar por si acaso se le ocurre hacerle una demostración.
Ambos llevan un buen rato dándoles la vara, como si ellos no tuvieran idea de qué debían hacer, como si fuesen como los cachorritos de los otros distritos. Aunque la verdad es que le prestan más atención al estúpido de Cato que a ella. Seguramente ya le están viendo como el absoluto vencedor. Pero, ¡ah, no! ¡Nada de eso! Ni que Clove se fuese a rendir sin luchar.
-Hazlo lo mejor que puedas-había dicho su padre.
-También es mala suerte que te haya tocado con esa bestia…-apostilló su hermano.
Nada como la familia, piensa, con disgusto. Y se acomoda aún más en el sillón. Si ni siquiera ellos tienen plena confianza en ella después de ver quien es su compañero ¿debe ella empezar a preocuparse? Probablemente.
Y le mira y sólo una palabra se le ocurre: Estúpido.
Estúpido Cato. Estúpido Cato de estatura monstruosa. Estúpido Cato con fuerza sobrehumana. Estúpido y perfecto Cato. Ojalá fuese más feo. Eso le restaría puntos ante la gente del Capitolio. Pero no, la suerte está vez no está de su parte. ¿Quién demonios la va a querer patrocinar pudiéndole elegir a él? Aunque Clove también está en forma su apariencia y habilidades no llamarán tanto la atención con esa masa de músculos al lado. A la gente del Capitolio se le entra por los ojos, eso es justo lo que Lya está diciendo.
Cuando Lisette entra al vagón comedor, casi dando saltitos de puro entusiasmo y la obliga a distraerse de sus pensamientos, Clove hasta se alegra de escuchar su estridente voz. Parece ser la única, porque tanto los mentores como Cato no agradecen la interrupción. A la acompañante del Capitolio le da igual y se dedica a chillarles órdenes a diestro y siniestro.
-¡Venga, venga! ¡Ya es la hora de ver la cosecha!-exclama, contenta-. ¡Todos al sofá!
Cuando todos ocupan su sofá (porque es suyo, que a Clove no le gusta compartir) sí que toda esa anterior simpatía por la mujer se esuma. La apretujan contra una de las esquinas y Clove se contiene para no gritarles que se busquen una jodida silla y dejen de invadir su espacio. Respira. Se tranquiliza, porque tiene educación, porque mostrar algo más que tranquilidad es un error.
Siente el cuerpo de Cato junto al suyo y al mirarle de reojo se percata de que incluso sentado le saca una cabeza. Y se siente tan pequeña que se enfuruña aún más.
Ignorando esos pensamientos dirige su atención a las cosechas de los diferentes distritos, a la espera de encontrar algo interesante. A Clove le gusta analizarlo todo meticulosamente. Le gusta ver la cara de los futuros tributos e imaginarse cuales serán sus cualidades y cuales sus debilidades. Cuál será la mejor forma de acabar con ellos. Cree firmemente en que con un plan bien elaborado nada puede fallar.
Los del Distrito 1 se ve a leguas que son profesionales. El chico sale electo y la chica se ofrece como voluntaria. Ella es rubia y guapísima, con una expresión de suficiencia similar a la de su compañero. Deberá tenerlos en cuenta. Los del Distrito 1 siempre traen problemas.
Los que luego salen en pantalla son ellos mismos. La enfocan a ella cuando se ofrece voluntaria y Clove tiene que contener una sonrisa. Se la ve tan digna y serena que parece que ha estado ensayando la postura frente al espejo. Y cuando se da la mano con Cato, cuando están juntos, dan una impresión aún más imponente. Casi como si llevaran escrito en la frente "peligro". Tienen sonrisas de ganadores. Qué lástima que solo pueda ganar yo, se recuerda Clove.
Los del Distrito 3 son muy poca cosa. A esos se los van a merendar en un visto y no visto. Aunque el chico tiene cara de listo.
-Estos dos también son voluntarios-les llama la atención Odur, cuando empiezan a emitir la cosecha del Distrito 4.
Hacía tiempo que no había voluntarios del cuatro.
-Pues a mí no me causan mucha impresión-Clove no puede contenerse y lo comenta, con aire aburrido. A Odur parece no sentarle demasiado bien, pero es que es la verdad.
-Bueno, tampoco es que tú des mucho miedo-apostilla entonces Cato, sonando de lo más desinteresado.
Clove suelta un bufido, indignada, pero decide ignorarle y seguir mirando a la pantalla. En el Distrito 5 sale una pelirroja que parece mantener bien la compostura, al contrario del manojo de nervios que es su compañero. En el Distrito 6, Distrito 7 y Distrito 8 son o bien unos sacos de huesos andantes a los que no merece la pena mirar o unos mocosos llorones. En el Distrito 9 tienen a un chico muy guapo, pero tan enclenque como una niña. Su compañera tampoco es que sea nada del otro mundo, parece aterrorizada. El colmo llega con el cojo del Distrito 10, ahí ni Cato ni ella se preocupan de contener la carcajada.
-¡Oh, mira! Ese es más grande que tú, Cato-le dice Clove, maliciosamente. El chico del Distrito 11 es enorme, tiene pinta de ser muy fuerte. Está moreno y el aura que emana de él es amenazadora y peligrosa. No es un profesional, en el once nunca hay, pero podría serlo.
-Ese será un buen adversario, tiene condición física-está de acuerdo de mentor.
-Por fin un poco de diversión.
Cato sigue sonriendo, sin el más mínimo signo de preocupación.
La tributo del Distrito 11 parece una muñequita al lado de su compañero. Es una niñita de doce años, pero al menos no se echa a llorar.
-Esa no creo que aguante ni el primer día.
Cuando llega el turno del Distrito 12, una loca sale gritando que se presenta como voluntaria en lugar de su hermana, que tiene la cara tan descompuesta que cualquiera diría que se va a desmayar ahí mismo. Conmovedor. Y patético. El tributo masculino arrastra los pies hasta la tarima, completamente sorprendido. Al menos no están atemorizados y desnutridos como otras veces. Tanto el chico como la chica se ven saludables, pero no son gran cosa.
-Va a ser más fácil de lo que imaginaba-comenta ella, repasando mentalmente la información.
Ha decidido tener en cuenta a los profesionales del D1, a los del D4 y al chico grandullón del 11. Ah, y a Cato, por supuesto. Casi se le olvida.
A ninguno de sus mentores parece gustarles el tener que perder el tiempo, así que comienzan a hablarles de las tácticas a seguir en la arena. Les hablan del protocolo que seguirán en los entrenamientos, les preguntan por sus habilidades y sus defectos (que ella no tiene ninguno, que quede claro) Y les aconsejan coger todas las provisiones posibles el primer día. De ahí ya pueden comenzar a cazar. Cazar personas, por supuesto. Clove no tiene ninguna necesidad de perder el tiempo matando animales. Piensa llevarse ella solita toda la comida que pongan en la Cornucopia.
La cena es exquisita. En el Distrito 2 les alimentan bien, pero en el tren camino al Capitolio están un paso más allá. Prácticamente les ceban. Será para que los perdedores se lleven una alegría antes de morir. Clove prueba de todo un poco, por si acaso. Y presta atención a todo lo que dicen los demás pero sin hablar demasiado. Ella ha decidido que comenzará con su estrategia cuando lleguen. Queda muy poco de viaje. El Distrito 2 está cerca del Capitolio y se tarda poco en llegar, probablemente en un par de horas estarán allí.
Clove nunca lo ha visto y una extraña y tonta emoción se apodera de ella, pensando en sí será tan grande e impresionante como se muestra en televisión. Luego sacude la cabeza y se obliga a sí misma a recordar que no está de vacaciones, que está ahí para ganar. Y ese debe ser su único objetivo.
-Estoy cansada, me voy a mi habitación.
No espera que nadie le de permiso porque de todas formas no lo está pidiendo. Linette le enseña cual es y Clove entra sin prestar demasiada atención. La habitación también es todo lujo, como era de esperar. Y en los armarios hay un montón de ropa. Algunas extravagantes, de lo más capitolinas. Clove intenta seleccionar la más normal que encuentra, para no sentirse como un payaso. Saca unos pantalones negros y una camiseta de manga corta roja. Total, luego se van a encargar de desvestirla los estilistas. Espera que no le pongan ningún tipo de atuendo ridículo, porque si es así se piensa negar en rotundo.
A parte de que no le hace ninguna gracia, a Clove nunca le ha gustado que le digan lo que tiene que hacer ni ponerse.
Está cambiándose, distraída, cuando la puerta se abre sin previo aviso. Clove, tomada por sorpresa, emite un gritito agudo, ligeramente escandalizada.
-Qué aprensiva.
Es Cato. Y se burla. Como siempre. Debía haberlo esperado.
Clove se gira rápidamente, dándole la espalda. Termina de ponerse la camiseta y entonces ya se siente preparada para encararle.
-¿Es que nunca te han dicho que no se entra sin pedir permiso? Y mucho menos a la habitación de una chica-le espeta, furibunda. Pero a él no parece impresionarle mucho, porque la mira de lo más divertido-. Me estaba cambiando, ¿sabes?
-Ya, pero no he visto nada.
Ese no es el punto, pero Cato no lo entiende. Clove se exaspera.
-¿Y si lo hubieses visto qué?
A Cato no parece interesarle en lo más mínimo la conversación, porque se encoge de hombros con aire aburrido.
-Tampoco sería interesante.
Clove abre la boca para rebatir algo, pero se le ocurren tantos insultos al mismo tiempo que al final ninguno sale a la luz.
-Eres irritante.
-Gracias.
Y el tributo, como si estuviese en su propia habitación, camina con parsimonia hasta sentarse en la cama de Clove, observándola con detenimiento. Ella está parada frente a él, con los brazos en jarra y los labios apretados. Le aguanta la mirada todo lo bien que sabe. Sin embargo, unos segundos después, no soporta más el escrutinio.
-Dime que quieres.
No le pregunta, le exige. A Cato sigue haciéndole mucha gracia.
-Te has perdido la última parte de la conversación-comienza a decir Cato, tanteando el terreno-. Nuestros mentores tienen unas ideas maravillosas. No tanto como las mías, claro. Pero seguro que a ti te pueden servir.
-¿Si? Ilumíname, por favor-replica ella, con sarcasmo.
Cato sonríe.
-Están seguros de que seremos más fuertes si nos mantenemos juntos.
Clove tarda unos segundos en procesar la información. Valorando los pros y los contras. Tarda también en captar la invitación a una alianza que hay implícita en esas palabras.
-Así que… Creen que me necesitas-aunque no quiere que suene así (no mucho, al menos), su voz tiene una pizca de burla que hace que el chico frunza el ceño, ofuscado-. Creía que eras el gran lobo solitario, que no te iba eso de cazar en manada.
-Bah, olvídalo-le suelta él, desdeñoso-. Igual ni siquiera serías de mucha ayuda.
Cato parece molesto y tiene toda la intención de volver por donde ha venido, pero Clove sabe que tiene que detenerle, así que le agarra del brazo. Obviamente él con un solo tirón podría librarse de su agarre, pero no lo hace. Tampoco quiere.
Una alianza entre ellos. Cato y Clove. Clove y Cato. El Distrito 2. Eso sin duda puede funcionar. Cato es letal a distancias cortas, pero Clove lo es en las largas. Con su puntería nunca falla. Los dos cubrirían las carencias del otro, sería perfecto. Hasta que tuviesen que matarse entre ellos, claro.
-Venga, chico duro, tampoco es para ponerse así. Yo creo que tienen razón-reconoce. Y le sonríe. Clove está casi segura de que es la primera vez que lo hace-. Así será más fácil deshacernos de las molestias. Luego seguiremos cada uno por nuestro lado.
Cato también está de acuerdo.
-Sí, pero intentemos no tardar demasiado en hacerlo-le dice-. Podría ser peligroso para ti que pasásemos mucho tiempo juntos.
Clove alza una ceja, ligeramente escéptica. No se percata de que aún no ha roto el contacto. El tacto es caliente y suave. La piel de Cato está bronceada, haciendo contraste con el pelo rubio y revuelto. Es fácil también imaginarse a Cato clavándole un puñal en cuanto se despiste, en cuanto deje de necesitarla. No se lo reprocha, ella haría lo mismo. Cato tiene tantas ganas de ganar como ella.
-Tranquilo, no estaré contigo el tiempo suficiente como para poner en peligro mi integridad física-le responde Clove, altiva.
Entonces Cato se ríe. Una risa de esas que dicen: eres tonta, Clove, no te enteras de nada. Ella entrecierra los ojos, de nuevo malhumorada.
-Ese es el menor de tus problemas, Clove-dice, muy bajito, cerca de su oído. Demasiado, quizás-. Sólo preocúpate de mantenerte lo suficientemente lejos como para no encapricharte conmigo-cuando se separa de su oreja sigue estando tan cerca que Clove se da cuenta, por primera vez, de que tiene los ojos claros-. Es molesto, pero a las chicas os suele pasar.
Clove tarda unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hace se lo sacude de encima y coge lo primero que tiene a mano. Lástima que Cato sea más rápido. El caro jarrón se estrella contra la puerta ya vacía.
Al otro lado, Cato sigue riendo.
Y en su habitación Clove grita, frustrada. Y se reafirma.
Estúpido Cato.
Lo tiene más que decidido: a la primera oportunidad que tenga le piensa rebanar el cuello con un cuchillo. Se va a tragar sus palabras.
¿Comentarios o tomatazos?
