Notas: Hola otra vez, la segunda entrega de esta historia tan… bizarra.
Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya No me pertenecen, todos son propiedad el señor Masami Kurumada, fic sin fines de lucro.
Cualquier similitud con la realidad u otra cosa es pura coincidencia, no me hago responsable a las personas sensibles que lean esta historia. Se recomienda discreción, como bien dije, este fic es fuerte (aunque todavía no salga eso)
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Camus siempre se había considerado una persona afortunada. Daba clases en una Universidad y el pago era bueno, dinero tenía, y podía vivir como a él se le antojase. Tenía un televisor plasma de alta definición, una laptop de última generación y de paso otro ordenador en su escritorio, una colección de películas que variaban el género que fuesen, libros y trilogías envidiables, un cómodo y amplio sofá, vajilla de lujo, calefacción y aire acondicionado si el clima se mostraba caliente… Ah, y una mujer que limpiaba de vez en cuando.
No tenía auto, pero sí una moto muy vistosa, una Cover 150.
Pese a todo, no podía hacer que sus mañanas fuesen soleadas, ni que su inspiración volviese de su destierro voluntario; sí era alguien afortunado, pero no feliz del todo. Había un espacio vacío en su corazón, ese sillón del alma que permanecía sin que nadie descansara en él.
Había abierto las cortinas para que la claridad entrara, y justamente, se había acomodado en el sofá, bebiendo su café a sorbos desganados, mientras fijaba la vista en el pautado papel.
Era como un callejón sin salida. ¿Hace cuanto que había empezado a trabajar en aquella obra? Ya iban diez años aproximadamente, y no encontraba la forma de terminarla. Tenía una muy buena progresión y armonía perfecta. Sonaba en su cabeza con el titileo de las estrellas en verano, un ambiente que permanecía tranquilo y deslumbrante. Un pequeño punto que crecía y aumentaba de tamaño, como lo hizo el Big Bang en la expansión del Universo.
Ya había probado una infinidad de cosas diferentes, pero todas le habían dejado un amargo sabor en la boca, como escalar hasta llegar al final de una montaña y, tras todo el esfuerzo y la esperanza de algo fabuloso, encontrar un vacío inexplicable. La nada gobernando allí.
El rechinido de la puerta lo hizo voltear la vista. La chica se quedó de piedra ahí, con la camiseta y los pantalones colgándole como trapos, le andaban demasiado grandes, estaba despeinada y con ojeras dignas de un maquillaje tétrico. Lo miró, probablemente desconcertada.
- Hola – Dijo el francés con simpleza – El baño a la izquierda. La cocina está ahí y hay café por si quieres, o por si tienes los ánimos para beberlo.
- ¿Quién eres? – Espetó la joven hostilmente, con la voz ronca.
- Según tú, Ganímedes.
Ella se pasó la mano por el rostro, farfullando un insulto en griego, ¿Griego? Camus rió por lo bajo.
- ¿Y según tú? – Preguntó finalmente, no se había movido de su lugar.
- Me llamo Camus.
Él sonrió con suavidad y la chica se sopló el flequillo.
- ¿Y mi ropa? ¿Y mi cartera? ¿Y cómo llegué aquí? – La joven hablaba con insistencia, quizás con un deje imperativo.
Camus regresó su atención a la partitura que sostenía, mientras sorbía el café. Ojalá supiera cómo resolver aquel condenado problema de inspiración. Bueno, hasta el momento había amanecido exactamente como él quería, la música le había salido desde el fondo como si lo llamase a gritos de júbilo, "Aquí estoy" decían.
- Tus cosas están en la habitación de la que has salido – Respondió con tranquilidad – Estás en mi casa, te traje anoche. Te veías bastante mal bajo la lluvia, tal vez al borde la hipotermia.
- Toda la gente llama a una maldita ambulancia – Soltó la chica, dándose la vuelta para regresar a la habitación con aire hostil.
Camus alzó una de las cejas.
-De nada – Murmuró para sí.
Intentó de no poner los pies en polvorosa y así dar un paso arriesgado, la imaginó en su mente y se encaminó al piano, siempre con el café y las partituras.
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Decir que solamente le dolía la cabeza era estarse mintiendo a sí misma. Le dolía todo el cuerpo, desde las raíces de su melena hasta las puntas de los dedos del pie. Una sensación amarga y repulsiva en el paladar, el estómago descompuesto y la idea de haber sido atropellada por el Ejército de Troya y Esparta, con Semidioses y Dioses incluidos. Al menos no recordaba nada, eso siempre le traía un enfermizo alivio.
Como bien había dicho el tipo alto, su ropa estaba en la habitación ya mencionada; era un cuarto de invitados con cortinas azul rey, y una postal de la Torre Eiffel como única decoración. Sus prendas yacían sobre una silla, cerca del radiador de pared. Las palpó, comprobando instantáneamente que la calefacción las había secado por completo, y se sacó la camiseta y los pantalones que no le pertenecían.
Portaban una fragancia fresca y transparente, y su ropa no olía así. Ese aroma se le había impregnado hasta en el cerebro, y extrañamente, la hacían sentir muy incomoda, como si le hubiesen cambiado la piel por la de otra persona. Se dio cuenta que no llevaba ropa interior. Ese sujeto, Camus, la había metido en su casa y la había desnudado. Todavía recordaba la toalla, y una ducha. Pero qué vergüenza.
"Por la Diosa griega Atenea" Se vistió a toda prisa, se colocó su remera negra con correas y se apartó uno de sus larguísimos mechones tras la oreja, mientras se dirigía hacia la puerta. La cartera estaba en su bolsillo.
Ajá, necesitaba muchas explicaciones. ¿Pero quién se creía ese tipo para entrarla en su casa y para colmo desnudarla? ¿Y si le había hecho algo?
Sin embargo, al entrar al salón, escuchó las notas de un piano, y quedó ahí, inmóvil y en completo silencio. El sujeto había abandonado su amplio sofá y estaba delante del Yamaha de pared, descansando en el taburete. Presionaba las teclas casi con mimo, mientras pisaba el pedal que incitaba la melodía.
De pronto se sintió idiota. Ridícula en su atuendo de disfraz de Halloween, como un cuervo negro graznando en medio del mítico canto de aves del paraíso, esas que presumían sus plumas de terciopelo. No, su indignación era la ridícula. Aquel hombre que permanecía allí sentado, del que ahora solo veía su bien tonificada espalda y la cabellera roja como las llamas infernales; la había llevado a su casa y tal vez le había salvado la vida. Debería estarle agradecida.
Usualmente la gente llamaba a la ambulancia y se desentendían. Sí, o sólo se desentendían. No encontraba explicación el por qué ese hombre no las había imitado; todo lo contrario, la había llevado a su casa, ¿Querría algo de ella? A lo mejor pretendía hacerle algo malo, secuestrarla, había escuchado rumores de los traficantes de órganos, y recordaba la bañera blanca.
Pero la música se oía bien y ella estaba intacta.
Pensó en encaminarse hacia la puerta, salir sin hacer ruido y olvidarse de todo lo acontecido. Era lo que debía hacer. Sí, marcharse. Ya había pasado mucha vergüenza y no quería seguir allí. Pero antes, se dirigió a la cocina y observó la cafetera. Había tazas en la alacena, y tenían dibujos de animales y flores. Agarró una que le llamó la atención; tenía el dibujo de un escorpión dorado, y el símbolo de Escorpio y letras del mismo en griego antiguo, su signo del zodiaco, curiosamente.
La llenó del humeante café negro, y aspiró la fragancia que desprendía, olía rico, un aroma que nunca había sentido desde hace mucho.
Regresó al salón de puntitas y se acomodó en el sofá de piel, escuchando las notas del piano.
La música sonaba suave, tranquila. Le traía caricias de un hogar que nunca había tenido, de la paz que nunca había reinado en su vida. Era agradable y la ponía triste. Todo allí era tan limpio, tan claro, tan cálido. La melodía se oía lejana y hermosa.
Cuando la música cesó, no había sorbido ni siquiera la mitad del contenido. Camus resopló y cerró la tapa de golpe. Luego giró en el taburete y la miró con seriedad.
"Por los Dioses, se parece a Ganímedes" Se repitió. Sus rasgos eran firmes y bien cincelados, y a la vez frágiles. Aunque ahora se veía más humano sin el nocivo efecto de las drogas, menos mitológico.
Y aún así, los ojos azules y fríos, profundos, irradiaban una luz propia, y el cabello le caía por los hombros, rojo infernal, pero contrastaba armoniosamente con el gélido azul de sus ojos. Le resultaba vagamente familiar, pero no recordaba de dónde lo conocía.
- ¿Cómo estás? – Preguntó él, usando el frío y cálido tono que había escuchado la noche anterior en su delirio.
- Mejor, me duele la cabeza – Respondió, desviando la mirada.
- ¿Cómo te llamas?
El hombre todavía sostenía las partituras, y su mirada recaía en ella como un glacial.
- Milo – Dijo.
- Ah, bueno, puedes quedarte el tiempo que quieras, y marcharte cuando te apetezca.
El hombre regresó su visión al piano y depósito los papeles en la tapa, y dejó de prestarle atención. La muchacha miró a su alrededor. Estanterias blancas con CDS, y libros, muchísimos libro. Una televisión extraordinaria y una PlayStation 3, un DVD y un equipo de sonido.
Ninguna foto de familia, ni sobre la mesa ni en las paredes. Eso sí, había pinturas, pero la que más le gustó fue un precioso cuadro de la Isla de Milos en Grecia. En los muebles había pocos objetos de decoración. El símbolo de Acuario tallado en una pieza de metal, y un cisne pintado en cerámica junto con la… fotografía de Siberia.
Milo observó al hombre, sumergido en su partitura; luego, volvió al sofá, y no supo en qué momento se quedó dormida, parecía estrecharla en un abrazo esponjado, mientras la melodía seguía sonando como una danza hipnótica.
Cuando despertó, eran las seis de la tarde. El piso estaba vacío y tenía un hambre voraz. Se sentó en los cojines y meditó qué era lo que tenía que hacer. Finalmente, se dirigió a la cocina y sacó un par de fetas de queso y salame, y dos rebanadas de pan, se hizo un sándwich y luego se marchó, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.
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Notas: El segundo capítulo me salió bastante libre, o sea, fluyó con libertad, raro (estas Musas de ahora son tan caprichosas), espero que les hayas gustado.
A propósito, la fragancia que es descrita como "fresca y transparente" en la ropa de Camus que Milo detecta, es un perfume muy vendido en Francia llamado "Acqua Di Gio" en versión masculina, y de la casa de moda Armani.
Misao-CG: ¡Me alegra que este fic haya capturado tu atención! =D. Y gracias por tus cumplidos. Y Milo, ay Milo, las cosas están re feas con Milo, ¡La pobre estará llena de sorpresas! y sí, Camus sintió un inexplicable deseo de ayudarla, tarde o temprano el tipo tenía que mostrarse como humano ¿No crees?
¡Gracias por la manzana! Y si ves a Kardia o a Milo (el Milo clásico) y me buscan, diles que… ¡Me fui a la Luna!
¡Cuídate!
