¿Es mejor tarde, que nunca? :S

Espero que sea así y te guste… ;)


Capítulo 2

.

.

.

—Oh, por Dios…

Era él. ¡Siempre fue él! ¿Es que acaso me golpeé cuando era una cría y por eso era tan distraída? Debía de ser eso, porque en serio no me explico el preocupante grado de idiotez en el que me encuentro sumida. ¡Error tras error! ¿No puede la tierra simplemente tragarme y acabar al fin con todos mis problemas?

—¡Bella! Respira. Creo que vas a desmayarte y yo no sé hacer CPR. Nunca aprendí. En ese curso de la universidad me hice la remolona y sólo me ligué con el ayudante para aprobar. No quieres saber qué aprendí a cambio, así que es mejor que tomes un gran sorbo de aire ahora mismo.

Esa era una buena idea.

Tomar aire, botar aire.

Ahí está, no parece tan difícil.

Mierda santa, me van a despedir por acostarme con un desconocido en el momento que debería estar trabajando. Mi vida ha acabado.

¡Zap! Bofetada.

—¡Tanya! ¿Por qué me golpeas? —grité, indignada.

—Porque estabas hiperventilando, burra. Era eso o besarte. Apuesto que ahora mismo me lo agradeces mentalmente.

—No sé cómo siempre logras que te diga gracias, cuando en serio lo único que quiero es zarandearte.

—Es un don, cariño —se encogió de hombros y me guiñó un ojo.

En ese momento la secretaria del jefe salió de su oficina. Sonrió con formalidad y asintió con la cabeza. Justo antes de sentarse detrás de su escritorio, dijo con voz clara:

—Ya puede pasar. El jefe ya la espera.

Abrí los ojos con pánico.

—No puedo pasar ahora, Tanya. Sucumbiré de inmediato. Cantaré más rápido que rapero con indigestión. Estoy muerta. Más que muerta. Estoy enterrada ocho mil metros bajo el suelo.

Ella rodó los ojos y me arrastró de un brazo hacia una esquina para que la secretaria no nos escuchara. Tanya palmeó mis manos cuando comencé a morderme las uñas.

—Calma, señorita dramática del año. Tengo todo bajo control. Sólo vete a buscar esa bendita grabación donde Culo Apretado y todo estará solucionado. ¡Ah! Y si te queda tiempo, dale un buen mordisco a ese pedazo de hombre…

Las risas retumbaban en mis oídos incluso después de salir del edificio. No sabía muy bien qué iba a hacer Tanya con tal que me diera un poco más de tiempo antes que el jefe se diera cuenta que mi artículo aun no estaba terminado.

Vale, ni siquiera tenía comienzo.

Llamé a un taxi y mientras le daba las instrucciones abrí mi celular para conectarme a internet. Maravillosa tecnología de hoy, cada vez la amaba más. Googleé al profesor de música que curiosamente era el mismo cantante con el que tuve una pequeña aventura el viernes pasado.

Aparecieron ciertas publicaciones. Graduado de la universidad de Nueva York, licenciado en música, ganador de un concurso de letras originales, blablablá. Nada que me diga algo remotamente personal, como su dirección. No importaba, aun tenía un as bajo mi manga.

El único as, si era honesta. Espero que funcionara.

El taxi paró justo frente al colegio que había visitado hace poco. Las grandes puertas principales de pronto me parecieron algo terroríficas. Ahora que sabía con certeza quién era aquel desconocido del que conocía más de lo que quería admitir, hablar con él se había convertido en algo que preferiría evitar en condiciones normales.

Lamentablemente, estaba entre la espada y la pared. Si no hablaba con él, perdería mi trabajo. En cambio, si hablaba con él, había grandes posibilidades de perder mi dignidad.

Bah, como si la conservara después de beber hasta perder el conocimiento.

A pesar de mi casi inexistente amor por mi auto-preservación, todavía quedaban resquicios de ello. Eso quería decir que intentaría por todos los medios de no encontrarme con él en un momento que yo no esperara. Planeaba hablar con la secretaria y que ella me diera la dirección de su casa. Así yo tendría el poder de decidir cuando lo vería y cómo se daría nuestro encuentro.

Yo estaría al mando.

Era una buena técnica de mantener la pelota de mi lado. Me sentía bastante a gusto con mi pequeño plan.

—¿Qué quiere decir con que no puede dármelo por privacidad? —escupí la palabra como si fuese una blasfemia.

Una señora regordeta, con demasiado gel de cabello y un pintalabios excesivamente aplicado, me miró con odio.

—Es exactamente lo que quise decir. No puedo dárselo a una completa desconocida.

—Créame, lo conozco más que usted.

—Lo siento —no lo sentía ni un poco—, no puedo entregarle tal información.

Bufé, exasperada, y me di la vuelta con la barbilla muy levantada. Haría mi gran salida de orgullo. Que la vieja no viera mi decepción.

—Señora Cope, ¿podría llamara los padres de Andrew…?

Choque.

Tastabillé y casi pierdo el equilibrio, de no ser por dos manos posadas sobre mi espalda. Miré hacia arriba y casi tengo un orgasmo visual cuando me encontré con aquellos dos ojos verde esmeralda, taladrándome intensamente con la mirada. Algunos mechones cayeron sobre ellos, haciéndolo ver incluso más apetecible.

Si gemía en ese mismo instante, ahí si querría que la tierra me tragara.

—Bella —susurró, y que alguien me mate si mi nombre no sonó sexy con su voz rasposa—, tenemos que dejar de encontrarnos así.

—Qué… sorpresa.

Él sonrió de forma torcida y sus ojos se achicaron.

—¿En serio? Estás en mi lugar de trabajo. Por segunda vez, debo de añadir. No sé que tan sorpresivo puede ser encontrarse con una persona que trabaja acá.

—Te asombrarías.

—Me gustaría intentarlo.

De acuerdo, ¿aquello fue una frase de ligue?

O el golpe había sido demasiado fuerte, o en serio estaba perdiendo la cabeza después de dosis industriales de estrés.

Me alejé dos pasos de él y lo miré con escepticismo. ¿Era acaso el mismo hombre que conocí el viernes por la noche? Entre la bruma de alcohol que empañaba mis recuerdos, me parecía que era más, no sé… superestrella.

Ahora, frente a mí, se veía demasiado normal, con sus pantalones de tela y su camisa de niño bueno.

Oh, Bella, estás siendo prejuiciosa.

¿Y como se supone que debía reaccionar al encontrarme de día con uno de mis amantes? ¿Uno que, además, no recordaba?

—Necesito hacerte algunas preguntas —susurré, antes que perdiera el valor de hablar del todo.

—¿De qué tipo? —susurró de vuelta.

—P-personales.

—¿Es por eso que susurramos?

—No… no lo sé —arrugué el entrecejo y lo miré otra vez.

Él parecía divertido con mi reacción. Claro, él si recordaba todo. Yo, en cambio, estaba en evidente desventaja.

No sé muy bien por qué, pero me enojé con él. Como si fuese él el culpable de todas mis desgracias. Mi orgullo testarudo ganó la batalla y casi no pude evitar decir las siguientes palabras, a pesar que la más perjudicada sería yo.

—Como sea, no debí venir acá. Fue un error.

El profesor cambió rápidamente su expresión desde socarronería a una especie de incredulidad. Incluso, podría aventurar pánico. Negó con la cabeza y ese simple gesto hizo que alguno de los mechones de su cabello cayera sobre sus ojos verdes. Un suspiro de recuerdo se filtró en mi memoria. Lo veía tocando la guitarra, agachando la cabeza y con su cabello cubriendo su mirada.

Recordaba también haber lamido mis labios ante ese espectáculo.

Agité mi cabeza para alejar pensamientos no bienvenidos. Ahora mismo tenía otro objetivo, y ese era salir lo más pronto de ahí.

Giré sobre mis talones y me encaminé hacia la puerta con grandes ventanales, pero, cuando apenas había agarrado la manija de ella, sentí que mi otro brazo era jalado con suavidad.

—No, espera —dijo Edward, a mi espalda—. No quise ser maleducado. ¿Podemos…? —carraspeó, deteniéndose un momento. Detuve mi intento por escapar, con una pizca de curiosidad. ¿Qué querría decir ahora mismo? ¿Trataría de tocar el tema sobre nuestra pequeña aventura? Pero en realidad no lo hizo la primera vez que nos encontramos. ¿Por qué lo haría ahora? Y una mejor pregunta se adelantó en mi mente, haciéndose notar. ¿Por qué no había dicho nada hasta el momento?—. ¿Podemos simplemente tomar una taza de café en la cafetería de la esquina?

—Odio el café —mentí sin tapujos.

—De acuerdo, entonces un té.

—Tampoco me gusta.

Edward estrechó sus ojos, claramente escéptico.

que bebes algo —murmuró despacio, mirándome directamente a los ojos. Tragué con fuerza, mi garganta de pronto se había secado—. Creo que ambos queremos una conversación más calmada, o al menos eso espero.

Yo también lo esperaba, pero algo hacía que tuviera mis dudas. No es como si fuese a saltar sobre él y comérmelo a besos, como lo hice el viernes pasado…

Mala idea, Bella. No vayas por allá.

Claro está, sus ojos querían decirme algo que no comprendía del todo. Y todavía estaba ese pequeño detalle de mi trabajo, que sin la grabación que había perdido, tenía cero posibilidades de seguir trabajando como periodista.

Quizás sólo sería una nimia conversación, algo sobre nosotros y después de ello no tendríamos que vernos nunca más. Entre charla y charla, le preguntaría si había visto mi colgante, y luego de eso mi misión habría terminado. No debería ser tan difícil, ¿cierto?

Asentí y caminamos juntos hacia la salida. Seguí sus pasos cuando cruzamos la calle y llegamos a una pequeña cafetería con adornos de artistas contemporáneos. Era bastante colorida y acogedora.

Nos sentamos al lado de una pared y lejos del resto de las personas. No dijimos nada hasta que una muchacha llegó a tomar nuestras órdenes. Edward pidió un café expreso y yo, con una mirada penetrante sobre mí, pedí un capuccino pequeño.

—No te gusta el café, pero bebes capuccino.

Me encogí de hombros, sin dejar que su voz acusatoria me alterara.

—Tiene leche en la mezcla, no es sólo café. Es como cuando dices que no comerías un ajo entero, pero dentro de las comidas te parece el toque perfecto.

Él arrugó su nariz, como si el hecho de comerse un ajo fuera la idea más desagradable del mundo. Casi sonrío al verlo así.

—Una extraña comparación, pero tienes un punto.

—Lo sé.

—¿Siempre eres tan sabionda?

—¿Siempre haces tantas preguntas?

Touché, Bella.

Escuchar mi nombre con su voz hizo recordar el por qué estaba acá. Era tan fácil olvidar momentáneamente toda la locura que pululaba a mi alrededor con el simple hecho de hablar con Edward. Eso me descolocó. Apenas lo conocía, por todos los cielos.

Debía tocar el tema antes que la poca valentía escapara por mis poros.

El problema era que no sabía cómo.

¿Recuerdas que nos acostamos el viernes…?

No creo que sea buena idea comenzar así.

Ya que me viste tal como llegué al mundo, no creo que sea problema hablar sin tapujos, ¿cierto? Comienza a hablar, superestrella.

Claaro, como si yo fuera a decir algo por el estilo.

Te he visto en algún lado. ¿En mi cama, tal vez?

Eso sólo sería estúpido.

Gemí internamente y agaché mi cabeza, derrotada a más no poder. No había forma de sacar a relucir el tema sin que me pusiera de todas las variaciones de rojo.

¿Por qué era tan difícil? Pensé que después de un fin de semana conversando con un sinfín de hombres desconocidos ya habría cogido la práctica.

¿Qué tiene de especial Edward Cullen?

Él seguía con esa mirada de reconocimiento, pero a la vez insistía en mantener este incómodo silencio. Se limitaba a incomodarme con esos enormes ojos verdes.

Debía reconocer que además de ser muy guapo, tenía algo más. Creo que era la forma en la que se comportaba, los gestos que hacía. De alguna forma sentía que todo lo hacía a conciencia, como si cada movimiento fuera plenamente calculado. Al pestañear, al tomar una bocanada de aire y luego dejarlo salir lentamente por la nariz. Incluso cuando sacó su lengua y remojó sus labios. Como mímica, hice lo mismo, y pude sentir su mirada en mis labios.

Maldita sea, la incertidumbre me estaba matando. ¿Era el mismo Culo Apretado del viernes por la noche o era un simple hombre que estaba tratando de ligar?

No es que lo necesitara demasiado. Ya me tenía con el pulso acelerado.

Ah, concéntrate, Bella Swan. Pareces una chiquilla quinceañera.

Carraspeé para hacerme notar. Lo miré sólo un segundo, para asegurarme que tenía su atención —como si no lo supiera ya, su mirada era casi abrasadora— y luego tomé aire para empezar a hablar. Ahora o nunca.

—Acá están los pedidos.

Salté de la impresión. Estaba tan ensimismada, que no escuché a la muchacha acercarse. Solté una risita nerviosa y acepté mi capuccino, tomando un trago e ignorando lo caliente que estaba.

Genial. Simplemente genial. Otra vez volvió la cobardía. Si seguía así, comenzaría a hablar en mi cumpleaños número sesenta.

Quizás debía hacerlo desde otro enfoque. Algo más simple y menos comprometedor. Como sugerirle algo que me diga que es él.

Vamos memoria, éste es tu momento de fama.

. . .

Empujé su pecho para escaparme de sus atenciones y él tastabilló hasta que su culo tocó el colchón.

Perfecto, una cama. Tenía grandes planes para ella y esperaba que la artillería pesada de superestrella estuviera a la altura de ellos.

Reí tontamente mientras analizaba mis palabras y me mordí el labio cuando miré sin descaro el bulto que tenía en los pantalones.

Caminé sensualmente hacia él y sentí su mirada en todas partes de mi cuerpo. Me sentía atractiva, capaz de hacer cualquier cosa…

—¡Ouch!

Me torcí el tobillo con estos tacones de infarto y caí como un bulto inerte al centro de la cama.

Él se rio y se encaramó sobre mi, apoyando ambas manos al lado de mi cara.

—No es gracioso —pero a pesar de decir aquellas palabras, miré su sonrisa y no pude hacer más que reír otra vez.

Su cara estaba justo sobre la mía y al frente de la luz que nos iluminaba. Su cabello le daba un aire de músico desaliñado y lo único que quería hacer era pasar mis dedos por esas hebras cobrizas.

Así que lo hice.

Como mi desinhibición se había ido por la puerta hace horas atrás, no evitaba hacer nada de lo que pensaba.

—Eres muy guapo —y también, al parecer, no podía evitar decir nada de lo que pensaba.

Él levantó una ceja, pero sonrió de forma ladina.

—Ah, bueno, tú no estás nada de mal.

—Quiero besarte.

—¿En serio?

—Sí —dije entre un suspiro.

—Ya lo hiciste, si mal no lo recuerdo —rio entre dientes.

—Oh, cierto. Pero podemos besarnos otra vez —sugerí animada, lamiéndome los labios ante la anticipación.

Él dejó que su mirada cayera en mi boca y juro que pude ver como sus ojos se oscurecían.

—Sí, podemos.

Y justo en ese momento bajó su cabeza y capturó mis labios en los suyos.

. . .

Genial. Y ahora estaba con taquicardia y la cara más iluminada que árbol de navidad.

Edward besaba como como los dioses. Podría ser el alcohol que empañaba mis recuerdos, pero cuando rememoraba esos labios y esa lengua atrevida, juro que hasta los dedos de los pies se me enroscaban de deseo.

Escondí mi mirada en mi taza de café y esperé que no viera mi vergonzosa cara de putilla en celo.

—¿No se supone que estamos acá para hablar? —dijo Edward con una sonrisa divertida— Si no te conociera mejor, diría que eres tímida.

Levanté mis cejas casi hasta llegar a mi cuero cabelludo.

—¿Qué quieres decir con eso? —musité con una octava más alta de lo normal— ¿Estás diciendo que me conoces? ¿Qué tanto me conoces? ¿Por qué dices eso?

—Whoa, whoa, despacio. Quiero beber mi café antes que me mates a preguntas —rio y acompañó sus dichos subiendo su taza hacia sus labios y beber suavemente de ella.

Me estaba torturando. Eso es lo que él hacía. Y al juzgar por su socarrona sonrisa cuando dejó la taza en su plato, podía suponer que sabía exactamente lo que hacía.

Bien, dos pueden jugar este juego.

Con más valentía de la que jamás creí tener, me incliné hacia la mesa y parpadeé como zorra haciéndose la inocente. Edward detuvo sus movimientos y sus ojos bajaron a mi escote.

Los hombres son tan predecibles.

—¿Podríamos ir a un lugar más privado?

Él se atragantó y tosió para recuperar el aire.

—¿Perdón?

—Hice mis averiguaciones, Edward —esperaba que mi voz se escuchara seductora, y no como si fuese a agarrar un resfriado—. Sé que vives a unas cuantas cuadras de acá. ¿Por qué no me invitas a pasar?

—Yo… —frunció su entrecejo— no creo que sea adecuado.

—Prometo que no muerdo —sonreí.

Un flash de memoria cruzó la mirada de Edward y podría asegurar que yo estuve presente. Sus ojos verdes se nublaron y una sonrisa perezosa comenzó a nacer sobre sus labios.

Él también se inclinó sobre sus codos en la mesa y cuchicheó muy cerca de mí.

—Resulta —dijo en tono sugerente, dejándome oler su aroma tan masculino— que sé por experiencia propia que eso no es cierto.

Y cuando se giró a pedir la cuenta, vi que en el borde de su cuello tenía el esbozo de lo que fue un gran chupetón.

.

.

.

—Hogar, dulce hogar.

Miré a mi alrededor y se veía bastante acogedor para ser un departamento de hombre. Todo estaba decorado en tonos grises y azules, y parecía que nada estaba fuera de su sitio.

Alguien era adicto al orden y limpieza.

Caminé hacia los sillones y Edward me siguió muy de cerca.

—¿Quieres algo para beber?

Mataría por algo fuerte.

—Un vaso de agua, por favor.

Desapareció por una puerta y me di el lujo de sentarme sobre uno de los cojines más mullidos que he conocido jamás. Bueno, lo hice porque las rodillas me temblaban sin control y temía por mi seguridad física. Jamás pensé que hacerse la seductora fuese tan difícil, incluso con Edward, que estaba como un tren.

Si estuviese en otra situación, no le haría asco al insinuarme un poco a Edward para obtener una cita.

Lamentablemente, el tiempo no jugaba a mi favor y tenía que apresurar las cosas.

Cuando Edward volvió con mi vaso de agua, lo agarré con fuerza y provoqué que ambos nos mojáramos con la mitad de su contenido.

—Oh, mierda, lo siento. Fue un accidente —no lo fue.

—No hay problema, Bella. Sólo es agua —miró su pecho mojado y su camisa estaba comenzando a adherirse a su pecho. Sé que con los recuerdos borrosos de esa noche no eran del todo confiables, pero algo me decía que Edward tenía una tableta de chocolate en su vientre que sólo provocaba comérsela a mordiscos.

¿Qué tenía ese capuccino? Yo no me comía a las personas.

—Iré a cambiarme. Si quieres te presto una camiseta mientras se seca la tuya —carraspeó, como si evitara mirarme bajo el cuello.

Agaché mi cabeza y vi que justo hoy estaba ocupando una remera blanca y afortunadamente opté por un sostén negro.

Al parecer Edward no estaba muy cómodo con mi elección de ropa de hoy.

Se dio la vuelta y caminó hacia una de las puertas opuestas a la entrada, dejándome plantada en medio de la sala.

No iba a retroceder ahora que había logrado tanto. Además, un pequeño recuerdo de la mañana siguiente al desastre se filtró por mi memoria y era la pista más cercana que tenía hasta el momento.

—Cállate Tanya, lo despertarás —rogué en un susurro—. Vámonos de aquí, no quiero estar para desearle los buenos días. Sería algo incómodo. "Hola cariño, ¿te importa si no digo tu nombre? Lo que pasa es que no me acuerdo. En realidad no me acuerdo de nada de la noche anterior, así que me perdonarás si lo único que puedo decir de ti es que tienes un pequeño lunar en forma de corazón en tu nalga izquierda… ¿desayunas?"

El lunar en su nalga izquierda.

Sería un tanto comprometedor tratar de hurgar en tan específica parte del cuerpo. Pero, hey, era por un bien mayor, ¿no?

Si sabía a ciencia cierta que él era el desconocido al lado de mi cama, de seguro que sabía donde estaba el bendito colgante, y por consiguiente podría recuperar la grabación y mi trabajo dejaría de estar en peligro.

Así que si veía a Edward desnudo, mantendría mi trabajo.

Seh… mi razonamiento era perturbador.

Cuando crucé la puerta por la cual Edward desapareció me encontré de inmediato con una escena de aquellas que repites una y otra vez cuando la estas viendo en una película. Y además la haces gif y la compartes en las redes sociales. Y babeas sobre ella.

Ahora estaba balbuceando.

Edward se sacó con tortuosa lentitud su camisa por sobre la cabeza y como estaba dándome la espalda, pude ver como sus músculos se contraían y relajaban al dejar caer su prenda mojada.

Luego buscó entre los cajones de su ropa para algo más que ponerse.

Por favor, quédate desnudo hasta que el mundo deje de existir.

Probablemente estaba jadeando como idiota, porque Edward se percató de mi presencia y se giró para encararme.

Y casi podía tocar la tensión sexual que pululaba entre nosotros.

—¿Qué haces aquí? —dijo con la voz muy ronca.

Me acerqué a él sin responderle.

Cuando estuve justo frente a Edward, me elevé en puntillas y acuné en mi mano una de sus mejillas. Él cerró momentáneamente sus ojos, y cuando los abrió los tenía muy oscuros y nebulosos.

Era él. No lo sabía con certeza, pero mi cuerpo lo reconocía.

Y quería besarlo.

Bueno… uno pequeño no le haría mal a nadie, ¿cierto?

Con suma delicadeza, acerqué mi boca y apreté sobre su labio inferior y succioné suavemente. Edward gruñó un poco y como un borrón me encontré apretada entre la pared y su cuerpo.

Esta escena se me hacía demasiado familiar.

Edward jadeó y sentí como su aliento se colaba por mi garganta. Era sensualidad en su forma más cruda. Levantó una de sus manos y la posó en mi vientre, como si me detuviese a mí y a él mismo, sin lograrlo del todo.

Apoyé mis manos a cada lado de su cuello y giré mi cara para profundizar el beso.

Él no se negó.

Sentí como su lengua barrió mi labio inferior y suspiré con gusto. Era rudo y suave al mismo tiempo, ¿era eso posible? Su beso era tierno y sensual, pero su mano en mi vientre estaba subiendo peligrosamente al borde de mi pecho izquierdo. Temblé por la tela mojada y la anticipación.

Cuando sus dedos levantaron la remera y tocaron el encaje de mi sostén, jadeé desesperada y Edward despegó nuestros labios para dejar besos con la boca abierta por el costado de mi cuello.

Tragué, nerviosa, por el escenario tan excitante. Apenas conocía a este tipo, pero al parecer esta iba a ser la segunda ver que lo iba a ver desnudo.

Vi que al lado opuesto de la habitación había un espejo de cuerpo completo muy cerca de la cama.

Uy, pervertido. ¿Le gustaría ver lo que hacía?

Edward comenzó a bajar la copa de mi sostén y mi respiración se vio más dificultosa. Sentí como sus dientes mordisqueaban la piel sensible que unía mi cuello con mi hombro y apoyé una de mis manos en su nuca. La otra la bajé por toda su espalda y aproveché el espejo para ver como su piel quedaba levemente rojiza cuando pasaba mis uñas.

Al llegar al borde de sus pantalones, una pequeña duda me asaltó.

¿Debía detenerme para obtener información sobre mi colgante o lo podía dejar para después?

Supuse que sólo necesitaba saber que era él y así lo dejaba en pausa hasta que termináramos de… resolver ciertos asuntos.

Bajé sus pantalones con un tirón brusco y Edward me recompensó con un fuerte gruñido y un mordisco que me puso a mil.

Pero me quedé helada al ver su trasero desnudo en el reflejo del espejo.

Bien… era un culo muy apretado. Bastante agradable, a decir verdad.

¿Cuál era el problema?

No había ningún lunar.

Nada.

Ni siquiera una manchita de nacimiento o algo que me dijese que quizás exageré mi memoria.

No, su piel era tan perfecta como lo era él. Sólo que ahora era un gran problema, porque evidenciaba que definitivamente no era el hombre que estaba buscando.

¡Y me estaba liando con él!

Edward devolvió sus besos a mi boca, pero como el reconocimiento estaba viajando a gran velocidad por mi cerebro, dejé de hacer todo lo que estaba haciendo previamente.

Su pecho estaba subiendo y bajando con dificultad, y yo no estaba mejor que él.

—¿Qué pasa? —jadeó en mis labios, mirándome a los ojos.

—Yo… yo… yo me tengo que ir —dije al final, parpadeando tan confundida como él.

—¿Qué?

Miró hacia abajo probablemente vio que él estaba semidesnudo y yo había colaborado bastante en dejarlo así.

¿Quién se le lanzaba a un hombre para dejarlo en la mitad de algo?

Alguien que se da cuenta que no era el hombre que buscaba.

Corrí hacia la entrada mientras acomodaba mi ropa y trataba de peinar mi cabello.

¿Dónde había dejado mi bolso?

—Espera, Bella, ¿qué ocurre?

—¡Nada! —chillé y probablemente me veía como lunática, buscando debajo del sillón.

Cuando me levanté, Edward tenía mi bolso en su mano y me lo estaba ofreciendo.

—Gracias. Fue… agradable verte otra vez —¿Acaso era idiota? ¿Quién le dice eso a alguien que hace pocos segundos te estaba agarrando una teta?—, pero me tengo que ir a trabajar.

Él se estaba rascando la nuca y aun tenía el pecho descubierto.

A pesar de no ser el tipo que buscaba, Edward era un pedazo de hombre demasiado atractivo como para seguir mirándolo sin babear.

—Adiós —dije con rapidez y corrí hacia la entrada sin esperar ninguna réplica.

Corrí por las escaleras como si la vida se me fuera en ello y alcé la mano apenas llegué a la calle para pedir un taxi. El conductor me dio una mirada interrogante al verme mojada, jadeante y despeinada. Pero afortunadamente no trató de comenzar una conversación. No estaba de ánimos para ello.

Llegué a mi departamento y ni me molesté en cambiarme de ropa. Sólo me lancé a mi cama y enterré mi cara en la almohada. Y grité.

No podía creer lo cerca que estuve de acostarme con alguien quien apenas conocía. Vale, también lo hice el viernes pasado, pero aquella vez estaba borracha. Era casi como un ticket que valía por una travesura nocturna. Como un cupón. Ahora estaba en mis cinco sentidos intactos, y casi violo al pobre profesor sin siquiera pensármelo dos veces.

Mi celular sonó y lo contesté por inercia.

—Diga —mi voz sonó amortiguada por la almohada que aun tenía presa mi cara.

—¿Bella? ¿Ya encontraste a Culo Apretado?

Tanya.

—No, no quiero hablar de eso.

—Sabes que cuando dices eso insisto hasta que me lo digas, ¿cierto? Así que, ¿por qué no nos ahorramos la media hora de discusión? Sólo escúpelo.

Gruñí y me di vuelta para quedar mirando el techo.

—No tenía el lunar —dije como gran explicación.

—De acuerdo, cariño. Mejor comienzas por el principio, porque a pesar que soy bastante brillante, no logro comprender lo que dijiste.

Tanya tenía razón, de una forma u otra terminaría de enterarse de todo y ya tenía un horrible dolor de cabeza, así que me limité a contarle todo lo que había ocurrido desde que nos despedimos.

Incluso le conté del encuentro en su habitación y la intensa sesión de besos.

Cuando llegué al final, Tanya se quedó muy callada.

—¿Ta? ¿Estás ahí?

—Sí…

—¿Y, bueno?

—¿Bueno, qué?

—Dime algo, maldita sea. Acabo de hacer un monólogo de más de quince minutos y necesito que digas algo porque estoy cansada, confundida y tengo una insoportable migraña que taladra mi cráneo.

—Bueno… eres una idiota.

—¿Perdón?

—Lo eres —dijo como si fuera algo muy obvio—. Acabas de conocer a un tipo que logró romper tus esquemas y estabas más cachonda de lo que jamás podrías haberte sentido. Y luego vas y te detienes porque, ¿cómo fue? Ah, porque no tiene un puto lunar en su nalga. Había escuchado que las mujeres pueden ser selectivas, pero Bella, te mereces la corona de reina de las exigentes. Tu caso es único.

—¿No recuerdas cuando lo dejamos el sábado en la mañana? Tenía ese lunar…

—¿Y? Quizás nos confundimos. Debe de haber otra explicación. Quizás sólo te ahogas en un vaso de agua y el tipo ese que tocaba la guitarra es la misma persona que dio vuelta tu mundo esa noche y además es la misma persona con la cual te besaste hoy. ¿Acaso no puedes darle el beneficio de la duda?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no es él.

Tanya bufó.

—Eres insoportable cuando estás en negación.

Terminamos la llamada y decidí que lo mejor que podía hacer era darme un largo baño de sales para relajar mi cuerpo. Lo necesitaba, porque estaba segura que al día siguiente sería otra desempleada más.

Después de una hora y cuando sentí que me estaba arrugando, me envolví en una toalla y salí del baño para preparar algo para comer.

Cuando estaba terminando de preparar un emparedado, escuché que llamaron a la puerta.

Vi por la mirilla y no había nadie ahí. Cuando abrí, vi que habían dejado un paquete en mi felpa que decía Bienvenidos.

Lo recogí y lo llevé dentro, con la curiosidad despertando mi letargo.

Me senté en el sillón y con la mano que no estaba ocupando para sostener mi emparedado, levanté la tapa y casi me atraganto. Dejé mi comida a un lado mientras veía el interior del paquete.

Nunca antes me había sentido más feliz por ver un regalo. Porque lo era. Después de todo lo que tuve que pasar para buscar el colgante, éste va y llega a la puerta de mi departamento sin ninguna pista de quién lo tenía.

Con dedos temblorosos, lo alcancé y lo abrí con cuidado. Y justo ahí, entre las fotografías de mis padres, estaba aquella tarjeta de memoria que tanto ansiaba.

Dejé mi cena olvidada y corrí a mi habitación para encender mi computador. Metí la tarjeta en un adaptador y me puse los audífonos para escuchar la grabación y asegurarme que estaba bueno después de todo.

Y las lágrimas le picaron mis ojos cuando vi que todo estaba bien.

Estuve toda la noche escuchando lo que había pasado y transcribiendo la conversación que tuve con Aro Volturi. No encontré lo que buscaba, pero estaba segura que mi jefe estaría igual de feliz con lo que había encontrado.

Al tener evidencia de lo que pasó esa noche, llené muchas lagunas mentales. Dejé de tomar apuntes y me dediqué a escuchar.

Recordé a Emmet, el jugador de fútbol americano y sus risas estruendosas cuando estaba demasiado achispada y me gustaba decir chistes.

Recordé a Jacob, el barman mujeriego, que cada vez que iba a pedir un trago, él me lo daba con un guiño exagerado y se lamía los labios.

También recordé a Jasper, al tipo simpático que se hizo amigo mío casi al final de la velada, con el cual compartimos el gusto por la historia nacional y la comida texana.

Y finalmente, llegó el momento en que recordé a la superestrella, cuando hablé con él y le pidí que cantara conmigo.

Resultó que después de eso, Edward me llevó al balcón del primer piso y conversamos por horas. A pesar de tener tanto alcohol en mi cuerpo, podía mantener una charla sin siquiera tropezar con mis propias palabras.

—Tengo sueño. Dormir —dije con voz rasposa y Edward se rio suavemente.

—No creo que a Aro le importe si ocupamos una habitación —dijo después, y escuché el sonido de estática cuando el micrófono se roza con otras cosas.

Iba recordando un poco lo que pasó después. Tropecé con algunos escalones y Edward me sostuvo el brazo para que no cayera sobre mi nariz. Su toque en mi piel desnuda se sentía fantástico y cuando él abrió una de las puertas y me indicó que entrase, lo acorralé contra ella y lo besé con frenesí.

Entonces si fui una putilla.

Él me detuvo, sosteniendo mis hombros y rio, tocando mi nariz con la suya.

—Créeme, te arrepentirás a la mañana siguiente.

Y como ya estaba demasiado borracha, lo ignoré y prácticamente lo obligué a besarme contra la pared.

Mierda, era él.

Edward.

El superestrella.

Culo Apretado.

¿Y dónde quedaba el puto lunar dentro de esta locura de noche?

Necesitaba respuestas. Ahora mismo.

Agarré unos pantalones, una remera suelta, una chaqueta y me calcé en mis converse para salir y buscar lo que quería.

En menos de lo que creí que me demoraría, me encontré otra vez frente a la puerta del departamento de Edward.

Toqué la puerta y lo llamé.

Después de un rato esperando, Edward me abrió la puerta, refregándose uno de sus ojos y con el cabello todo despeinado.

—¿Tienes idea de la hora que es?

—No —dije, y entré pasando a su lado.

Él cerró y me encaró, suspirando en el proceso.

—Bueno, son las cinco de la madrugada. Estaba durmiendo.

—Podría decir que lo siento, pero no lo hago —dije de golpe—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Decirte, qué?

—Que nos acostamos el viernes por la noche.

Edward abrió mucho los ojos y quedó con la mandíbula algo desencajada. Fui demasiado directa, pero es que estaba harta de darme vueltas sin obtener nada a cambio. Sentí que mis mejillas se calentaban, sin embargo sólo lo ignoré. Él cerró sus labios y bufó, dándome la espalda y alejándose de mí.

—¿A dónde vas? Estamos hablando.

—No tendré esta conversación sin algo de cafeína en mi organismo.

Puso a funcionar la cafetera y se apoyó en el borde del mesón de la cocina. Me senté en una de las sillas para quedar frente a él.

—Fuiste tú el que me dejaste el colgante en mi departamento, ¿no es así?

Él asintió.

—¿Siempre supiste que estaba buscándolo?

Volvió a asentir.

—¿Por qué no me lo dijiste?

El pitido de la cafetera llamó su atención y sacó dos tazones para servir y pasarme uno. Le dio un gran trago al suyo y gruñó.

—Escuché cuando hablaste con Jasper en la escuela. Pensabas que era él, Bella. Ni siquiera recordabas con quien compartiste aquella noche, ¿por qué debería refrescarte tu memoria si no había necesidad de hacerlo?

—Pero yo te estaba buscando…

—No, buscabas tu colgante, no a mí. Planeaba devolvértelo sin que tuvieses que verme, lo juro. Sólo que te me adelantaste y fuiste a la escuela. Y pensé, ¿por qué no se lo entrego mientras tomamos una taza de café? Pero luego vas y me pides que quieres venir acá, y otra vez me atreví a pensar. ¿Quizás se acordó? me pregunté y como estúpido creí mis propias divagaciones —rio sin humor y volvió a tomar otro trago de café.

—Entonces pensaste que quería acostarme otra vez contigo —agregué con acidez.

Él frunció su entrecejo.

—Jamás nos acostamos, Bella. Bueno, quizás si lo hicimos, si hablamos literalmente. Pero nada más pasó entre nosotros.

—¿Cómo? No… yo me acuerdo…

—¿Qué recuerdas?

Besos, toques atrevidos, caer sobre la cama, más besos…

—Queríamos hacerlo…

—Sí, pero no lo hicimos.

—¿Por qué? —susurré en un hilo de voz.

Él sonrió y se encogió de hombros.

—Tenías sueño. Jugueteamos un poco, pero después de girar sobre tu estómago, te diste cuenta que estabas muy cansada. Y sólo dormiste.

—Estabas desnudo —se lo recordé y levanté una ceja en su dirección.

—Duermo desnudo.

—Ahora estás vestido.

—No quería escandalizarte —sonrió de forma torcida y otra vez sentí como si quisiera lanzarle mis bragas y restregarme sobre él.

—¡Ah! ¡Recordé algo! —dije con fuerza, apuntándolo con el dedo— ¿Dónde está tu lunar?

—¿Lunar?

—¡Sí! Ese con forma de corazón justo sobre tu nalga izquierda.

Él se mordió los labios y parecía que estaba evitando no reír.

—Isabella Swan, ¿viste mis nalgas?

—Oh, cállate y deja de evadir el tema.

—Honestamente —dijo mirándome a los ojos—, no tengo la más remota idea de lo que hablas.

—Yo… justo antes de irme… un lunar… ¡No estoy loca! ¡Tanya también lo vio!

Él soltó una carcajada y me dieron ganas de golpear su tan bonita cara.

—No lo sé, lo único que puedo suponer es que era chocolate. Tenía un montón en todo mi cuerpo cuando volví a casa. Después de tres duchas y mucho jabón, pude sacármelo de todos lados.

—¿De qué estás hablando…?

Mi bolso estaba lleno de chocolate, y también cuando me bañé sentí que tenía el cuerpo un poco pegajoso.

—Mierda, ¿qué hicimos? —dije escandalizada.

—Guerra de chocolate fundido —dijo con una sonrisa—. Dijiste que sería divertido. No puedo estar en desacuerdo.

Era demasiada información en poco tiempo.

Tastabillé hacia el salón y colapsé en uno de los sillones. Cerré los ojos y me masajeé mis sienes con la punta de mis dedos.

—¿Puedo ayudar en algo? —escuché que dijo.

Gemí y lo alejé con un movimiento de mano sin llegar a tocarlo.

—Desaparece.

—Estás en mi casa.

—Oh, cierto. Entonces sólo calla.

Pasó un buen rato que estuve ahí, en silencio y con los ojos cerrados. Probablemente dormí un rato, pero escuché como Edward iba a su habitación y también abría la ducha. La falta de sueño me atacó de pronto y cada vez que me daba la oportunidad de caer en los brazos de Morfeo, unos ojos verde esmeralda se aparecían detrás de mis párpados.

De lo que pareció unos minutos, sentí como alguien movía mi cuerpo para despertarme.

Parpadeé, confundida, y volví a verlo. Tenía el pelo mojado y estaba vestido otra vez como niño bueno. Y olía tan, tan bien.

—Debe ser mi shampoo —dijo divertido, sonriendo con la mirada.

Claro, lo dije en voz alta.

—Si quieres puedes quedarte un rato acá hasta que descanses. Yo, eh, tengo que ir a trabajar, así que no te preocupes. No te molestaré mientras te recuperas.

—No puedo quedarme aquí… —dije con un quejido, y juro que todo mi cuerpo dolió cuando me senté más derecha.

—Claro que sí. No me molesta.

Suspiré y carraspeé para que no se escuchara mi voz ronca por el sueño.

—¿No crees que esto es extraño? Te he atacado dos veces y ni siquiera sé cosas básicas de ti.

—No creo que atacar sea una buena definición para lo que compartimos, Bella —dijo con suavidad, acomodando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja—. Y si es así, fui una víctima demasiado dispuesta —dijo con tono bromista, mordiendo su labio inferior.

—No puedo creer que eres Culo Apretado. Tanya me lo recordará para siempre.

—¿D-disculpa? —dijo entre risas.

—Larga historia.

Me levanté de un salto y me terminé por agarrar en el brazo de Edward porque mis pies cedieron al momento de tratar de sostener mi cuerpo.

—¿Podemos vernos mas tarde? —pidió con esos enormes ojos verdes cuando estaba saliendo.

Me giré y lo miré.

Después de todo lo que había pasado desde que lo conocí aquel viernes por la noche, una pequeña e inocente cita con un profesor de música de una escuela primaria no parecía para nada dañina, ¿cierto?

Además, no era totalmente desconocido, así que no era una cita a ciegas que tanto odiaba.

¿Qué era lo peor que podía pasar?

—De acuerdo —susurré con una sonrisa que combinó con la de Edward—, pero que sea mañana. Hoy tengo mucho qué hacer en el trabajo.

—Seguro —acordó—. ¿Algún lugar que prefieras? ¿Algo en particular?

Me lo pensé un segundo y no dudé en decirlo.

—Nada de alcohol —dije, y cerré su puerta.

Escuché su risa mientras caminaba por el pasillo.

.

.

.

El sol me da de lleno en la cara y gruñí por despertarme. Maldita bola de luz que no sabe elegir peor momento para brillar. Traté de cubrirme la cara con la sábana, pero cuando busco a tientas mi salvación, me doy cuenta que alguien la sostiene fuertemente sobre mi cintura.

Abrí uno de mis ojos mientras toco el brazo que cruza mi cuerpo.

—¿Qué día es hoy? —susurra una voz cerca de mi oído.

La pienso un poco, porque no estoy segura. Mi cerebro aun no ha despertado del todo.

—Uhm… lunes. Sí, porque ayer fue domingo —oh, me merezco un Nobel por el descubrimiento.

Edward aprieta su agarre y gruñe por lo bajo, escondiendo su cabeza en mi cabello. Así puedo sentir su torso muy cerca de mi espalda y su erección matutina rozando mi trasero.

Sonrío sin poder evitarlo.

—¿Qué haces acá de todos modos? Estoy comenzando a pensar que no tienes hogar.

—Sabes que te encanta que me quede acá —lo dice con su voz seductora, y que me caiga un rayo si no me siento un poco más despierta con eso.

—Eso jamás lo sabrás —bromeo.

—No necesitas decirlo para que yo lo sepa, Isabella.

Ah, maldita sea. Usó mi nombre completo y él sabe que escucharlo de su boca me hace estremecer. Aprovecha mi guardia baja y con la mano del brazo que cruza mi cintura, agarra uno de mis pechos y lo aprieta suavemente. Gimo y echo mi cabeza para atrás, descansándola en el hueco de su cuello.

Edward se mueve más cerca aun y saborea perezosamente el lóbulo de mi oreja. No pongo mayor restricción. De hecho, me siento generosa y lo ayudo pasando mi pierna por detrás de la suya.

—¿Tienes que trabajar temprano? —pregunta entre mordiscos en mi cuello, al mismo tiempo que su mano pasa desde mis pezones hasta mi vientre, haciendo pequeños círculos alrededor de mi ombligo.

Me muevo para buscar más contacto y Edward gime cuando su erección roza mi entrada.

—No hasta las doce —respondo con un jadeo al final. Edward ya encontró aquel manojo de nervios entre mis piernas y lo está acariciando como si fuera lo más preciado del mundo.

—Perfecto —susurra con adoración y gimo más fuerte cuando él entra con una estocada limpia desde atrás. Edward maldice por lo bajo y apoya su frente en mi nuca, respirando en mi cuello y mandándome miles de escalofríos por toda mi espalda.

Me encanta despertar con él, a pesar que le digo exactamente lo contrario cada vez que él lo pregunta. Edward sabe que no lo digo en serio y parece disfrutar hacerme enojar cuando no acepta lo que le digo y simplemente sonríe y me besa en los labios.

Amo que me haga callar con un beso y eso también lo sabe.

El ritmo es lento, pero las estocadas son profundas y reverentes. Aprieto mis puños en la sábana que cubre el colchón y cierro los ojos con fuerza. Edward está gimiendo muy bajito, y si no fuera porque lo tengo tan cerca, respirando en mi piel mientras me da pequeños besos por todo el largo de mi cuello, de seguro que no podría escucharlo. Pero lo escucho, y es excitante saber que yo provoco aquellos gemidos.

Arqueo la espalda y eso nos da un ángulo diferente y completamente enloquecedor.

Edward aumenta la velocidad.

—Estoy muy cerca… —le digo en un susurro, y creo que no tengo más fuerza para decir más, porque está tocando un punto dentro de mí que hace que vea estrellas.

Él vuelve a maldecir y sus estocadas son cada vez más profundas.

—Mierda, mierda, mierda… —gruñe entre dientes y siento como él crece incluso más.

Sus dedos barren mi botón con más fuerza y determinación y justo ahí siento como exploto y me derrito en sus brazos. Él me sostiene mientras tiemblo el remanente de mi orgasmo y se queda muy quieto cuando también llega con fuerza.

Caemos al colchón en un enredo de brazos y piernas, él sobre su espalda y yo sobre su pecho.

—No podríamos hacer esto si no me quedara a dormir contigo —dijo entre jadeos, mientras yo trataba de encontrar la parte de mi cerebro que se encargaba de hablar.

Hociqueé su piel y le di un beso justo al lado de su pezón, mordisqueando su piel y sonriendo coqueta hacia arriba.

Él gimió y agarró mi trasero con una de sus manos.

—Debes detener eso o no te dejaré salir de esta cama en todo el día.

—¿Y eso es malo porque…?

Edward nos dio vuelta y trepó por mi cuerpo y juntó nuestros cuerpos desnudos y los rozó con sensualidad.

—Estás muy dispuesta a que me quede contigo, en esta cama, cuando después me reclamas que no tengo una propia.

Pasé mis brazos por sus hombros y lo acerqué a mí, sin llegar a besarlo.

—Soy extremadamente complicada.

—Oh, créeme —sonrió—. Estoy al tanto.

Edward miró sobre su hombro y dejó salir un quejido desde su garganta. Besó mi nariz y saltó fuera de la cama, recogiendo su ropa del suelo. La noche anterior fuimos un poco desastrosos.

—Lamentablemente tengo que trabajar a las diez, así que no puedo cobrar la segunda ronda como quisiera. Tendremos que esperar a más tarde.

Desde que salí por primera vez con Edward —la verdadera cita y no la noche de locura en la cual nos conocimos— nos dimos cuenta que en realidad teníamos muchas cosas en común. Conversamos durante toda la cena y luego caminamos hasta el parque para no dejar que la noche acabara aun.

Acordamos que iríamos despacio. Después de los dos encuentros fogosos que habíamos tenido parecía absurdo, pero traté de comportarme como una dama.

Al día siguiente volví a encontrarme con un hombre a mi lado, sólo que esta vez sí sabía quién era él.

¿Qué podía decir? El hombre tenía varios talentos y me enteré de algunos esa noche.

Así pasaron los días y en cada uno de ellos me desperté con él junto a mí.

Me quejaba en voz alta, pero bailaba un baile ridículo en mi mente al tener pedazo de culo en mi cama y para mi propio placer.

Mi trabajo resultó ser todo un éxito. Le dije a mi jefe que Aro Volturi no había cometido el fraude que todos creían, y de hecho él era un heredero de un fideicomiso ridículamente grande. ¿Lo mejor de todo? Hacía unas donaciones millonarias a los más necesitados y de forma anónima. Me encargué de sacar eso a la luz y en realidad a nadie le molestó demasiado.

Luego de eso mi jefe confió en que podría tener un espacio para hacer el trabajo que siempre quise hacer; escribir. Eso de las misiones secretas eran emocionantes y llenas de adrenalina, pero no eran para mí. Prefería estar detrás de un escritorio y hacer una que otra investigación de campo, pero nada más llamativo que ello.

Así tenía un horario fijo y podía tener una rutina. Me gustaban las rutinas. Especialmente cuando tenía en ella a un hombre de ojos verdes y un trasero de infarto.

Edward caminó desnudo hacia el baño, con su ropa en una mano y con la otra rascándose su cabeza.

—Ese sí que es un Culo Apretado… —suspiré con ensoñación.

Edward se giró cuando llegó a la puerta y me guiñó un ojo, haciéndome saber que escuchó lo que dije.

Sonreí con ganas.

Sí. Me gustaba tener su culo en mi cama todos los días.

FIN

.

.

.


Aun no reviso si tiene errores. Por favor obviar alguno mientras lo reviso, gracias. :)