Capítulo 2
Francis lo llevó hacia el Central Park. En el trayecto se dio cuenta que no parecía tan desvalido cuando caminaba con él que cuando lo hacía con Matthew; era él quien estaba a las riendas de la situación, decidiendo qué camino seguir y cuándo parar o cruzar o volver a continuar. Tal vez lo viera así porque lo estaba observando de cerca, no en brazos de otro. O tal vez pudiera desenvolverse tranquilamente por la ciudad pero aprovechara su deficiencia visual para andar de manos con el novio. Sintió un sabor agrio en la boca, que ignoró. Estaba más pendiente en memorizar el camino, para no dejarle todo el trabajo a Francis en el regreso.
En el parque, caminaron hasta situarse frente al lago. Francis se tiró en el césped y Arthur lo siguió, quedando hombro con hombro. Sintió deseos de apretarle la mano, entrelazarla con la suya como había visto hace poco, pero el impulso era ridículo. No podía esperar comportarse con un chico como las parejas que había visto en el trayecto. Tenía que regresar con Michelle de una vez, tantos sobresaltos le estaban alterando el cerebro.
-¿Verdad que es hermoso? –preguntó Francis para romper el silencio.
-Eh, vale –asintió Arthur, mirando a un grupo de chicas montarse en un bote, para unirse al resto de personas que paseaban de la misma manera sobre el lago-. ¿Es una frase convencional que le dices a todo el mundo? Ahora dirás "¿aunque no pueda ver nada, escucho las risas de las personas, el sonido del viento, a las aves y a los animales y me siento feliz o alguna cosa cursi por el estilo?
-Así conmuevo a mucha gente, que lo sepas –repuso, con un deje divertido.
-Qué predecible. Yo no soy como toda esa gente.
-No. Tú eres horrible.
-¿Qué?
Francis se rió, como si ya no pudiera contener la risa. Lo observó con atención, tanto el gesto de suma felicidad como esa sonrisa que no tenía tapujos en mostrarse en todo su esplendor. Estaba sumamente feliz y no tenía idea de a qué se debía. O sí, pero sería demasiado narcisista concluir que era por su presencia.
-¿Por qué no es seguro que vaya a tu casa?
-A mi padre no le gustas. En realidad no le gusto yo, o más bien, una parte de mí. Creía que mi amistad contigo era perniciosa y prohibió toda comunicación una vez nos instalamos en este país. Oh, lo que lloré. Pasé semanas llorando, por la pena y para intentar ablandarlo. Ahí descubrí que no había manera de hacerle cambiar de parecer y me tuve que conformar –le explicó.
¿Una parte de él? Suponía que era la parte de la que gustaba de Matthew. Pero la amistad entre ellos había sido normal, dos vecinos que se agradan mucho y van a jugar. ¡Eran muy pequeños para pensar en cosas más serias! El padre de Francis debía ser un degenerado.
-Pero nunca me permití olvidarte. Significabas todo lo que más quería y aún ahora… pero –se cortó, intentando dominar la emoción que lo embargaba al hablar-. Tú no me recuerdas. Yo no me permití olvidarte y tú en cambio tienes memorias vagas de mí, ¿no es así?
-No eres lo más importante que tengo en la vida –soltó, aunque se arrepintiera enseguida.
No quería ser pesado con aquel chico, pero no le estaba dejando más opción. Sentía que lo apreciaba más de lo que era consciente, y que aquel sobresalto no se le hacía extraño en lo absoluto. Ya lo esperaba, en cierta forma, aunque no pudiera recordar el pasado con claridad.
Prefirió dejar a un lado las ganas de aclararse, porque sería complicarse más de lo que quería. Le gustaba el aire frío y agradable del parque. Le hubiera encantado poder alquilar una barca y andar por el lago; nunca había aprendido a nadar bien, Michelle se burlaba a menudo de su torpeza cuando iban a una piscina y Arthur evitaba alejarse de la orilla. Se habían prometido muchas veces pasar una temporada larga en la playa. Michelle quería sentirse como una sirena y Arthur se imaginaba como el príncipe del cuento de hadas, Eric, alejando a la sirena del mar.
-Oye –dijo Francis sin que hubiera transcurrido mucho tiempo de silencio-, ¿puedo tocarte?
-¿Eh?
-Quiero decir… todavía no sé cómo eres ahora. ¡Vamos!
Francis no esperó que Arthur aceptara, sino que alargó sus brazos y, con sus manos, le tomó por el rostro, recorriendo su nariz, larga pero refinada, sus mejillas, sus cejas frondosas –se le hizo irritante la risita que se le escapó-, la frente, la barbilla todavía lampiña, las orejas un tanto grandes comparadas con el resto del rostro, y el cabello corto y despeinado. Luego bajó por su cuello, más ancho y largo, con la manzana de Adán perfectamente visible. Y por último le tocó por los hombros, allí acabó su incursión solo porque Arthur le tomó de las manos para evitar que bajara más. Se había sentido incómodo.
-¿Suficiente? –preguntó.
-Sí. Has crecido mucho.
Arthur lo miró entonces, examinándolo él a su vez. Él parecía haber crecido mucho más que él, aunque solo fuera mayor por un año de distancia. Pero aún así, todavía tenía cierto aire infantil e inmaduro característico de los niños consentidos por todo el mundo. Sin darse cuenta, Francis le había tomado de la mano y se la apretaba con cariño, tal vez con un cariño diferente al que le daba a Matthew. Quiso preguntar sobre la naturaleza de su relación, esperando una confirmación a sus sospechas, pero se vio incapaz de abrir la boca.
-Oye –soltó, conociendo que evitaría la pregunta a toda costa-, ¿volvemos al partido?
-Quiero seguir contigo, iré donde tú vayas –le respondió.
-¿Estás seguro?
-Por supuesto.
Así fue como acabaron en el apartamento de su padrino, quien no estaba allí. Francis había hablado en todo este tiempo, de lo que era su vida, de lo que le gustaba, de cómo había comenzado a ir a un colegio con chicos normales y cómo había comprendido lo atractivo que era, cuando muchas chicas comenzaron a acercársele, a la espera de su atención, de ser la afortunada que se nombrara su novia. Solo que Francis nunca tuvo ningún deseo de estar con una chica; tampoco despreciaba la atención, en lo absoluto, era querido y deseado y la gente lo trataba mejor por su discapacidad. Nunca rechazaría algo como eso. Pero de allí a que hubiera amor o atracción… era muy diferente. Siempre estuvo seguro de querer más a los hombres, y cuando sus pretendientes entendieron que nunca serían deseadas como ellas anhelaban, siguieron a su lado, por su personalidad encantadora.
Arthur entendió pronto que el chico había crecido sobreprotegido y mimado hasta por personas ajenas a su círculo familiar, creyéndose el centro del universo. Pero ¿cómo había conocido a Matthew y llegado a tal punto? Francis evitaba hablar de su novio.
A él no le molestaba lo que le gustara al chico, con tal supiera mantener las distancias. El padre de Francis, Jacques, había sido menos tolerante con respecto a los gustos de su hijo y se esforzó por hacerle cambiar su inclinación natural. Le prohibió la literatura romántica en casa, con lo que se vio obligado a recurrir a la biblioteca del instituto; en vez de cocinar, le forzó a saber de deportes con escaso éxito porque se sentía demasiado perdido al imaginar cómo eran o seguir el transcurso de un partido con la voz del narrador como única referencia, mientras que a Monique le obligaba a preparar la cena para adaptarla a las necesidades de una mujer. Monique acabó detestando la cocina y prometiendo que nunca se casaría con un marido inútil. Con respecto a las amistades, si bien aprobó el éxito que tenía Francis con las chicas, que traía a casa de vez en cuando, se dio cuenta que su hijo no las veía como unas conquistas sino más bien como amigas con las que compartía gustos y confidencias. Tampoco tomó muy bien cuando las amigas se convirtieron en "amigos", donde hacían prácticamente lo mismo. Le prohibió aquellas amistades y le hizo ver a un sicólogo que poco pudo hacer para cambiar lo que ya era.
La única razón por la que seguía aceptando a Alfred y a Matthew era porque su padre tenía la impresión de que eran muy heterosexuales, al menos Alfred, que era el único al que su padre hacía caso, con su porte y su gusto desenfrenado por todo lo que implicara gritar y ensuciarse.
-Pero no te dejes confundir, puedo oler que Alfred es gay –le aseguró, sentado en su cama, de la que antes había alabado que fuera tan cómoda. De verdad, Francis nunca se callaba.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Es un sexto sentido –le confesó-, ¿qué traes?
-Pensé que querrías beber algo. Es vino. Ten –y le tendió una copa.
Arthur tomó un sorbo, observando curioso cómo Francis olía su bebida con atención, antes de probarlo y decir que le estaba dando vino del barato.
-Pues sí –admitió-, te lo estoy dando. No voy a abrir los licores de mi padrino por ti y yo no tengo lo suficiente para comprar algo mejor. Anda, bebe, y quéjate menos.
Siguieron bebiendo. Recibió un mensaje en su celular de parte de Alfred, donde le preguntaba dónde estaban, que Matthew estaba a punto de sufrir una crisis de nervios. Se le pasó por la cabeza el dejar de responderle, pero pensó que sería injusto con los chicos que habían sido amables con él. Le mandó un mensaje aclarando que había llevado a Francis a su apartamento y que todo estaba bien. Luego le reprochó a su invitado el haberse olvidado de avisarle a los otros dos.
Si bien Francis podía hablar de cualquier cosa (y entretenerse con lo mismo), había dos temas que evitaba: primero, de su relación pasada, cuando eran vecinos en Londres, una vez que Arthur dio sinceras señales de acordarse de muy poco; segundo, del tratamiento que lo había llevado a mudarse a Estados Unidos. Supuso que la falta de información en este punto se debía a una alarmante decepción. Arthur evitó mencionarle nada, aunque se moría de ganas de preguntar si había valido la pena.
Arthur no llevaba mucho tiempo bebiendo cuando dejó la copa en su mesa de noche, junto a la vacía de Francis, y miró la ventana que dejaba mostrar el atardecer de la ciudad. Cuando la noche caía, New York parecía más despierta todavía, como un vampiro que sale de su dormitorio en busca de lo que lo hacía sentir realmente vivo. Y no se refería a que la ciudad estuviera plagada de humanos deseosos de sangre. Francis se colocó a su lado, volviendo a estar hombro con hombro.
Estaba inusualmente callado, pero olía al vino barato del que había protestado antes, pero del que había bebido más que él. Parecía atento al ruido del exterior, sonriendo como si nunca dejara de hacerlo, pero era una sonrisa menos vivaz, que lo hacían lucir como un tontuelo. Un tontuelo desprevenido, del que era fácil aprovecharse, menos mal que Arthur era una buena persona y nunca se le ocurriría gastarle una broma cruel a un ciego.
-¿Te sientes bien? –le preguntó.
-Me siento feliz –le dijo-. ¿Te gusta la ciudad? Es encantadora de noche, todos lo dicen.
-¿Tú también?
-Yo la prefiero de día, para ser sincero. Nunca he salido de noche porque me lo prohíben. Cuando regrese a casa, a mi padre le dará un infarto.
-Estás conmigo, cuando vuelva mi padrino le pediré que te llevemos en su auto. No te preocupes.
Francis asintió, y se encontró con que le estaba acariciando el cabello. Se le cruzó por la cabeza apartarlo, pero lo dejó hacer.
-¿Y te gusta la ciudad? No me respondiste.
-Sí, está bien. New York está muy bien.
Pero no quería seguir hablando sobre ciudades, el tema se le hizo aburrido. Pensó en qué podría pensar Matthew de conocer que su novio estaba en casa —no, en la cama— de una antigua amistad, que había ganado otro en la atención de Francis. Sonrió sin tener idea de dónde salía la sensación de victoria, cuando ni siquiera tenía algo por el cual pelear.
-Arthur, ¿puedo pedirte un deseo?
-Dime.
-¿Te puedo abrazar?
Vio bien que quisiera pedirle permiso para ello, porque él le hubiera respondido con patadas en el caso de ser sorprendido con un gesto de cariño tal. No le gustaban los abrazos en general, ni los besos ni las efusiones que parecían normales en el resto de las personas. Tenía que tener muchísima confianza con esa persona para entrar en ese paso de su relación. Podía abrazar a James aunque le diera una vergüenza terrible, también a su madre y a su padre, pero con sus otros tres hermanos las muestras de cariño se sentían vacías, con lo cual las evitaba hasta en año nuevo. Con Michelle tuvieron que transcurrir un mes antes de permitirle abrazarle en público. Y ahora este chico se lo pedía, sin una semana de volverse a encontrar.
Más que sorprenderle el atrevimiento, se sorprendió que estuviera aceptando sin mucha reflexión.
-Sí, vale. Pero sólo un abrazo. ¿Para qué…? –pero antes de terminar, ya Francis lo estaba abrazando, enterrando su rostro en la curvatura de su cuello. Sentía que lo estaba oliendo, casi como si fuera un perro, se cuestionó si se habría puesto perfume pero sí, sí se había colocado. Le abrazó él a su vez, pasando sus manos por su espalda, que pareció relajarse cuando colocó sus manos sobre ella, como si lo hubiera estado esperando todo este tiempo. No sabía por qué lo estaba haciendo, seguramente sería el vino barato, o que su cuerpo reaccionaba inconscientemente a cada movimiento de su viejo vecino. Eran sus memorias que volvían mediante sensaciones.
Le besó en el cabello, captando un aroma agradable provenir de él. No extrañó ni el tacto de Michelle, ni la textura de su cabello, su piel morena y su cuerpo de curvas prominentes, de senos bien formados. Era extraño cómo se sentía abrazar en la cama a un hombre, en comparación con una mujer.
Francis malentendió aquel beso, alzando su rostro y buscando a tientas los labios de Arthur. Antes de hacer contacto, Arthur lo alejó, retirándolo de encima suyo ante la confusión que iba creciendo en el otro.
-No soy gay.
Pensó en agregarle un "lo siento" pero ¿de qué se estaba lamentando? La aclaración abrió una brecha entre los dos. Francis podría exagerar en el cariño que le dedicaba a sus viejas amistades, pero Arthur no podía aceptar que los arrumacos se tergiversaran a cosas que no eran ciertas, que él no sentía por un hombre. Que nunca llegaría a sentir.
-Ya, tenía la… oh. –Francis se interrumpió, sin saber qué decir. Arthur reconoció en su rostro el bochorno, que no sabía cómo actuar ahora; era extraño verlo avergonzado, porque daba la impresión de ser un chico con demasiado amor hacia sí mismo como para apenarse por algo. Lo había juzgado mal.
-Eh… -Él tampoco sabía qué decir, además de sentirse apenado también aunque no tuviera motivos-. No importa, es una tontería, lo que acaba de pasar nunca ocurrió.
-Y seguimos siendo amigos –quiso asegurarse Francis.
-Sí, siempre –se encontró agregando.
Se levantó de la cama y fue a colocar las dos copas en el fregadero. No consiguieron recuperar la atmósfera que habían creado antes del abrazo y el intento de beso. Arthur se imaginó cómo se tomaría Michelle el hecho de vivir esa experiencia tan extraña con un chico.
Cuando regresó a la habitación, estuvieron hablando de lo que quería estudiar. Le habló sobre el futuro que le esperaba con su padrino si planeaba bien sus objetivos, mientras que Francis le confesaba que en realidad él no se veía todavía con una carrera determinada. No sabía qué estudiar o si sería útil en un futuro. Arthur se sintió mal por él, primero porque no sabía cómo reconfortarlo, segundo, porque tampoco consideraba que fuera deber suyo hacerlo —¿qué era de su familia? ¿De su novio? ¿De sus amistades?— y por último, por el modo en que cambió la conversación cuando Francis se mostró peligrosamente sentimental. Entonces llegó su padrino y Arthur vio que era el momento perfecto para desligarse de toda responsabilidad. Juntos llevaron a Francis a su casa, donde los recibió el señor Jacques Bonnefoy bastante alterado. Le agradeció a su padrino por los cuidados hacia Francis, pero Arthur intuyó que no lo agradecía para nada y que su hijo acabaría castigado.
Se despidieron sin hacer un gran drama. Francis, aunque parecía querer saltarle encima, lo despidió con educación y hasta un tanto seco. En serio daba un cambio extremo cuando su padre lo vigilaba. Arthur se despidió sin estar muy seguro de que aquello estuviera bien. En el auto, su padrino le inundó a preguntas sobre aquella nueva amistad y Arthur le explicó que habían sido vecinos en Londres, pero que se había tenido que mudar a Estados Unidos para cumplir con un tratamiento médico. No se veían a menudo y se reencontraron casi por casualidad.
Tenía que haber un modo de seguir contactando con Francis, quería seguir haciéndolo a pesar de la inconveniencia de hoy. Si entendía que entre ellos nunca podría surgir nada, no había problemas en seguir siendo amigos.
Al día siguiente se encontró con Alfred y Matthew, quienes les explicaron, después de que Alfred le relatara todo el partido que se perdió, que Francis no podía salir hoy. Seguro su padre se había enfadado por lo de ayer, tanto que era seguro que no lo verían por un largo rato. Aquello tenía a Matthew hecho una masa de nervios bastante patética. No daba muestras de culpar a Arthur, sino que seguía echando pestes en voz muy baja sobre el padre de Francis. No hubo manera de conseguir el número de Francis o su correo electrónico, ninguno de los dos lo había necesitado nunca. En cambio consiguió el de ellos, que era casi lo mismo. Si quería hablarle a Francis, podría mandarle un correo a alguno de los dos.
No se ocupó de Francis un día más. Al día siguiente su padrino anunció que partirían de New York a Canadá, por negocios. Y le avisó que ya debía darle una respuesta definitiva sobre la universidad a la que quería asistir. Arthur lo estuvo pensando detenidamente, antes de elegir estudiar en Londres.
No alcanzó a despedirse personalmente de Alfred y Matthew.
Notas:
Algunas me dijeron que se les hizo corto el capítulo anterior, lo cierto es que tiene más de cuatro mil palabras y, aunque este capítulo no es el caso, los que vienen van a mediar las cuatro mil. El próximo, por ejemplo.
Gracias por sus comentarios, ya saben, sin reviews no hay paraíso (o actualización, en todo caso).
Besitos!
