Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a J. K. Rowling, a mí sólo se me fue la olla.
Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"
Capítulo I: Ojo de fénix
"Por una bala, se perdió un soldado;
por un soldado, se perdió una batalla;
por una batalla se perdió una guerra,
y por una guerra…"
(Letrero pintado en una pared del Callejón Diagon en rojo)
12 de enero de 1999
Sortilegios Weasley aún tenía los grandes letreros de CLAUSURADO de varios meses atrás. La tienda se veía sombría y era un recordatorio permanente de que aquellos no eran tiempos de risas. Los carteles de SE BUSCA estaban pegados en todas las paredes, de casi todas las tiendas. Las caras más recurrentes eran la de Hermione Granger y Ronald Weasley, pero también se veía allí a Neville Longbottom, que se había dado a la fuga después de la batalla. Nadie sabía exactamente donde se encontraban, ni como habían conseguido huir de la justicia durante tanto tiempo.
Otros no habían tenido tanta suerte. Kingsley Shacklebolt había caído dos semanas antes, tratando de defender a la familia del primer ministro. Los titulares hablaban de la masacre de toda la familia del primer ministro muggle, perpretada por un grupo de terroristas. En la comunidad mágica no se habló de eso, sino que el gobierno se echó flores gracias a la captura y encarcelamiento de Shacklebolt. Le habían caído cargos por alta traición y asesinato.
La mitad de la gente sabía que todo había sido una puesta en escena.
Pero nadie se atrevía a decir nada.
Dos figuras se movieron a través de la lluvia, con capas negras que los cubrían de pies a cabeza hasta dirigirse a Sortilegios Weasley. La entrada a la bodega, pequeña y casi inaccesible, fue el lugar al que se dirigieron. Los dos desconocidos llamaron a la puerta varias veces hasta que se abrió la mirilla y extendieron las palmas, mostrando el tatuaje de un ojo. Los recibieron inmediatamente.
Bajaron las escaleras hasta la bodega después de asegurarse que nadie los había seguido. Abajo había más gente esperando, en un caos de mercancía que nunca había terminado de venderse, un par de hamacas, cobijas, sillas y una mesa donde antes habían estado productos para vender.
—¡Gon! ¡Hermione! —exclamó una mujer acercándose a ellos. La rubia, con el cabello desordenado y con una túnica vieja y raída los recibió con los brazos abiertos. Las dos siluetas se quitaron las capuchas, dejando al descubierto el rostro. No parecían los mismos que siete meses antes. Hermione se había cortado el cabello como chico, en parte por comodidad, en parte porque no era tan sencillo reconocerla así.
—Fleur, lamentamos la tardanza… —dijo la castaña, con una sonrisa.
Ron tenía barba y bigote de meses. Podría habérselo rasurado, pero él decía que nadie creería el uno de los enemigos mayores del gobierno pareciera un vagabundo. Empezaron a saludar y por un momento todo pareció normal en ese lugar, como si sólo fuera una inocente reunión familiar.
Arthur Weasley, que había envejecido veinte años en esos meses los saludó desde la esquina. El poco cabello que le quedaba era totalmente blanco debido al estrés. George alzó la mano izquierda levantando el dedo índice y el corazón, formando una letra V y les dedicó una sonrisa cansada. Durante la guerra había perdido una oreja; después de la guerra, dos dedos de la mano izquierda. Percy era el que se veía mejor de todos: su túnica estaba visiblemente más limpia, y estaba mejor peinado.
De todas las mujeres sólo faltaban las mujeres.
Molly… bueno, todo el mundo sabía que le había pasado.
Ginny estaba en Hogwarts e intentaba hacerles llegar noticias de lo que estaba pasando como podía, pero desde que todo el correo era revisado, especialmente el de aquellos que tenían familiares problemáticos para el gobierno.
—Estamos casi todos, podemos empezar… —Bill fue el primero en reaccionar una vez que Ron y Hermione estuvieron sentados. Ella en una silla que le habían acercado, él en el suelo, justo delante de ella, mientras ella posaba su mano sobre el hombro de él.
—¿Y Neville? —preguntó George, interesado.
—No vendrá —aclaró Ron—. Nos lo encontramos hace unos días y dijo que sería demasiado peligroso. —Se encogió de hombros—. Además dice que tiene asuntos que atender.
—Entonces podemos empezag —zanjó Fleur.
—Dean dice que tiene los explosivos necesarios —interrumpió una voz desde el fondo. Seamus Finnigan, con una venda improvisada en la cabeza con pedazos de túnicas que era también un parche para el ojo que había perdido un mes atrás, en lo que había sido el primer gran movimiento del Ejército de Dumbledore. Parvati había muerto por salvarlo y todavía no se lo perdonaba, por más que Dean le había dicho que, al menos, se había reunido con Lavender—. Podemos hacerlo ya. Antes de que pase más tiempo.
—No estamos listos —interrumpió Hermione—. No tenemos los horarios completamente definidos…
—¡Nunca estaremos listos, Hermione! —espetó George—. ¡Mi padre lleva siete meses allí metida por asesinar a Bellatrix Lestrange y todos saben que es una injusticia!
—Además… con Kingsley… necesitamos recuperarlo —interrumpió la voz de una mujer que ya se acercaba a la cuarentena. Hestia Jones era una de las pocas veteranas de la Orden del Fénix que aún no había pisado Azkaban—. No tenemos una cabeza si tienen atada de pies y manos a McGonagall en Hogwarts…
Todo el mundo sabía lo que pasaba Minerva McGonagall. Nadie la había destituido del cargo, puesto que sería un escándalo, incluso para quienes se encontraban neutrales, pero la habían recluido en Hogwarts y neutralizado allí. La usaban para mantener al corriente a los estudiantes, igual que a los demás jefes de casa. Otros profesores no habían tenido tan buena suerte y habían desaparecido junto con su carta de despedida y su liquidación.
Trelawney, Hagrid, Vector y Sinistra, para ser más exactos.
—Tenemos que hacerlo, YA —concluyó Percy—. En el ministerio se están descuidando, creen que el poder les llegó muy fácil. Sólo tenemos que ser… realistas.
Realismo, en ese momento, equivalía a ser pesimistas.
—No todos saldremos vivos… —Angelina Johnson, que hasta ese momento se encontraba en el rincón, se asomó un poco a la luz—. Es estadísticamente imposible lograrlo. No podemos asaltar Azkaban y pretender terminar con vida todos, ni siquiera en un golpe de suerte
Además, el detalle que no había mencionado nadie era que sólo podían ir aquellos que podían conjurar un patronus. Eso dejaba fuera al señor Weasley, que no podía hacerlo desde mayo pasado, a George y a unos cuantos más. Gente de la que no podían prescindir.
Hermione se dio el lujo de mirarlos a todos, uno por uno. La mayoría eran muy jóvenes porque los más veteranos habían muerto o desaparecido; estaban heridos y habían perdido partes del cuerpo. Además, también, de que tenían la esperanza mancillada completamente. El ministerio se había encargado de volverlos la peor escoria, sólo hacía falta ver la manera en que Fleur se vestía cuando antes había usado túnicas relucientes. Los había condenado a lo más bajo de la cadena alimenticia, a los que no había puesto en carteles de SE BUSCA. Pero no había calculado que, mientras la flama de Harry siguiente viva dentro de ellos, nunca dejarían de luchar.
—Sólo tendremos una oportunidad, una —puntualizó—. Si no lo logramos, estamos muertos. Azkaban no es cosa de niños, menos ahora. Estará atascado de dementores de arriba abajo. —Y pensar que ese no era el único punto espinoso de todo aquel asunto. ¿A quién iban a sacar? Dennis Creevey estaba allí desde antes de que la guerra acababa, Molly Weasley también, Kingsley, un montón de personas sin varita acusadas injustamente… Sería casi imposible—. Tendremos que… priorizar —siguió—. No podemos salvarlos a todos.
Todos lo sabían y todos asintieron. Les hubiera gustado poder salvarlos a todos.
—Entonces, tenemos dos semanas… —dijo George—. Supongo que será suficiente. —Miró a Dean Thomas, que había perdido a toda su familia en una maniobra de persuasión para entregarse. Él asintió—. Dos semanas, no podemos esperar más.
Alzó la mano derecha, alzando el dedo índice y el corazón, formando una V. La V de la victoria. Los demás lo imitaron. Era, además de los tatuajes que llevaban, un modo de identificación. Por lo poco del Ejército de Dumbledore y de la Orden del Fénix que quedaba.
14 de enero de 1999
Neville miró de nuevo la dirección y comprobó que fuera la correcta. Era el último piso de un apartamento muggle en Oxford, demasiado mugriento y asqueroso, incluso por fuera. Estaba oscureciendo y quería estar a cubierto cuanto antes. Llamó a la puerta con dos sonoros golpes y le abrió una pelirroja en bata medio abierta y camisón. La reconoció.
—Tracey Davis —dijo, sorprendido.
La joven tenía rasgos angulosos, el cabello evidentemente teñido pues empezaban a vérsele las raíces. Era un poco más baja que él, y tenía un ojo a medio desmaquillar y el otro completamente maquillado. Ella sonrió al saberse reconocida y lo invitó a pasar en ese instante antes de cerrar la puerta de un portazo.
—¿Té, café, cerveza de mantequilla o vino de elfo? —preguntó con esa voz chillona que tenía, todo demasiado rápido.
—Nada… gracias…
—Cerveza de mantequilla, entonces —decidió ella y se fue a la cocina a sacar dos botellas para ofrecerle y un par de vasos con hielos. Volvió y le puso un vaso enfrente—. Disculparás que no tenga tarros. No tengo dinero para mucho…
—Solías ser rica —se atrevió a comentar Neville.
—Sí, sí, solía ser muchas cosas. ¡Cómo amiga de Greengrass, por ejemplo! —le espetó ella—. Pero eso se acabó. Cuando el gobierno descubre que tienes un padre muggle te hunde hasta el fondo en la mierda. Como mi abuelo influyente murió hace dos años no pude defenderme demasiado… —se encogió de hombros.
—Creí que los Slytherin eran… sangra puras.
—Creíste mal, Longbottom —le espetó ella, sentándose en el único sillón que había en toda la habitación y palmeando a su lado para que él hiciera lo mismo—. Disculpa la falta de mobiliario, aunque si lo que he oído es cierto, será demasiado para ti… —le sonrió—. Encontrarte no fue tan difícil.
—¿Ah, no?
—No. Me encontré a Mandy haciendo una pinta —sonrió ella—. Una vez la dejé escapar el año pasado, ella me dijo como mandarte la carta.
—Y… exactamente, Davis, ¿qué quieres? —preguntó él.
—Ayudar —ella sonrió.
—No pareces tener demasiados recursos…
—Oh, pero los tengo, los tengo… —hizo un movimiento de cejas provocador—. ¿Sabes que a los mugrosos de los políticos les gustan las pelirrojas?
Oh. Eso. La verdad, al ver sus movimientos, sus ademanes y al oír su forma de hablar Neville lo había sospechado, pero nunca de esa manera. La observó más a detalle y vio que tenía las uñas del mismo color rojo de su cabello, perfectamente pintadas aún, al igual que los pies que llevaba descalzos.
—No deberías…
—… ¿hacerlo? Me cuentan todos sus putos trapos sucios, Longbottom, no me digas que tengo que hacer con mi dignidad o no. Además, si no hay nadie dispuesto a hacerlo… —se encogió de hombros. Era la excusa más pobre para la prostitución que Neville había oído jamás—. Te puedo informar de todo. Y cargarme unos cuantos. Cobrarme lo de mi padre… —se miró las uñas con atención antes de volver a encararlo a él—. Soy tu mejor oportunidad para el Ejército de Dumbledore, Longbottom. Yo lo pierdo todo. Tú obtienes información.
—Tracey… —extendió la mano y la colocó sobre la de la chica. Conocía su nombre porque Mandy le había contado de ella, pero nunca la había llamado sólo por el nombre de pila—. Lo siento.
Ella asintió, frunciendo los labios, convirtiéndolos en una tensa y fina línea al tiempo que cerraba los ojos de manera tan fuerte para no dejar pasar ni una sola lágrima fuera de ellos. Desde hacía meses que no tenía derecho a llorar, había concebido una venganza perfecta, algo para cobrarse lo de su padre. Algo que se merecía.
—Se suponía que esto acabara bien… —musitó Neville.
—Nada puede acabar bien para todos. —Tracey abrió los ojos, leventemente, encarándolo con la sonrisa más triste del mundo—. No nos tocaron las buenas cartas a nosotros, simplemente. No nos tocó la buena suerte. Eso es todo…
No valía la pena quejarse más, suponía. Desde que Voldemort se había hecho con el poder todo el mundo se había ido desmoronando poco a poco. Aquellos que habían estado abiertamente en su contra habían obtenido los peores trabajos y los hijos de muggles habían ido a parar directamente a Azkaban o a la fosa común. Pretendía también acabar con los mestizos, pero alguien le dijo, suponía Tracey, que serían buena carne de cañón. Las había putas, como ella. Pero también había sirvientas, gente dedicada a hacer el aseo en los peores lugares… Incluso había oído que los dos Lestrange desmemorizaban gente con el objetivo de convertirlos en los soldados perfectos.
Y los desaparecidos, todos los días, a todas horas. Cualquiera podía desaparecer si sospechaban de él y nadie lo volvía a ver nunca. Cuando alguien desaparecía, todo el mundo asumía que estaba muerto, era la mejor manera de afrontarlo.
—No, no eran nuestras cartas —le dijo Neville—. Lo que queda es luchar hasta el final.
—Hasta el final… —repitió ella.
—Por un mundo mejor…
Ella suspiró.
—No quiero un mundo mejor, Longbottom, quiero mi venganza, pero si consigo ayuda intentado ayudarte con tu mundo mejor… —chasqueo la lengua—. Considérame dentro. Tengo a alguien más que puede servirte. Vendrá en un rato. —Miró al reloj de la pared—. En unos… veinte minutos quizá.
—¿Estás segura que es de confianza?
—Completamente. Si no confiara en él, ya estaría muerta. Los carroñeros lo buscan.
—¿Y eso es porque…?
—Se saltó el último año en Hogwarts. No es la gran cosa, tampoco. Iba en Slytherin.
—¿Desde cuándo los slytherin son de confianza? —preguntó Neville, incrédulo. Para él siempre habían sido una bola de plastas insoportables—. No recuerdo que hubiera ninguno en el ejército de Dumbledore.
—Elegimos las batallas que se ganan, Longbottom —le respondió ella—. Astucia… —chasqueó los dedos—. A menos de que estemos desesperados como para tomar cualquier alternativa posible. Siendo sinceros, el Ejército de Dumbledore es sólo una medida suicida. —Cruzo las piernas, dejando que el silencio los invadiera—. Slytherin no es Malfoy, Neville, que se dejó tatuar en el brazo sus convicciones y las vomitó todas en el baño creyendo que nadie lo oía… —esbozó una sonrisa casi burlona—. O Nott, al que mientras Daphne y él estén bien el resto del mundo le chupa un huevo. O Zabini, que nunca sabe por qué carajos hace las cosas… O Parkinson, que te borraría de un plumazo del planeta tierra. Hay matices, grises claros y grises oscuros entre el blanco y el negro. Puede que no seamos tan blancos, Longbottom, pero sabemos distinguir una atrocidad de una buena causa. Pista: tú eres la buena causa.
—… Quien-tú-sabes, la atrocidad.
Ella asintió cuando llamaron a la puerta y se puso en pie rápidamente. Fue a abrir y dejó entrar a la figura que estaba en la puerta. Neville pudo verlo, pero no lo reconoció, ni siquiera de los pasillos en Hogwarts. Llevaba una camiseta de tirantes nada más, que dejaba en evidencia que tenía los brazos y los hombros completamente tatuados. Cuando se quitó una mochila del hombro y se dio la vuelta para dejarla justo a la puerta Neville vio las alas tatuadas a la espalda que tenía. —
—Longbottom… él es Neil Vaisey. Neil, él es Longbottom —los presentó Tracey con una sonrisa. El chico se veía joven y frágil.
Era de constitución extremadamente delgada, algo más bajo que él, pero no que Tracey, a la cual le sacaba un buen palmo y tenía el cabello largo, color castaño claro, casi rubio. Un flequillo le tapaba los ojos.
—Quiero unirme al ejército de Dumbledore —fue lo primero, y lo único que dijo el chico.
—Así que no volviste a Hogwarts.
—No.
—Te buscan los carroñeros… —siguió Neville.
—Sé huir de ellos —dijo Neil Vaisey—. Llevo desde mayo haciéndolo así que… ¿por qué no seguir?
—¿Tienes varita?
—Una robada. La perdí en la batalla, y… bueno…
—Funcionará, supongo. —Neville se masajeó las sienes con un gesto cansado y luego volvió a mirarlo—. ¿Por qué quieres ayudar al ejército de Dumbledore, si puede saberse?
—Quiero ayudar a alguien. Alguien que está en Hogwarts.
—¿Alguien…?
—Alguien —repitió Vaisey—. No soy un traidor. Puedes ponerme a prueba tanto como desees, no entregaré a nadie. Pero tampoco revelaré a qué alguien quiero ayudar. Esa es información sólo mía.
—Supongo que es algo… —admitió Neville—. Bienvenidos, supongo.
Tracey le dedicó una sonrisa y fue por otra botella de cerveza de mantequilla que le pasó a Vaisey.
—¿Brindamos? —propuso y ella fue la primera en alzar la botella—. ¡Por la caída de este gobierno de mierda!
—¡Por la libertad! —sonrió Vaisey, uniéndose.
Neville, más dubitativo, fue el último, pero al final los imitó.
—¡Por el ejército de Dumbledore!
16 de enero de 1999
Nadie hubiera nunca imaginado que Hogwarts sería peor de lo que había sido el último año, pero los Carrow se la estaban cobrando demasiado bien. Además, Ginny descubrió que las clases de Artes Oscuras… si es que a eso se le podía llamar clase, obligatoria para todo el mundo, pues mientras unos aprendían magia prohibida los otros, como ella, eran carne de cañón. McGonagall y los otros tres jefes de casa están atados de pies y manos, no podían defenderlos de ninguna manera. Ginny sabía que los mantenían allí para controlar a los alumnos, pero que eso no sería por demasiado tiempo. No tardaba en desaparecer alguno. Ginny lo había visto… a los "aurores" —o los mortífagos que se atrevían a llamarse aurores—, escoltándolos a todos lados, manteniéndolos retenidos en sus habitaciones las horas perdidas. Sólo les prestaban la varita cuando iban a impartir clase.
Ella estaba en el mismo caso. Ella y los demás alumnos mestizos o los que habían sido identificados como miembros del Ejército de Dumbledore. Daba pena ver lo vacío que estaba Hogwarts ese año, de verdad. De su curso había tan poca gente… la casa más llena era Slytherin e incluso allí se notaba que faltaban personas. Además, a todos los mestizos… —y a ella y otros más—. Les habían quitado las varitas. Les prestaban varitas de práctica para las clases, pero el resto del tiempo simplemente disfrutaban usándolos como carne de cañón. Aún tenían la sala de los menesteres pero… ¿de qué servía si ni siquera podrían dar dos pasos antes de que los atraparan? Les estaban quitando todo tipo de esperanza, lo sabía.
Arrastró el cubo de agua acompañada de Luna hasta el final del pasillo que supuestamente tenían que limpiar. No tenían ni tiempo para hacer deberes, además de que la biblioteca estaba restringida. A veces aún tenían ganas de quebrantar las normas y desafiar a las autoridades de Hogwarts, pero cada día tenía menos ganas. No los torturaban demasiado para mantenerlos cuerdos, pero ella ya tenía una venda en la muñeca derecha porque la habían lastimado.
—Vaya mierda… —murmuró.
—¿Qué?
—Nada, Luna…
—Quizá sean torsopolos…
—Quizá —le sonrió Ginny. Luna en especial le rompía el corazón. Por más que la chica rubia intentaba ocultarlo, había un miedo perenne en su mirada, porque había pasado meses en cautiverio. Ginny se había salvado por poco, claro, pero Luna no. Y pocos meses atrás había muerto su padre en un incendio provocado a la torre que tenían por casa—. ¿Tú la derecha y yo la izquierda?
Luna asintió y se dirigió hacia la mitad del pasillo que le tocaría a ella. Ginny sabía que aún había elfos domésticos en la cocina, pero obligarlas a limpiar era sólo una manera más de humillarlas. Y había miles. Si todo el mundo creía que el curso 97-98 había sido el más oscuro en la historia de Hogwarts se había equivocado totalmente. Aquel estaba demostrando ser aun peor.
La rubia se pasó la mano por la cabeza, donde solía tener su varita, detrás de la oreja. Lo hacía cada que la extrañaba. Ginny le dirigió una sonrisa. ¿Cómo se las había arreglado para enfrentar todo aquello? La mañana que había visto a Harry morir, justo antes de la puesta de sol… Recordaba las palabras de Harry y las de Voldemort a la perfección, la manera en que Harry lo llamó Tom y lo hizo enfurecer. Y después el avada kedavra, demasiado certero, demasiado rápido. Harry ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando el hechizo impactó en su pecho y sus ojos se quedaron vacíos. Lord Voldemort había ganado.
Después todo había sido demasiado confuso, una pelea. Ginny había ayudado a sacar a Ron y Hermione del castillo, junto con Neville y unos cuantos más, aun sumidos en un shock. Cuando los rindieron, con un montón de muertos y heridos, había venido la peor parte. Los interrogatorios, el veritaserum, los juicios que más que juicios eran sólo una puesta en escena. Habían indultado a los Weasley, pero los habían dejado sin nada. Llevaban desde el fin de la guerra viviendo en los restos de la tienda de Fred y George.
Y su madre…. La madre más valiente que había conocido…
No podía pensar en eso, sólo aumentaba la furia.
—Ojalá pudiera hacer algo —musitó, con la voz dura y la expresión tensa.
—Siempre podemos hacer algo… —le respondió Luna—. Sólo hay que esperar…
¿No podían darle el premio a la mujer más cuerda del mundo? Ginny sonrió para sí, pensando que si no se había derrumbado era por Luna Lovegood, que se había quedado a su lado incluso en los peores momentos.
—Mira, un mensaje… —señaló Luna a la ventana, donde una lechuza vieja esperaba. Ginny, que no solía recibir demasiadas cartas, se acercó corriendo, porque sabía que era muy poco probable que, si llegaba a esas horas tan extrañas para el correo, no la hubieran revisado.
Le quitó el paquete de la pata rápidamente y la dejó marcharse rumbo a la lechucería y, cuando distinguió la caligrafía su sonrisa se amplió.
—¡Mira, Luna!
Querida Ginny:
Por fin nos hemos animado a visitar la casa de los gritos de Oxford. ¿Sabes que no se parece en nada a la de Hogsmeade? He aprovechado para ir con unos amigos del ministerio, que decían que todo era una tontería, pero te aseguro que a la hora de la verdad gritaron de miedo como todos. Por supuesto, estamos planeando una excursión mayor en unos días, seguro te enterarás por alguien más también. Planeaba invitarte, pero como sabes, no confían demasiado en mí gracias a todo lo que ha pasado y creen que es mejor que sigas en Hogwarts.
Recuerda que las malas influencias no te ayudarán demasiado, hermanita, lo importante es mirar hacia el futuro. Te contaré todo sobre mi excursión si es que no sale en los periódicos. ¡El ministerio está a punto de hacer un anuncio muy importante!
Te quiere
Percy W.
La caligrafía no era de Percy Weasley.
—¡Sí! ¡Sí! —exclamó Ginny, sin poder contenerse—. Luna, ¿lo entendiste? —inquirió pero después siguió hablando, dando la explicación que la chica rubia ya había comprendido a la perfección—. Liberarán a mi madre, liberarán a mi madre, con eso se refiere a la casa de los gritos… Y no sólo a mi madre. A miles… Luna, Luna… ¡tenemos que hacer algo aquí!
—Lo haremos —dijo la rubia—. Lo prometo… —luego se quedó mirándola un minuto con su habitual expresión de sorpresa perpetua—. ¿Segura de que no viste nargles por aquí?
Siguió limpiando mientras Ginny se guardaba la carta. Si la encontraban no representaría ningún peligro, pero por si acaso, debía quemarla en cuanto tuviera a su disposición la chimenea. Por lo pronto, siguió limpiando, trapeando aquel pasillo hasta que pudo terminarlo y Luna y ella pudieron irse. Tenía una idea, algo que no habían intentado desde el curso anterior y el tener que dejar los cubos de agua y los trapeadores en la bodega que estaba al lado de la oficina de Filch les iba a ayudar. En cuanto llegaron y se aseguraron de que no había nadie allí —a pesar de todas las medidas de seguridad que habían implementado, Ginny sabía que no podían tener ojos en todo el castillo—, tomaron un cubo de pintura vieja que seguramente nadie había usado y un par de brochas. Serviría varios letreros.
—Ya sabes, la gente no se entera de que el Ejército de Dumbledore sigue reclutando gente si no lo hacemos público… —sonrió Ginny y le paso una de las brochas. Ya lo harían al amparo de la noche, y ni siquiera la dama gorda o el fénix de Ravenclaw se atrevía a delatarlas.
Al fin y al cabo, ellas tenían amigos por todo el colegio y los mortífagos no. Ellas gozaban de una autoridad que los mortífagos siempre soñarían, aunque hubieran invadido todo el colegio.
La gente creía en ellas.
Los mortífagos tenían que usar la fuerza para que la gente no se rebelase contra ellos hasta que estuvieran demasiado cansados como para rebelarse. Pero Ginny nunca estaría lo suficientemente fatigada como para que le arrancaran las esperanzas. Voltearía el mundo de cabeza si hacía falta. Por Harry Potter.
El colegio amaneció con dos pintas en dos pasillos cercanos y concurridos al Gran Comedor.
EL EJÉRCITO DE DUMBLEDORE SIGUE RECLUTANDO GENTE
y
HARRY POTTER VIVE EN NUESTROS CORAZONES
Una llama que los mortífagos nunca lograrían apagar del todo. Ni siquiera aunque lo intentaran y las obligaran a trabajar como elfos domésticos y les quitaran las varitas, exceptuando en horas de clase. Ni aunque intimidaran a todos, y los castigaran a base de crucios. Ni aunque les quitaran todo y les construyeran murallas infranqueables.
Ginny sentía tanta ira por dentro, que sentía que sería capaz de derribarlas todas o de volar por encima de ellas. Esa ira en la que se había transformado la desesperación de la derrota y la tristeza de haber perdido al chico que más había querido en su vida.
Sí, este es el comienzo de un exceso de acción y angst, o eso creo. Y tragedia, no se olviden de la tragedia, que estamos en una guerra. Prometo no enumerar a los muertos como a la lista de compra, así ni quien llore. Bueno, esto es más o menos lo que ha pasado en el mundo mágico y la presentación de los ejes principales del fic: Orden del Fénix, ejército de Dumbledore dentro y fuera de Hogwarts.
Todas las versiones que conozcan de mis personajes… olvídense de ellas. Esas viven en un mundo feliz en el que Voldemort murió, por supuesto.
Andrea Poulain
A 8 de octubre de 2014
