Temporalidad: Batalla de Sasuke e Itachi...

II. Lo nunca dichoderrumba.

Después de años de dolor, de odio acumulado, de furia vuelta oscuridad... finalmente aquí está el joven vengador. Habiendo logrado la meta que tanto esfuerzo y sacrificio le demandó. Habiendo subyugado al hombre invencible que había sido Itachi Uchiha durante tanto tiempo…

Sintiéndose derrotado como nunca en su vida.

Sin poder creer todo lo que ha visto en un par de segundos, preguntándose si es que todo aquello no será más que un último engaño. Una farsa cuyo objetivo no es otro sino terminar por volverlo loco.

Su familia y aldea… ¿son los verdaderos culpables de todo el drama que han sido sus días desde aquella noche de la que pareciera separarlo una eternidad?

No quiere creerlo… porque eso significaría que él…

No.

No quiere aceptar que ha asesinado a su hermano… no a un traidor, no al más cruel de los seres que hubiese pisado la tierra. No… él ha arrebatado la vida a un ser que es imposible concebir como otra cosa que no sea un mártir.

Lo maldice, sufriendo por lo que ha hecho, porque ha sido él quien ha terminado de aniquilar toda la familia que le quedaba.

Ahora sí, como nunca, Sasuke está sólo.

Y la venganza no es reconfortante, ni liberadora.

No.

Es más bien como si hubiese sido encerrado en una nueva prisión, una más sofocante, una en que los castigos son más intensos, lacerantes.

¿Qué sentido tiene todo lo que se obligó a sacrificar en el pasado?

¿Qué sentido tienen las tantas muertes de las que él mismo es autor?

Ninguno.

Ninguno en absoluto.

Nada tiene sentido… ya no, nunca lo tuvo.

Y saberlo es más de lo que puede soportar.

Entonces, habiendo abandonado el último trozo de cordura que guardaba su mente, grita.

Y ríe.

Se desliza en el suelo y su rostro hace más muecas de las que cualquiera pensaría es posible.

Está aterrado, confundido… aliviado al mismo tiempo. Itachi no es un traidor… pero él, Sasuke, sí lo es.

Llora.

Y pierde la conciencia… yaciendo a lado del que volvía a ser el mayor de los héroes, después de años de haber sido la escoria más grande del mundo.

Cuando despierta lo hace por un pequeño rumor que llega a sus oídos, el crepitar del fuego pronto se une al agradable aroma que activa sus sentidos.

No tiene idea de cuánto tiempo ha estado inconsciente, tarda incluso en dar cuenta de que la ropa que lleva no es suya… aunque el perfume de esta le resulte terriblemente familiar.

Intenta levantar una mano para sostener su cabeza, que punza como si algo estuviese taladrándole el cráneo. Pero no puede. Se queja entonces, odiando la sensación pastosa que tiene en la boca. Abre con lentitud los ojos, parpadeando por lo molesto que le resulta la luz, enfocando lo más rápido que puede el ambiente que lo rodea. Descubriendo al bosque, ese que no está más que a un par de kilómetros de donde ha ocurrido a la batalla. Las imágenes llegan con tal rapidez a su mente que se veo obligado a sacudir la cabeza, desviando la mirada del cielo... encontrando de manera inevitable otro en el camino, aquellos mismos ojos azules que durante tanto tiempo le han atormentado, con destellos rojos producto del fuego.

Naruto tiene un gesto tan serio que casi parece irreal viniendo de él…

Sasuke, que está acostumbrado a ver en su rostro todo número de expresiones ahora no tiene manera de saber qué es lo que piensa… aunque se da cuenta que ha madurado. Lo ve no sólo en las cicatrices que cubren sus brazos, sino también en la tenue sombra que habita en sus ojos.

—No podrás moverte por ahora, aunque lo intentes—, es lo primero que dice el rubio, observándolo de reojo, sabiéndolo ya despierto. En secreto, temiendo que a pesar de las trampas el moreno vuelva a escapar de un momento a otro. Aunque a Sasuke eso no es lo que le interesa… no en primer plano, al menos.

Él quiere saber qué hace con Naruto. Qué ha sucedido. Dónde está el cuerpo de Itachi.

—En un segundo estará la comida.

Es todo lo que dice el rubio, sin embargo. Continuando su tarea de asar lo que parece ser pescado, con una tranquilidad tal que pareciera que estuviesen en un día de campo... pero a Sasuke eso no le importa. Quiere hacer preguntas, una y mil preguntas.

Aunque no puede ni siquiera articular palabra alguna, continúa estando débil y lo único que logra es gruñir débilmente... Naruto, pese a todo, se encuentra riendo ante lo que, él mismo sabe, es algo muy parecido a un berrinche.

—Pronto estarás mejor… entonces hablaremos. Si quieres saberlo, me he encargado de Itachi... podemos verlo después. —dice el rubio, casi de manera solemne. Sasuke retiene un suspiro de ansiedad al entender las implicaciones de aquel par de palabras... podrá despedirse de su hermano, como debe ser. —Pero ahora preocúpate por recuperarte, teme.

El Uchiha se ve tentado de forzar los jutsus que lo tienen atrapado, pues le urge obtener respuestas, pero pronto se da cuenta de que en realidad se siente sumamente cansado, así que asiente, sin quedarle otra opción. Dejando a sus sentidos relajarse ante la presencia de Naruto… sin culparse esta vez, y sólo esta vez, por aquello que siente y no debería sentir.

Sin sentir asco por la enorme felicidad que inunda su pecho al escuchar la risa alegre de Naruto, cuando ve que su gesto se ha suavizado, comenzando a contarle un par de cosas de la aldea y de su entrenamiento con Jiraiya. Con una voz más grave de lo que la ha escuchado nunca… e igual de transparente que cuando tenían tan sólo un par de años.

Sasuke no se da cuenta de lo natural que ha sido aceptar todo lo que le ha pedido Naruto… no se da cuenta de que, aunque sus manos y piernas están atadas, se siente, de repente, más libre de lo que le ha sido posible durante un largo, largo tiempo... se siente en casa.

Así pasan un par de días, en que todavía vaga entre la conciencia y un lugar que guarda cierto parecido con el limbo. Después de todo, la gran batalla de la que ha formado parte le cobra factura. Provocando fiebre y pesadillas constantes que Naruto se encarga de interrumpir en cuanto adivina que son demasiado dolorosas... las reconoce, pues él mismo ha tenido unas cuantas.

En aquellos sueños Sasuke se deshace, sin querer y sin recordar después. Se derrumba y llora lo que nadie, ni siquiera él mismo, permitió llorar nunca.

Naruto solo escucha, sin decir palabras bonitas acerca de lo que pasó, sin disculparlo por todo lo que ha hecho. La situación es mucho más complicada que eso. Y ambos lo saben.

En cambio, lo obliga a notar que, en el presente, ya no está solo… que en realidad nunca lo ha estado y que es un imbécil por no querer notarlo... Sasuke se obliga a creerle.

Mientras quisiera poder moverse y alcanzarlo… no tomar su mano, porque aquello sería tan extraño… aunque quizá sí. En realidad, eso es lo único que quiere.

Sostener su mano.

Esa que durante tanto tiempo le fue extendida y se negó a aceptar, pero que ahora anhela más que nada. Ahora… que no es más que un iluso que correrá en secreto tras la más brillante de las estrellas. Precisamente aquella que nunca podrá alcanzar. Porque no ha sido hecha para él.

Aunque Naruto le permita creer lo contrario cuando le habla acerca de ser perdonado. De lo que ha hecho para convencer a los ancianos y a la misma Tsunade para brindarle una oportunidad. Parece tan feliz, tan convencido de todo.

Y Sasuke se da cuenta de que sólo hace falta que él, por fin, diga que sí.

Sólo eso.

Y Konoha abrirá sus puertas para él…

Porque Naruto ha luchado contra el mundo entero durante casi una década para conseguir algo así.

Entonces, el brillo que desprende el entusiasmo del rubio es tan deslumbrante que Sasuke, por una vez, acepta. Y el abrazo que le da el rubio es tan apretado que él hubiese llorado de ser su personalidad un poco diferente.

Pero claro que no lo hace.

Aun si sus ojos se han tornado peligrosamente brillantes.

En cambio, hunde su mano de manera brusca entre los largos mechones de Naruto, aunque no hace mucho por detener el contacto. Tratando de lastimarlo para no suspirar por, al fin, tener la oportunidad de tocarlo después de tanto.

Las escandalosas quejas del rubio no tardan en llegar y sus propias burlas tampoco demoran en abandonar su boca. Se provocan mutuamente, fingiendo que tienen de nuevo doce años.

Fingiendo que, lo que sigue, deberá ser fácil.

Porque sus puños chocan de manera amistosa… en una promesa silenciosa, que ninguno termina por entender del todo. Por ser más intensa de lo que nadie, nunca, podría explicar.

...

Notas del capítulo: Gracias por leer.