III (Saga Dorada) Princesa de Hielo
By: YuukoMidna
Saint Seiya y todos sus personajes no me pertenecen, son obra del maravilloso Masami Kurumada. Yo solo hago uso de mi imaginación para crear Fics a partir de su historia original, así que no están hechas con fines lucrativos.
Esta historia está basada en lo sucedido a lo largo del anime y en el Lost canvas, algunas cosas cambiaran, yo solo me baso en los personajes y en algunos hechos, pero la historia será muy diferente a lo que realmente ocurrió.
¡Disfruten la lectura!
CAPITULO 2
=Su Alteza Real=
Hilda permaneció sentada donde estaba. Le dolían la cabeza, los pulmones, las piernas... Nada deseaba tanto como tenderse en la nieve a llorar. Pero las Princesas reales nunca lloran. Una Princesa no debe mostrar a nadie sus sentimientos. Para el mundo exterior debe sonreír siempre, aun cuando sufra. Todo eso le había sido inculcado hasta formar parte de su carácter.
Una vez, siendo apenas una niñita, se había fracturado un brazo al caer de su pony. Aun cuando sólo tenía ocho años, no lloró. Apretándose el brazo contra el cuerpo, fue en busca de su madre. Nadie tenía idea de cuánto le dolía. Más tarde, después que le hubieron enyesado el brazo (dolorosa prueba que Hilda soportó sin derramar una lágrima), su madre la felicitó, aunque su guardián más cercano Sigfried insistiera en hacerla sentir mejor.
Y ahora estaba en un lugar extraño, después de haber pasado la noche luchando por sobrevivir. Y el hombre que la había rescatado se comportaba de una manera muy extraña. Echó un vistazo hacia la maraña de árboles, preguntándose cuándo volvería con el desayuno que le había prometido. Naturalmente, tendría que ponerse alguna ropa. Su madre le había dicho que jamás debía permitir a hombre alguno presentarse ante ella sin estar correctamente vestido, ya fuera él su esposo, un sirviente o un nativo de alguna isla extranjera.
A pocos metros de distancia había divisado una cabaña cuando huía al galope de aquellos hombres. Hilda se levantó con esfuerzo y echó a andar en esa dirección. La cabeza le daba vueltas y tenía las piernas flojas por el esfuerzo, pero se irguió cuanto pudo y caminó. Nada de hombros encorvados ni de tropezones para quien llevara sangre real. Una Princesa es siempre una Princesa, como decía su madre, esté donde esté y se comporten los demás como se comporten. Debe seguir siendo Princesa y dejar en claro su alcurnia, para que los otros no obtengan ventaja.
Ventaja, como ese hombre... ¡Las palabrotas que le había dicho! A fuerza de voluntad, evitó que el rubor le subiera a las mejillas ¡Y cómo la había tocado! Nadie, en toda su vida, la había tocado de ese modo ¿Acaso no comprendía que no se debe tocar a una Princesa real? Se sentó bajo el techo del porche. Habría querido apoyarse contra el barandal para descansar, pero no se atrevió. Probablemente se quedaría dormida. No era cuestión de que ese hombre la viera durmiendo cuando regresara con la comida.
Permaneció muy tiesa, contemplando el bosque y el lago. Sin quererlo volvió a recordar los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas.
Momentos antes…
La noche pasada había sido la peor de su vida; quizá la peor de cualquier vida. Tres días antes había partido de Asgard, su país. Por primera vez en su existencia. Sería huésped del Santuario Ateniense en Grecia; Athena muy amablemente la había invitado a pasar unos días en su Santuario. Odín, su abuelo, le había explicado que esa hospitalidad era sólo un esfuerzo para persuadirlo de que aceptara proveer tierras para los entrenamientos de los Caballeros Atenienses. De cualquier modo, pensaba que ella podía sacar provecho de la experiencia.
Hubo una serie de largos y fatigosos viajes en tren. Los griegos encargados del viaje la trataban bien, aunque de una manera algo extraña. Ya se inclinaban ante ella, en reverencia, ya la tomaban del codo, recomendando: "Cuidado con el peldaño, querida" Hicieron una parada en un sitio llamado central de Siberia. Allí debería tomar un avión hacia Grecia, pero debido a unos problemas en las turbinas, estaba en reparación y lo tendrían listo hasta el día siguiente. Su Abuelo había dicho que los Caballeros Griegos deseaban hacerle ver la importancia de su visita; probablemente no pensaban que las diversiones con jóvenes apuestos resultaran de utilidad.
La Princesa fue escoltada a un cuarto en un lujoso hotel en el centro del pequeño pueblo. Era medianoche, pero tendría que estar levantada a las seis para desayunar con un Caballero importante. De pie en medio de la habitación, pasó algunos minutos a solas, esperando que una doncella se presentara a desvestirla y la otra le preparara el baño. De pronto, alguien le arrojó algo pesado a la cabeza y la sacó de la habitación. También del edificio, a su modo de ver. Cuando los dos hombres le quitaron lo que le cubría la cabeza estaba ya medio sofocada.
-Si me devuelven indemne- Aseguró -Recibirán una buena recompensa...- Pero le pusieron una mordaza. Después la ataron de pies y manos y la arrojaron al asiento trasero de un coche, que partió inmediatamente. Su madre y su abuelo la habían aleccionado con frecuencia sobre los peligros de tener sangre real. A los doce años había sufrido un atentado.
Se mantuvo quieta en la parte trasera del automóvil, pero no perdió la cabeza. Comenzó a forcejear contra los cordones que le sujetaban las muñecas, aflojándolos cada vez más. Los hombres del asiento delantero guardaban silencio. Por fin se detuvieron y bajaron del coche. Hilda percibió el frío en su rostro y le calo hasta los huesos. Se había desatado las manos y los pies, pero mantenía los cordones enroscados. Para entonces ya habrían dado la alarma y la estarían buscando, probablemente. De cualquier modo, era preciso esperar hasta que se presentara una buena oportunidad de escapar. Los hombres regresaron. Antes de que pudiera ver dónde estaba, volvieron a cubrirla con un paño.
-Déjala respirar- Dijo uno de los hombres, mientras traía unos caballos. Lo supo en el momento en que escucho los relinchidos. Le quitaron el paño del rostro. La Princesa pudo echar un vistazo a los hombres. Sobresaltada, comprendió que le permitían verlos porque iban a matarla. Percibió el olor del bosque y vio el cielo, pero eso fue todo. La montaron en un caballero blanco y ellos tomaron otros dos, el hombro que traía un rifle guiaba al caballo de ella. Transcurrida una hora o más, uno de los hombres hablo.
-Ya estamos bastante lejos. Acabemos de una vez- Y aminoró la marcha. A lo lejos, Hilda creyó ver el follaje de los árboles. El hombre levantó un fusil y revisó el cargador. Ella se movió del modo más rápido posible. Por fin se había quitado las ataduras flojas. En una fracción de segundo, tomo las riendas del caballo de la mano del hombre, su movimiento sacudió a la yegua y tomó por sorpresa a los hombres, con lo que ella ganó algunos segundos preciosos. Galopo a toda prisa hasta llegar a las orillas del lago, quiso internarse en el bosque. Pero una bala llego hasta su caballo tumbándola al agua helada del lago, con los hombres disparando sobre su cabeza. Se sumergió, pero cuando salió a respirar el hombre disparó contra ella. Volvió a sumergirse. Después de la cuarta zambullida ya no recordaba nada hasta el momento de reaccionar, en brazos de un hombre que le decía cosas ridículas.
Y allí estaba ahora, sentada bajo el porche de una cabaña abandonada, en un lugar extraño, sin haber comido ni dormido. Y el único habitante de esa cabaña parecía ser un plebeyo casi desnudo. Se levantó para acomodarse el vestido y la cabellera. Por fin decidió buscarlo. Por lo visto, los griegos no sabían cómo comportarse ¿Por qué no se había disculpado por tocarla? ¿Por qué no le llevaba comida? Tendría que buscarlo y permitir que la devolviera a su hogar, que debían estar ya frenéticos buscándola
4 horas después…
No le fue fácil hallarlo. Pasó una hora recorriendo el bosque, sin ver señales de él ¡Qué modo tan extraño de tratar a la realeza! Claro que, según había leído, los Griegos no tenían un problema con la autoridad. Pero ni siquiera eso podía justificar la conducta de ese hombre. En su hogar Asgard, los plebeyos se desvivían por complacerla. Cada vez que ella salía de palacio los veía alineados a ambos lados de la calzada, deseosos de saludarla con la mano y entregarle regalos. Tal vez ese hombre era Príncipe y por eso actuaba como si tuviera derecho a tanta familiaridad. Pero descartó la idea de inmediato. Él era Griego...o al menos eso creía, y los Griegos eran todos iguales: todos plebeyos, sin realeza ni aristocracia. Un país lleno de plebeyos. Se sentó en un tronco caído ¿Por qué no venía ese hombre con comida? Hasta los Griegos debían de saber que a una princesa se le lleva comida.
A mediodía volvió a la cabaña. El frio, el hambre y la falta de sueño fueron demasiado: se tendió en el porche y se quedó dormida. Cuando despertó estaba oscuro. Se oían chillidos de pájaros extraños y aullidos de lobo en el bosque. Se acercó un poco más a la puerta y recogió las rodillas, rodeándolas con sus brazos. Dormitó un poquito, pero pasó la mayor parte de la noche despierta, pensando en lo que estaría ocurriendo en la central de Siberia. Si su abuelo estaba enterado de su desaparición, su preocupación sería mayúscula. Era preciso regresar cuanto antes, para informar al mundo de que estaba sana y salva.
Al día siguiente…
Al salir el sol, ella irguió la espalda. Tal vez el hombre desnudo había abandonado esa cabaña, dejándola sola. Tal vez moriría, después de todo. Una sombra ocultó el sol, al levantar la vista se en encontró con el hombre, de pie a su lado. Llevaba una camisa desabotonada que dejaba al descubierto buena parte de su pecho, cubierto de vello oscuro. Era imposible mirarlo de frente.
-¿Tienes hambre? -preguntó.
-Sí- Respondió la chica. Él le mostró varios peces enganchados en una línea, pero la muchacha apartó la vista. El hombre dejó caer los peces a sus pies y se dedicó a partir la leña que había recolectado.
-Mira, creo que comenzamos mal– Dijo el Caballero -Tal vez es cierto que me mostré demasiado amistoso. Quizás eso de recibir un disparo antes del desayuno me alteró un poco el ánimo ¿Qué te parece si volvemos a empezar? Me llamo Camus Armengaud- Ella se volvió a mirarlo. Estaba en cuclillas ante un montón de leña. La camisa abierta, el pecho velludo y el asomo de barba le daban un aspecto muy primitivo; se parecía más a una ilustración histórica de Atila, el huno, que a un hombre correcto. Su madre le había prevenido contra ese tipo de hombres... al menos, contra los hombres incorrectamente ataviados. Difícilmente hubiera podido imaginar que existían personas como ésa. Era imposible permitir que se tomaran libertades -¿Cómo te llamas?- Preguntó él, sonriéndole. A ella no le gustó esa sonrisa, demasiado familiar. Era necesario acabar con eso de inmediato.
-Puedes llamarme Su Alteza Real- Respondió, apretando los dientes. El hombre apartó la vista, ya desaparecida la sonrisa.
-Bueno, Princesa, como gustes- Entro a la cabaña y regreso con una cazuela –Toma- Le presentó un pescado ensartado en su palillo. Ella lo miró, atónita. Como Princesa, debía comer cuanto se le ofreciera, pero ¿Cómo se comía eso? –Ten esto- Añadió Camus, dejando caer el pescado en un plato de porcelana –Debes comer algo estas muy pálida- Hilda miró con horror la presa. Para colmo de males, el hombre estaba a punto de sentarse al otro lado con su propio pescado.
-¡No puedes!- Exclamó la chica.
-¿Que no puedo?- Inquirió el hombre, mirándola de soslayo, con un trozo de pescado a medio camino.
-No puedes sentarte conmigo. Eres plebeyo y yo...-
-¡Esto ya es demasiado!- Gritó él, levantándose de un brinco -¡Me tienes harto! ¡Primero arriesgo la vida para salvarte y en vez de darme las gracias me sales con que eres de la Realeza y no puedo tocarte!- El tono de su voz era una burlona imitación -¡Te traigo comida y no la pruebas! ¡Me ordenas llamarte Su Serena Alteza y...!-
-Su Alteza Real- Corrigió ella.
-¡¿Qué?!- Balbuceó Camus incrédulo.
-Soy Alteza Real, no Serena. Soy Princesa de la corona. Algún día seré Reina. Debes dirigirte a mí con el título de Su Alteza Real. Además, tienes que llevarme inmediatamente a la central y necesito cuchillo y tenedor para comer...esto- El hombre dijo algunas palabras que su profesor de francés no le había enseñado ¿Era posible que estuviera enojado? Hilda no logró imaginar por qué. Tendría el honor de acompañarla hasta la central; era algo que podría contar a sus nietos. Era preferible pasar por alto los arrebatos de los plebeyos. La falta de educación y de buena crianza los hacía muy emocionales -Me gustaría partir en cuanto terminara de comer. Si lavas el cuchillo que tienes a la cintura, comeré con él- El hombre sacó la navaja del cinturón, lo abrió y lo arrojó con la punta hacia abajo, clavándolo en la madera a dos centímetros de la mano de la chica. Ella no hizo siquiera un gesto. Los plebeyos son imprevisibles... y de un temperamento peligroso. Es preciso enseñarles desde un principio quién tiene la autoridad. Tomó el cuchillo e hizo con él un ademán autoritario -Ya puedes retirarte. Prepara el vehículo, que en seguida estaré lista- El hombre dejó escapar una risa sarcástica. Menos mal; al menos, estaba de mejor humor. No podía dejar de comprender que se estaba comportando como un niño.
-Sí, Princesa. Puedes esperar sentada- Y así diciendo, le volvió la espalda. Ella esperó a que se perdiera de vista antes de volver a su pescado.
-Princesa- Murmuró -Como si yo fuera una cachorrita- Tardó un momento en descubrir cómo podía comer el pescado. Los alimentos no se tocan con las manos. Buscó un palillo, lo limpió un poco y lo usó como tenedor. Para su propio asombro, comió los tres peces que el hombre había dejado. Llegó el mediodía sin que el hombre reapareciera con el vehículo. Por lo visto, era lento para todo. Había tardado todo un día en atrapar tres peces; probablemente necesitaría dos para llegar con un medio de trasporte.
El sol siguió su curso sin que él regresara ¿Todos los Griegos serían así? Su abuelo no habría tolerado semejante conducta en un servidor de palacio. Por la tarde empezó a nevar. En un principio fue una ligera nevada, pero el viento iba en aumento y el ambiente se enfriaba más de lo normal. Hilda se acurrucó bajo el porche, con las piernas envueltas en su falda
-No voy a recomendarlo para una condecoración- Dijo, con algunos copos cayendo en sus claros cabellos y el primer castañeteo de dientes -No se está comportando como debe-
-¡¿Ni siquiera sabes guarecerte de una tormenta?!- Levantó la vista. Allí estaba el hombre, muy poco vestido, con la barba más crecida aún ¿No tenia frío?
-¡¿Dónde está el auto?!- Preguntó ella, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido del viento que soplaba sus cabellos.
-¡No hay ningún vehículo. Estaremos inmovilizados aquí durante tres días más!-
-¡Pero no puedo quedarme aquí. Me estarán buscando!-
-¡¿Podríamos discutirlo en otro momento?! ¡Por mucho que me disguste la idea, debes venir y entrar a la cabaña! ¡Levántate y entra!- Ella se puso de pie, utilizando la pared como apoyo.
-¡Debes caminar detrás de mí!-
-¡Mira, mujer! ¡No sé cómo has llegado a esta edad sin que alguien te asesinara!- Camus abrió la puerta con más fuerza de la necesaria y entro. Al ver que ella no se movía se volvió para tomarla de la mano. Ella se quedó horrorizada ¡La había tocado, pese a su expresa prohibición! Trató de apartarse, pero él la sujetaba con fuerza -¡Aunque tú no tengas una pizca de sentido común, yo sí tengo!- Le chilló, tirando de su brazo para que entrara a la cabaña. Realmente, era más insolente de lo que podían expresar las palabras. Era un refugio modestísimo, pero estaba seco. Ella se arrodilló frente al fuego para entrar en calor. Mientras se secaba la cara vio, atónita, que el hombre se sentaba hasta llegar a su lado. Eso era demasiado absurdo, hasta para un griego.
-¡Afuera!- Ordenó con voz punzante -¡No se te permitirá...!- Él se enfrentó a ella, nariz contra nariz.
-¡Escúcheme, Señorita!- Dijo, con la voz más baja que le permitía el ruido de la tormenta -Estoy harto de usted. Por mucho que me cueste creerlo tengo frío, estoy mojado, tengo hambre, me han dado un balazo en el hombro y me has arruinado las primeras vacaciones que disfruto después de tanto tiempo. Puedes elegir: o te quedas aquí conmigo o sales afuera a congelarte el real trasero ¡Se acabó! Y que Zeus me perdone ¡Pero si dices una palabra más sobre lo que se me permite o no se me permite hacer! ¡Me dará mucho gusto echarte a puntapiés!- Hilda lo miró, parpadeando. Por lo que llevaba visto, los griegos no eran como ella había imaginado. Quizá fuera mejor intentar un enfoque distinto, porque ese hombre parecía tener un carácter muy violento. Bien podía empezar a dispararle, como los otros.
-¿Podría ponerme ropa seca?- Preguntó, con la sonrisa que dedicaba a los súbditos más complacientes. El hombre emitió una especie de gruñido y giró hacia un rincón del lugar, donde había un baúl.
-No tengo más que ropa de hombre- Contesto y le arrojó unas prendas al regazo volviéndole la espalda para tenderse en la cama, bien estirado. Se cubrió con un manta y cerró los ojos. A la chica le costó disimular su espanto ¿Toda Grecia sería así? ¿Estaría llena de hombres que la secuestran, la atacaran a tiros, la llaman pequeña o le arrojaran cuchillos casi a la mano? Decidió no llorar. No lloraría bajo ninguna circunstancia. Esperaba pronto llegar con su amiga Saori y terminar con todo eso. Sabía que era inútil tratar de desabotonarse el vestido. Nunca se había quitado la ropa sola y no tenía idea de cómo hacerlo. Apretó la ropa seca contra su cuerpo y se tendió, tan lejos de ese hombre como pudo, cerca de la chimenea. Pero no lograba controlar sus temblores.
-¿Y ahora qué te pasa?- Murmuró el plebeyo, incorporándose -¡Si temes que te ataque, no tienes porque! ¡Nunca he visto una mujer menos interesante que tú!- Hilda seguía temblando. Camus rodó los ojos con impaciencia -Si salgo ¡¿Te quitarás ese montón de velas que llevas puestas para ponerte prendas secas?!-
-No sé hacerlo- Dijo ella, apretando los dientes para dominar los escalofríos.
-¡¿No sabes hacer qué?!- Grito exasperado el francés.
-¡¿Te molestaría dejar de gritarme?!- Solicitó ella, incorporándose -Nunca he tenido que desvestirme sola. Los botones... no sé cómo...- El hombre estaba boquiabierto ¿Qué esperaba, al fin y al cabo? ¿Cómo pensaba que vivían las Princesas reales? ¿Lustrando la plata y zurciendo calcetines? Hilda irguió la espalda -Nunca he tenido necesidad de vestirme sola. Pero estoy segura de que puedo aprender. Si me indicaras los rudimentos, quizá...-
-Vuélvete- Ordenó él, empujándola por un hombro para que le presentara la espalda. Y comenzó a desabotonarle el vestido.
-Me temo que no puedo soportar estos contactos ee... ¿Cómo es que te llamas?-
-Camus Armengaud, Caballero Dorado de Acuario- ¿Con que era caballero de Athena? Pues seguro a Saori le encantaría saber lo grosero y poco agradables que eran sus caballeros.
-Eso, Armengaud, creo que...- El la hizo girar para mirarla a los ojos.
-¡Camus Armengaud, Caballero Dorado de Acuario! Santo Elite de la sagrada orden de Athena. No Armengaud a secas ¡Como si fuera tu mayordomo!…¡Qué diablos! Caballero de Acuario ¡¿Entendido, Princesa?!- ¿Era indispensable que ese hombre hablara siempre a gritos?
-Sí, por supuesto. Comprendo que desees utilizar tu título ¿Es hereditario?-
-Mejor que eso: es ganado. Lo gané por... ¡Por abotonarme la camisa solo! ¡Y ahora quítate ese vestido! ¿O quieres que te lo quite yo?-
-Puedo arreglarme sola-
-¡Bien!- Así diciendo, el hombre volvió a tenderse en la cama. Hilda no dejó de vigilarlo mientras se desvestía. No se atrevió a quitarse las diversas capas de prendas interiores empapadas. Por eso seguía incómoda cuando se pasó la chaqueta blanca por la cabeza... y requirió concentración y esfuerzo descubrir cómo hacerlo. Pasó algún tiempo antes de que pudiera acostarse. El suelo estaba frio aun con la alfombra bajo su cuerpo, tanto como su cabellera, y la ropa interior se le adhería a su piel. Pensaba en cómo le diría a Saori todas las horribles cosas por las que le estaba haciendo pasar ese hombre ¿Cómo es que pudiera tener alguien así a su servicio? ¿Le hablaría así de familiar también a su propia Diosa? No pasó mucho tiempo sin que volviera a temblar.
-¡Maldición!- Protestó el Caballero. Rodó sobre sí mismo y le arrojó la manta encima, la tomo en brazos y la llevo a la cama arrastrándola contra sí hasta que la espalda de Hilda quedó contra su pecho.
-No me es posible... - Comenzó ella.
-¡Cállate la boca!- Ordenó él -Te callas y te duermes- Su cuerpo grande era tan abrigador que ella dejó de protestar. Su último pensamiento, antes de quedarse dormida, fue una plegaria a Odín, rogando que su madre no viera eso desde el Cielo.
Continuara...
Mil gracias por leer el capítulo ^^
Faltas de ortografía y gramática no son intencionales, pero si ven alguna avísenme, se aceptan consejos, sugerencias y criticas mientras no sean destructivas.
Por favor antes de salir no olviden dejar su reviw a la pasada ^^ ¡Arigato!
YuukoM. (\./)
