Cap II - Las Leyendas No Queman Aldeas
La atmosfera del lugar se había puesto extrañamente caliente, Barenziah podía sentirlo en los pulmones. Su cabeza daba vueltas, había rodado de su posición en el bloque y se había golpeado fuertemente. Un hilo de sangre corría por un lado de la mejilla, y casi rió al sentir el olor a carne chamuscada y sangre que inundaba todo el lugar.
-¡Vamos, esta es nuestra oportunidad! –Notó como alguien le tiraba del brazo con fuerza, obligándola a levantarse. Puso en foco su vista una vez más, y notó que era aquél guerrero nórdico que la acompañó en el trayecto a Helgen.
No lo pensó dos veces, y se largó a correr junto a él, intentando esquivar las bolas de fuego que caían del cielo. Entraron a la torre más próxima, y junto a otros soldados bloquearon la entrada con una mesa.
-¡Jarl Ulfric!, ¿qué es todo esto? ¿Son ciertas las leyendas? –Si bien el guerrero no parecía asustado, estaba muy confundido. El jarl, quien había roto las cadenas que lo sujetaban con la fuerza bruta de sus brazos, se arrancó la mordaza y escupió al suelo.
-Las leyendas no queman aldeas hasta las cenizas.- El suelo tembló, una explosión había hecho sacudir un lado de las redondas paredes, y el polvo comenzaba a caer sobre sus cabezas- ¡Debemos salir de aquí pero ya!
Barenziah corrió junto a los dos hombres, subiendo rápidamente las escaleras que subían en círculos hacia la azotea de la torre. ¿Por qué se dirigían allí? Pensó la elfa, ¿es que planeaban escapar volando? Humanos idiotas.
-¡RETROCEDAN!, ¡DETENGANSE! –Gritó Ulfric, mientras la elfa, con más rápida reacción que ningún humano, se pegó al piso. Una explosión hizo volar una sección de la pared, cuando la cabeza de aquél negro dragón entraba por la abertura. Exhaló una bocanada de fuego, quemando todo a su paso. El soldado y Ulfric imitaron a la pelinegra, y pudieron salir intactos. Pero no todos tenían tan buena suerte, hombres que les seguían más abajo habían muerto incinerados, congelados en el tiempo, como un trozo de carbón con forma humanoide.
La elfa se levantó, y sacudió las rodillas de su haraposo pantalón. ¿Cuándo le habían puesto esas ropas? Quería su armadura de vuelta. Si se la había robado, mataría al ladrón. Miró hacia todas partes y notó a los hombres quemados. El soldado tiritaba boca arriba, mirando a sus compañeros asesinados de aquélla forma tan cruel, y Ulfric, que ya se había reincorporado, mostrando una mirada sumamente turbia. A Barenziah todo aquello le daba más bien lo mismo. Un puñado de mortales muertos, ¿cuál era el problema? De todas formas algún día iban a morir.
-Ralof… Levanta. –El Jarl se dirigió a su soldado con voz de mando. Entendía perfectamente su pesar y tristeza, pero quedarse pasmado y tiritando en el suelo no sacaría a nadie de aquél infierno viviente.
-Sí, mi Jarl. –Respondió con la voz temblorosa, intentando no flaquear frente a su líder. Los nórdicos podían ser muy testarudos cuando a honor se refería.
Los tres subieron el último trayecto. La pared y techo habían colapsado sobre la escalera, ya no había vuelta atrás. Lo único que quedaba era aquella abertura por donde había metido la cabeza el dragón. ¿En dónde estaba ahora?
-Joder… Ya no hay salida. –Murmuró Ralof, pasándose las manos nerviosamente por los rubios cabellos.
-Espera. – El Oso de Ventalia , por primera vez, notó con la mirada a la elfa. No la miró con buenos ojos, como muchos nórdicos, pensaba que los dunmers como ella eran simples sacos de carne que ocupaban un espacio imprescindible en su hermoso país Skyrim- Ella puede saltar.
Más abajo estaban los restos de una posada que había sobrevivido bastante bien el fuego. El techo de paja estaba completamente incinerado, pero la estructura prevalecía, dejando un hueco por donde entrar si caías. Hacia abajo eran unos 15 metros.
-Pero, mi jarl… -El soldado se vio interrumpido por un ademán de mano proveniente del Jarl. Este inspeccionó más profundamente con la mirada a la elfa y alzó una ceja, mirando una vez más al rubio. Obviamente, le estaba haciendo señas para que notara la complexión de Barenziah. Era delgada y estilizada, cual lince; cada vez que se movía, la piel de mármol de la dunmer se apegaba a sus músculos. Cuando caminaba, en ella se notaba la elegancia y agilidad de una persona quien ha estado bajo un estricto entrenamiento físico durante varios años.- Oh.
Ninguno de los dos se imaginaba cuantos años habían sido en realidad.
-No me digan. Quieren que salte. –Respondió la inmortal, sarcástica.-
- Hablas. –Ralof levantó las cejas, verdaderamente sorprendido. Ulfric les estaba dando una mirada inquisitiva a ambos. ¿Es que ya se conocían? Más le valía a Ralof, uno de sus más preciados generales, no encamarse con una… Piel azul asquerosa.
- No, era muda. Ahora hablo por un milagro de Talos. –La elfa se acercó al borde, e inspeccionó la caída. No era tan mala, no al gusto de ella. Ralof sonrió. De muda a sarcástica en un segundo. La elfa era un caso especial- Bueno, intenten que el dragón no les carbonice las cejas. Adiós.
Dicho y hecho, la dunmer saltó al vacío.
Aterrizó limpiamente en el suelo rodando de costado, gracias a años de experiencia, la herida más grave que sacó con la caída fue un pequeño raspón en un codo. Nada que la elfa notase.
Rápida se levantó, e inspeccionó el lugar con la mirada. Parte del suelo había colapsado y las escaleras ya no existían. Tendría que volver a saltar.
Se colgó de una viga, y cayó limpiamente de pie ya sobre suelo firme. Ahora faltaba encontrar la forma de salir de Helgen, algo que era diez veces más difícil de lo que parecía. Decidió salir de la posada, ya que quedarse allí por mucho más tiempo era un suicidio. Algo en la mente le decía a la elfa que el dragón estaba detrás de ella, pero no sabía porque. Aquellos ojos morados, y las escamas negras le recordaban demasiado a sí misma, no podía ser una coincidencia.
Corrió por las calles de tierra del fuerte, esquivando de tanto en tanto alguna flecha perdida de los arqueros imperiales que intentaban retener al dragón. Todo intento era inútil, las escamas del reptil parecían hechas de acero. Nada las penetraba.
El dragón aterrizó a una calle de donde ella estaba. Instintivamente, se agachó entre unos cajones rotos, y esperó a que el batir de las alas se alejara.
- ¡ATRÁS, ATRÁS TODOS! –Se escuchó una voz gritar. Era el imperial que le había preguntado su nombre. Barenziah también recordaba muy bien que la había llamado "carroña" cuando la había llamado al bloque, pero por ahora no lo mataría. Le servía más vivo. Estaba bastante segura de que el hombre conocía muy bien la fortaleza, y sabría escapar de ella.
Junto a los demás sobrevivientes, la elfa se escondió detrás de la pared de una casa, cuando un chorro de fuego cruzaba la calle siguiente. El hombre la vio, y sonrió brillantemente.
-Así que sigues viva, prisionera. – El imperial alzó las cejas, sorprendido, mientras observaba de arriba abajo a la elfa. ¿Se le estaba insinuando?, hacía unos momentos la había mandado a matar, y de repente le invadía la lujuria. Barenziah nunca entendería a los hombres mortales. A sus ojos eran un montón de hormonados.- Y si quieres que siga así, será mejor que me acompañes.
Y se atrevió a guiñarle un ojo. Otro más que se salvaba porque la elfa tenía las manos atadas.
Indicándole que le siguiera, el hombre se escabulló por una de las calles segundarias que pasaba por detrás de una posada. Al menos era inteligente, sabía cómo no llamar la atención, y en ningún momento el dragón logró divisarlos.
-¡Contra la pared! –La dunmer se vio aplastada contra las rocas de un muro, apresada por una mano del imperial. Por un momento creyó que iba intentar violarla, pero, al alzar la vista, notó algo extraño sobre aquélla pared. El dragón estaba parado sobre ella, y parecía buscar algo con la mirada, inspeccionando desde lo alto todo el terreno de Helgen. Sintió como se le congelaban las manos. ¿Estaría buscando por ella?
Por un tenso minuto, ambos sobrevivientes se quedaron allí, agachados contra el paredón, intentando que aquélla temible bestia no los viera. Por dentro, el imperial rezaba a todos los dioses, pidiendo que el dragón no tuviera un buen olfato.
-Sigamos. –Murmuró, una vez que las escamas negras ya no eran visibles. La bestia había alzado vuelo, y por suerte para ambos, al lado contrario del muro.
-Eh, no eres muy habladora, ¿no? –La elfa ni siquiera se molestó en contestar. Miró al hombre de manera furibunda, y alzó una ceja, claramente diciéndole; "Vas a hablar mucho tiempo más, ¿o ya podemos irnos?"- Ya veo. –El mismo se contestó, y soltó una risa. Por un momento casi parecía inocente.
Una verdad, era que si bien Barenziah solía sentir un legítimo odio hacia todos los mortales, a veces simplemente la cautivaban. Le era difícil pensar que algún día, todos los que veía en ese momento morirían, y ella seguiría en el mismo estado. Joven y ágil. Aunque la muerte para ellos fuera algo terrible y les atemorizara, su mortalidad los hacía seres hermosos, efímeros. Se aferraban a la vida con dientes y uñas, luchaban por sus ideales. La elfa, en cierta manera, más que odio, les tenía envidia.
-Oye… ¿Por qué me miras así?- Aquéllas palabras la sacaron de su ensueño, y negó rápidamente con la cabeza, despejándose. De repente volvía a ser el mismo ser frío y huraño de siempre.
- ¿Vamos a seguir, o vas a quedarte allí parado como un pasmote? –
-Que dulce.- Rodó los ojos, y siguió con su camino.
Se detuvieron detrás de una pared. Delante había una gran plazoleta, vacía, sin nada con lo cual esconderse. Más adelante, torciendo a la izquierda, estaba el castillo principal de Helgen, donde debían de encontrarse los túneles de escape subterráneos que los imperiales siempre construían. Debían llegar allí, pero de por medio había varios soldados con arcos, incluso un mago de destrucción, intentando debatir al dragón. En fin de cuentas, el mismo caos que colmaba toda la ciudad fortaleza.
-¿Lista? –El imperial la miró, con la respiración agitada. La dunmer, sin embargo, seguía impoluta, como si recién se hubiera levantado. Examinaba el terreno con ojos calculadores y astutos, tratando de discernir cual era la mejor forma de atravesar aquél campo sin ser vistos.
-Te sigo desde atrás.- Asintió. En unos instantes ambos corrían, saltando los escombros y flechas que pasaban silbando sobre sus cabezas. Lo habían logrado, atravesaron el arco de piedra que llevaba a la puerta del fuerte principal, cuando Ralof apareció una vez más.
El rubio se veía realmente desgastado. El hollín le cubría el pelo antes rubio, y la sangre le corría por un lado de la cara.
-¡Ralof, maldito traidor! –Gritó el imperial, apuntando al otro nórdico con su espada.- ¡Quítate de nuestro camino o tu cabeza rodará por los adoquines!
- ¿Traidor?, Hadvar, tú fuiste quien nos traicionó… Un hijo de Skyrim luchando en el bando de los imperiales… -Dijo, para luego escupir. La elfa se dedicó a mirarles en silencio, los conflictos de los humanos le importaban un bledo, y ambos hombres parecían conocerse desde hacía mucho tiempo. Sus voces eran puro rencor.
-Vamos, prisionera, sígueme. –Dijo Hadvar, luego de dejar atrás al rubio. Se posicionó en la puerta principal, mientras Ralof se dirigía a una secundaria-
- Elfa, si quieres libertad… ¡Ven conmigo! –El rubio se golpeó el pecho con un puño fuertemente cerrado, mientras que con la otra mano blandía un hacha de hierro remachado.
Genial. Ahora tendría que elegir, y Barenziah sabía muy bien que sería una decisión que determinaría su estadía en Skyrim. ¿A quién elegiría?, ¿tendría que matar a alguien?
Sus ojos morados oscilaron entre ambas posibilidades, calculando cual sería la mejor…
