Disclaimer: Esto no me pertenece... bla, bla, bla... no saco dinero con esto... bla, bla, bla... todo lo conocido pertenece a Meyer, si algo no os suena provablemente sea mío.

Año nuevo, historia 'nueva': este fic se llamaba antes 'Mi ex'. Como la idea es la misma, no he creado una historia nueva, pero como he añadido más detalles, porque creo que la historia quedó floja en el primer intento, le he cambiado el título y el summary. También debo comentar que a partir del segundo capítulo no seguiré nada de lo que ya estaba escrito (salvo alguna idea), que me centraré más en otros personajes, que será un fic más largo y que Edward será malo, muy malo de verdad. Como ya he dicho, creo que estos son los puntos a mejorar que encontré al releer la historia y, como es mía, es lo que voy a arreglar.

Mi ex

21:34pm

7:27am.

Se había quedado dormida en su escritorio mientras terminaba el trabajo que no había podido terminar el día anterior, por culpa del incidente con el café de su jefe. Cuando su despertador empezó a sonar y lo primero que vio delante de sus ojos fue su escritorio, se maldijo a sí misma por el dolor de espalda que iba a tener ese día. Había tenido un sueño bonito, pensó.

Corrió hacia la ducha, pero se encontró con que Alice la había ocupado primera, así que decidió ir a prepararse un café. Al pasar por delante de la habitación de Rosalie se acordó de la llamada del día anterior y fue a buscar su teléfono, deseando que hubiera sido todo un sueño. Pero no, ahí estaba el teléfono desconocido al que iba a etiquetar como Edward C.

Rebuscó por los armarios blancos de la cocina, pero no encontró el café. Le costó cinco minutos deducir que Alice se lo había llevado al comedor para tomarse tranquilamente su desayuno.

7:35am.

Obviamente, allí estaba, en medio de los distintos productos alimenticios que su compañera había deseado utilizar ese día. ¿Patatas fritas y atún? Menudas cosas más raras desayunaba Alice, pensó. Corrió hacia la cocina, al oír el sonido del microondas, que indicaba que su leche ya estaba calentita. Se sirvió una enorme taza de café, mientras rebuscaba por la nevera un par de rebanadas de pan tierno y algo con que rellenarlas.

—Que quede queso —murmuraba, exasperada. El día anterior había tenido que apañárselas para desayunar pan con lechuga. Le apetecía variar un poquillo; empezaba a ser hora de ir a hacer la compra del próximo mes, porque estaban a las últimas de todo.

Escuchó cómo Alice salía de la ducha y, tras beberse de un solo trago todo el café, se metió ella corriendo. Si Rosalie entraba antes que ella, iba a llegar tarde al trabajo.

8:54am. Ángela la esperaba, como siempre, en la entrada del gran edificio Weber&Weber's. Aunque la compañía pertenecía a su padre y a su tío, ella había querido entrar a trabajar de forma más disimulada. Se lo había contado a Bella tiempo atrás, y le había pedido que no dijera nada: en el fondo era una estrategia, porque así veía qué tramaban los directores ejecutivos, como Mike Newton, y podía avisar a su padre.

Bella cruzaba cada día los dedos para conseguir que Newton hiciera algo ilegal, correr a decírselo a Ángela, y reírse de él cuando lo despidieran. Pero por el momento, su jefe parecía ser muy limpio.

—Haces muy mala cara —comentó Ángela, cuando la vio. Ella asintió: no le cabía la menor duda.

Su amiga se la llevó hacia uno de los baños del primero piso, para prestarle un poco de maquillaje con el que acicalarse debidamente.

—¿Has dormido mal esta noche? —le preguntó, mientras miraba como se tapaba las ojeras con un poco de cobertura líquida.

Bella se quedó pensando ¿Mala noche? ¡Había estado soñando toda la noche! ¡Había estado tan a gusto con el sueño, que siquiera se había despertado por el dolor de espalda.

—Un poquito —mintió Bella. Ambas subieron hacia la decimoséptima planta del edificio, y allí se separaron. Irónicamente, Bella tenía más rango, al ser la secretaria del jefe, y hacia su despacho se dirigió.

9:04am.

¿Qué había soñado esa noche? Se rió como una tonta al recordarlo. Esa llamada la había dejado un poco abrumada, la verdad: Había soñado con Edward Cullen, maldita sea. Y no había sido un sueño apto para menores, precisamente. Pero no se sentía preocupada al respecto: era un sueño, ella sabía muy bien qué había pasado con él en años atrás, y no quería repetirlo en la realidad. Además, estaba Jake.

Otra cosa era en los sueños.

—¡Señorita Swan! —exclamó Mike Newton, cuando la vio entrar por el despacho, con cara de embobada—. ¿Me podría decir dónde demonios estaba? ¡Su turno empezó hace cuatro minutos! ¡Han llamado desde Denali&Co y me he visto obligado a responder yo al teléfono!

Bella rodó los ojos cuando él no miraba. Menudo hipócrita, pensó ella, antes de sentarse en su silla y encender el ordenador.

Su teléfono móvil vibró dos veces dentro del bolso, llamando su atención.

'Buenos días, mi nena.' Le decía Jake. Rió como una boba.

Pero había otro mensaje: '¿A qué hora terminas de trabajar? ¿Te apetece ir a cenar al Metropolitan Grill?' del desconocido recientemente etiquetado como Edward Cullen. Ella bufó; se le había adelantado, ahora no podría proponerle ir a tomar algo por la tarde.

Calculó el tiempo que iba a tardar en llegar allí, y le mandó el mensaje con la hora en que debían encontrarse delante del restaurante.

Genial, pensó, el Metropolitan, y ella vestida de oficinista. Volvió a bufar.

9:07am.

Le quedaban unas cuatro horas hasta el break para comer algo.

—¡Swan! ¡Estos no son los papeles que le pedí ayer! —rugió Newton, desde el despacho contiguo.

Bella rodó los ojos, deseando que cayera una bomba en el despacho de su jefe.

…Años tras, cuando la joven Isabella Swan, de un pequeño pueblo de Washington llamado Forks, recibió la carta de aceptación para la escuela Juilliard, murió al acto. De hecho, subió al cielo y luego volvió para poder ir a hacer la matrícula acompañada de su padre, que tenía unos días libres. Ella, que había pasado todos los días desde la audición pensando que lo había hecho fatal, que había sido basura y que jamás la iban a aceptar (dando con eso por finalizada su carrera como actriz, porque no creía que fuera a ser capaz de sobrellevar semejante disgusto), se dirigía ahora hacia Nueva York, donde su sueño empezaría a cumplirse.

Aunque Bella siempre había sido una chica muy patosa y algo tímida, desde pequeña había tenido la fijación para ser actriz. Y, aunque sus padres estuvieran divorciados, la convencieron de que terminara los estudios para ir a la universidad mientras preparaba las audiciones para Juilliard, meta que se había fijado ella misma una vez descubrió que era el mejor conservatorio de artes escénicas de país. Quizás del mundo.

Llegaron al flamante edificio tras un viaje realmente largo que duró varios días. Bella podía sentir la emoción contenida en su cuerpo cuando sus pasos resonaban por el recibidor de la escuela. Había conseguido llegar allí y, ese simple hecho, ya valía todo el esfuerzo que había costado, para ella y para sus padres.

Mientras la mujer de recepción hacía que su padre rellenara los formularios para realizar la matrícula, otra joven le dijo que estaban a punto de empezar con un pequeño de tour de presentación de la escuela. Le dijo que subiera a la primera plante y ella lo hizo. Allí había un grupo reducido de alumnos tan emocionados como ella, liderados por un joven de cabello cobrizo, que se quedó mirándola embobada unos instantes suficientes para que ella reparara en eso y enrojeciera. En aquel momento no supo que eso iba a marcar fatalmente su estada en la escuela Juilliard…

12:04pm.

—¿Bella? —Rosalie había aparecido de la nada en su despacho y la miraba desconcertada.

—¿Sí? —contestó ella, extrañada. La mañana le había pasado volando rememorando tiempos pasados con su ex. No era normal que Rosalie la fuera a visitar al trabajo, pero todavía tardó unos minutos en percatarse de eso—. ¿Qué haces aquí? —preguntó al final.

Su amiga rebuscaba entre varias bolsas de diferentes tiendas de ropa de la ciudad; habría ido de compras esa mañana para matar el tiempo. De hecho, Rosalie trabajaba como modelo de vez en cuando. El resto del tiempo se dedicaba a coquetear con hombres a espaldas de su prometido, con quien sólo se casaba por conveniencia familiar: Royce King era el heredero de una impresionante empresa multinacional que había salvado de la fallida económica a la empresa de los Hale, dos años atrás. Nadie le había dicho a Rosalie que se prometiera con él, pero sabía cómo era. ¿Y qué más le daba estar legalmente atada a alguien si se podía divertir de todos modos durante los viajes de negocios de Royce?

—Emmett me ha dicho que tienes una cita en el Metropolitan Grill —le explicó, guiñándole el ojo. Ella iba a replicarle que no se trataba de una cita, pero su amiga continuó con la explicación—, y yo he pensado que no tenías nada decente para ir al Metropolitan. Así que tómalo como un regalo adelantado de Navidad —bromeó, tendiéndole varias bolsas.

Pudo identificar el nombre de distintas tiendas de la ciudad, todas demasiado caras para el salario que ella ganaba. También había el nombre de una zapatería y de una tienda de bolsos.

—¡Rosie! —exclamó Bella—. ¿Cómo voy a pagarte todo esto?

La rubia se rió.

—Regalo de Navidad —continuó—. Debes impresionar a tu ex.

Bella enarcó una ceja.

—O sea, que Alice te ha contado sus teorías basadas en culebrones de la tele —murmuró la morena, hastiada. Su pequeña compañera de piso la había llamado dos horas antes para darle recomendaciones sobre qué hacer, qué decir y cómo actuar. Ya sé que no puedo darle de comer a partir de las doce, ni se puede mojar, ni le puede dar la luz, le replicó ella, como si estuvieran hablando de gremlins, antes de colgarle el teléfono.

—No, todavía no he hablado con Alice —le contestó Rosalie, con una amplia sonrisa, mientras se apoyaba en su mesa—. Pero imagino qué te habrá dicho, así que no lo olvides, ¿de acuerdo?

Bella rodó los ojos.

—Puedo repetírtelo. No tengo que ir al gimnasio hasta dentro de tres horas —amenazó, con una dulce voz.

—¡Me acuerdo de todo perfectamente! —exclamó Bella, levantándose de la silla, enfadada al fin. ¿Es que no iban a dejarla en paz!

Rosalie se sobresaltó y se apartó un poco de ella.

—Ahora me vas a escuchar tú a mi —la apuntó con el dedo—: no es una cita, sólo vamos a cenar; no voy a ponerme tu ropa, porque me da igual qué piense de mi; no voy a seguir los consejos de Alice, porque están basados en malditos culebrones televisivos; y… —pero se quedó callada de golpe.

Rosalie había sacado de algún lugar misterioso (¿O acaso lo había llevado siempre en la mano?) un vaso de plástico del Starbucks; le quitó la tapa y, sin previo aviso, y con una amplia sonrisa el los labios, le lanzó el contenido encima.

La gran mancha de café se esparció por su camisa blanca hasta la falda negra, de donde le bajaron varias gotas por las piernas.

—¡Rosalie! —rugió Bella, realmente furiosa, yendo hacia ella amenazante.

La rubia agarró sus bolsas y echó a correr, dejándole allí las bolsas de tu conjunto nuevo. ¿Cómo lo hacía para ir tan rápida con aquellos taconazos de aguja impresionantes? Bella jamás la alcanzaría, a menos que se quitara los zapatos (y eso, con la mancha, sería lo que le faltaría para que todo su departamento pensara que estaba loca).

—¡Ponte mi ropa! —oyó que le gritaba, antes de desaparecer por la puerta.

Bella se volteó hacia las bolsas. Miró la hora y su mancha en la ropa.

12:10pm.

No tenía otro remedio que cambiarse de ropa.

21:16pm.

Caminaba por la segunda avenida de Seattle con paso apresurado. Por suerte, Rosalie le había comprado unas bailarinas de color beige, a conjunto con una elegante falda del mismo color que iba desde la cintura hasta la rodilla, y una camiseta blanca con unos bordaditos de flores.

Demasiado elegante para ser su estilo, pero correcto para ir al Metropolitan Grill, pensó, al verse reflejada en el escaparate de una tienda.

Había salido un poco antes del trabajo aprovechando que el jefe también lo había hecho; quería llegar antes que Edward al restaurante, porque ese era uno de los consejos que le había dado Alice. Debía dominar la situación, y recordar cómo se habían conocido no había hecho más que reforzar esa frase de su compañera.

De pronto, se paró en seco.

Eso funcionaría con cualquier chico normal, pero no con él; Edward Cullen era un mundo aparte. Si ella llegaba antes, iba a pensar que estaba absolutamente desesperada por verlo. Debía hacerse rogar.

No es nada trascendental en mi vida, no merece el mínimo caso. ¡Él debe esperarme a mí!, se dijo, volteándose hacia la primera tienda que encontró.

Habían quedado a las nueve y veinte. Iba a llegar a y media; él ya habría tenido tiempo de aposentarse y empezarse a preguntar dónde estaba ella. Luego aparecería ella, por la puerta, recién maquillada (debía acordarse de eso antes de entrar), con una amplia sonrisa y le diría alguna frase cordial.

Y luego le pediría perdón por el retraso, y lo culparía a 'otros asuntos'. Él iba a molestarse, seguro.

21:19pm.

Empezó a caminar hacia el restaurante con paso tranquilo.

Había llegado allí a las nueve y media en punto. Seguramente, Edward ya estaría allí esperándola, porque siempre había sido muy puntual.

Se acercó a la luz de una farola, y se retocó el pintalabios y el colorete. Una pareja que pasaron por su lado la miraron extrañados, y ella les sonrió sonrojándose. ¿Qué hubiera pensado ella si se hubiera encontrado con una tía vestida de forma muy fina apañándose como podía con la luz intermitente de una farola?

Suspiró mientras guardaba sus cosas en el bolso, y entró al restaurante.

Era un lugar alargado, con moqueta estampada con motivos florales oscuros en el suelo, y paneles de madera de nogal en todas las paredes. Las mesas estaban cubiertas por manteles blancos, y las sillas y sillones tapizados terciopelo verde botella. Del techo colgaban distintas lámparas antiguas, o eso le pareció a ella.

Se le acercó un camarero.

—Buenas noches, señorita —la saludó, amablemente—. ¿Tiene reserva?

No había pensado en eso, la verdad. Pero seguramente Edward sí.

—A nombres de Edward Cullen, o quizás de Bella Swan —se explicó ella. El camarero asintió antes de dejarla unos instantes. Cuando apareció de nuevo, le hizo una indicación para que le siguiera.

Se dirigió hacia el final del restaurante, donde las mesas estaban más separas las unas de las otras, y había algunos biombos de nogal entre ellas. La condujo hacia la que estaba más cerca de la ventana, que daba con las esquina de la calle Santa Marion.

Pero eso a ella le daba igual, porque Edward no estaba allí. ¡Maldita sea!

—El señor Cullen llamó hace unos minutos diciendo que le había surgido un imprevisto y que iba a llegar tarde —le explicó el camarero, ayudándola a sentarse. Ella sonrió, aunque en lugar de eso tenía ganas de lanzar la silla por la ventana—. No creo que tarde mucho.

—Genial —otra sonrisa falsa.

Miró el reloj.

21:33pm.

¡Maldito Edward! ¡Le había robado el plan!

Estaba completamente segura de que eso no era ninguna casualidad. Lo conocía demasiado bien como para equivocarse. Él era él, y punto. Pero ahora que sabía con qué se enfrontaba, iba a poner en marcha todos los consejos de Alice.

¡Pero primero el de Rosalie!

Se desabrochó los tres primeros botones de la camisa. Imaginó que no sería un escote suficientemente exagerado. Desabrochó el cuarto. Su amiga le había dejado una notita junto con la camisa: ¡Que luzcan los atributos femeninos!

Miró de nuevo el reloj, mordiéndose el labio inferior.

21:34pm.

—Hola, Bella —saludo una voz demasiado conocida.

¡Demasiado!

Levantó la mirada. Unos zapatos de piel negros, que como mucho se habría puesto tres veces; unos pantalones oscuros, de color marrón; una camiseta de seda carmín, que enfundaba un cuerpo de espanto.

Y ahí estaban sus ojos; esos ojos verdes, demasiado brillantes para ser reales.

Bella sonrió, poniendo en marcha su plan. Iba a recurrir a viejas técnicas.

—Hola, Edward —se había acercado para darle un beso en la mejilla. Utilizaba el mismo perfume que cuando le conoció.

Ambos se sentaron, sin apartar la mirada el uno del otro. Ella sabía qué estaba pensando el chico, o eso quería creer. Iba a decirle exactamente lo que él quería sentir, sobre cualquier cosa.

—Y bien, ¿Qué te trae por Seattle? —le preguntó ella.

El sonrió, mostrando cada una de las piezas de esa dentadura perfecta.

—Trabajo. Estoy barajando nuevas posibilidades por la zona —le explicó, desviando la mirada. Eso lo hacía siempre que quería hacerse el modesto, pensó ella—. Entre cine y teatro, ya sabes.

—Genial —repuso Bella—. Así que terminaste bien en la Juilliard, ¿no?

Él sonrió.

—Aunque no he conseguido todavía un buen papel, he venido a hacer un cásting que puede ser interesante… bueno, ya sabes como va esto, ¿no? —había desviado la mirada de nuevo. Genial, ¿Iba a restregarle que él había terminado los estudios cuando ella los había dejado a mitad del primer curso por culpa de él?

—No del mismo modo que imaginas. Trabajo en una productora, pero no como actriz —explicó ella, encogiéndose de hombros—. Necesitaba el dinero y como actriz no me cogían —la verdad, pura y dura, a ver si se atisbaba un poco de culpabilidad en aquel rostro sin imperfecciones—. Ya sabes, como lo dejé todo a los pocos meses… En mi currículum puse que me habían aceptado a la Juilliard, pero creo que nadie cree que fuera buena si me fui a los pocos mese.

Apareció el camarero con las cartas y se alejó.

—Invito yo —le dijo él. Ella iba a negarse, pero algo en su mirada le indicó que no iba a ser tan fácil.

—Muchas gracias —contestó ella, y abrió la primera página.

¡La ensalada más barata costaba $30!

El precio debió reflejarse en sus ojos, porque él sonrió y añadió:

—No te preocupes por el precio.

21:43pm.

Iba a ser una noche realmente larga.

22:54pm.

Quedaban pocas personas en el restaurante y, encima de la mesa que había entre ambos, sólo quedaban los platos sucios de la comida. ¡Menudo atracón se había pegado Bella! Sonrió al recordar que TODO iba a pagarlo él.

—No es una historia tan divertida —se encogió él de hombros. Había malinterpretado su gesto, pero no había causado ningún problema.

Habían hablado de antiguos compañeros de la escuela (Al parecer, Lauren Mallory había tenido mellizos y el padre no quería saber nada de ellos), de trabajo (ella le había contado que era la secretaria de Weber&Weber's, pero omitió el hecho de que fuera la del jefe), de la familia (sus padres, Carlisle y Esme, las personas más encantadoras que había conocido nunca, seguían perfectamente) y de las últimas vacaciones (Bella fue a Pórtland con Ángela y las chicas del piso, y Edward se fue a Tailandia durante dos meses).

Pero todavía quedaba un tema pendiente.

—Un Manhattan —le dijo Edward al camarero, cuando se acercó para preguntarles si querían algún cóctel.

—Otro para mi —repuso Bella. No había vuelto a probar ninguno desde que lo dejaron, pero cuando él pronunció esa palabra, le vino en mente la maldita cerecita con la que tanto habían jugado tiempo atrás.

¿Se lo tomaría él como una insinuación?

—Y bien, ¿Tienes pareja? —le preguntó.

Sí, se lo había tomado como una insinuación.

—No —contestó ella, de forma redundante.

¿No? ¿Desde cuando le mentía? Le había estado contando TODO lo que había sucedido en su vida, para que su ego fuera aumentando y para que así su caída fuera más estrepitosa. ¿Por qué le había mentido en eso?

—¿Y tú? —añadió ella, con curiosidad.

—Sigo siendo alérgico al compromiso —se encogió de hombros.

Ella se rió. Llegaron los primeros Manhattans. Porque desde luego él no iba a dejar que esos fueron los últimos. Y Bella estaba dispuesta en aceptar el desafío.

2:47am.

Él la había acompañado hasta su piso, tras prometerle que iría con mucho cuidado en su estado de embriaguez. Ambos iban demasiado borrachos como para discutir mucho tiempo, y ella iba a bajar del coche, cuando él la cogió por la muñeca.

—¿De verdad vas a irte así? —imploró él, mirándola con esos ojitos verdes, de corderito degollado—. Podríamos ir a mi habitación en el Hilton.

Incluso borracho tenía que ser presuntuoso.

—Prefiero mi cama, la verdad —contestó ella. Él la miraba con fuego en los ojos. Era ese el momento clave—. Aunque claro, todo puede cambiar, ¿No? —se había movido un poco, suficiente para que su falta subiera un poco por encima de la rodilla.

La mirada de él se desviaba desde el final de la falda hasta el escote. Estaba haciendo cálculos, evaluando las posibilidades. Todavía no creía que pudiera ser tan fácil. Debía lanzarse un poco más.

—También podrías subir tú a mi piso —le invitó ella, pasándole un dedo suavemente por encima del hombro izquierdo.

Él se mordió el labio inferior.

Era ese el gesto que Bella había estado esperando; siempre hacía eso cuando la razón empezaba a abandonar su cabeza y se convertía en otro tío más del montón.

—Me parece perfecto —comentó, apagando el motor del coche.

¡Ahora!

—¿Sabes qué? —dijo ella de pronto—. Creo que el primer plan era mejor —asintió con la cabeza, despreocupadamente, ante la mirada atónita del chico—. Mañana tengo otras cosas que hacer, y no me gustaría llegar tarde por… —se encogió de hombros—. Bueno, por algo que ya conozco —sonrió, maliciosamente.

Él la miraba pasmado, con la boca medio abierta, y la mano derecha todavía alrededor de las llaves de contacto.

—¿Cómo? —pronunció él. Ella pudo imaginar el cambio del tío del montón a frívolo mujeriego.

—Creo que por hoy ya he malgastado suficiente tiempo contigo —le espetó, con otra sonrisilla—. Mañana puedes llamar a cualquier otra para representar el papel de hombre perfecto. Conmigo no cuela. No voy a caer dos veces con la misma piedra, Edward.

Bajó del coche y cerró la puerta de golpe.

Mientras se dirigía hacia el portal de la casa, oyó cómo se bajaba el cristal de la ventana. Se volteó, y vio, entre las sombras, como él la miraba.

—No te he engañado en ningún momento, Bella —le dijo en voz suficientemente alta como para que ella lo oyera—. Tú sabrás qué estás rechazando —concluyó, antes de encender su flamante coche, y largarse del lugar.

Bella se rió. Hipócrita, a ella no iba a engañarla otra vez.

Iba a abrir la puerta. ¡Pero se había olvidado el bolso en el coche! ¡Maldita sea!

3:00pm.


Bueno, esto ha cambiado un poco de cómo era antes. A partir de ahora, todo serán capítulos nuevos. ¿Qué os ha parecido? ¡Espero que os haya gustado! Como siempre, tendréis un pequeño adelanto en mi blog (http : / efffies . blogspot . com/) en los próximos días y tal. También podéis agregarme a twitter (efffie_) ante cualquier pregunta.

Ah, sí. Si queréis dejar rr y ya lo hicisteis la otra vez, debéis hacerlo sin logear. De otro modo, no os dejará. No sé cómo hacerlo para que se borren los antiguos rr, si alguien lo sabe y puede decírmelo, le estaría agradecida.

Un beso enorme,

Eri.