#2.- Año nuevo
El día 24 por la noche lo habían pasado medianamente bien, todos los asistentes a la celebración del evento lo iban a recordar por un motivo u otro, ya fuera por la tremenda resaca que les esperaba, los nuevos amores conseguidos o por haberlo pasado en grande. Al día siguiente algunos no podía con su propio cuerpo por no estar acostumbrados a tomar tanto mientras que los otros parecían estar en la flor de la vida, como si la noche anterior ninguno de ellos hubiera terminado cantando tras pasarse con el alcohol. Incluso Holanda, pese a mantener su expresión de pocos amigos intacta, se había atrevido a salir a la pista a bailar… sin contar sus cambios anímicos de amargado a un tanto cariñoso incluso con el español, diciéndose cuánto se querían pese a las broncas el uno al otro. Obviando que cuando les hizo el bajón ambos deseaban olvidar mutuamente lo que se había hablado.
El día 25 por la tarde, tras haberse pasado toda la mañana durmiendo para recuperar las horas de sueño o pasar lo peor la resaca, habían quedado en juntarse nuevamente el último día del año allí en la casa del español para celebrar las campanadas y empezar el nuevo año juntos. El único que se opuso a ello fue Holanda, quien declaró tener cosas más importantes que hacer pero solo bastaron un par de súplicas de su hermana y ver como el español se arrimaba demasiado a la rubia para aceptar pasar aquella fecha rodeado de idiotas. Su hermana, obviamente, era la excepción junto al sureño que en muchas ocasiones parecía estar de acuerdo con él, mas en ese instante parecía más bien estar en su contra.
— ¿Vamos a cenar de nuevo en tu casa? – cuestionó la parte sur de Italia sentado en el sofá sin apartar la mirada del televisor.
— Es muy probable… no creo que queden mesas libres en los restaurantes esos – respondió sentado en su rincón de trabajo, dedicándose a pasar el penúltimo día del año rodeado de flores de papel. Hubiera sido algo muy lamentable de no ser que contaba con la presencia del ítalo, quien no se había marchado de su casa desde que llegó el 24.
Para desilusión del español, el menor había aceptado dormir en su cama en Nochebuena tras ofrecerle 'su habitación' a la belga, pero habían acabado tan cansados de la fiesta esa noche que nada más tocó la almohada cayó rendido a brazos de Morfeo. No tuvo oportunidad de abrazarlo más que en la mañana un rato antes de que el menor inconscientemente decidiera golpearlo para librarse del agarre. Incluso dormido parecía percatarse de que su espacio personal era invadido. Al día siguiente se había negado a dormir nuevamente en aquella cama pues la suya ya había quedado libre.
— ¿A qué te refieres? – se incorporó un poco para poder encarar al español al momento de formular aquella pregunta, mas el otro no apartó la mirada de la flor que estaba preparando con aquellos papeles de colores.
— Ah, es que hay mucha gente que para no cocinar esa noche se van a uno de los tantos restaurante que sirven cena especial de año nuevo, luego te sirven las doce uvas para que celebres el año nuevo ahí mismo. En muchos incluso te regalan una botella de cava para que la fiesta continúe ahí – comentó alzando al fin la mirada para observar al menor, quien le veía con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá como si la misma le pesara horrores. – Pero… creo que sería también divertido ir a la torre Agbar a tomar las uvas.
— ¿Torre Agbar? – Enarcó una ceja, por alguna razón aquella torre le recordó al turco.
— ¡Sí! Es un edificio alto con un sistema de iluminación especial. Dicen que en fin de año se ilumina de diferentes colores, la iluminación sube según suenan las campanadas. Vi un vídeo en internet del año pasado, en el centro se ilumina como un reloj que marca el tiempo que falta para que empiecen a sonar las campanadas. Me haría ilusión ir a verlo.
Las veces que el ítalo había pasado el año nuevo con el español antes de que decidieran pasarla en grupo y cada año en una casa distinta, habían sido en la Torre del Sol, en Madrid, por lo que de solo escuchar lo hermoso que se veía eso ya se imaginó una enorme multitud rodeando aquella torre, lo cual no le hizo mucha ilusión. Suspiró pesadamente dejándose caer nuevamente tumbado, dejando que el moreno siguiera con lo suyo durante un rato, hasta que se aburrió.
—Voy a dar una vuelta mientras tú estás liado con eso. – Lo que no le gustaba de pasar días en casa del ibérico era que este, al segundo o tercer día, le ignoraba para ponerse a trabajar. Aprovechó la excusa de que solo había traído ropa para el 24 para salir a dar una vuelta, hubiera querido que el mayor le acompañara, no para que le hiciera compañía, en absoluto, simplemente para que le enseñara las mejores tiendas en las que poder comprar un traje elegante. Nada, el español tan solo le dijo que no buscara algo demasiado elegante y continuó con lo suyo. – Maldito imbécil… - murmuró al salir por la puerta.
Recorrió las calles subido en su coche para poder dar con una tienda lo más rápido posible, pero tuvo la mala suerte de que todas las tiendas se encontraban en zonas preferiblemente no accesibles con el coche a menos que quisiera pasarse horas buscando un aparcamiento. Aparcó lejos de la zona no quedándole de otra que caminar hasta su meta. Tardó cerca de media hora en encontrar una tienda de su agrado; una tienda Armani. Que el español le hubiera aconsejado que no se pusiera demasiado elegante no quitaba que no pudiera ser ropa de marca. Nada más entrar, recayó que había varias parejas comprando a última hora la ropa para año nuevo. Algunos de los hombres no parecían muy animados por tener que estar de compras con su pareja, mientras que otros que no tenían compromiso alguno aprovechaban para lanzar el lazo a las mujeres que estaban solas. Las dependientas estaban demasiado ocupadas atendiendo en las cajas o colocando la ropa de nuevo en su lugar como para abalanzarse sobre sus clientes en busca de encasquetarles alguna prenda por la fuerza. Una lástima, pensó el italiano, no le hubiera importado fingir interés para poder mantener una conversa con una bella mujer. Optó por dejar de observar su alrededor para centrarse en sus compras, debería regresar antes de que anocheciera a menos que quisiera que el mayor le atestara con una avalancha de preguntas y preocupaciones.
Unos simples pantalones negros y una camisa blanca con corbata roja. No era demasiado elegante, ¿verdad? Tan pronto como pagó regresó sus pasos hasta donde había dejado su coche, encontrándose con más parejas celebrando aquellas fechas.
—Si es que hay que joderse… - murmuró tratando de mirar al frente. Nada más faltaba que uno empezara a sentirse solo para que todo se pusiera en contra y te hicieran sentir peor aún. A veces odiaba esas fechas por ese motivo, mirara hacia donde mirara se encontraba con las mismas escenas.
Mejor centró su atención en la música que sonaba de fondo por las calles gracias a aquellos altavoces que habían colocado colgados de los árboles, la decoración navideña, cualquier cosa que no le hiciera correr más de lo normal hasta casa del español y gritarle que le hiciera un poco más de caso. Eso sería pisotear su propio orgullo.
—Has vuelto pronto – le recibió el mayor una vez llegó a la casa con ayuda del GPS, sin moverse de su asiento.
—Sí, tampoco había nada interesante que hacer. – Dejó la bolsa sobre una de las mesas y nada más sacarse su abrigo se dejó caer cual peso muerto sobre el sofá tumbado.
— ¿Qué te has comprado? – intentó sacarle conversa pese a mantener su atención en aquellas flores.
—No te importa – espetó, no dándose cuenta que eran comentarios como ese que hacían que el español dudara en sacarle conversa mientras trabajaba.
Bola, aquel felino que le había regalado el norteño al ibérico por Nochebuena, saltó al sofá y se paseó por sobre el italiano hasta encontrar una posición cómoda sobre su pierna. A Romano no le había hecho mucha gracia notar las patas del gato sobre sus costillas, por lo que estuvo muy tentado en apartar al animal de un manotazo, mas para cuando este encontró una posición con la que se estuvo quieto el ítalo extendió la mano para acariciarlo un rato.
— ¡Listo! Ya he terminado el número de flores que debería hacer entre hoy y mañana, así que podré descansar todo el día para la noche – comentó estirando los brazos para desperezarse y evitar quedarse con los músculos más tensos de estar en la misma posición todo el rato. - ¿Empiezo a preparar ya la cena?
Una sola afirmación bastó para que el español empezara a preparar la cena de ese día. El menor no ayudó ni un solo momento ya fuera en cocinar o preparar la mesa, se la pasó viendo telebasura hasta que el mayor le llamó. Tras la cena estrenaron la Play Station que le había regalado el mayor al sureño aquella noche, ya que hasta la fecha no le había dejado utilizar la única televisión de la casa para jugar, pero el ibérico creía que cuanto más tarde se fueran a dormir más tardarían en levantar, y cuanto más tarde lo hicieran más aguantarían por la noche. Durante horas jugaron a un juego de carreras por ser el único al que podían jugar ambos a la vez, más tarde el menor jugó por un rato a uno de los otros juegos; Silent Hill. Había jugado a uno de esa saga pero más que de terror se le hizo repulsivo, pero en ese momento sí terminó lanzando el mando del susto en más de una ocasión o apegándose al mayor, quien simplemente le observaba dando algún que otro brinco pero soltando después una larga carcajada por las reacciones ajenas. De no haber sido por Bola, o gato fofo como le llamaba Romano, el español habría caído dormido en el sofá mismo por lo que cerca de las 5 la mañana decidió que ya era una buena hora para ir a dormir.
—Bastardo… - el español ya se encontraba hecho un ovillo en su amplia cama, compartida con el gato, cuando el menor irrumpió en el dormitorio sin siquiera encender la luz.
— ¿Hm? ¿Qué ocurre? – Trató de dar con la silueta del menor entre la oscuridad de la habitación, mas no le fue posible hasta que lo tuvo a escasos pasos de la cama. Pudo apreciar como vestía unos pantalones de pijama cuando por norma el menor solía dormir en ropa interior, pero no dijo nada, demasiado sorprendido quedó al apreciar como el italiano apartaba al gato con cuidado y sin decir nada se metía bajo las mantas. - ¿Romano?
—Cállate… - murmuró cubriéndose hasta el rostro. – Se escuchan ruidos desde mi habitación que no me dejan dormir.
— ¿Tienes miedo? – preguntó aguantándose las ganas de reírs. – Mayorcito y sigue con sus miedos… - pensó para sí mismo, arrastrándose por la cama hasta lograr abrazar al menor por la espalda.
— ¡Te he dicho que te calles, n-no es que tenga miedo! ¡Simplemente no puedo dormir! – Ni en broma iba a admitir que le había parecido escuchar un ruido dentro del armario y que se había imaginado a uno de esos monstruos del juego abalanzándose sobre su persona para matarlo. ¡Era un juego, era imposible que eso ocurriera! Pero aún así no podía apartar la mirada de la sombra que hacía el armario y eso le impedía dormir, así que había decidido buscar el apoyo de la única persona que le había consolado durante su infancia las noches que había pasado puro pánico. – Y suéltame, nadie te ha dado permiso para que me abraces. – Se removió inquieto entre los brazos del mayor.
—Shh… solo duerme. Si te abrazo nadie te atacará mientras duermes – fue su excusa perfecta. Notó como la insistencia del menor para soltarse del abrazo cesaba poco a poco, hasta que de un segundo a otro tuvo que soltarle debido a un codazo en las costillas. - ¡¿A qué ha venido eso?!
—No soy ningún crío y ya he dicho que no tengo miedo – fingió no inmutarse, aunque aquellas palabras que le había dedicado habían calmado su miedo.
No insistió más, se acurrucó para poder dormir al igual que el menor. Ambos podían notar el movimiento del felino pasearse a los pies de la cama, restregándose incluso en las mantas hasta que al parecer decidió haber encontrado su nueva posición.
Ambos no despertaron hasta casi la tarde y porque al gato le había dado por ponerse a maullar dentro de la habitación. El primero en abrir sus ojos fue el italiano, quien se alegró enormemente de haber sido así al percatarse de que se encontraba con una pierna sobre el mayor y un brazo rodeando su cuerpo en un extraño abrazo mientras que el otro igual le estaba abrazando. Algo incómodo y pese a que su rostro se encontraba enrojecido empujó el cuerpo español con los pies hasta tirarlo de la cama.
— ¡Despierta bastardo, ¿qué demonios te dije de que me abrazaras por la noche?! – vociferó sin darle tiempo a su rostro retomar su tono natural.
El mayor despertó al momento en el que su cuerpo impacto contra el suelo. Estaba adolorido, no solo por el reciente golpe sino por las largas horas dormidas… no acostumbraba a dormir tanto por lo que además de adolorido estaba más desorientado que de costumbre. Miró a su alrededor escuchando el reclamo del italiano como un eco y, de no haber sido porque el menor asomó la cabeza para seguir reclamándole, no se habría movido de su posición durante un largo rato.
—Me duele la cintura… - murmuró torciendo los labios en una sonrisa perezosa. – Buenos días, Roma~
—Ni buenos días ni madres, ¡¿acaso no me estás escuchando?! – Retrocedió al ver que se encontraba bien, por un momento creyó que al empujarle se habría golpeado contra la mesita de noche y lo habría desnucado, que con lo poco suertudo que era el mayor capaz y le habría pasado.
— ¿Qué? Oh sí, sí. – Se incorporó como buenamente pudo pese a las leves punzadas de la cintura. – Iré a preparar algo de comer…
Estaba claro que no le había escuchado o se estaba haciendo el sordo a sus reclamos. Le vio salir de la habitación andando de forma extraña, cualquiera podría pensar mal al escuchar lo que le dolía y verle andar así. No le dio tiempo a su rostro recuperarse pues ante aquel pensamiento de nuevo sintió como sus mejillas ardían. Estaba rodeado de pervertidos y eso empezaba a afectarle. No hubo ningún otro acontecimiento extraño el resto de la tarde, a excepción de que España tuvo que salir corriendo de la casa pues al no haber estado aún seguro de dónde irían a cenar se había olvidado de lo más importante; las uvas.
Pese a que la noche anterior casi no pudo dormir por haber jugado a aquel videojuego, se pasó toda la tarde jugándolo para entretenerse mientras España preparaba la cena y todo lo demás para esa noche. No preparó nada especial, tan solo un poco de pescado y mucho aperitivo, lo que de verdad importaba eran las uvas, no la cena, así que tuvo un rato para sentarse junto al italiano y entretenerse viéndole jugar mientras llegaba la hora para arreglarse. Tras una hora de estar ya todo listo, arreglados y que solo faltaran los invitados, estos empezaron a llegar poco a poco. Los primeros fueron, para desgracia del italiano, Francia y Prussia pues Fran era el que vivía más cerca y el alemán se había hospedado en su casa durante esos días para ahorrarse el viaje en avión. Los siguientes Alemania e Italia del Norte, que habían decidido pasar esos días en un hotel cerca de la playa por el mismo motivo. Mientras los dos faltantes llegaban, Feliciano decidió mostrarle a su hermano las fotografías que habían estado echando esos días. Debía admitir que algunas tenían un fondo precioso, otras eran más graciosas y otras simplemente hubiera preferido no tener la oportunidad de verlas. Pronto llegaron Bélgica y los Países Bajos y empezaron con la cena para poder comer con tranquilidad y no tener que correr luego para llegar a tiempo a la torre Agbar.
Romano estuvo a punto de atragantarse con el vino en una ocasión ya que al español no se le ocurrió más que la brillante idea de decir que se había levantado con un dolor insoportable en la cintura, pero que el haber dormido con él le hacía recuperar los ánimos de esa noche. No faltaron los comentarios indebidos por parte de sus dos amigos pese a que el moreno aclaraba una y otra vez que le dolía por no estar acostumbrado a dormir tanto. Ya casi a la hora del postre, fue España quien se atragantó con el vino por culpa de su mejor amigo, quien cuestionó si ya había usado su regalo de Nochebuena. En ese momento el ítalo no se percató de que estaba prestando demasiada atención a la respuesta del español. En esos días se había estado yendo a dormir temprano y nunca había prestado atención de si escuchaba o no el sonido del vibrador por varios motivos, entre ellos que se había olvidado por completo de dicho regalo.
—Mejor vamos ya para la torre para encontrar un buen sitio, aunque seguramente hace algo de fresco – sugirió el español al ver como ahora las bromas de sus amigos iban hacia el sureño.
— ¡Buena idea! He traído copas de plástico para poder brindar allí – espetó el menor de los italianos desenvolviendo uno de los bombones que habían sobrado la noche anterior que se habían reunido.
—Yo me he encargado del champagne. Un par de botellas de las más caras para celebrar juntos el año nuevo – comentó el francés tras pasar el pedazo de turrón que se había llevado a la boca.
Al ver que todos, a excepción de él, habían traído algo para poder celebrar bien las fiestas el albino se levantó de su lugar llamando la atención de todos.
—Yo me he encargado de traer a mi maravillosa persona al evento, para que seáis la envidia de todo el mundo.
Los demás empezaron a reírse a excepción de los más serios, una fiesta sin que Prusia empezara a desbordar con su ego no podía considerarse una fiesta. Para nada. La rubia repartió las bolsas de cotillón que había comprado entre los presentes, habiendo comprado algunas de sobras por si acaso a alguna le faltaba algo, lo cual pasó el año anterior que Antonio llevó las bolsas justas para Nochebuena y terminó él sin una diadema con el año próximo para que Romano, quien su bolsa estaba incompleta, pudiera tener una. Suerte de que la rubia hubiera decidido comprar algunas más, pues a Feliciano le faltaba el silbato en su bolsa y a Antonio su sombrero; a Romano le faltó su máscara, pero era demasiado absurdo para él por lo que no pidió otra.
Repartiéndose en dos coches, en los de Antonio y Lovino, llegaron en cuestión de media hora al lugar. Había bastante gente pero no la suficiente como para llenar aquella zona, lo cual alivió al sureño pues no debería sufrir empujones y recibir el aliento de algún borracho cercano.
—Scusa, sai come funziona? – una chica desconocida se acercó a ellos a preguntarles, señalando la torre que ya brillaba con diferentes colores.
Para sorpresa del grupo, prácticamente todos los allí presentes eran italianos. Con la ayuda de Feliciano, Antonio pudo explicarle a la joven el funcionamiento de aquella torre acorde a las campanadas, quien le agradeció enormemente su ayuda.
— ¡Jefe, jefe! – El nombrado giró su atención hacia la rubia, recibiendo el impacto de un cegador flash. - ¡Las mejores fotos son las de improviso!
El español se talló los ojos para recuperar la visión y sin más se lanzó a la rubia para abrazarla. Así estuvieron por largo rato, Bélgica echando varias fotos a los demás mientras era seguida por un español que le abrazaba por la espalda y apoyaba el mentón en su hombro. El holandés, que no había perdido de vista a esos dos, pudo escuchar a alguien comentar lo linda pareja que hacían ambos. Eso provocó que se moviera de su lugar para apartarlos a la fuerza, dedicando una mirada asesina al español.
—Que corra el aire – espetó ante la mirada recriminatoria de su hermana.
El italiano tampoco había perdido de vista a esos dos, ignorando por completo como a su espalda el norteño aprovechaba para ponerse meloso con el rubio alemán. De seguro al percatarse de lo pegados que estaban el alemán y el italiano tendría una batalla mental sobre a cual 'pareja' fulminar con su mirada y maldecirle por los restos, mas en ese momento su batalla se encontraba consigo mismo. ¿Por qué había maldecido a la rubia por haber estado por largo rato en brazos del español? Se suponía que debía ser al revés, maldecir al español por atreverse a tocar a su amor de infancia.
— ¿Celoso? –la voz del francés sacó al italiano de sus pensamientos.
— ¿De qué tendría que estar yo celoso? – cuestionó pese a saber perfectamente a qué se refería.
—Espagne está pasando toda la noche muy pegadito a Belgique, ¿no te molesta ni un poquito?
Bien, acababa de conseguir que el ítalo deseara golpear a todo ser viviente que se atreviera a hablarle. Era cierto, desde que la rubia había llegado se la habían pasado todo el rato juntos, incluso se habían sentado uno al lado del otro en la mesa y, pese a que el italiano se había sentado a su otro lado e intentado llamar su atención en varias ocasiones, el español había parecido querer hablar más con la rubia. No podía recriminarle nada a ella, era mucho más social que su propia persona y, para que engañarse, muchísimo más cariñosa. Eran prácticamente iguales en cuanto a actitud, aunque él mucho más despistado.
—Hechos el uno para el otro… - murmuró para sí mismo, sin contar con que cierto francés seguía a su lado y pudo escuchar el tono vacío en su comentario.
Romano se apartó de los demás para sentarse en un rincón bastante alejado de ellos para pelar sus doce uvas; el español le había comentado que sin pela eran mucho más fáciles de tragar y podría evitar atragantarse.
Ya no faltaba mucho para la cuenta atrás, él ya había pelado sus uvas y empezaba a estar tentado en comérselas en ese preciso momento y mandar al cuerno todo. No era muy divertido pasar el último día del año a solas en un rincón mientras la única persona que ronda por tu cabeza parece estarse restregando con una amiga. Decir que le amaba era algo salido de órbita pero quería su atención a toda costa, envidiaba a la belga por estar entre sus brazos y durante la cena se había embobado en más de una ocasión observando como el mayor se relamía los labios para limpiarlos de restos de comida. Durante su adolescencia se había mentalizado de que aquellos sueños húmedos con el mayor no eran más que por la edad, un adolescente hormonado al que de pequeño la única persona que le prestaba atención aparecía en sus sueños no solo enseñándole la lengua española. Pero se había mentido a sí mismo y había conseguido creer su propia mentira dejando aquel sentimiento escondido, mas desde hacía tiempo parecía que dicho sentimiento quería explotar en su interior.
—A la mierda todo – espetó tomando una de las uvas para llevársela a la boca, mas una voz se lo impidió a escasos centímetros.
—Roma, si te comes ahora las uvas es trampa y no se cumplirá tu deseo – esa voz risueña, solo una persona poseía tal voz.
—A quién le importa mi deseo…
— ¿Ya te has puesto sentimental? – El mayor se sentó a su lado pasando el brazo por sobre sus hombros para atraerle hacia él. – Al jefe le importa, y quiero que tu deseo se cumpla así que no voy a dejar que te comas esa uva.
—Pues hace un momento estabas demasiado preocupado con restregarte con Bélgica y no en si me comía mis uvas o no – sonó más sincero de lo que hubiera querido.
—Hubiera preferido "restregarme" – hizo énfasis en la palabra incluso movió sus dedos dibujando unas comillas al aire -, como tú dices, contigo… Pero mis costillas todavía me duelen del codazo que me diste anoche así que he preferido no arriesgarme a que me duelan más.
—No es mi culpa que seas un debilucho – aquel comentario provocó la risa del español.
—Vamos con los demás, ya casi es la hora y será más bonito comer las uvas todos juntos, ¿sí? – Le revolvió el cabello antes de levantarse y coger la bolsita de las uvas peladas del menor para asegurarse de que le iba a seguir, aunque el del rulo se la arrebató de vuelta antes de incorporarse e ir con los demás, seguido por el español.
Podía notarse la emoción del momento, como en el lugar empezaba a hacer algo de calor ya que cada vez había más y más gente que preferían ver lucecitas subir y bajar en vez de escuchar campanadas. Al ver como el lugar empezaba a llenarse el español se abrazó del menor por el brazo para que no se le escapara de nuevo y se le perdiera entre la multitud otra vez.
— Espagne, deberías prestarle más atención al pequeño Romano… Creo que está tomando tu acercamiento hacia Belgique de forma errónea – comentó el francés tras ver como el italiano se alejaba de todos los demás. Aquel comentario le había dejado en claro cuan equivocado estaba el menor.
— ¿Qué? ¿De qué hablas, Fran? – El español buscó al italiano con la mirada y al no dar con él se alarmó. - ¡¿Dónde está Romano?!
—Se ha ido por ahí - respondió señalando la dirección en la que se había ido el otro. – Incluso petit Italie se ha dado cuenta que estás ignorando demasiado a Sud de l'Italie.
Aquella había sido la corta conversa que había tenido con Francia respecto al tema. No lo hacía queriendo el ignorar al menor, pero a cada rato que quería prestarle absoluta atención a él le respondía de forma seca y con insultos, como si le molestara que le hablara. Por ello había tomado cierta distancia esa noche pues no quería fastidiársela si de verdad le molestaba que le hablara, además de que no era mentira que le seguía doliendo el cuerpo.
— ¡Mira, mira! ¡Ya casi es la hora! – anunció Italia del norte señalando la torre que marcaba que faltaba un minuto y pocos segundos para el nuevo día y, con él, el nuevo año.
Se podía ver entre la multitud gente preparando sus bolsitas con las uvas, otros que no celebraban las uvas — como la gran mayoría de italianos que prefería seguir su propia tradición — preferían empezar el año bebiendo, incluso Romano pudo ver uno no muy a lo lejos como empujaba a otros al tropezarse con sus propios pies de tan bebido que iba. El mayor de los italianos dedicó un momento en observar al grupo con el que iba; su hermano sonreía cual idiota pegado al alemán mientras este le rodeaba los hombros con el brazo atrayéndolo más hacia su propia persona, escuchando como Prusia hablaba de algo sin sentido. Francia se encontraba a un lado del holandés charlando de algo que no lograba apreciar debido al escándalo a su alrededor, Bélgica parecía pelear en sostener la cámara y las uvas de forma que pudiera comer las uvas sin necesidad de abandonar la cámara en el bolsillo. Tan mona ella incluso con esa expresión de berrinche… Entonces giró su mirada para dar con el español a su lado, estaba entretenido terminando de pelar sus uvas ajeno a todo hasta que notó la mirada del menor, momento en el que le dedicó una sonrisa antes de seguir con lo suyo. Eran detalles como ese que le hacían olvidar todo lo demás, es decir, le había estado ignorando gran parte de la noche por un motivo que él desconocía pero había ido a por él el rato que se alejó, según el mayor se preocupaba por él y su deseo, estaba a su lado en esos momentos y acababa de dedicarle una hermosa sonrisa. Sí, lo admitía, era una hermosa sonrisa.
— ¿Cuándo hay que pedir el deseo, hermano España? – preguntó el menor de los italianos sin importarle que su hermano se girara y le viera demasiado apegado al alemán.
—Cada uno suele pedirlo mentalmente cuando quiere, pero me acostumbraron a pedirlo durante los cuartos. Solo se cumple si te acabas las doce uvas durante las doce campanadas. Además, terminar las doce da buena suerte durante el nuevo año – respondió terminando de pelar la última uva.
—Es decir, ¿si no te acabas las uvas, no hay deseo y mala suerte? – cuestionó el sureño enarcando una ceja, ignorando a su hermano. Era una fecha especial, por el momento ignoraría lo pegaditos que estaban los otros dos.
—Exacto, así que ya sabéis, ¡a comerse las doce! - Pudieron escucharse varios comentarios de emoción entre la multitud. Antonio alzó la mirada y vio como el reloj marcaba escasos cinco segundos. - ¿Estáis ya preparados?
No bien los demás del grupo se percataron de que tanto el español como el sureño preparaban la primera uva les imitaron, colocándose a un lado de ellos dos pues el moreno había dejado claro que posiblemente solo se escucharan las campanadas de fondo, que allí lo que las indicaba eran las luces. No entendían muy bien, así que el ibérico sería sus campanadas.
— ¡Primero son los cuartos! – se escuchó no muy lejos de ellos.
— ¡Pero no empieces a comerte ya las uvas, cochino! – otra voz.
Todos los allí presentes parecían demasiado nerviosos, el mayor de los italianos podía notar como incluso el moreno lo estaba. No era para tanto…
—Hay que comerse las uvas dentro del tiempo, sino, no hay deseo y mala suerte – recordó el ítalo, entonces el español estaba nervioso por poder tener su deseo y tener peor suerte de la que había tenido. Al menos se merecía un poco de suerte después de tantos malos baches.
Notó como el español se tensaba en cuestión de segundos y su expresión parecía decidida, entonces escuchó a alguien decir que ahora eran los cuartos, que en cualquier momento empezarían las campanadas. Todos estaban demasiado expectantes ante las acciones del ibérico, por lo que no bien se llevó la primera uva a la boca los demás le imitaron. No era necesario observarle pues de fondo se escuchaba como los que no tomaban las uvas enumeraban las supuestas campanadas según las luces ascendían hasta la punta de la torre.
—Parece un huevo gigante ahora que se ilumina bien – espetó el francés con la boca llena culpa de la séptima uva.
Ese comentario provocó la risa del albino que, para no escupir las uvas, intentó aguantársela. En vano, pues para la octava campanada terminó riéndose a pleno pulmón.
— ¡Cacho cerdo, acabas de echar las uvas por la nariz! – espetó molesto el sureño, provocando que ahora fuera el francés quien se echara a reír.
Esos dos no pudieron terminarse las uvas pues estuvieron más preocupados en no morir asfixiados de la risa por culpa de las uvas que ocupaban aún sus bocas. Bélgica tampoco logró terminárselas pues al estar pensando en sus cosas se le había olvidad pelarlas y se le hizo complicado tragarse las más grandes. Holanda ni siquiera intentó comerlas a cada toque, simplemente las comía con toda la tranquilidad del mundo, total, para él lo del deseo era una estupidez. Feliciano no solo las había pelado, sino que les había quitado los 'huesos' del interior para tragarlas de golpe, y si bien había sido una buena idea con las prisas terminó atragantándose y perdiendo el orden. Lovino, pese a haber pelado sus uvas para facilitar sus acciones, terminó con la boca llena sin poder tragarlas por lo que al dar la última campanada seguía teniendo dos en su bolsita.
Lovino Vargas no iba a tener su deseo ese año. No iba a tener toda la atención de España para él el resto del año.
De forma cruel deseó que nadie del grupo se hubiera terminado sus uvas, mas ni siquiera ese se le iba a cumplir pues el español se le soltó del agarre y empezó a dar brincos con las manos en alto.
— ¿Y a ti qué demonios te pas- - sus palabras fueron calladas por los gritos de los demás.
— ¡Feliz año 2013 a todos! – exclamó Francis descorchando una de las botellas de champagne que había preparado tras recuperarse del ataque salvaje de las uvas.
Tras exclamar la misma frase, los demás se reunieron alrededor del francés para poder servirse de una copa de champagne y poder brindar por el nuevo año. Romano iba a imitarles cuando sintió un repentino abrazo.
— ¡Feliz año nuevo, Lovino! – exclamó feliz el español sin dejar de dar brincos pese a estar abrazando al menor.
Romano, por segunda vez en segundos, quiso hacer algo mas el español se lo impidió otra vez. Iba a felicitarle el año cuando sus palabras fueron calladas al sentir unas cálidas manos tomar sus mejillas. Se sorprendió mucho en ese momento, pero no podía compararse al asombro que le inundó cuando sintió sus labios sellados; Antonio acababa de besarle sin venir a cuento de nada y justamente en los labios. Por unos segundos, el italiano quería que la tierra le tragara pues sentía la mirada de todo el mundo clavada sobre su persona, incluso aquellas personas a las que no conocía de nada. Pero eso era solo fruto de su imaginación pues todos estaban demasiado concentrados en felicitar a todo el mundo el nuevo año. El menor tan solo tensó los músculos, no hizo nada para apartarlo pero tampoco por corresponder, y fue eso lo que animó al español bajar lentamente sus manos hasta abrazar al ítalo de la cintura.
Y su deseo empezó a cumplirse.
Feliciano buscó a su hermano para poder brindar con él, esperando encontrarse con un español animado tratando de felicitar al sureño mientras este se retorcía y maldecía a todo ser vivo. Pero no fue así. Sus acciones se detuvieron en seco al encontrar a su hermano siendo besado por el español sin oponerse a ello, sino todo lo contrario, las manos del mayor de los italianos ascendieron lenta y tortuosamente hasta abrazar al mayor alrededor del cuello.
Una mano en su hombro llamó su atención para evitar que corriera a abrazar a su hermano y estropeara aquel momento; Francis creyó oportuno aguardar lo necesario para felicitar el año a aquel par, dejar que ellos mismos se acercaran a los demás.
—Felice… Anno Nuovo – murmuró Romano al sentir que el mayor se apartaba escasos centímetros. Una casi invisible sonrisa se plasmó en sus labios al sentir que España volvía a besar sus labios, un besito que apenas rozó sus labios.
Esa sonrisa permaneció en él el resto de la noche, únicamente desapareciendo cuando el español prestaba demasiada atención a alguien más. Para cuando el moreno se percataba de ese detalle, corría con los brazos abiertos hasta el menor quien lo recibía a base de insultos pero se dejaba abrazar gustoso. Podría permitirse bajar un poco su orgullo esa noche… Italia del Norte insistía repetidas veces en que le dijera su deseo, pero el moreno se negaba pues no quería estropearlo. Él creía en el deseo y la buena suerte que le traerían aquellos calzoncillos rojos que le había regalado la belga y llevaba puestos en esos momentos.
Esa misma madrugada su deseo se cumplió, además pudo comprobar de buena mano que el italiano había usado los mismos calzoncillos rojos de la suerte.
También tu deseo, Lovino.
¡Feliz año nuevo!
Por un largo rato creí que iba a tener que escribir de nuevo todo esto en un tiempo récord para poder subirlo hoy día 1 de Enero de 2013. Mi "caga tió" me trajo una CPU nueva, solo pasé lo que más uso a CDs y me olvidé por completo de pasar la carpeta donde guardo todos los documentos word y en ellos mis historias. Me acordé ayer noche, después de la cena mientras esperaba a por las uvas quise continuar mi otra historia de "Entre plumas y escamas" y... ¡tadá! Mis neuronas se juntaron y me acordé de que todo estaba en la otra torre. Tuve que desmontar y montar el ordenador cuatro veces, dos por torre. Peco de desastrosa...
Y como a nadie le interesa cuan despistada soy, solo decir que hace un momento he revisado por a saber cuantas veces [ reviso varias veces los capítulos pero siempre me dejo algo ] y he editado el final. Lo he dejado más a la imaginación de lo que pudo haber pasado, en el anterior la historia terminaba en un "pub". Cuando escribí este capítulo se me hizo extraño escribir un Holanda cariñoso, pero se me hizo graciosa la idea de que fuera el más chistoso estando borracho. Creo que nada más que añadir...
Así que sin más, ahora sí está completa.
¡Que todos sus deseos se cumplan en este año y la hayan pasado en grande!
