Cap 2: Recuerdos desenfocados

Dan no sabía porque seguía cayendo en esos coqueteos tontos. Era más que obvio que una mujer que se acostaba contigo el día en que te conocen no busca nada serio. Pero se dejaba llevar por las sonrisas coquetas y las frases hechas como: "Nunca había visto ojos como los tuyos" "Tienes una linda sonrisa" Si la abuela de Wallace, Lena, no le dijera lo mismo cada vez que la veía pensaría que no tenía nada de especial y que solo se lo decían para llevárselo a la cama. Lena le decía "He visto a muchos blancos de ojos azules casi grises, pero jamás un gris que pareciera plata" o "Tu rostro es demasiado expresivo, eso es bueno de ver en los caballeros de vez en cuando."

Sin embargo ahí estaba otra vez, con 20 dólares en la mano viendo como una mujer hermosa de color, se vestía para ir al trabajo.

"Cómprate algo lindo cariño. Se ve que lo necesitas." Si no fuera porque de verdad lo necesitaba se hubiese marchado de ahí descosiéndose en insultos. Se vistió rápido y ni la miró.

No era la primera vez.

Ya hasta había perdido la cuenta en los últimos meses. Tras cumplir 18 años el estado declaró que ya no tenían responsabilidad sobre él pero le dieron la dirección de una oficina de empleos y una cantidad de dinero suficiente para pagar el alquiler de un departamento pequeño por tres meses. O un mes y comida para subsistir. Como él prefiriera usarlo.

Conoció a Wallace Levit, el segundo día después de haberse mudado a un destartalado departamento en una zona particularmente peligrosa de Seattle, por lo tanto bastante barata. Eran vecinos.

En ese barrio habían algunos latinos y una que otra familia blanca, pero casi el 90 por ciento de los rentantes eran negros de "clase trabajadora" habían putas y mucho chiquillo drogándose. A él no le importaba esto, no tenía nada, solo un catre y algo de ropa, no tenía móvil o dinero que le pudieran asaltar pero sí una pequeña radio-televisión que logró hurtar de la casa hogar y una caja de galletas. Wallace era un negro, no iba enjoyado ni nada, no era un buscapleitos pero era muy inteligente y tenía cierta autoridad en el barrio. Vendía drogas para pagar las cuentas, su abuela, el único familiar que tenía (su padre estaba en prisión y su madre había desaparecido, era una puta drogadicta según Lena) estaba enferma de la presión, además de que era ya muy anciana. Así que Wallace pagaba sus medicamentos también. Nunca consumía su mercancía y nunca fiaba, a nadie, no le gustaba tener deudas con sus proveedores así que procuraba tener siempre o él dinero o la mercancía.

Dan tomó un autobús con rumbo a casa, tenía que ducharse y cambiarse para luego ir al trabajo. Llegando saludó a Wallace que fumaba en la puerta de su departamento y dijo que lo esperaban para que desayunar.

Se bañó en menos de diez minutos, no tenía gas, así que el agua estaba helada, porque Dios, Seattle estaría rodeada de agua, pero era más fría, ventosa, y nublada que su vida sentimental.

Se cambió e inmediatamente tocó la puerta de Wallace. Éste le abrió con una sonrisa y el olor a chuleta ahumada inundó sus pulmones. Comió a gusto incluso los frijoles de lata y agradeció a Lena el desayuno. Antes de salir le dio los 20 dólares a Lena, los que había recibido de aquella chica de color. Eran para comprar comida. Siempre le daba dinero a Lena. Era lo mínimo que podía hacer para agradecerle, siempre tenía comida para él y los días muy fríos incluso lo dejaban bañarse en su casa.

Wallace y él esperaban el autobús mientras fumaban, cigarros baratos y largos.

— Jaime dice que si quieres podrías vender.

— No lo sé Wally, siento que es muy peligroso.

— Supongo que coger por dinero tampoco está mal.

— No les pongo una tarifa ¿Sabes? Ellas sólo me dan el dinero. Creo que les doy lastima. Me pueden contar las costillas.

— Eres un principito en harapos Dan Miller. Tal vez sea eso.

Ambos sonrieron.

— Tal vez…Tal vez lo haga…

— ¿Hacer qué?

— Vender drogas o ponerle precio a mi compañía. No lo sé bien todavía. — Wallace se rio.

— Ya lo pensarás. Pero hay un negocio por ahí…tú que tienes tan buen pulso y los demás se apuntan.

Dan miró hacia afuera, no sabía bien de que hablaba Wallace, pero el chico de color no era lo que se decía tímido para los negocios. Si estaban involucrados el cubano-alemán, el latino mala leche y el otro negro taciturno, seguro era algo muy, muy, ilegal.

El autobús llegó, Dan se bajaba poco después de Wallace. Wallace trabajaba en un taller mecánico y Dan seis cuadras más adelante en una cafetería por turnos de ocho horas, más horas extra si faltaba el del siguiente turno. No se quejaba, le daban dinero extra si se quedaba más tiempo que los demás y su día libre lo tomaba el sábado. La jefa, una rubia muy guapa de 44 años, le daba ciertas concesiones a cambio de esporádicos pero ardientes encuentros cuando su esposo iba a Washington a visitar a los hijos de su anterior matrimonio..

Trató de pensar en si su vida siempre había sido tan…así. Recordaba jugar con otros niños. Recordaba compartir una comida de apariencia extraña e incluso de compartir una salchicha asada. De alguna manera sintió que sus ojos se ponían borrosos, excepto que no eran sus ojos, era como si su cabeza se volviera borrosa. Trató de concentrarse, pero luego sintió como si se hubiera dado un fuerte golpe de lleno con alguna pared.

Se mareó un poco, cosa mala porque iba parado. Pero luego se recompuso. Tenía que trabajar.

Después de haber hecho dos turnos se fue a casa. Se encontró a Wallace platicando con DiDi, el tipo al que le había dedicado un pensamiento por la mañana. Mitad alemán, mitad cubano, de 20 años que vivía con su madre (su padre estaba en prisión por violencia intrafamiliar).

DiDi era un gigantón de casi dos metros igual que Wallace y muy amigo de ambos. De piel como blanca y como que no al mismo tiempo, como moreno-ocre muy deslavado, llevaba audífonos todo el rato pero nunca estaba escuchando música y llevaba los brazos tatuados desde los hombros hasta las muñecas. Le caía bien. Andaba muy perdido todo el tiempo, no eran drogas, no solamente eso al menos. Era algo más profundo. Puede que hasta algún tipo de desorden mental que no era del todo desagradable.

Les saludó a ambos y Wallace le invitó un cigarrillo. Se sentó con ellos en los escalones que daban acceso a los edificios.

— Tengo ganas de mojar, pero mi novia todavía no me deja. — Se quejó DiDi (Su novia acababa de cumplir 16).

— Da la impresión que son las no novias las que más fácil te las abren. — Continuó Wallace que hablaba por experiencia.

— ¿Por qué son tan complicadas? — El chico deslavado se desperezó.

Dan pensó en su mala suerte para encontrar una novia. Nunca había tenido una. Se había acostado ya con un montón y había repetido con varias más de una vez, y sin embargo ninguna le tomaba en serio.

Esa noche DiDi cenó con ellos hamburguesas y después de unas cervezas cada uno se fue a su departamento.

Dan se puso a dibujar. Tenía un paquete de hojas de papel bond y unos lápices que había comprado hace no mucho. Empezó a dibujar un sueño que había tenido hace un par de semanas pero no había tenido ni tiempo ni ganas de dibujarlas.

Había un niño como de cuatro o cinco años, un hombre joven y un hombre mayor, los tres rubios y los últimos dos con el cabello largo. Recordaba eso pero no recordaba bien los rostros excepto que el hombre mayor tenía un bigote poblado y muy cuadrado

El adulto le repetía al niño que se sujetara con fuerza, parecía alarmado y miraba hacia el frente.

Estaban en el aire. El niño podía ver sus pies si miraba abajo, estaban sobre de algo, como un palo o algo así y era de ahí de donde tenía que agarrarse. Había algo abajo, eran como puntitos. Luego vio una manada de dragones de color rojo. El hombre mayor estaba delante de ellos como protegiéndolos de los dragones.

Entonces ellos se precipitaron hacia abajo y el hombre mayor los siguió.

— ¡Papá! — Gritó el hombre joven casi llorando del susto. — ¡Papá déjalos! ¡No tiene caso, que se mueran!

El niño miró hacia abajo, había gente abajo. Los puntitos eran gente y esta gritaba al ver a los dragones acercarse. El hombre mayor sacó un palo pequeño de su ropa y del palo surgió un luz rosada que detuvo a los dragones.

Uno de los dragones se giró y abrió fuego contra el anciano.

El niño y el hombre joven gritaron y entonces un montón de luces azules los rodearon.

Ahí había terminado su sueño y no sabía que significaba, pero a él le gustaba dibujarlos para no olvidarlos. No era artista, pero aún con dibujos infantiles y regordetes se podía apreciar la historia.

Tenía un montón de comics de ese tipo, había soñado mucho con esos hombres y con dos mujeres más. Ese debía ponerlo hasta el final, no concordaba cronológicamente con los que ya tenía.

Sonrió triste al pensar que a falta de una familia se había puesto a inventársela. Pero al menos eso le gustaba a la gente.

Maize, un amigo latino de su mismo edificio le prestaba la computadora y él subía sus comics a internet para que toda la gente pudiera leer la historia de ese pequeño niño mago al que había bautizado como Dan Williamson.

Maize a pesar de su mal carácter le hizo el perfil en una página llamada Devianart, Facebook y todo eso, porque su amigo P.J. (un negro de 17 años muy amigo de Maize…jugaba muy bien al básquet) y él eran fans del pequeño mago.

Eran las dos de la mañana cuando Wallace fue a su departamento. Tenía llaves así que casi mata a Dan de un susto cuando lo fue a levantar.

— Levántate, cámbiate y toma esto. — Le dijo dándole una pistola. Dan le miró en la oscuridad y luego Wallace prendió la luz. Date prisa. — DiDi, P.J. y Maize nos están esperando.


Y que les pareció la vida de mi pobre Draco (si no se dieron cuenta, Draco ahora se llama Dan)