Capítulo 2. El peligro que acecha.
Jamás creyó que ella fuera tan fácil de manejar. Introdujo el cuerpo inconsciente de la pelirroja dentro de la elegante carroza, la cual tenía tintes de reinado, tanto por fuera como por el interior, y dando fin a la horrorizada mirada de su chofer, le ordenó groseramente que volviera al mando del vehículo. Así lo hizo. El joven se subió a la vez que el jinete diera orden al animal invisible para que empezara a andar.
-FLASH BACK-
El lugar era en sí, enigmático. Un buen e interesante círculo vicioso. Su mirada de iceberg combinaba a la perfección con la calculadora vida llevada allí: Observó con detenimiento a los que, si se manejaba todo a la perfección, serían sus próximos compañeros de batalla.
-Joven Malfoy. – Llamaba un sirviente, ejecutando una reverencia. Daba la sensación de que llevaba tiempo aguardando su arribo. – Milord está esperándolo. –
Éste solamente asintió con la mirada mientras en ella había dejo de hazaña lograda. Sus brazos se curvaban en torno a su espalda, a la par de sus apresurados pasos. No tardó en dar con la habitación asignada para las operaciones principales de aquel privilegiado grupo.
Cuando estaba a punto de tocar la suave portilla que lo separaba del interior del lugar, escuchó una voz adentro, quien le indicaba con insistencia que entrara.
-Pasa. –
El joven, cuando la portezuela fue separada de su barrera, dio una rápida pero educada reverencia. En casa le fue instruido que mostrara mucho respeto cuando el Señor Oscuro le fuera presentado. No se atrevía a mirarlo: Ésta era una señal más de respeto.
-Levanta la cabeza, Draco. Estás en confianza. – le decía el hombre sin forma alguna. Cuando el rubio hizo caso de aquella orden, pudo sentir muy claro un estremecimiento. Voldemort sostenía entre sus manos su varita, tan bien parecida a la de su eterno rival de colegio.
-Y bien... Te cité aquí por lo que tu padre me informó sobre tu desempeño en las batallas pasadas. Según mis informes, eres excelente a la hora decisiva. – El muchacho sintió orgullo dentro de sí. – Entonces, decidí que, a partir de hoy, formarías parte de mi grupo más cercano. ¿Aceptas? –
Lo que imaginó se cumplió. No cabía en sí de felicidad; su ego aumentaba.
-Claro, mi excelencia. Cuando usted mande, siempre estaré allí. – Aclaró firmemente.
-Muy bien, Draco. Tu primera misión ordenada por mí será en menos de lo que imaginas. – Dijo Riddle mirando hacia un punto perdido.
-Y estaré ahí. – Un mutismo se adueñó del lugar, en el cual apenas entraban los débiles destellos del día nublado. Los dos permanecían en su lugar, y como estatuas, parecían no respirar. Un resquebrajo dio terminado a aquella pérdida de tiempo.
-Milord... – Acto seguido, la acostumbrada reverencia. Bellatrix se agachó a la par que sus negros cabellos cubrían su rostro, tan marcado por las heridas de la desobediencia.
-¿Ahora qué? – Preguntó el hablador de pársel insistente. Su pregunta fue para el aire: Ella observaba con despojo al rubio sobrino.
-¿Y él que hace aquí? –
-¿No te parece increíble, tía, que los Malfoy hallamos llegado tan alto? – Aseguró el rubio con sorna, dejándola más furiosa, exclamando una inoportuna respuesta, saliendo del lugar. Obviamente dejó a su jefe con un loco bufido de indignación.
-No te preocupes, chico. Esto pasa siempre. – Draco no sabía qué decir, solamente en su mente cabía la gran idea de orgulloso servir a Voldemort. Aquellas situaciones no tomaban lugar en sus pensamientos.
-Sí... Me tengo qué retirar. Necesito pensar en maniobrar las próximas estrategias. –
Sus labios desfigurados se contorsionaban en una sonrisa: – Eso me parece excelente. Te veré luego. – Y lanzó un hechizo a la puerta maciza que hizo que se abriera. El rubio se retiró con la misma expresión de al principio. Sin saludar a nadie, se retiró de aquel centro de operaciones, el cual, suponiendo lo que su padre había comentado alguna vez, era temporal. Se lanzó a la carroza y ordenó al sirviente que lo llevara a la colina de Stoatshead. Durante el camino, fue repasando los hechos acontecidos con anterioridad. Su rostro tenía gran parecido al de una criatura a la cual le fue concedido un capricho.
-¿Ésta es? – preguntó de pronto su chofer, señalando el oscuro monte. Él estiró una más de sus maquiavélicas sonrisas y asintió. Bajó casi volando de ahí y observó todo con claridad: No tardaría en llegar.
Pasaron varios minutos, incluso unas cuantas horas. No serían más allá de dos. Pero él no se impacientaba: La sola idea de ver aquella niña de pelo rojo que le trastornaba en sus días lejanos de escuela, lo volvía loco. El plan de las cartas debía funcionar, haciendo creer que su rival, Potter, era el autor de aquellas "bonitas" palabras.
Al caer el sol, casi en su totalidad, pudo distinguir aquella conocida silueta, la cual tomaba lugar en una piedra colocada de manera estratégica. Y él cometió algo de lo que se arrepintió: No tuvo más remedio que lanzarle un desmemorizador. Con tal de que olvidara aquel odio que le profesaba.
-FIN FLASH BACK-
-Vámonos rápido de aquí. Yo te diré a dónde. – Bien sabido era que los sirvientes de la familia Malfoy no tenían voz contraria a sus decisiones, así que el chofer, de nombre Maurice, solamente dio una más de sus enésimas aseguradas. Los caballos invisibles tomaron rápido galope, y la velocidad de aquellos animales era increíble, pero esto no pasó a mayores para el Slytherin. Lo único que le llenaba era tenerla allí, cerca de él. Su cuerpo yacía sobre el sillón contrario a donde se ubicaba él. Se arrodilló cerca, observando detenidamente las finas facciones de la Weasley. A pesar de ser una "traidora a la sangre", su físico compensaba su imagen. A él, desde el momento en que la vio, le daba igual aquel apelativo, el apellido, sus orígenes, simplemente, le gustó.
Pudo percibir después de un rato que la respiración de la muchacha tornaba a una velocidad mayor, agitada. Él se fue a su asiento, sin algún buen plan pensado ni en alguna posible respuesta. Solamente se limitó a observar y dejar que todo fluyera en el momento.
La joven jadeaba insistente, y sus ojos se abrían al compás de la poca iluminación que el Lumos proveniente de la varita del mortífago le daba en las pupilas. Acercó su mano derecha a su frente, indicando niebla mental, y soltó:
-¿Dónde estoy? ... – Recobró asiento, dificultosamente, y empañó sus ojos por unos instantes. Cabe señalar que aún no veía mejor el interior del vehículo.
Su vista llegó de golpe hacia el exterior, pero su vista volvió a nublársele. Sentía que debía estar ahí, pero no lograba ubicar con precisión alguna la exactitud del asunto. Mientras tanto, Draco no hablaba: Solamente la observaba. Le gustaba tanto aquella mirada de confusión...
Y la mirada de Ginny tornó hacia Malfoy.
-¿Quién eres? – Justamente lo que quería. No le podría odiar más.
Pero él no respondió. Prefería que ella se perdiera en su nube de confusa perdición.
-Vamos, respóndeme... No recuerdo nada... – Su voz se quebraba a medida del pasar de los segundos. A Draco no parecía importunarle tenerla ahí, molestándolo con aquellas preguntas insistentes. Al contrario. Pero no se inmutaba, se limitaba a solamente observar los paisajes, que cambiaban continuamente, al paso de los minutos.
El conductor, con un fuerte latigazo, ordenó el alto inmediato. El rubio asintió, ante el anonadado rostro de la Gryffindor, y bajó de la carroza. Contempló por unos instantes la bonita y distinguida cabaña que se hallaba frente a él. Era un regalo hecho por él mismo, para escapar de aquellas ataduras paternales que lo extenuaban.
-Muy bien, llegamos. – Volvió hacia el vehículo, distinguió por unos instantes la mirada sorprendida de la pelirroja y tendió su brazo para con ella.
-Vamos. Confía. – Sonrió mientras era correspondido, tras unos cuantos titubeos de parte de ella. La soltó, tomó sus hombros y fue detrás de ella por el estrecho camino, cercado. Abrió la puerta, y pudo contemplar mejor lo que a partir de ese momento sería su hogar: El fuego iluminaba con un dejo de pasividad la estancia, la cual era tremendamente cómoda. Los lugares de servicio, como cocina y sótano, fueron introducidos ampliando por dentro el lugar, haciendo parecer a simple vistazo que el interior del lugar era grande. Las recámaras se ubicaban a los extremos. Eran igual de espaciosas que el resto de la propiedad.
-Aquí vivirás a partir de hoy. – Decía él como si fueran pareja.
Ella sacudió su cabeza, escondida entre sus pálidas manos, intentando ubicar algún punto de partida.
-No te entiendo. ¿Cómo que aquí voy a vivir? –
-No preguntes eso. Anda. –
-Pero... tú no me conoces, ni yo a ti. –
Draco se armó de una fuerte paciencia.
-Me conocerás. Mientras tanto es conveniente que vayas a tu recámara a descansar y mañana hablamos. – Ginny hizo caso de la mencionada indicación. Se introdujo en una de las habitaciones mirando todo con expectación, y Draco pensaba en lo fácil que se le daba el arte de la hipocresía. El papel de joven despreocupado y solidario se le adjudicaba muy bien. Tomó asiento en uno de los sillones y su mente retornó hacia aquel anhelado ascenso por parte de Lord Voldemort. Su primera misión estaba cerca...
Sus recuerdos permitieron que rememorara una vez más la adjunción de aquella marca que lo distinguiría de por vida del resto de la gente. Que lo llenaría de gran y fácil poder. De ese ambicionado puesto cercano a aquel privilegiado círculo si todo se calculaba con audacia.
Y la sintió: Tan ardiente como en aquella ocasión. El momento de demostrar quién era había arribado.
Corrió a la puerta, apartando a la pelirroja de sus pensamientos. El azote provocado por la violenta patada lanzada a la madera hizo que la mujer saliera de su recámara, confundida.
-Señor... – Pero al darse cuenta de que no se hallaba, volvió a su habitación agachando la mirada, sintiendo derrota.
Maurice llamaba al mando de la carroza a Malfoy, quien corría mientras la fría corriente de aire chocaba contra su cuerpo, a la vez que aquella marca de muerte ardía a llama viva en su antebrazo izquierdo.
-¡Señor Malfoy!. ¡No vaya así! – Finalmente, el rubio hizo caso de aquella voz fastidiosamente insistente. Irascible, caminaba de mala gana hacia su sirviente. Haciendo uso de sus facultades de patrón, expuso:
-¿Quién te crees que eres para perseguirme? Se supone que si voy en vehículo o cualquier otro medio lo decido solamente yo. ¿O acaso eres un espía contratado por mi padre? –
El chofer, tomando su boina, se arrodilló frente al joven pidiendo disculpas, refiriéndose a no entrometerse más en las cuestiones que no le concernían. Aunque no rayaba en lo ridículo, sí que lo fue para Malfoy. Lo tomó del hombro, arrugando su bien planchado uniforme. Ya que pudo observar sus negros ojos frente a los suyos, colocó su varita en medio de ellos, en los cuales se debatía una lucha entre el coraje y el temor.
-Has prometido no mascullarte más en mis problemas. Avísale a mi padre que te despida: Ya no soy el estúpido que él puede manipular a su antojo. – Lo arrancó de sus manos, dejándolo de nuevo en aquel suelo rasposo, el cual dolía.
Y Draco reemprendió marcha hacia lado de su amo.
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La familiaridad junto a los Weasley era increíble. A veces pensaba en permanecer durante más tiempo allí, disfrutando de aquel calor del cual había carecido durante la fase de su evolución. En ocasiones pensaba en lo que habría pasado si sus padres vivieran. Inevitable sensación de gozo.
El viento anunció una pronta advertencia de frío esquimal. Lo sintió muy claro en su rostro lleno de temor. Sus labios y sus mejillas enrojecían al son del tiempo. De su boca emanaba un vapor visible, el cual calentaba por pocos instantes su cara.
Después de atravesar el despiadado viento proveniente del noreste, Harry abrió con cuidado la portilla del jardín de la Madriguera, ya que la desvelada calma había llegado. Esto por que con los gemelos la alegría no descansaba.
Asomó tras la puerta su cabeza cubierta por la gorrita incluida en su jersey, y pudo distinguir perfectamente a los señores Weasley, aquellos a los que tanto cariño les profesaba.
-Buenas noches señores Weasley. – Su plan era desearles las buenas noches y retirarse a descansar, pero no fue así. Sorpresivamente, Arthur se puso en pie, con el rostro dibujado en más que furia, preocupación.
-¿Dónde está Ginny? – Escapó a decir, firme. Harry volteó a verlo rápidamente.
-No sé... Yo vengo de la colina. – Respondió Harry, no entendiendo nada.
-Comprendemos que fue a tu búsqueda. – Molly ya no le dijo de nuevo "cielo". La situación no lo ameritaba. – Y que vendrían juntos. –
-No, no. No la vi en ningún momento. – Tras una corta pausa, aventuró a decir: – Tal vez fue solamente a lo mismo que yo: simplemente pensar. –
-Está bien, te creemos. – Eso era lo que expresaban sus rostros, tras una rápida reflexión. Harry no era capaz de provocarle algún daño a la pelirroja, estaban convencidos de ello. Y la congoja lo cobijó, más que aquellos edredones que tal vez lo esperaban impacientes. El solo nombre de Ginny divagó en su cabeza...
-Entonces... Ginny no ha llegado... – Supo recobrar el sentido de inmediato: Tras la vuelta del pánico al mundo mágico... No... no podía estar pasando ello.
Corrió sin decir nada hacia la alcoba donde dormía, abrió la puertita de un golpe quedo, sin despertar a ninguno, y abrió su mesa de noche. El traqueteo de los objetos provocó que su mejor amigo no pudiera conciliar más el sueño.
-Harry... – Se apresuraba a ocupar el espacio vacío de sus pantuflas y reincorporó la voz, mientras el pelinegro buscaba con insistencia. – ¿Qué es lo que está pasando¿Qué buscas? –
-La varita. –
-¿Para qué? –
-Tu hermana. – Aquella razón efectuó que Ron entrara en sí. No podía ser cierto...
¡Hola!
He aquí el segundo capítulo. Debo mencionar que, aunque tal vez quieran un poco más de escenas Draco Ginny, las habrán. Si bien a muchos no agrada en que mis historias terminen como la de este capítulo, he de confesar que el tercero será casi exclusivo de nuestra pareja favorita.
Mientras, agradezco a los reviewers que se han tomado la molestia de apretar el "Go" y dejar su comentario. Ya están contestados. E igual espero sus comentarios, buenos puntos de vista, dudas y sugerencias. ¿De acuerdo?
¡Saludos!
