¡Hola!

En este capítulo, oficialmente, la historia da inicio. Disfruten.


Parte uno.

.

.

.

Yato estaba volviendo del almuerzo junto con algunos compañeros de la compañía para la que trabajaba, cuando el teléfono de su oficina comenzó a sonar. Al principio no pensó demasiado en la melodía familiar, puesto que estaba muy ocupado riéndose de un chiste que él mismo había contado. Cuando el timbre del teléfono volvió por tercera vez, decidió tomar la llamada una vez estuvo sentado en una silla.

―¿Hola? ―habló. Aún en su voz se presenciaban rastros de las risas que había tenido anteriormente.

Este contacto estaba en la marcación rápida del celular de la señora Hiyori, así que hemos estado tratando de contactarlo, señor.

Todos los sentimientos se alegría y diversión se esfumaron por completo. Su sangre corría fría a través de sus venas y estaba experimentando una sensación de hundimiento, como si la tierra hubiese hecho un hueco justo por debajo de él y lo estuviese succionando. Se sintió terriblemente angustiado, incluso antes de que la mujer del otro lado de la línea comenzara a explicar la razón de la llamada.

Hace unas horas hubo un accidente…


Cuando finalmente abrió sus ojos, sintió como sus párpados pesaban una tonelada cada uno. Incluso tuvo el deseo de volver a cerrarlos, pero no lo hizo.

Tan sólo el mero hecho de haber abierto los ojos lo había catalogado como un gran esfuerzo. Sentía como la mente parecía estar nublada, cosa que no permitía que pudiese tener algún tipo de pensamiento. Le tomó unas cuantas inhalaciones y exhalaciones para que finalmente dejara de sentirse aturdida y abombada y se diera cuenta que a su alrededor había bastante actividad. Cuando intentó mover sus extremidades, sus músculos chillaron de dolor. Trató de gemir por la incomodidad y la sensación punzante, pero su voz no salía. Sus cuerdas vocales se negaban a cumplir su deseo. Giró los ojos para lograr divisar su alrededor, pero lo único que lograba ver eran figuras sombrías, sin forma, que movían de aquí para allá a un ritmo agitado; más estas poco a poco fueron tomando apariencia y color. Notó que estaba rodeada de médicos y enfermeras, y que la blancura que la cegaba se debía probablemente a que se encontraba en un hospital.

También, entre más se hacía consiente de las cosas, notó como el dolor se hacía más y más perceptible aún sin ella estarse moviendo. Añadido a eso, la espesa neblina opacando su mente tampoco había desaparecido por completo.

―Doctor ―escuchó a una mujer que estaba cerca suyo, probablemente una enfermera ―. Ella está despierta.

El hombre se volvió para mirarla. Cuando sus miradas se encontraron, se dio cuenta de que estaba mirando una cara familiar. A pesar del dolor punzante en su cabeza, pudo asociar el rostro con algún conocido de su padre, por lo que intuyó también que se encontraba en el hospital del mismo. El doctor se acercó a ella y la tomó de la barbilla suavemente mientras sacaba una linterna del bolsillo, sosteniéndole a la altura de sus ojos. Ella los entrecerró por el resplandor de luz tan repentino, logrando que sus cuerdas vocales funcionaran correctamente esta vez para que ella pudiese emitir un sonido en protesta. Cuando trató de moverse en la cama para poder sentarse, notó que tenía una máscara de oxígeno puesta.

―Está consiente ―confirmó el médico, quitándole la máscara de oxígeno.

La presencia de dicho equipo para ella había sido inexistente mientras la usaba, pero una vez que se la quitaron, se dio cuenta cuán difícil era respirar por si sola. No duró mucho, sin embargo; una enfermera le había puesto una cánula nasal minutos después, lo que ella agradeció infinitamente.

―Señora ―una enfermera se sentó en una silla al lado de su camilla ―. Necesito hacerle unas preguntas. ¿Puede asentir si me entiende?

Le tomó unos segundos procesar la pregunta, antes de dar un leve asentimiento. La enfermera sonrió de forma tranquilizadora, acto que la hizo perder un poco la incomodidad agobiante que estaba sintiendo al estar postrada en una cama, sin saber realmente que había pasado.

―¿Sabe dónde está ahora? ―comenzó.

Sus ojos escanearon el lugar, posándose finalmente en la silueta del hombre que, ahora estaba segura, era un amigo de su padre. Esbozó una pequeña sonrisa―o al menos lo intentó. Los músculos faciales también le dolían―mientras lo miraba, antes de volver a la enfermera que esperaba su respuesta. Ella asintió en afirmativa.

―¿Podría intentar decirme su nombre, por favor? ―la amable mujer esperó pacientemente, mientras anotaba algunas cosas en el portapapeles que llevaba.

―Hi- ―intentó hacerlo, pero su voz la abandonó antes de si quiera poder articular. Tragó saliva, respiró hondo, acción que hizo que le doliera el pecho, y lo intentó de nuevo ―. Hiyori ―lo dijo con voz ronca ―. Iki Hiyori.

―¿Cuántos años tienes?

―Veintiséis ―respondió, dirigiendo su mirada hacia su cuerpo. Había inspeccionado de todo, menos a ella misma. Estaba canalizada, múltiples tubos de qué sabe qué cosas rodeaban sus brazos y una máquina monitoreaba sus signos vitales.

―Está bien ―dijo la enfermera mientras continuaba escribiendo algo en su papel ―. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Hiyori permitió que sus ojos vagaran a mirar el techo blanco, dando su mejor esfuerzo mental para lograr recordar. La espesa neblina no se había disipado aún, por lo memorar se sintió especialmente agotador.

―Estaba… ―cerró los ojos, evocando imágenes ―. Estaba en el autobús, de camino al trabajo. Miraba por la ventana, pensando en algo y luego… luego… no sé, algo pasó ―frunció un poco el ceño e hizo una mueca cuando su garganta comenzó a dolor. ¿Desde cuándo hablar era una tarea tan difícil? ―¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está mi papá? ―se dirigió al médico.

El hombre en cuestión se sobó la frente mientras le decía a la enfermera que estaba bien retirarse. Dio un gran suspiro una vez que estuvo a solas con Hiyori.

―Tu padre ya está en camino ―ella asintió en comprensión ―. Tuviste un accidente hoy. El autobús que recuerdas se salió de control y se estrelló contra un camión. Hubo que hacer una cirugía de emergencia para parar la hemorragia interna en tu estómago, pero en su mayor parte, estarás bien.

Bueno, aquello explicaría por qué sentía que un camión le había pasado por encima.

―Gracias ―dijo sinceramente.

―Hemos llamado a tu familia. Todos deben estar en camino ahora ―expresó el médico, yendo hacia la puerta ―. Deberías descansar ―aconsejó, antes de salir.

Hiyori no podía entender por qué el médico se refería a su papá y su mamá como "todos en camino". ¿Desde cuándo dos personas cabían en la cuantificación de "todos"? ¿Acaso vendría su hermano?

Recostándose por completo en la cama, decidió no pensar más en eso.


Cuando escuchó por teléfono que Hiyori había tenido un accidente, Yato había sentido lo que significaba la palabra pánico en toda la expresión. La mujer que lo había llamado procedió a decirle que tenían a la mujer en la sala quirúrgica, pues la estaban interviniendo de emergencia para evitar que muriera. En ese momento sintió que la habitación en donde se encontraba comenzaba a dar vueltas. Estaba agradecido por estar sentado cuando atendió la llamada porque, cuanto más hablaba la mujer al otro lado de la línea, más débil se sentía. Tras escuchar el "ella está estable por ahora", salió corriendo hacia el hospital que le pertenecía al padre de Hiyori, puesto que ahí era donde la tenían.

"Hospital. Hiyori. Ahora", era lo que había escrito en el mensaje que tenía como destino el celular de Yukine. Quizá asustaría al muchacho, pero lo necesitaba allá con él. Hiyori los necesitaba con ella también.

Si le preguntaran como fue que llegó tan rápido al hospital, Yato no sabría cómo responder. Todo el viaje había sido un completo desenfoque para él. En realidad, desde el momento que escuchó las palabras "accidente" y "Hiyori" en la misma oración, un zumbido muy fuerte había comenzado a sonar en sus oídos, haciendo imperceptible el resto de ruidos alrededor. Sentía que el mundo entero desaparecía. No podía ver, no podía oír, no podía pensar en nada más que en ella.

Por eso, el cómo logró llegar en una sola pieza al hospital fue un enigma grande para él. No se fue en el auto, porque estaba siendo reparado por el mecánico, y en primer lugar, esa fue la razón por la que ella tuvo que tomar el autobús para ir al trabajo, así que debía haber tomado un taxi.

El primer momento de claridad que finalmente experimentó fue cuando llegó al punto de información de pacientes, exigiendo saber sobre dónde estaba Hiyori. Para su crédito, la mujer pareció entender la urgencia, el pánico y la desesperación, y le dio el número de la habitación de inmediato.

Nunca tuvo un estado físico de mierda, por lo que subir por las escaleras siete pisos corriendo no le fue mayor problema. No se detuvo hasta que estuvo frente a la habitación 705. Le tomó todo su autocontrol no entrar tirando la puerta, pero cuando entró―tan normalmente como le fue posible en esa situación―, la ola de alivio que sintió inundar cada fibra de su ser logró calmarlo por completo.

Había estado muy asustado, puesto que en su imagen metal del estado en el que probablemente se encontraba Hiyori, ella estaba vendada, golpeada y rota. Además agonizando de un dolor indescriptible, del cual él no podría librarla aunque quisiese. Pero en cambio, cuando entró en la habitación, la encontró allí, sentada en la cama mirando por la ventana, con una expresión tranquila en su rostro. Una máquina controlaba sus signos vitales. Tenía líquidos intravenosos y estaba conectada a soporte de oxígeno. Por supuesto que tenía hematomas a lo largo de sus brazos y su cabeza estaba vendada, pero no se encontraba en un una situación deplorable, porque aparte de eso, parecía indemne y sorprendentemente bien.

Además, estaba despierta.

―¡Hiyori! ―le fue imposible no soltar el gritito de un niño feliz. Ella pareció notarlo por primera vez desde que había entrado a la habitación ―Estoy tan feliz de que estés bien.

Cerró la puerta tras él y se encaminó hacía el asiento que había al lado de la cama de la mujer. Sus manos tomaron una de las de ella y la puso en contacto contra su mejilla.

―Estaba tan preocupado cuando llamaron. Pensé que iba a perderte y me asusté mucho.

Yato dejó libre la mano delicada, y la inspeccionó una vez más. Cuando estuvo seguro de que no le haría ningún tipo de daño, la abrazó, presionándola contra su cuerpo suavemente y enterrando su nariz en el hueco de su cuello. Ese acto pareció durar una eternidad, pero no pudo evitarlo. Necesitaba saber que ella estaba allí, que era real; que no había ninguna razón para temblar de miedo y sufrir de ansiedad porque Hiyori estaría bien.

―Realmente lo siento por preocuparte ―dijo ella en voz baja.

Él sacudió la cabeza, dándole a entender que no importaba. Cuando por fin se separó de ella, la miró a la cara y le brindó una sonrisa. Su pulgar recorrió su mejilla derecha, frotándose suavemente contra la piel ajena, siendo especialmente delicado cuando llegó a rozar un moretón que allí se encontraba.

―¿Cómo te sientes? ―preguntó cuándo finalmente se calmó para poder tener una conversación normal.

―Uhm… ―ella comenzó con incertidumbre, recostándose hasta que su cuerpo descansara firmemente contra la almohada, alejándose de su toque, como si se sintiera incómoda por sus acciones. Le restó importancia, habían de ser cosas suyas ―. Cuando me desperté me sentí realmente perdida, pero el médico dijo que estaría bien, y realmente me siento mucho mejor después de haber tomado una siesta.

Él le sonrió de nuevo. Escuchar eso fue lo suficientemente tranquilizador. Hiyori estaba bien, e incluso el médico le había dicho que todo estaría bien con el debido cuidado.

La mirada de Hiyori se apartó de él, y esta vez no eran cosas suyas. Ella realmente parecía incomoda con su presencia. Yato frunció ligeramente el ceño.

―¿Estás bien? ¿Quieres que te traiga algo? ―le preguntó, moviéndose un poco más cerca de ella. Hiyori negó lentamente con una sonrisa cortés ―. ¿Qué pasa? ¿Por qué actúas tan raro?

La mujer que yacía en la cama lo miró fijamente. Él arqueó las cejas, expectante, mientras ella lo miraba de arriba abajo, sus ojos violetas fríos mientras estudiaban su rostro.

―He estado preguntándome esto desde que entraste aquí ―comenzó, y a Yato no le gustó la sensación que empezó a experimentar ―. Lo siento pero, ¿quién eres?