Disclaimer: Los personajes y el Mundo de Harry Potter pertenecen a escritora J.K. Rowling, no busco animo de lucro. Los elementos y personajes que aparecen pertenecen al escritor de manga Tite Kubo y otros elementos pertenecen a Masashi Kishimoto
- MMMMM - (Dialogo de personajes)
- MMMMM - (Personaje Pensando)
- MMMMM - (Dialogo de demonios)
- (MMMMM) - (Demonio Pensando)
- MMMMM - (Hechizos y Encantamientos)
- "MMMMM" - (Dialogo de Serpientes)
Capítulo 1
…
El Niño-Que-Vivió y El Niño-Que-Desapareció
Lugar Desconocido
Una pareja peculiar, estaba caminando por el bosque, eran un hombre y una mujer que recorrían el lugar donde todos los primeros días de cada mes se dedicaban a pasear, era una hermosa mañana soleada, la pareja mostraba ser de un estatus social muy alto, pero a pesar de todo, no lo demostraban, sobre todo el hombre con su aspecto, era un hombre muy alto que podía llegar a superar un poco los dos metros de alto y su constitución musculosa lo hacían un hombre imponente pero lo que lo hacía amenazante era su rostro que estaba surcado por una cicatriz vertical desde la frente al cuello y el parche que lleva en su ojo derecho, pero lo que además le daba un aspecto interesante era su extraño peinado en el cual se notaba que había usado mucho fijador para el cabello para erizarse su pelo y atar sus cascabeles a los mechones, estaba vestido de manera formal con un Shihakusho de color negro, debajo usaba una Hakama de color blanco, además de un Haori blanco con detalles negros pero que lucía recortado abruptamente por los hombros y la parte de abajo, además que no portaba el Obi tradicional sino unas vendas alrededor de su tórax.
En su cintura iba atada una espada Zanpakutō, pero era mucho más larga que una estándar, aproximadamente del tamaño de un Nodachi, con una larga guardia que se extiende hacia adentro desde su centro, similar a un Shinai. La empuñadura era blanca, aunque la mayor parte de ella estaba envuelta en vendajes, al igual que la vaina de su espada.
El hombre era sin duda un guerrero espadachín muy destacado, su hombre era Zaraki Kenpachi, junto a él estaba su esposa, una mujer de plácida belleza y aspecto maternal, con ojos azules oscuros y un largo pelo negro, que llevaba peinado en una larga trenza cayendo por su pecho, la mujer iba vestida muy elegante, con un kimono Komon tradicional de color crema acompañado de un Maru-obi de color dorado, iba vestida de manera pulcra y austera, la pareja era conocida por todo el país, la mujer era la líder del país del sol naciente, Japón, y el hombre era un guerrero de tradición, toda su familia había estado bajo los servicios del emperador, pero hacia muchos siglos que no había un emperador digno, un descendiente del gran emperador Amateratsu, que había reinado Japón hace más de 3000 años, se decía que solo aquellos que habían obtenido los ojos del gran emperador serían los herederos de él, sus ojos eran de un color rojo sangre intenso y en la pupila tenía una extraña figura que cada uno de los descendientes habían despertado, pero estos tenían una figura diferente, con el pasar de los siglos, habían sido pocos los dignos sucesores descendientes del gran emperador, solo aquellos que fueran descendientes del emperador, eran dignos de ser proclamados con este título.
En cambio durante más de 500 años ha habido un líder que cuida de Japón, con el pasar de los años, el líder de Japón se convirtió en figura de autoridad suprema anhelando la llegada del emperador, la mujer llamada Unohana Retsu era la actual líder de Japón y su familia siempre había sido la líder de Japón a la espera de un emperador digno, pero eso no era todo, Japón costaba de comunidades, una eran los Hito-Mahō-Ni o persona sin magia, pero aquellos que tenían poderes mágicos o habilidades especiales eran llamados Mahō (Mago) estos estudiaban todo los tipos de magia que existían en el mundo, sin duda era el país más mágico del mundo, es por eso que el líder de Japón no solo gobernaba el Japón de los magos, sino también de los que no tenían magia, era por eso que las dos comunidades vivían en armonía juntos, sin esconderse, era tanto así, que era difícil distinguir quien era un Hito-Mahō-Ni y quien era un Mahō, además que las entradas a los lugares mágicos eran más difíciles de encontrar ya que se encontraban mezclados, así que para los magos extranjeros era difícil hallar el mundo mágico, pero para los magos locales, sabían que el mundo mágico era lo más tradicional, es decir, el mundo mágico de Japón se había quedado en el Japón tradicional con sus edificios, culturas, etc.
Retsu y Kenpachi eran esposos y a pesar de que una era la líder de Japón y el otro un fiel guardián del emperador, no importo que los dos fueran esposos, se amaban y la posición social no les importo, en cambio ese lazo se hizo más fuerte ya que si algún día llegara haber un nuevo emperador, la familia del líder y del guardián se unirían para proteger al nuevo emperador, fue esa la promesa que se hicieron cuando se casaron, pero sin duda el momento que llevo a ese matrimonio fue, para ellos, mucho mejor que el matrimonio en sí, recordaban con detalle como hace tres años, el poderoso guerrero, Kenpachi, quiso retar a alguien de una casa o clan rival para que se enfrentara a él, nadie quería hacerlo porque Kenpachi quería pelear con todas sus fuerzas y cada vez que alguien aceptaba el reto, a los dos minutos tenían que recoger los pedazos del pobre diablo, Kenpachi era un maestro Kendo en el arte del Zanjutsu, pero también era un hombre brutal en cuanto a combate cuerpo a cuerpo y resistencia, fue cuando una mujer, que se había presentado de manera anónima, había aceptado el reto, después de eso, todo lo que sucedió en esa batalla era un tabú para todo el que la vio, nadie más sabia lo que paso, pero se decía que fue una batalla brutal que por poco casi termina con las vidas de ambos.
Fue solo al final que la chica se rebeló como la líder de Japón, ella era una amante ferviente de la batalla y al ver como luchaba Kenpachi le dieron ganas de enfrentarlo, y él termino encantado con ella, tras la batalla se enamoraron y posteriormente se casaron, y en ese matrimonio se juraron que cuando el descendiente del emperador Amateratsu regresara, ellos estarían unidos como familia para protegerlo, fue cuando la pareja fue sacada de sus pensamientos mientras caminaban por los bosques llenos de árboles de cerezo que escucharon el llanto de un bebé, rápidamente la pareja busco el origen del llanto y se sorprendieron al ver a un bebé de no más de un año, el pobre bebé lloraba desconsolado, la pobre Retsu se le partía el corazón al ver como ese bebé indefenso lloraba, la mujer se acercó a él mientras Kenpachi veía al niño y luego miraba a los alrededores preguntándose de donde había salido, vio cómo su mujer se acercaba al bebé, él no lo hizo ya que era posible que lo asustara, cuando Retsu se acercó al bebé, este dejo de llorar y se fijó en Unohana y sonrió feliz, pero la mujer había lanzado un jadeo de sorpresa al ver los ojos del bebé y no tardo en llamar a su esposo.
- ¡Kenpachi_kun! – Exclamo la mujer y su esposo se acercó a ella, esta le señalo al bebé y el hombre se sorprendió alzando una ceja. Los ojos del bebé eran de color rojo con dos comas alrededor de la pupila, el bebé al ver a la pareja estiraba sus bracitos como queriendo que lo alzaran, Retsu no se pudo negar y acercándose al bebé lo alzo y lo acuno en su pecho, no pudo evitar una sensación cálida que llegaba a su corazón, el bebé comenzó a balbucear y a decir cosas incoherentes, estaban seguros que por los rasgos del niño y por el tierno acento no era de Japón, sin duda era de algún lugar de Europa, pero se preguntaron, como fue que llego ese bebé hasta allí.
Kenpachi se acercó a su esposa y al niño que cargaba en sus brazos, no pudo evitar ver a los ojos del niño y sintió una sensación que recorrió toda su espina dorsal.
- ¿Cómo llego un bebé de no más de dos años aquí? – Pregunto la mujer en su idioma, el japonés, la mujer comenzó a arrullar al niño.
- No lo sé, Yachiru_chan, pero has visto sus ojos, sus ojos son como dicen la leyenda, son como los de… - Dijo Kenpachi mientras acariciaba la cara del niño con un dedo y el bebé se rio mientras tomaba el dedo del hombre con sus manitas.
- Si, son como los ojos del gran Amateratsu, el primer emperador – Dijo Unohana mientras veía con ternura al bebé que comenzaba a chupar y babear el dedo del hombre que sonreía al niño, nadie lo creería de un hombre como él.
- Estoy seguro que él no es un niño común, debe ser un mago, pero sus ojos, sin duda debe ser algo de él ¿no crees, Yachiru_chan? – Dijo Kenpachi de nuevo mientras veía como el bebé estiraba los brazos para que el hombre lo cargara, el hombre con algo de duda lo alzo y vio como el niño reía feliz, cosa que sorprendió e hizo al hombre dar una sonrisa cálida muy impropia de él, pero era la primera vez que una persona o un niño no se asustara al verlo, es más el niño estaba feliz, acercaba sus manitas a la cara de Kenpachi mientras sonreía.
- Ken_kun, debemos saber la procedencia de este niño, tenemos que llevarlo con los Goblins, ellos nos dirán todo sobre este niño, y también nos dirá si es o no es el verdadero heredero de Amateratsu – Dijo mientras sonreía con ternura al ver como su esposo acunaba al bebé en sus brazos y este bostezaba cansado.
- Tienes razón, hay que llevarlo con ellos, ellos podrán averiguar todo sobre este niño – Dijo Kenpachi mientras veía como el niño se quedaba dormido en sus brazos.
- Pero si fuese o no el descendiente de Amateratsu, estoy dispuesta a quedarme con él, no quiero abandonar a esta tierna criatura por ahí, además es precioso y podría ser nuestro hijo, Ken_kun – Dijo Unohana sonriendo mientras su miraba se hacía más brillante, miraba a su esposo a los ojos, Kenpachi la miro sorprendido pero luego sonrió, su esposa adoraba a los niños, y estaba segura que fuera o no el descendiente de Amateratsu, ella haría lo que fuera con tal de quedarse con el bebé que ahora dormía profundo en sus brazos, y haría lo que fuera necesario con tal de adoptarlo y hacerlo su hijo. Kenpachi también, él amaba a su esposa y haría lo que fuera para hacerla feliz y estaba seguro que ese bebé no sería el único, ellos querían tener hijos y ser una familia muy feliz.
Así con el bebé en brazos, la pareja fijo su rumbo al banco de Gringotts japonés, esperando a que les dijeran cual era el origen de ese niño y si era posible que el fuera el descendiente de Amateratsu y si era así, él sería el futuro emperador de Japón.
Privet Drive, 1 de noviembre de 1981.
Un hombre apareció en la esquina de Privet Drive, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era, a pesar de su edad, un hombre alto de al menos 1.90, de figura no tan delgada y hacia parecer un anciano, pero viejo hombre ya tenía sus 116 años, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que llegaban a su cintura, por eso tenía su barba recogida en una pequeña cada dónde colgaba pequeños cascabeles. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró a un gato atigrado que lo observaba, que lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:
- Debería haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras.
Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
- Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
- ¿Cómo ha sabido que era yo? - preguntó.
- Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
- Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo - respondió la profesora McGonagall.
- ¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
La profesora McGonagall resopló enfadada.
- Y no era para menos - aseguro la mujer, aun después de años le parecía reprobable las acciones de los magos ese día - Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo - Dijo con impaciencia - Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los Muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias - Terció la cabeza en dirección a la ventana - Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
- No puede reprochárselo - dijo Dumbledore con tono afable - Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
- Ya lo sé - respondió irritada la profesora McGonagall - Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los Muggles, intercambia rumores...
- Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los Muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
- Es lo que parece - dijo Dumbledore - Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
- ¿Un qué?
- Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los Muggles que me gusta mucho.
- No, muchas gracias - respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos - Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
- Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort - La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta - Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
- Sé que usted no tiene ese problema - observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración - Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
- Me está halagando - dijo con calma Dumbledore - Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
- Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
- Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
- Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento.
Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
- Lo que están diciendo – insistió - es que la pasada noche Voldemort apareció en el Godric´s Hollow Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
- Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
- Lo sé... lo sé... - dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
- Eso no es todo. Dicen que quiso matar a los hijos de los Potter, a Harry y Charlus. Pero no pudo. No pudo matarlos. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.
- ¿Es... es verdad? - Tartamudeó la profesora McGonagall - Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un par de niños? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivieron en nombre del cielo?
- Sólo podemos hacer conjeturas - dijo Dumbledore - Tal vez nunca lo sepamos.
La profesora Mcgonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
- Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
- Sí - dijo la profesora McGonagall - Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
- He venido a entregar a los niños a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.
- ¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! - Gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4 - Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry y Charlus Potter no pueden vivir ahí!
- Es el mejor lugar para ellos - dijo Dumbledore con firmeza - Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sean mayores. Les escribí una carta.
- ¿Una carta? - repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse - Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a esos niños! ¡Serán famosos... unas leyendas... no me sorprendería que el día de hoy fueran conocidos en el futuro como el día de los Gemelos Potter! Escribirán libros sobre ellos... todos los niños del mundo conocerán sus nombres.
- Exactamente - dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas - Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famosos antes de saber hablar y andar! ¡Famosos por algo que ni siquiera recuerdan! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezcan lejos de todo, hasta que estén preparados para asimilarlo?
- Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar los niños hasta aquí, Dumbledore? - De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a los gemelos.
- Hagrid lo traerá.
- ¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
- A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
- No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar - dijo a regañadientes la profesora McGonagall - Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
- Hagrid - dijo aliviado Dumbledore - Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
- Me la han prestado; profesor Dumbledore - contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba - El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
- ¿Cómo que lo has traído? Querrás decir que los trajiste – Dijo Dumbledore
- No, señor. Usted me dijo que sacara a los niños, pero cuando llegue la casa estaba casi destruida, pero resulta que solo estaba uno, señor.
- ¿Cómo es eso posible, Hagrid? Se supone que los dos bebés deberían estar juntos – Dijo escandalizada McGonagall.
- Pero es la verdad profesora, cuando encontré la cuna solo estaba el pequeño Charlus – Dijo Hagrid con el bulto envuelto en mantas.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía al pequeño Charlus, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
- ¿Fue allí...? - susurró la profesora McGonagall.
- Sí - respondió Dumbledore – Al parecer fue el pequeño Charlus el que recibió la cicatriz, pero no estoy seguro si también el pequeño Harry también la tenga.
- Entonces que haremos, Albus, se supone que dejaríamos a los dos niños aquí ahora solo esta uno y el otro está desaparecido.
- Por ahora debemos dejar al pequeño Charlus, aquí estará a salvo, mientras tanto buscaremos al pequeño Harry – Dijo Dumbledore mientras sacaba la carta que iba a dejar y la modificaba - Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.
Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley
- ¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? - preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Charlus y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
- ¡Shhh! - dijo la profesora McGonagall - ¡Vas a despertar a los Muggles!
- Lo... siento - lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo - Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Charlus tendrá que vivir con Muggles...y para completar… el pequeño Harry está desaparecido.
- Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos - susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Charlus en el umbral, escondió la carta entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.
- Bueno - dijo finalmente Dumbledore - Ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos, iré inmediatamente a hablar con Cornelius para avisarle que Harry Potter está desaparecido e informarle que Charlus está a salvo
- Ajá - respondió Hagrid con voz ronca - Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
- Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall - dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata.
Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
- Buena suerte, Charlus, espero encontrar a tu hermano pronto - Murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Charlus Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse.
De los arbustos cercanos salieron un par de serpientes, las dos eran de color verde con manchas negras, se acercaron al pequeño bulto y lo vieron.
- "Escuchaste lo que dijeron eso mago, este es el niño que venció al esclavista de serpientes" – Siseo una de las serpientes mientras se acercaban al niño.
- "Si, pero, al parecer, las personas donde lo dejaron son unas personas desagradables" – Respondió la otra serpiente.
- "Estoy seguro que este pequeño nos podrá entender cuando crezca, así que podemos protegerlo" – Dijo la primera serpiente.
- "Es cierto, tengo entendido que, si vences a un mago, obtienes una de sus habilidades por conquista, estoy seguro que él nos entenderá, así que podremos protegerlo" – Dijo La segunda serpiente mientras se internaban de nuevo entre los arbustos a la espera de que llegara a ser necesario, ellos protegerían al niño.
Mientras tanto, por todo todas las comunidades mágicas del mundo se enteraban de la triste noticia, todo el mundo se enteraría de que uno de los niños Potter había sobrevivido pero el segundo había desaparecido sin saber dónde estaba, es por eso que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Charlus Potter... el niño que vivió y por Harry Potter el niño que desapareció!».
...
