Digimon no me pertenece y escribo esta historia sin fines de lucro.


Un sol


Para el Topic Michi de Proyecto 1-8, por sus primeros mil posteos

Muchas son las cosas que a Mimí le gustan de Taichi. Le gusta, por ejemplo, que esté lleno de palabras y expresiones de aliento, y le encanta que se las diga en dos idiomas.

―A veces pienso que las practicas ―le dice ella, guiñándole un ojo.

Taichi, haciéndose el tonto, le golpea la cabeza y mira hacia otro lado, cohibido.

Las palabras de aliento de Taichi no vienen solo en inglés y japonés, vienen también en blanco y negro, o en multiplicidad de situaciones.

―¡Ánimo, equipo! ―grita, alzando el puño y haciendo brillar sus ojos. Bien podría estar hablándole a los chicos del equipo de fútbol del secundario o a sus compañeros de oficina digital.

Mimí, compañera, alza el puño con él y llena al grupo de palabras bonitas, pero en realidad lo que quiere es colgarse de su cintura, desordenarle el pelo y besarle la punta de la nariz.

Le encanta, a Mimí, que Taichi sea un sol andante.

También le gusta cuando Taichi le regala girasoles. Sora le contó que es la flor de la pasión, himawari le ha dicho. No sabe, exactamente, por qué él eligió esa flor para ella. El amarillo no es, exactamente, su color… aunque quien de amarillo se viste, de su belleza confía, dicen por ahí. ¿Será por eso? ¿Será por su significado? (a quien engaña… bien sabe Mimí que Taichi ni idea tiene de lo que la linda flor significa). ¿O será, tal vez, porque el girasol siempre se gira buscando al sol?

Mimí no lo sabe, de verdad verdad, pero suspira y se tira en la cama y se hace la tonta cuando piensa que Taichi, que es un sol, le regala esa flor porque quiere que vayan juntos a todos lados. ¿«¡Ánimo, equipo!» le gritará Taichi a sus niños también, cuándo en vez de dos sean cuatro? (o cinco).

Mimí, que de tonta no tiene un pelo de su preciosa cabellera, se siente idiota a veces, cuando como girasol persigue a Taichi de Odaiba a Kyoto, a Nueva York, a Ginebra y de vuelta a Odaiba otra vez.

―Busco recetas e ingredientes ―le dice ella, confiada, y le guiña un ojo. Y el que se siente un tonto, ahí, es Taichi, que tiene a tamaña preciosura persiguiéndolo por el mundo a base de sonrisas y palabras bonitas.

Cuando no van a verse por algunos días, tal vez porque ella no lo siguió, tal vez porque fue ella la que debió viajar a otros confines del país, Taichi le deja notitas escritas a mano. «Recuerda comprar más de esa sandía pequeña que le gusta a Agumon, esta es la época» le recuerda, ¡como si Mimí fuera a olvidar la época de una fruta en este mundo! «Están creciendo aromáticas en el digimundo, deberías ir a verlas, ¡pero ojo con envenenarme, princesa embrujada!» le dice otras veces. Mimí sonríe y guarda las notitas apiladas y dobladas en una cajita de porcelana que se trajo de Italia en uno de tantos viajes.

De vez en cuando, cuando él pasa horas en reuniones y sus horarios son tan a contramano que no pueden hablarse, Mimí retira las notitas una a una, las desdobla, les siente el olor y las lee y relee. Ninguna tiene más de un renglón, pero todas tienen un dibujito: un girasol, una hoja de una supuesta planta aromática que, guiándose por el dibujo, Mimí nunca encontrará, una sandía, un Patamon durmiendo… ¿o un sombrero? Mimí ríe como loca y tira todas las notitas al aire, ¡¿Qué será lo que dibujó Taichi?!

Nunca le pregunta, y la próxima vez que ve las notitas, ríe y ríe de vuelta como loca, o haciéndose la loca… porque si algo ama Mimí de Taichi, es que sea la única persona en el mundo entero que dibuja peor que ella, pero que aun así, lo intenta e intenta.

Perseverante, Taichi, además de valeroso, gracioso y alentador. Un sol, su Taichi. Un sol.