II

Derogar la ley.

{ Phineas Black II }


Caminar por el Callejón Diagon en aquellos días era algo de locos. Cada medio metro se podían encontrar protestantes a favor o en contra del revoque de aquella vieja ley de protección muggle, y cualquiera que deseara comprar algo pasaría dos horas antes de poder siquiera entrar al primer local.

Y lo más loco de todo aquello, era que todos los disturbios se habían provocado a causa de una disputa entre dos Black; pero no dos Black cualquiera, sino entre padre e hijo. Phineas Black hacía apenas dos días se había graduado del colegio que su padre, Phineas Nigellus Black, dirigía, cuando se presentó al Ministerio de la Magia en contra de su progenitor, y el fuego se expandió.

Cualquiera que trabajara en el Ministerio por aquellos días de 1898 es capaz de recordar a la perfección el escándalo que se produjo tanto dentro como fuera de la sala donde el Wizengamot enfrentó a ambos Black. ¿Quién lo hubiera pensado? Un venerable Black, con toda la sangre pura y el cerebro Slytherin que poseía el muchacho, enfrentando a su propio padre en un juicio... ¡a favor de los derechos de los muggles!

—El señor Phineas Black II acusa al señor Phineas Nigellus Black de encerrar en una cueva, sin causa justificable, a dos muggles padre de una alumna del colegio que dirige —abrió la causa un mago anciano que usaba una túnica bastantes pulgadas más largas de lo que debería—. ¿Algo en su defensa, señor Black... Padre?

—Lo único que pretendo decir es que este asqueroso traidor a la sangre no merece ser llamado hijo mío —espetó el Director de Hogwarts. Todos en la sala hicieron silencio, y no se escuchaba más que las respiraciones aceleradas de todos los presentes, temerosos de que los Black terminaran en un duelo.

—Pero... —quiso insistir el mismo mago que anteriormente había hablado, pero al notar manera en que el acusado lo estaba mirando, como si deseara despedazarlo y colgar sus extremidades en lo más alto de la Torre de Astronomía, se amedrentó un poco. Cerró los ojos, y volvió a intentar hablar—. Es decir, ¿algo relacionado con el caso, señor Black?

—Esos muggles se lo merecían —dijo con tranquilidad—. Y ahora, si me disculpan, tengo cosas más importantes que hacer, que estar aquí viendo cómo un chico al que le di todo en la vida me reclama cosas sin sentido —ante esto, se levantó del asiento, y ninguno supo qué hacer. Sabían de lo que era capaz Phineas Nigellus si alguien lo hacía enojar más de la cuenta, y no tenían interés de que el Ministerio quedara reducido a escombros.

—Señor... —comenzó a llamarlo uno de los miembros del Wizengamot, pero fue interrumpido.

—Ah, y quiero aclarar que si es necesario, comenzaré un juicio para derogar de una buena vez por todas esa ley inútil que tenemos a favor de los derechos muggles —añadió, de espaldas a todos.

—Y si es necesario —habló el joven Phineas por primera vez—, seguiré el juicio a favor de esos derechos que tú quieres eliminar.

—En tal caso, me encargaré de que tu nombre sea borrado del tapiz —dijo el padre, con la voz cada vez más cargada de furia, pero aún dándole la espalda a la sala—. Me avergüenza ser tu padre.

—Y a mi me avergüenza ser tu hijo —respondió con voz calma el chico, dos segundos antes de que las puertas fueran golpeadas con fuerza para ser cerradas.