Cabalgue bajo la tenue luz de la luna silenciosamente, solo con el galope de mi caballo acompañando a ritmo perfecto los latidos de mi corazón.
No me encontraba muy lejos de mi destino. Me encontraba a dos kilómetros, tal vez uno y medio de Galveston. Allí debía dirigirme luego de haber enviado al grupo de civiles que me tocaba evacuar.
Pero algo captó mi atención y detubo mi camino. Sorprendido, le di la orden a mi caballo de frenar y desmonte para acercárme al trío de damas que había divisado.
Se voltearon para mirarme, y aquel simple acto me hizo frenar en mis pasos, petrificado. Eran preciosas. Eran las muchachas más hermosas que había visto en mi vida. Las tres parecían ángeles caídos del cielo. Sin duda, era una belleza inhumana.
¿Que estarían haciendo solas en medio de la noche? Debían de ser unas rezagadas. No eran parte del grupo de evacuación que se me había asignado. Jamás podría haber olvidado aquellos rostros.
El relinchar y la inquietud de mi caballo me hicieron volver en sí. Me volteé e intenté tranquilizarlo, tratando de recuperar mi respiración. No había notado que había dejado de respirar hasta el momento.
Pude oí la melodiosa risa de una de ellas, y volví mis ojos nuevamente al trío. Había sido una de las dos rubias la que había reído.
- Se ha quedado sin habla – se regodeó con una aguda pero delicada voz.
La segunda rubia, de una cabellera prácticamente albina y angelical rostro se inclinó hacia mí con los ojos entornado y respiró hondamente, satisfecha.
- Embriagador – suspiró para luego sonreír.
- Nettie, concéntrate – advirtió con una musical y suave voz, aunque cortantemente la más pequeña, de facciones claramente mexicanas, tomándola fuertemente por el brazo. Su azabache cabello ondeó ante aquel leve movimiento bajo la luz de la luna.
No comprendí nada de lo que hablaban, y estaba demasiado embobado como para esforzarme en intentarlo, pero si pude notar que aquel bello ser de morena cabellera, sin duda, era la voz cantante del trío.
- Es bien parecido… joven y fuerte… todo un oficial… - me sonrojé mientras la morena hablaba antes de pausar. Trate de hablar, pero nada salió de mi boca – Pero, hay algo más… si, ahí esta. Hay algo más, ¿lo perciben? Es… es… persuasivo. Si, esa es la palabra... Es persuasivo –
- Si, si. Se percibe, María – asintió la rubia Nettie mientras nuevamente se inclinaba hacia mí.
- Ya me has oído; contente – ordenó nuevamente la morena, María, para luego sonreírme – Le voy a conservar –
El angelical rostro de Nettie reflejó su irritación mientras fruncía el ceño.
- Haces bien en creer que puede servirte, María. Yo suelo matar al doble de los que conservo – habló la otra rubia también dedicándome una encantadora sonrisa que me dio un escalofrío.
- Si, lo se. Lo conservaré – agregó María – Éste si me gusta. De veras me gusta – su sonrisa desapareció y una sombra oscureció su rostro – Aparta a Nettie. No quiero tener que estar cuidándome las espaldas mientras trabajo –
El vello de la nuca se me erizó. A pesar de aún no entender que ocurría ni de que hablaban, algo me decía que estaba mal. Muy mal. Mi caballo relinchó y se paró sobre sus cuartos traseros nuevamente, como si respondiera a mi pensamiento. No pude intentar tranquilizarlo (aunque no solté sus riendas), ya que me encontraba petrificado en mi lugar, incapaz de reaccionar, pensar, o huir.
Huir.
No podía huir. Ni aunque mi cuerpo hubiese podido responder. No podía huir de aquellas bellísimas mujeres. Nadie me había enseñado a temerle a un trío de indefensas damas.
- Vamos de caza – la voz de Nettie me sacó de mis cavilaciones, y pude ver como con entusiasmo tomaba la mano de la otra rubia.
Sorprendido pero encantado con su gracia, las vi alejarse, con una velocidad tan inhumana como su belleza, mientras sus cabellos flameaban tras ellas como la cola de una estrella fugaz.
Me volteé hacía María atónito, mientras ella me estudiaba con curiosidad.
Aun no podía creer lo que estaba viviendo. Siempre había sido una persona muy racional, con los pies bien puestos en tierra. Pero esto realmente me estaba haciendo flaquear acerca de lo que conocía... o acerca del equilibrio de mi cordura.
-¿Como te llamas, soldado? – nuevamente, era una de sus melódicas voces las que me traía de vuelta a la realidad.
- Mayor Jasper Whitock, Señorita – balbuceé torpemente mientras me enderezaba.
Fantasma o no, era una dama. Mi caballerosidad no me permitió dar otra respuesta que no fuera esa.
- Bueno, Jasper, de verdad, espero que sobrevivas. Tengo un excelente presentimiento sobre ti – me aseguró con suavidad mientras se acercaba a mí.
Me caballo relinchó salvajemente mientras tironeaba de sus riendas hasta lograr que se me escaparan de las manos. Viéndose libre, huyó a toda carrera en dirección a Galveston. No me importo. No me importo en lo más mínimo. Mis ojos seguían cada grácil movimiento de María y nada más.
Ella me sonrió mientras tomaba mi cara entre sus manos. Mi corazón se aceleró mientras mis mejillas ardían. Mi cuerpo gritaba que huyera. Mi cabeza gritaba que huyera. Pero me era imposible moverme.
Aún sonriente, María inclinó mi cabeza a un costado con suavidad. No me resistí, ni pregunté que se proponía. Sus fríos labios se encontraron con mi cuello, poniéndome la piel de gallina, pero yo seguí sin cuestionar su extraño comportamiento. Pronto, sentí una punzada de dolor donde antes había sentido frialdad. Despertando de un ensueño, tomé a María por los hombros con deseperación e intente alejarla de mí.
En vano. No podía removerla. Solo al cabo de unos segundos se alejó de mí, llevandose su delicada mano a su boca mientras yo oprimía con fuerza la herida de mi cuello.
- De verdad espero que sobrevivas, Jasper - repitió con sus ojos cerrados mientras algo en mi pecho aumentaba de temperatura.
- ¿Que... que me has hecho? - apenas pude articular mientras aquella sensación en mi interior crecía y aumentaba aun más de temperatura, hasta llegar a quemar.
María me sonrió.
- Pronto veras - respondió con serenidad mientras yo llevaba mis manos a mi torso, abriendo mi camisa en busca de aquello que me ardía cada vez más.
