Capítulo 2:

Mei-san le cepillaba el cabello recién lavado, mientras Hisana se sentía como una muñeca frente al espejo. Solo con una yukata blanca sentada de rodillas sobre un cojín de bellos bordados, podía ver como la mujer se afanaba por recuperar ese pelo sin cuidado por años. De pronto llegó con unas tijeras y sin previo aviso cortó más de la mitad de su larga cabellera. Tomó la coleta y se la enseñó a través del espejo.

-Quemado –le indicó –No podemos dejar que Byakuya-sama vea este desastre… -vio el rostro descompuesto de la chica –Tranquila ya crecerá.

Hisana asintió en silencio. Mei-san le pasó un cepillo por los hombros y espalda para retirar los cabellos cortados que quedaron adheridos a su piel y tela de la yukata. Tomó un par de pequeños frascos de frente a la muchacha y destapó primero uno y luego el otro acercándoselos a la nariz. Luego le puso uno frente a la nariz de la morena. Ella aspiró, una dulce fragancia, olía a frutas.

-Huele bien…

-Lo mismo pensé –le sonrió la mujer, se puso un poco del aceite en las manos. –Vamos a ver… un poco en el cuello –le pasó las manos suavemente por la piel donde nace el cabello –en las muñecas –le obligó a dar vuelta las palmas para frotarle las muñecas. Le levantó la yukata con habilidad y le frotó los muslos, la chica se cubrió rápidamente avergonzada. –Tranquila, lo he hecho mil veces –le aclaró limpiándose el aceite con una toalla. –Ahora vamos a ver qué tenemos para vestirte… Byakuya-sama mandó a pedir varios kimonos, yo misma los elegí. –le sonrió –Son todos muy lindos, te gustarán, pero queremos impresionarlo, ¿verdad?

Hisana desvió la mirada hacia el jardín. Soltó un suspiro.

-¿Qué? –preguntó la mujer sacando una caja de un armario. La dejó en el suelo y se puso frente a la chica -¿No me vas a decir que nunca has estado con un hombre antes?

Hisana sonrió ladeado.

-Claro que sí, sobrevivir a la pobreza implica muchas cosas –la mujer asintió, ella parecía perdida en sus recuerdos –Por comida o alojamiento… por evitar que tocaran a mi hermana… por transitar a horas peligrosas. No soy ninguna inocente paloma –su mirada era triste y avergonzada.

-Entonces sabes lo que tienes que hacer –Mei se alzó de hombros despreocupada –Y créeme que el señor también sabe de dónde vienes… no creas que piensa que eres una chiquilla virginal, de otro modo no te hubiera tomado para esto. –suspiró –La vida de una concubina no es fácil tampoco, tendrás que soportar muchas cosas… pero si ya lo has hecho por tus hermanos, creo que puedes seguir haciéndolo… -la miró seriamente –Solo prométeme que no dejarás que doblegue tu espíritu, niña, finalmente es lo único que nos queda…

Hisana asintió, Mei sacó el kimono de la caja y lo puso frente a la muchacha.

-Este está perfecto.

La morena sonrió.

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Mitsuki llegó puntual frente a la guardería. Una de las mujeres que trabajaba allí la quedó mirando extrañada, reconocía que era una de las criadas de la mansión Kuchiki. Se acercó a ella.

-Busco a los hermanos de Hisana Aironi –le dijo con una sonrisa que invitaba al cotilleo.

-¿Así? –preguntó la mujer entendiendo aquel gesto -¿Y por qué una mujer de una casa tan importante y que no es una empleaducha cualquiera viene por un par de bastardos?

-¿No sabes, querida mujer? Si todo el Seireitei habla de lo mismo. El joven Kuchiki-sama ha tomado a la hermana de los niños por concubina, por lo que los niños han pasado a ser cuestión de la mansión… y me han nombrado su nana.

La empleada de la guardería bufó.

-No es ni tan guapa, debe ser muy buena en la cama la mujer -se sonrió maliciosa

-¿Cuáles de todos son los niños?

La mujer se perdió en el jardín hasta traer a ambos niños de la mano. La criada los quedó mirando, por Dios que esa tarde tendría trabajo tratando de hacer de ese par de mamarrachos un poco presentables.

-Vamos, pequeños –se los quitó de las manos a la empleada de la guardería –Ya no volverán, se les educará en casa.

-Perfecto –asintió la mujer –Le avisaré a Masaki-sama. –la criada la quedó mirando curiosa –Lleva un catastro muy estricto de los niños.

Mitsuki asintió y se perdió por la calle con ambos niños, quienes miraban a la mujer sin entender qué sucedía con su hermana. La criada cayó en ello y los soltó de las manos, se arrodilló frente a ellos, arreglando la yukata de Rukia y pasando una mano por el corto cabello de Renji.

-Niños, desde ahora yo cuidaré de ustedes, pueden llamarme Mitsuki-sama –les dijo, los niños la miraban con preocupación –Su hermana está en la mansión Kuchiki, que es donde ustedes vivirán a partir de ahora. Kuchiki-sama ha decidido proteger a su hermana y permitir que nosotros cuidemos de ustedes.

Los hermanos intercambiaron miradas sorprendidas por un segundo. Rukia abrió la boca, su voz sonó suave y tímida.

-¿Mi hermana será una princesa?

Mitsuki se conmovió con la pregunta, le acarició el rostro.

-Lo más cercano a lo que una chica como tu hermana puede parecerse a una princesa –le dijo suavemente. Rukia sonrió emocionada –Y quizás, algún día tú también seas como ella… si pones de tu parte, claro –la niña asintió con los ojos brillantes –Y tú –le dijo a Renji –Podrás ser un guardia, ¿te parece bien? Tendrás tu propia katana, todo un samurái, ¿eh? –el niño sonrió ampliamente.

Volvió a ponerse de pie y los tomó de las manos. Por los niños esperaba que esa Hisana cumpliera con las expectativas, solo por los niños…

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Nanami le había informado hace unas horas que sus hermanos ya habían cenado y se encontraban durmiendo, ya podría verlos por la mañana. Nunca había pasado una noche lejos de ellos, quizás en la habitación conjunta, pero nunca apartados.

Era ya la madrugada, había abierto la puerta corrediza que daba al jardín y desde el futón contemplaba la noche, cubría su pecho con las tapas, le daba la espalda desnuda al hombre que dormía junto a ella. Soltó un suspiro pesado y se volteó momentáneamente a contemplar al líder del clan Kuchiki. Era simplemente hermoso. Nunca había estado con un hombre así… Tampoco había estado con un hombre que la hubiera tratado con tanto respeto… si había alguna manera de decirlo cuando sabía que estaba cambiando sexo por comodidades.

Pero ese hombre no había tenido sexo con ella, le había hecho el amor.

Se llevó las manos a la cara antes de soltar un hipido que trató de contener, pero las lágrimas comenzar a correr por sus mejillas sin poder detenerlas. Se sentía sucia, no por hoy, sino por lo anterior. Por no haber sabido esperar por ese hombre…

-¿Qué pasa? –escuchó a su espalda, un murmullo.

-Solo se me metió una basura en el ojo…

Byakuya se sonrió divertido ante la mentira de la mujer, se incorporó y puso una mano en su hombro, ella no se volteó.

-Mírame –le dijo.

Ella negó.

-No soy digna de mirarlo, señor –respondió bajando la vista a sus manos reteniendo la ropa contra su pecho.

-Te estoy autorizando, Hisana. Mírame –ella se volteó con una mezcla de vergüenza y temor, él leyó el sentir de la muchacha en su rostro –Dime que no estás así por mí…

-No, señor, no es por usted –negó con la cabeza desordenando su cabello, él le ordenó una par de mechones tras las orejas.

-¿Entonces?

Ella permaneció en silencio. Él suspiró, ella no confiaría en él fácilmente, era esperable.

-Volvamos a dormir, mañana tengo muchas cosas que hacer y no quiero dormirme en medio de mis labores –le dijo volviendo a acostarse. –Ven.

Ella se recostó, él la acomodó sobre su pecho y la abrazó.

-Señor… -murmuró ella.

-¿Sí?

-¿No debería dormir en su habitación?

-Mi casa, duermo donde quiera… -dijo como un niño consentido. –Y hoy quiero dormir aquí.

-Sí, señor. –respondió cerrando los ojos, escuchando la respiración del hombre.

-Mañana asumo como capitán de la sexta división del Gotei 13 –le confidenció rompiendo el silencio. –Estoy algo nervioso… Ese puesto lo tuvo mi abuelo hasta ayer, que renunció al cargo para que yo asumiera. Nunca he salido del Seireitei y de pronto tener que salir al mundo da algo de ansiedad.

Hisana se sorprendió, ¿por qué le confiaba eso a ella? ¿Serían esas las funciones de una concubina, escucharlo además de entregarle su cuerpo para su satisfacción? Mei le había dicho que las concubinas cumplían las funciones que las estiradas mujeres nobles no estaban dispuestas a cumplir…

-Lo hará increíble, señor, seguro está a la altura para cumplir con ello.

-¿Tú crees?

-Claro –dijo ella con seguridad. –Y si tiene dudas, pregunte a sus camaradas. No tiene nada de malo pedir ayuda de cuando en vez…

-Gracias –le susurró.

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-Quédate quieta, Rukia-chan –Mitsuki le jaló el cabello ligeramente y la chica bufó –Si mueves la cabeza no podré terminar de quitarte las liendres… ¿Por qué no puedo cortarte el pelo como a tu hermano? –suspiró cansada.

Renji era frotado en la cabeza por Mei con un líquido que olía realmente mal, se tapaba la nariz y respiraba sonoramente por la boca.

-Pásame el peine, Mei-san –le dijo la menor de las mujeres a su colega, la mayor le entregó el peine –Vamos a ver si esto me ayuda un poco, era un peine de madera con los dientes tan delgados y uno junto al otro que Rukia pensó que le sacaría cada pelo de la cabeza, aguantó las lágrimas –Es esto o te afeito la cabeza.

La muchachita se mordió los labios intentando no llorar del dolor. Mitsuki tomó el líquido que Mei le echaba en la cabeza al hermanito de la chiquilla y le dejó caer el frasco completo al tiempo que le cepillaba una y otra vez con ese maldito peine.

Nanami aparecía por el pasillo.

-Byakuya-sama viene, lleven a los niños dentro, que no los vea.

Las mujeres tomaron a los muchachitos del brazo y los arrastraron a la sección de los criados. No debían ser oídos y vistos por los residentes, tal como cualquier sirviente. Si bien el líder del clan Kuchiki sabía de la existencia de los mocosos, no era correcto que los viera, su única relación era con la hermana de los niños… los niños eran un accesorio, la carga que ella traía.

Los otros sirvientes de la mansión decían que los niños no eran hermanos de la concubina, sino sus hijos, engendros de quien sabe qué borracho de las calles del inzuru. Para ellos Hisana no era más que otra aprovechada, una prostituta que había escalado en la pirámide. Y los niños les importaban bastante poco, de hecho a muchos les desagradaba su presencia, eran bulliciosos y solían andar rondando husmeando en todo. Mitsuki los disculpaba, eran niños… los niños eran ruidosos y movedizos. Por lo mismo ella no podía andar tras ellos todo el día.

Kuchiki-sama en su inmensa benevolencia –comentaban los sirvientes- había contratado un instructor para los niños, de manera que aprendiesen a escribir y leer, matemáticas, ciencias, o todo aquello que necesitarían para la vida. Uno de los guardias había sido designado para que comenzara a entrenar a Renji y Mitsuki debía enseñar a Rukia a ser una pequeña dama. Claro que para otra chica del rukongai era bastante difícil enseñarle algo… por lo que Mei amablemente la dispensó de aquello tomando su lugar. Varias veces tuvo que sufrir el buscar a la pequeña morena por toda la mansión, quien escapaba de ella sobre todo en las clases de Shamisen.

-¿Qué haces aquí, pequeña? –le preguntó al verla junto a la jaula de los conejos cercano a la cocina.

-Le doy pasto a los conejitos –le respondió con una sonrisa inocente.

La mujer se acercó a ella y miró a los animalitos en la jaula.

-Son muy lindos, ¿verdad?

-¿Puedo tener uno?

-Le preguntaremos a Kuchiki-sama

La niña sonrió ampliamente. Desde entonces la niña pasaba tardes enteras junto a los conejos viéndolos crecer, hasta que eran tan grandes que casi no cabían en la jaula. Uno a uno iban desapareciendo, la señora de la cocina le decía que se iban a vivir al bosque porque ya eran grandes. Hasta que una de las criadas de la cocina molesta porque Rukia no quería comer sus verduras le escupió:

-No te comes tus verduras, pero te estás comiendo a tus conejos, piojenta.

Claro que el despido no se hizo esperar, como tampoco lo hizo el vómito de la pequeña en la misma mesa cuando la sirvienta dejó caer su macabro comentario. La mujer de la cocina no pudo sino querer matar a esa maldita. Niños que lo habían pasado tan mal, esa pobre niñita que era un angelito inocente… La maldad de los adultos a veces no tenía medida.

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Nanami caminaba junto a su amo, a una distancia prudente. Lo había guiado por los pasillos de la mansión, a pesar de ser el dueño no conocía los recovecos como él lo hacía. Lo quedó mirando desde el pasillo para cuando el líder del clan bajaba al prado y caminaba hacia la jaula de los conejos, junto a ella la niña estaba abrazando sus rodillas. Byakuya se arrodilló frente a ella.

-Hola –le dijo, la niña lo miró con los ojos llorosos. -¿Qué te pasa?

-Me comí a los conejitos… -respondió hipando.

-No creo que te los hayas comido… creo que escaparon –comentó mirando a la jaula –Yo creo que el seguro estaba malo… preguntale a Nanami sino me crees.

La niña miró al mayordomo con duda.

-¿Sabes quién soy? –preguntó, ella negó con la cabeza. –Yo soy el dueño de todo esto… -ella lo miró asustada. -Tu hermana me dijo que extrañabas a tus conejos –sacó de su espalda y conejo de tela –Este no escapará –se lo entregó, la niña lo miró ensoñada y lo abrazó. Byakuya sonrió y le revolvió el cabello -¿Por qué no vas a jugar con él? Busca a tu hermano…

La niña le sonrió ampliamente y se puso de pie para ir en busca de Renji. Byakuya volvió donde Nanami.

-Asumo que ya despediste a esa mujer descriteriada… -comentó retomando los pasos hacia el sector de las habitaciones.

-Por supuesto, señor –asintió el mayordomo.

-No quiero saber que nadie dañe a esos niños, ¿me escuchaste? –una orden.

-Sí, señor.

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Antes de recibir tomatazos debo decir que creo que Byakuya se volvió un insensible luego de la muerte de Hisana, antes me imagino que era alguien más o menos agradable. Sobre todo al ver como era con Yoruichi, un chico completamente normal. Decidí hacer este capítulo bien familiar, cosa de sentar las bases de lo que viene. Espero les haya gustado. Ya saben tomatazos, sugerencias, amor y demases al botón review de acá abajo.