Hola :D Yo de vuelta (?) Creo que me maté escribiendo esto, y ya puedo descansar en paz ;_; -mentira, tengo que escribir el siguiente capítulo-. En fin, en este capítulo por fin nuestra futura parejita feliz (?) se conoce. Traté de mantener a los personajes IC, aunque cuesta escribirlos cuando aún no son... pues... como son en realidad (?) En fin, la canción para este capítulo es She has no time, de Keane c:

Aviso que la parte de Ulquiorra fue extremadamente complicada, pero hice lo mejor que pude ;w; Y si me salió bien, agradezcan a mi papá que me ayudó a tener una crisis emocional al momento de escribir esto :'D Luego me dicen qué tal con mi "nihilismo" c:

Y ahora, ¡a nuestra historia!

(Todo esto es de Tite Kubo y ya saben).


CAPÍTULO II: FIAT LUX

De todas las opciones que Orihime había barajado, había elegido la que se constituía en el menor de los males. O eso se repetía a sí misma a la par que se adentraba en aquella lobreguez.

Se preguntó, por un instante, si la desesperación sabía dónde se hallaba ahora.

Oh, ¡ingenua, ingenua Orihime…! ¿Cómo podría ella estar al tanto de que se había internado en el corazón mismo de la desesperación…?

¿Cómo distinguir, acaso, aquello que le esperaba en aquella negrura?

Porque algo esperaba.

Un repentino roce distrajo a la princesa. Se detuvo en seco, y con cuidado, deslizó la mano por su nuca.

Nada.

Pero ella podría haber jurado sentir algo. ¿O tal vez alguien…?

Inspiró algo más de aire mientras daba un paso hacia delante para distraerse. Aquel completo silencio, la frialdad de la celda y la pesadez del aire dentro debían estar destrozando sus sentidos.

Celda.

Eso parecía, al menos. Con aquella puerta tan pesada, protegida por lo que parecía… magia. O era eso, o un complicado mecanismo de trampas, igual que las pirámides de los faraones.

El color abandonó su rostro ante aquella hipótesis. Orihime ya era una niña grande, sabía que la magia no existía… Empero, un conjunto de trampas pensadas para detener el avance de eventuales ladrones era algo mucho más razonable. ¿Y si se encontraba con arenas movedizas, losetas flojas que cedían para llevarla al vacío, incluso serpientes aquí…? Una rata era una cosa, pero ¿una serpiente?

—Odio las serpientes —el susurro se le escapó, y al instante se cubrió la boca con la mano.

¿En serio? ¿Iba a ponerse a hablar sola allí? Deseó golpearse la frente con la mano, mas únicamente armaría un escándalo aún mayor. Todo el mundo le había advertido que el hablar sola —aparte de hacerla ver como una idiota— le traería problemas mayores algún día.

Sin embargo, ¿qué podría hacer si era su naturaleza soñadora la que la arrastraba a aquellos patrones de conducta tan indeseables? Torpeza, falta de seriedad… Aunque todos en el reino la alababan por su carácter tranquilo y afable, los líos que estas virtudes le evitaban volvían triplicados a causa de su ineptitud.

Dio otro paso, comprendiendo que estaba dando rienda suelta a su imaginación, y lo único que conseguiría era quedarse estática, donde sería una presa más fácil para ratas, serpientes y escarabajos.

¿Escarabajos…? Claro, en el Antiguo Egipto también los hay, son horribles, y…

Entornó los ojos. Ahí iba de nuevo. Sacudió levemente su cabeza, y reemprendió la lenta marcha hacia adelante, como una especie de procesión unipersonal forzada.

Así fue que, tras solo tres pasos, logró divisar una silueta. Confundida, aguzó los ojos. Era algo extraño lo que veía, algo blanco… Justamente por su color le era posible distinguir vagamente aquel objeto.

Se inclinó levemente hacia adelante, sin despegar los pies de la baldosa de piedra sobre la que se encontraba actualmente.

No podía ver bien, así que se propuso estirar las manos y palpar lo que hubiese adelante. Sus dedos se estiraron a la par que sus brazos iban hacia delante, listos para tocar…

Repentinamente, dos orbes amarillos, con finas ranuras como las pupilas de un reptil, fijaron la vista en ella.

Orihime iba a decir algo. Sabía que debía hacerlo, aunque fuese solo para explicar su comportamiento, cuando nuevamente sintió algo rozarla, esta vez a la altura del occipucio.

Volteó el rostro por instinto, y aquella visión la aterrorizó: era una serpiente, enorme, negra, peluda, la peor de todas, que la miraba erguida, como si hubiese decidido que desease ser una cobra y amenazarla desde arriba.

Un infernal chillido se abrió paso por su garganta hasta dejarse oír desde su boca:

— ¡UNA SERPIENTE, AH!

El terror que la invadió fue tan grande que maquinalmente su cuerpo deseó apartarse, con lo que terminó chocando con aquel objeto desconocido frente a ella, sus manos aferrándose a algo suave y frío, su rostro siguiéndole prontamente.

— ¡Serpiente, serpiente, serpiente, Dios, no, serpiente, no…! —farfullaba desesperada, incapaz de mirar. Y aunque fuese capaz, las lágrimas habrían empañado tanto su visión que sería algo fútil en su estado actual.

Tantas vicisitudes en un día la habían dejado agotada, como si la adrenalina no sirviese para otra cosa que para acelerar los latidos de su ya exhausto corazón y dejarla tiritando a merced de aquel peligroso depredador.

Era el fin. Lo sabía, aquella víbora —porque tenía que ser venenosa— la mordería y la condenaría a una muerte lenta y dolorosa, llena de agonía, peor aún que la de su hermano, en aquella celda fría, llena de ratas que posteriormente vendrían a comerse sus ojos y sus labios y roerían las uñas de sus dedos y la dejarían como un cadáver olvidado de un lugar olvidado en el que…

Un momento.

¿Cuánto había pasado ya? Tres segundos, al menos. Cinco. Ocho. Diez. Doce…

Intentando calmar su respiración, y sin despegarse de la suave superficie a la que sus manos la asían, la pequeña giró levemente la cara. Fue menester que enjugase sus lágrimas con al menos un movimiento de una de sus manos, parpadeando repetidas veces e intentando fijar la vista.

La serpiente no la había atacado. Es más: no era una serpiente.

Era algo así como una soga. Sí, una soga: negra, cubierta de pelos, que yacía inmóvil a una distancia prudencial de ella. Ahora podía notarlo mejor, utilizando la luz fuera de la celda como aliado y no como gatillo para su desmedida imaginación.

¿Qué es eso?, se preguntó. Lentamente se puso de pie, observando a lo que antaño se le presentase como un reptil. Llevó sus manos a las rodillas, limpiándolas sin percatarse de sus acciones; había terminado apoyándolas en el suelo tras aquel sobresalto, con lo que se habían ensuciado.

Aprovechó aquel breve lapso de tiempo para recobrar el aliento del todo, recordando entonces aquellos ojos en lo oscuro.

Fijó su vista nuevamente en el objeto blanco, y se quedó sorprendida de lo que vio: era una máscara. Sí, una máscara. Hecha de alguna sustancia blanca, con dos largos cuernos que apuntaban a lo alto. Le hacía pensar en el cráneo de algún dinosaurio o animal muy grande. Recorrió con la mirada la misma, reparando en las dos aberturas que ahora no eran más que círculos apenas distinguibles en la sombra.

Debajo de ellos, sin embargo, dos rayas verdes se abrían paso. Parecían…

—Lágrimas —susurró, llevando las manos a trazar los senderos color jade, notando ahora que aquel material blanco era hueso, lo que daba más énfasis a su teoría del cráneo de algún animal—. Pareciera que estás…

Súbitamente, dos brillantes orbes volvieron a mirarla. No obstante, esta vez, no eran ya aquel amarillo malévolo, sino dos relucientes esmeraldas.

—… llorando —terminó la frase, estupefacta.

Esos ojos la fascinaban. ¿Cómo podían ser tan bellos…? Aquel color no lo había visto nunca antes, en nadie. Únicamente en Toushiro había notado un matiz similar, mas los de aquel extraño en la oscuridad eran infinitamente más hermosos con su verde puro.

La niña advirtió que aquel ser la miraba con curiosidad, y aunque estaba algo nerviosa por no saber qué o quién era, no pudo menos que esbozar una sonrisa.

—Lamento haberte despertado —murmuró.

La criatura no emitió sonido alguno, mas sus ojos bajaron del rostro de la pequeña hasta sus brazos, su mirada posándose finalmente en una de las manos que aún asían su… ¿cara? «Máscara» sería más aproximado.

—Hum, perdón, no quise molestar… —apartó las manos con rapidez, y retrocedió un paso—. Es solo que… nunca había visto a nadie como tú.

Ahora que se encontraba a una distancia mayor, le seguía siendo imposible distinguir a la criatura en cuestión —aparte de su rostro, claro—.

O lo que fuese.

Orihime deliberó unos instantes el mejor curso de acción a seguir, y prontamente dijo:

— ¡Espérame un momento, ya vuelvo!

Y sin más preámbulo, salió de la celda, sorteando con un ágil brinco la soga frente a ella —ya luego tendría que fijarse mejor para saber de qué se trataba, a pesar de que, aparentemente, aquella criatura tampoco deseaba herirla—.

Con gran esfuerzo, llevó dos de los libros que anteriormente había utilizado para abrir la puerta hacia un costado, volviendo a treparse a los mismos para así alcanzar una de las antorchas. Una vez que la tuvo entre sus manos, se aseguró de que no se le deslizaría de manera alguna, y que era perfectamente capaz de manejar aquella llama.

No lo arruines ahora, Orihime, se animó ella misma, limpiándose el sudor de la frente con una mano. Lo que casi causa que se le cayese la tea de la otra, situación que salvó con sus rápidos reflejos que hacían gala de aparecer una vez al mes.

La princesa bajó con delicadeza de los libros, y se internó lentamente en la mazmorra. La principal causa de su paso pausado era su propia torpeza, mas supuso que no estaba de más ser precavida con aquella criatura.

Al instante, sintió una penetrante mirada sobre ella.

—Quiero verte —no sabía si entendería, pero no perdía nada por tratar. Además, acompañó su explicación de una dócil sonrisa.

Cuando no halló señal alguna de incomodidad por parte de su compañía, Orihime se aproximó con cautela.

En cuestión de instantes el fuego iluminó el cuerpo frente a ella. La mozuela recordó justo a tiempo que era de mala educación contemplar a alguien con cara de completo asombro.

No obstante, ¿cómo evitarlo, cuando aquel ser parecía originario de otro mundo? La máscara de hueso daba paso a un cuello y tórax de apariencia humana, la cual continuaba hasta aproximadamente la cintura, donde una espesa capa de pelos pasaba a recubrir su bajo vientre, continuando hasta sus pies, los cuales poseían dedos finos, afilados. Orihime notó también que aquella «soga» era en realidad un largo, larguísimo rabo abrigado por los mismos pelos que las piernas de la criatura, el cual acababa en una maraña de los mismos. Advirtió, asimismo, que sus brazos contaban con apariencia humana hasta cerca de diez centímetros por encima del codo; seguidamente, cobraban el mismo aspecto de sus extremidades inferiores, acabando en dedos curvados como garras. Sus muñecas estaban apresadas en dos grilletes fijos en la pared.

Transitó el cuerpo ajeno con la mirada por completo, empezando de vuelta, y reparando ahora en una extensa melena que desaparecía tras su espalda. Y siguiendo aquella cabellera descubrió lo que más le asombró.

— ¡Tienes alas! —no pudo contener la emoción en su voz—. ¿Es decir que puedes volar…? —Orihime miró a la criatura esperando una respuesta, mas esta solo devolvió su mirada con una imposible de descifrar.

Contrariada, la joven recordó las lágrimas en su rostro.

—O quizás… ¿no puedes volar porque estás triste? —conjeturó.

Entonces cayó en la cuenta.

—Oh. Oh —con la mano libre, ocultó sus facciones—. Lo siento. Soy idiota, ¿verdad? Digo, estás atrapado aquí… Por eso no vuelas.

Sin obtener respuesta alguna, la pequeña apartó la mano, y buscó algún indicio de comprensión en el verdor de sus ojos. No había nada que negase o refutase aquella idea. Empero, antes recordaba haber vislumbrado algo semejante a curiosidad en ellos.

Tal vez me entiende, pero quiere hacerme creer que no, pensó.

Aunque había otra teoría bastante factible que se hacía evidente ante el desgano de su mirada.

O directamente no le importa lo que piense.

La moza, perdida en sus pensamientos, no se había dado cuenta de que estaba haciendo pucheros.

—Volveré pronto —musitó al final, dirigiéndose a la criatura; una parte de ella esperaba que dijese algo en respuesta, mas supo al instante que no sería así—. Te liberaré, de alguna manera, lo prometo. Y yo nunca rompo mis promesas, ¿eh?

Sus ojos acariciaron una última vez los grilletes que apresaban a su reciente descubrimiento antes de volver sobre sus pasos y salir corriendo.

En la celda, un par de ojos esmeralda la miraban marchar con displicencia.

Si tan solo la pequeña hubiese comprendido, si tan solo hubiese sido capaz de imaginar una milésima parte del vacío de sus palabras para con alguien que yacía en la oscuridad desde una eternidad atrás a causa de promesas rotas.

La criatura atisbó el resplandor que llegaba desde la sala principal.

Al menos aquella extraña había traído algo de luz con ella…


— ¡¿Se puede saber dónde has estado?!

Orihime luchaba por mantener los ojos abiertos —su reacción instintiva cuando la reprendían de manera tan dura era dejar caer los párpados, y habiendo sido Sora el único que la comprendía, sabía que no tendría tanta suerte con Yoruichi—, intentando no pensar en que todo el palacio se habría enterado a estas alturas de su aventura. Si no por el simple chismerío, por la voz de su tutora retumbando desde el salón de música, adonde la llevaba siempre que deseaba regañarla.

—L-lo siento… —farfulló, notando que las lágrimas hacían acto de presencia, girando el rostro hacia el antiguo piano de cola, por hacer algo; dudaba, sin embargo, que el instrumento pudiese emitir sonidos tan potentes como Yoruichi—. No quería…

Bien, ¿cuál sería su excusa? ¿«No quería aceptar que mi hermano ha muerto, por lo que huí»? Además, ¿huir de qué? Pues… de Yoruichi. De Yoruichi, quien la obligaría a cumplir con sus obligaciones reales.

—Ey, ey, no hace falta que seas tan dura con Hime, Yoruichi. Además, ¡estás haciendo enojar a Juliette!

Una sonrisa. Orihime pensaba que era sorprendente cómo las sonrisas podían seguir existiendo luego de la muerte de Sora. Y seguía pensando eso mientras tanto ella como Yoruichi fijaban sus ojos en el hombre rubio que las miraba a ambas con una expresión divertida.

—Kisuke —bufó la mujer, cruzándose de brazos y fijando la vista en Orihime, como contemplando sus opciones. Por último, decidió despedirla—: Orihime, ve a tu cuarto. Pídele a Isane —hablaba de una de las criadas— que te prepare un baño caliente. Mañana debes estar en pie desde muy temprano, ¿entendido?

La princesa asintió concienzudamente antes de regalarle una suave sonrisa al músico de la corte y retirarse.

Cuando ambos se encontraron solos, Yoruichi lo miró desafiante.

— ¿Lo dices en serio?

— ¡Por supuesto! —el músico se llevó una mano al corazón como si la mujer estuviese acusándolo de haber revelado un secreto de vida o muerte—. ¡Juliette es muy, muy sensible…!

Yoruichi alzó la mirada al techo, y aflojó los hombros.

—No me refiero al estúpido piano del cual te enamoraste…

La sonrisa en el rostro ajeno flaqueó unos instantes, aunque volvió a surgir al instante siguiente.

—Claro, claro —cabeceó, situándose al lado de la joven, colocando una mano sobre su espalda al tiempo que indicaba con la otra un asiento cercano a los amplios ventanales—, ¿por qué no te pones cómoda…? Será más ameno platicar así, ¿o no, señorita Yoruichi?

Era curiosa la forma en la que Kisuke la trataba con la misma formalidad con la que se dirigía a las demás damas de la alta sociedad considerando el hecho de que habían sido amigos desde siempre. Ella suponía que era su manera de mantener la distancia con todos. Kisuke Urahara no era mala persona, y confiaba en ella, sí; sin embargo, su naturaleza pícara le obligaba a mostrarse siempre precavido, con una o dos rutas de escape aparte de las que ella pudiese conocer.

Era uno de los contras de la vida que había elegido. De la vida que ella compartía con él, pese a que ambos lidiaban con ella de maneras distintas.

Una vez que hubo tomado asiento, indicó con un leve movimiento de la cabeza a su amigo que esperaba una explicación. Este suspiró, rascándose la nuca como si con ello ganase tiempo.

—Creo que… no es acertado reprenderla.

Como vio la mirada decidida de su amiga, y su boca que se abría rápidamente para contradecirlo, le indicó con ambas manos que aguardase.

—A lo que me refiero —agregó entonces— es que no es acertado intervenir… Esto es, aún, claro está. Además, la chiquilla acaba de perder a su hermano, ¿sabes? Eso no es fácil de asimilar…

Frente a él, Yoruichi analizaba las alternativas cuidadosamente.

—Creo que está haciendo un estupendo trabajo asimilándolo —replicó con sorna—. Y creo, también, que si la reprendiese lo suficiente, ella no iría nuevamente a…

— ¿A qué? ¿A encontrarse con él?

Un leve estremecimiento cimbró el cuerpo de la mujer. Kisuke supo perfectamente que aquella reacción no se debía a ningún tipo de temor.

—Me niego a…

— ¿A considerarlo un ser humano? —la interrumpió su amigo—. ¿Un ser pensante y racional, como tú y yo? Oh, pero señorita Yoruichi, él era un ser humano…

—Y el solo pensarlo me repugna —masculló ella por lo bajo, sin siquiera tratar de sostener la mirada del pianista.

—Oh, pero los juicios de valor no son lo nuestro, estimada amiga mía —para dar énfasis a este afirmación, movía su dedo índice al tiempo que emitía suaves sonidos de succión con la lengua—. Eso es cosa de…

, ya sé de quién —oh, ahí estaban nuevamente; los ojos fieros, salvajes de Yoruichi; Kisuke sentía como una especie de debilidad arañando las paredes internas de su pecho cada vez que ella lo miraba así.

Tal vez por eso mantenía siempre una barrera de innecesaria formalidad entre los dos.

—De cualquier manera —el rubio deseaba simplemente acabar con aquella discusión—, él tendrá la última palabra.

Y aunque Yoruichi opinaba que eso era lo más preocupante de todo el asunto, sabía que era mejor no desafiar a los suyos.


Uno.

Dos.

Tres.

Según Yoruichi le había enseñado, los segundos tenían una duración isócrona.

Entonces, ¿por qué cada segundo que tomaba el echar una nueva capa de tierra sobre aquella cajita de madera le parecía interminable, eterno?

Debía ser una medida nueva de tiempo. Ya se imaginaba ella que, de no estar destinada a gobernar, enseñaría en diversas escuelas el significado real del tiempo.

Algo así como: «Niños, cada segundo dura…». Bien, no sabía cuánto duraba cada segundo, así que… «Dura el tiempo que tarda una pelota arrojada desde una altura de tantos centímetros en tocar el suelo. Pero eso no es todo, niños: hay segundos-lágrima, también, y segundos-tierra-cayendo-en-el-ataúd-de-tu-hermano- mayor».

Sí, tenía sentido. Posiblemente ella estaba llevando a cabo un trascendental descubrimiento del cual no estaba al corriente.

Estarías orgulloso de mí, Sora, se dijo, aferrando en sus puños la tela de su vestido negro.


Tiempo.

Añares atrás, esa palabra todavía tenía significado. Había relojes de diversos tamaños y estilos destinados a medirlo.

Relojes que le permitían a él saber si llegaba tarde o temprano a destino.

Cuando aún tenía destinos a los cuales llegar.

En la oscuridad, la palabra «tiempo» no existía. Era más de lo mismo, y no le era posible hallar una correlación que le satisficiese respecto a sus respiraciones y él.

Pero bueno, aquella palabrita no estaba hecha para ser medida por respiraciones.

Era para gente con algo que hacer, personas a las que ver, obligaciones que cumplir.

Gente que contaba con la posibilidad de ser feliz antes de que la manecilla del reloj indicase el final de todo —que en realidad no era más que el final de cada uno—.

Él, en cambio, estaba atrapado allí. En lo obscuro. Porque no tenía reloj, y aunque lo tuviese, sería un despropósito en las tinieblas.

E impensadamente, su letargo en las profundidades de aquel foso se vio interrumpido. Algo había cambiado. Lo supo al instante, al sentir aquella espada hundirse en sus entrañas. Era un mecanismo sencillo, mas efectivo empleado con los prisioneros que representaban un peligro sustancial en tiempos antiguos: apenas alguien abriese la puerta al claustro donde el infeliz estaba confinado, una espada daba cuenta de sus vísceras con tanto acierto que era capaz de robarle un alarido de dolor a cualquiera. Y si no fuese así en su caso, la magia blanca con la que el sable había sido imbuido era suficiente para lograr su meta.

Así fue como emitió su primer sonido en siglos. Quizá milenios.

No obstante, el artilugio lo había subestimado; estaba muy por encima de ese nivel mágico. Eso le fue evidente cuando el arma dejó de moverse, y su cuerpo se regeneró en torno a ella. Si fuese a realizar algún movimiento, eso sería preocupante: el sable lo heriría nuevamente de manera insoportable.

Empero, ¿para qué iba a moverse?

¿Para recibir a quien sea que viniese? Porque alguien venía. Los pasos eran demasiado pesados para ser los de alguna rata, así que aquel vocablo era el acertado para definir a su «visitante».

Irónico, porque de todas las personas, ¿quién desearía visitarlo a él?

Siglos atrás habían acordado que se le despojaba de su humanidad para siempre. Indefectible, irrefutablemente. Al momento de oír la sentencia, él había sentido deseos de echarse a reír frente a sus jueces.

«¿Me despojáis, decís, de mi humanidad? Vosotros, simples mortales no podríais hacer eso con la última escoria de la humanidad de la que habláis, ¿y pretendéis hacerlo conmigo? Pues bien, que quede claro que vuestro servidor ya no cuenta con semejante virtud, de todas maneras. Pero no porque vosotros me la arrebatéis, sino porque yo mismo la cedo. O mejor dicho: porque yo mismo la he perdido».

Del recuerdo, lo que más le llamaba la atención no era el mensaje en sí, sino aquel deseo de reír que había sentido. Era una risa sardónica, hecha para molestar. El último derecho del perdedor.

Y ahora, ya ni siquiera eso quedaba. ¿Reír? Aquel verbo era un extraño, desconocido hace millones de respiraciones. No era imposible que hubiese incluso olvidado cómo hablar.

Él no lo necesitaba. No lo había hecho nunca. Consideraba el hablar solo una técnica para combatir la locura, y sin embargo, su mente no era humana como para sucumbir ante tal afrenta intelectiva.

De pronto, oyó un punzante chillido.

Reconoció el tono agudo como propio de una fémina.

Ahora la idea le resultaba más que extraña. ¿Una mujer, descendiendo hasta aquel calabozo?

Casi hilarante.

Hasta que llegó a su mente la memoria de aquella mujer-gato. ¿Era ella…? Frunció el entrecejo, rechazando aquella posibilidad instantáneamente. La mujer-gato era mucho más valiente; no hubiese gritado ante nada. Lo había sido cuando lo había entregado a sus verdugos, lo había sido cuando había leído los cargos contra él. Y era valiente, tan, tan valiente, que no lo había escuchado. No, ¡y cuando tenía tanto para decir…!

Pero ahora los pasos estaban más cerca. Reconoció el ruido acelerado de una respiración irregular del otro lado de la puerta, así como identificó el sonido de pesados libros siendo arrastrado hacia la puerta.

Aquello lo desconcertó. ¿Con qué fin…? ¿Y aquellas palabras que recitaba una voz apenas audible?

No hubieron transcurrido diez segundos cuando sintió el hierro moverse, un fina línea de luz saludando la pared a su derecha, colándose por el pequeño espacio que se iba haciendo mayor. Una luz que de no ser él quien era, habría bastado para cegarlo.

El instinto empezó a gritarle.

Peligro.

Y esta faceta de su naturaleza era la que despreciaba vehementemente. ¿No estaba, acaso, por encima de los humanos? ¿Por qué, entonces, seguía el instinto tomando las riendas de su autocontrol?

Cerró los ojos, y bajó la cabeza. Necesitaba recuperar el autodominio…

No se percató de la intrusa, ni de sus avances hacia su persona hasta que fue demasiado tarde. Estaba principalmente concentrado en no estrangularla con su solo rabo, como había hecho con tantos enemigos… Es más, ¡ella no advertía el peligro en el que estaba, su espalda tan vulnerable…!

Se dio cuenta de una repentina calidez en el ambiente. Ese tipo de calidez que emanaba del cuerpo de los seres vivos. Y cuando abrió los ojos, su instinto gritándole que desgarrase a la amenaza hasta que quedase reducida a meros trozos de carne, se encontró con dos grandes ojos grises.

Como los de ella.

Eso lo congeló ipso facto, aunque su cola llegó a rozar a la husmeadora. Ella no lucía atemorizada por su mirada —eso era una novedad digna de mención, considerando sus anteriores encuentros con seres humanos—, mas entró en un estado de histeria crónico ante el roce, y relacionó al mismo con una serpiente.

Incluso lanzó gritos de terror al respecto, y se hizo un ovillo contra su pecho, colocando sus manos sobre el mismo. Esto le hizo recuperar el control; la sorpresa y la curiosidad sobrepasaban su instintiva defensa, así como su cuerpo admitía, apaciguado, el nulo peligro que representaba la pequeña visitante.

La dejó temblar, alejando su rabo de ella, preguntándose cómo no se había herido con la espada que lo había empalado minutos atrás, y cayó en la cuenta de que el artilugio no había podido atravesarlo del todo a causa de la fuerte resistencia que su piel presentaba, con lo que se había detenido a mitad de la faena.

Esto no eliminaba el hecho de que de tratar de moverse sus órganos internos volverían a pagar el pato.

El hilo de sus pensamientos se vio cortado cuando la pequeña intrusa se apartó levemente, pese a que no se atrevió a mirarla. Estaba consciente de que ella lo estaba escudriñando; escudriñando aquella máscara que ahora era su rostro.

—Lágrimas —su voz era baja, y distinguió una leve presión en el hueso; no podía sentirlo directamente, por lo que no era capaz de identificar la textura de su piel—. Pareciera que estás… llorando.

Ya a mitad de su frase, él había abierto los ojos. La había mirado, y había sopesado las razones por la que su soledad se había visto rota. ¿Qué hacía allí ella? ¿Era, acaso, una simple casualidad? ¿Una niña extraviada? No parecía mayor de diez años…

Ella pareció comprender los enigmas que surcaban su mente, y curvó los labios en una sonrisa algo avergonzada. ¿Avergonzada de qué? No había hecho nada malo…

—Lamento haberte despertado.

Se preguntó por un instante si sería acertado decir algo en respuesta. Luego optó por no hacerlo. ¿Qué iba a decirle? Además, las palabras eran tan engañosas y simples… ¿Qué razón tenía para comentar algo? Prefería el silencio a trivialidades semejantes.

Y con el silencio como aliado, examinó a la niña: una complexión algo grande para su edad, vestido naranja lleno de tierra —apuntaba a que en verdad había llegado hasta allí por error—, hebras pelirrojas apostadas en los delicados hombros —supuso que asimismo en su espalda— y orbes de mercurio. Su rostro era primoroso en general, una diminuta nariz cuestionando levemente la armonía del mismo. Le pareció apreciar algunas pecas en sus mejillas.

Su mirada paseó por los diminutos bracitos, terminando en los finos dedos que acariciaban su máscara.

Al instante siguiente, una disculpa había surgido de los labios ajenos, y la husmeadora se hallaba a un paso más lejos de él.

«Nunca había visto a nadie como tú».

Lo dijo tan bajo que de ser humano, habría pensado que imaginaba cosas. Pero no, eso no podía ser: ella era la única que posiblemente había dicho algo, y ya había descartado la posibilidad de pérdida de juicio de su parte. Además, él sabía que no mentía. Maldición, si había una verdad en la que él pudiese creer era aquella.

La moza le rogó que esperase, y él reflexionó acerca de esto: no era como que pensase marcharse… ¿O tal vez lo decía como sinónimo de «no voy a dejarte solo»? Ilusa. Él estaba acostumbrado a la soledad, y en la más absoluta oscuridad, encima. ¿Qué significado tenían sus palabras?

Intentó ver lo que ella hacía fuera de la habitación, mas se había apartado de su campo de visual. Fue consciente hasta el instante en que apiló los libros a un costado de la puerta, y se preguntó si sus planes eran pronunciar el mismo hechizo con que lo habían encerrado, y así confinarlo de vuelta a su prisión.

No le importó, la verdad. Si lo hacía, le devolvería la paz de lo oscuro; la certeza infranqueable de que no había allí nada que temer, y nada que perder.

No obstante, allí estaba ella, de vuelta: acudía a él sujetando con manos trémulas una tea. Se preguntó si ella estaba consciente de su miedo, cuando reparó en su vista fija en el fuego: ¿conque era eso…? Es decir, la niña no estaba asustada de él, sino de dejar caer su única fuente de luz.

—Quiero verte.

A pesar de que la afirmación era coherente con sus acciones si tenía en cuenta que ella no contaba con ojos como los suyos que todo lo veían, la mirada ajena no se enfocaba completamente en él, sino que retornaba al inconstante fuego. Le lanzó una sonrisa como para convencerlo de la veracidad de sus planes.

Poco después, su cuerpo se iluminó. Él no se alteró. Pero ella…

Ella era otra historia.

Su rostro se había demudado, y él creyó que este era el momento.

El momento cuando corres.

Pasaron los segundos. Ella examinaba su cuerpo con una expresión que fluctuaba entre el asombro y la curiosidad. Eso estaba mal, a su parecer. ¿Y el miedo? ¿Dónde estaba aquel propulsor de malentendidos, pero a la vez, salvador de vidas?

Cuando su boca se abrió para enunciar una frase, la misma se presentó como inesperada ante él. ¿Alas? ¿Eso era lo que le preocupaba?

¿Y a qué venía su comentario sobre la tristeza? Tal sentimiento le era ajeno. Desconocido. Él comprobaba una vez más el nivel de alienación total al que se había entregado.

Al no obtener respuesta, ella había optado por darse una ella misma. Él no precisó mirar sus muñecas para entender sus ideas. En especial cuando los ojos de la chiquilla volvían a fijarse en los suyos. ¿Era consciente ella de las muecas tan… curiosas que adornaban su rostro?

Curiosas.

En el fondo de su ser, él imaginó que existía una palabra mejor para definir la impresión que sus facciones contraídas de aquella manera causaban en su persona.

Solo que no la encontraba.

La niña volvió a interrumpir su divague mental anunciándole su partida mediante una promesa que suponía una mentira. ¿Volver? Sí, claro. ¿Y… liberarlo? ¿Para qué? No había sentido, no había razón. Y aparte, ¿qué importaban a él las promesas que ella hiciera? Todos los humanos rompían sus promesas. Fuesen niños, adultos, ancianos… Todos. ¿Y ella pretendía que él le creyese?

Su mirada y su tono de voz, empero, eran de una guisa tal, que él consideró factible la idea de creerle… si se diese el remoto, absurdo milagro de que aún le importase en algo el obtener su libertad.

Precipitadamente se quedó solo.

De nuevo.

Pero tenía luz. Era más una penumbra, en realidad, pues la iluminación provenía de la habitación próxima; sin embargo, el sencillo hecho de que ahora tenía algo en qué fijar la vista estaba ahí.

La luz intermitente causada por las llamas —la pequeña se había tomado la molestia de retornar el hacha a su lugar— era un espectáculo comparado con las ocasionales filtraciones de agua en su celda: cada tanto parecían desatarse tormentas que acarreaban consigo gotas que llegaban hasta él, y estas se constituían en la mayor fuente de distracción a la que podía aspirar. Esto, claro, cuando la tempestad en cuestión era de una intensidad insólita.

¿Cuántas veces parpadeó la luz? Era imposible contar por la velocidad con la que se sucedían los intervalos de sombra y luz. Una medida de tiempo menos fiable que las respiraciones, por lo tanto.

Entonces, ¿para qué cambiar la costumbre? En realidad, solía perder la cuenta de las veces que el aire se deslizaba hacia sus pulmones, pero algo en los eventos ocurridos le hizo recapacitar.

Así que contó.

Veinticuatro mil setecientas cincuenta y dos respiraciones más tarde, oyó pisadas provenientes de la escalera que no podía ver —mas de la cual conocía la ubicación—: la mansedad y ligereza de las mismas le permitieron saber al instante de quién se trataba. Qué curioso en verdad que ahora percibiese sus pasos más leves, con un desenfado con el que veinticuatro mil setecientas cincuenta y siete respiraciones atrás no había contado.

—Volví —la pequeña se puso a la vista poco después, y él reparó en que vestía de negro.

En una mano traía un libro, y en la otra, algo parecido a un candelabro de hierro con una abertura extremadamente ancha. Ella sonrió débilmente, de seguro llegando a la errónea conclusión de que había captado su interés.

—Perdón si estoy algo rara ahora, el entierro de mi hermano fue esta mañana —a él le dio la impresión de que la niña procuraba excusar su falta de vivacidad—. Costó… un poco despedirme de él.

Ahora que lo decía, su semblante estaba nublado por una lobreguez que no se debía a la oscuridad circundante, y su capacidad visual —muy por encima de los límites humanos— le permitía divisar sin ningún problema las enormes ojeras, así como el tono encarnado de sus globos oculares.

¿Así que tal cosa como la pérdida de un ser querido seguía existiendo en el mundo de arriba? Bien, era algo lógico: no por su confinamiento las cosas más elementales del ciclo natural irían a cambiar. Solo que no había hecho mucho caso de esa certeza que se basaba en el nacimiento y la muerte desde que él mismo fuese relegado del espacio entrambos.

—Así que traje mi libro favorito para distraerme —anunció ella repentinamente (o así lo halló él), mostrándole el ejemplar a la luz de una de las antorchas de la sala exterior, la cual al parecer él no había advertido que ella había traído a causa de su distracción; ahora entendía el porqué del candelabro—. Dime, ¿te gustaría que te leyese?

Ella lo miró expectante. ¿Quería una contestación, acaso? No iba a obtenerla. A él le daba perfectamente igual si ella deseaba o no leer.

Así como le daría perfectamente igual si ella no estuviese allí.

Así como le daría perfectamente igual, incluso, si fuese ella la que descansase ahora en el ataúd y no su hermano.

Este pensamiento lo halló razonable. Incluso si ella iba y venía a voluntad entre el animado mundo de arriba y la tumba que era su prisión, ¿qué detenía a este ciclo nomotético de reclamar su vida? Un día podría apresurarse en demasía, tropezar y caer por las escaleras, desnucarse, y ese sería el fin.

De acuerdo, eso posiblemente no pasase del todo desapercibido: su olfato estaba muy desarrollado, y un cuerpo putrefacto a unos metros sería una tortura por dos semanas.

Dos semanas.

¿A cuántas respiraciones equivaldrían dos semanas…?

Un suspiro intervino en el caos mental al que se había entregado. Parpadeó, mirando a la pequeña.

—No sé muy bien de qué hablarte —eso era notorio, incluso sin aquella confesión—, así que traje un libro para leerte… Es mi libro favorito, y quiero leértelo.

La pelirroja no despegó su mirada de sus rodillas —¿cuándo se había sentado?—, en las cuales hundía, de igual manera, su nariz.

— ¿Puedo… leerte? —insistió.

Él se cuestionó internamente cómo ella había resuelto que era capaz de entenderla. De todas formas se mantuvo en silencio.

Ella levantó los ojos y los unió a los suyos por un momento. Terminó por apartar la mirada, y acomodarse mejor en el piso. Tomó el mamotreto que había dejado a unos centímetros a un costado, y lo hojeó con cuidado. Él no pasó por alto el empeño con que parecía acariciar a cada página.

No mentía respecto a su libro favorito.

Está bien, pero ¿había necesidad de mentir? ¿Qué de trascendente había en tener un favorito en alguna categoría, de cualquier manera…?

—Este cuento se llama «El ruiseñor y la rosa» —le avisó ella—. Es de un escritor bastante… peculiar. Es un irlandés, y aunque todos dicen que es muy excéntrico, yo creo que actúa como actúa porque es un genio.

Él escuchaba en silencio. ¿Ah, sí? Debería juzgar el mismo la genialidad de este hombre.

La niña empezó entonces el relato. Era sobre un estudiante enamorado de la hija de un profesor suyo, y su necesidad de conseguir una rosa para ofrendarle y convencerla así de acudir al baile que celebraba el príncipe junto a él. Un ruiseñor que cantaba en el jardín del estudiante tomó parte en la causa, y luego de mucho buscar, uno de los rosales le advirtió que obtendría una rosa roja solo a un precio muy macabro.

—«Si necesitas una rosa roja, dijo el rosal, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía».

La historia seguía, cobrando vida en la voz de su lectora. Y el desenlace fue más que inesperado.

Finalmente cerrando el libro, la moza buscó sus ojos.

— ¿Te… gustó la historia?

La pregunta no era sincera. ¿Cómo iba a serlo, si sus labios temblaban sobremanera y los sollozos que subían por su pecho pugnaban por quebrarla?

—Lo siento —bajó la cabeza, y respiró hondamente; intentaba tragarse las lágrimas, él supuso—. Sora… solía leerme esta historia —¿así que su llanto no se debía al sentimentalismo exagerado del relato? Vaya sorpresa.

De seguro aquel tal Sora era su hermano. Tenía sentido.

— ¿Sabes? Aquí abajo… el tiempo parece no existir.

Si él hubiese dicho que no se había sorprendido ante sus palabras, estaría mintiendo. ¿En verdad ella coincidía con él a ese respecto?

—Allá arriba, tengo responsabilidades. Más de las que puedo contarte, pero las tengo —un sollozo muerto en su pecho; la chiquilla era más fuerte de lo pensado—. Y no quiero ocupar mi mente en eso. No quiero pensar. Solo quiero llorar por la muerte de mi hermano, y no debería. No debería, pero soy… débil.

Él tenía sus dudas ante aquella afirmación. ¿Que no era fuerte? Si el entierro de su hermano había sido esta mañana» —aferrándose a la noción de tiempo que ella le había ofrecido—, eso significaba que llevaba muerto al menos un día antes.

¿Y qué había hecho ella aquel día antes? Ir a explorar, encontrarse con una prisión subterránea y un desconocido con un cráneo por rostro, encadenado, al cual había optado por hablar y hacer promesas —promesas que no cumpliría, pero promesas al fin—, y retornar sin falta al día siguiente para leerle un cuento.

¿Y se decía débil? Buen chiste.

Súbitamente, la pequeña se irguió. Él la miró, mas no dejó escapar palabra alguna. ¿Con qué fin? No era su problema.

—Mejor me voy —un largo suspiro a modo de represa del cataclismo que se avecinaba en sus ojos acuosos—. No quiero que me reprendan también hoy por llegar tarde a casa.

Recogió el ejemplar de El Fantasma de Canterville y otros cuentos según leyó él en la portada, y dio media vuelta.

Sin embargo, no se movió. Él se preguntó qué ocurría, cuando ella se giró con lentitud en su dirección, y con pasos que era evidente que luchaba por despojar de inestabilidad, se dirigió hacia él.

Se detuvo a pocos centímetros, mas sus ojos plateados estaban fijos en el grillete que aprisionaba su muñeca derecha.

—Lo siento —se disculpó una vez más—. Te prometí algo, y no pude cumplir… No sé cómo cumplir con esto; sencillamente no sé. Perdón.

Elemental. Promesas rotas. ¿Qué otra cosa podía esperar él? Bueno, no era ninguna desilusión… Humanos, después de todo.

Y sin embargo, algo en su interior pareció decirle que ella era diferente. Que una chiquilla que dejaba caer al suelo su libro favorito con un fuerte estrépito y tomaba su mano entre las suyas, para enseguida posar sus labios sobre el dorso de la misma, debía ser distinta a todos los humanos de arriba.

—Volveré.

El susurro se perdió en el aire, y tan imprevistamente como había llegado, ella se hubo ido: el libro con ella, aunque el fuego permaneció en la celda, alumbrándola.

El aire quedó impregnado de algo raro, como si su ausencia fuese algo nuevo. Él necesitó mover sus dedos, sentirlos. Oh, demonios, ¿eran aquellos sus dedos…?

Los observó. Eran garras en una mano cubierta de pelos: no, no eran dedos.

Dedos eran los de ella, que habían palpado su máscara y ahora su mano.

«Volveré».

¿Sería aquella otra promesa rota…?

Porque si lo era…

Si lo era…

Ella había traído luz, pensaba él, pero en realidad, habría de traer incluso más en el lapso de veinticuatro mil setecientas setenta y tres respiraciones.

Su regalo inicial había sido la penumbra.

Ahora le otorgaba la luz: todavía una sombra de la luna y el sol, pero más que aquella amarga media luz.

Sin saber por qué, a la par que se dejaba envolver por el resplandor que el fuego ofrecía, espantando las tinieblas circundantes, una parte de él —la más censurable y estúpida desde su punto de vista— deseó creerle.

Aunque estuviese mintiendo, o fuese a romper su juramento.

Aquella parte de él eligió creer en ella.


¿QUÉ TAL? c: Bueno, ¡déjenme review y me cuentan su opinión!

Y notas adicionales: "Juliette" es el nombre del piano de un amigo mío, que coincide con Urahara en el color de cabello -no en mucho más-, y no me pude resistir (?)
Y traté de no spoilear -demasiado- el cuento de Wilde c: Él es uno de mis escritores favoritos, ¡no pude resistirme! Espero que les den ganas de leerlo ahora también.

Con esto, me despido :'D ¡Por favor déjenme revieeeeeew! *suplica*.