Todavía me siento algo insegura con éste fic…

De cualquier forma, en los capítulos siguientes se irá forjando más y más la relación de Dean y Cas; y aparecerán nuevos personajes como Charlie, Meg, Crowley, Balthazar, Bobby entre muchos otros ;)

Capítulo

1

El banquete en honor a la batalla de Vanadis fue un trago amargo para Dean.

El pato asado con ciruelas pasas, el jamón servido con avellanas, el pan recién horneado, las brochetas de ciervo en salsa de fresas y los pastelillos fueron buenos. Así como las canciones alegres de los bardos retumbando en el techo abovedado del salón de banquetes.

Pero de pronto el laúd había comenzado a sonar y el bardo real había entonado los primeros versos sobre la valentía de Dean Winchester en la batalla de Vanadis, entonces el rubio había sabido que ese banquete sólo iba a ir de mal en peor.

Durante lo que duró, Dean no se dejó de repetir a si mismo que: de ser un verdadero héroe su ciudad no hubiese caído, su padre estaría vivo, y Vanadis no sería un montón de ceniza en las costas sureñas de Enir.

Sam, por su parte, se la había pasado bromeando con un par de caballeros del rey, y dos de sus Hermanos de la logia, aunque también conversando amenamente con Rachel Novak, a quién sacó a bailar cuando el bardo volvió a dar vida al banquete con una canción sobre un alce y un fauno.

Dean no pudo comprender como su hermano parecía tan ajeno a lo ocurrido en Vanadis, y no pudo evitar mirarlo durante un largo rato… hasta que entendió. Sam jamás se había sentido a gusto en Vanadis, no tenía una buena relación con su padre, detestaba el legado que tenían los Winchester de proteger el reino como Señores Vigías, y ante la primera oportunidad de marcharse había encontrado su lugar entre los Hombres de Letras en la capital.

Sam, a pesar de haberse convertido en un muchacho enorme, siempre sería para Dean su pequeño hermano a quién tuvo que enseñarle el uso del arco, la espada y la ballesta desde los cinco años. El rubio no lo juzgaba por haberse marchado de Vanadis, y estaba aliviado de que su hermano no hubiese presenciado la horrible caída de la ciudad.

Resignado a soportar el banquete Dean bebió tanto vino que empezó a escuchar demasiado lejanas las canciones del bardo. Algo mareado paseó la mirada por el salón. Algunos de los invitados completamente ebrios habían terminado por dormirse con el rostro en la mesa; las damas preferían mantener su atención en los trucos del bufón; el rey, a un par de asientos cerca de Dean, en la mesa principal, reía con carcajadas tiesas y todos los comensales lo imitaban.

Del otro lado del salón un par de escuderos miraban descaradamente el escote de una dama regordeta a quién se le había ido la mano con la hidromiel. Junto a la puerta los guardias habían dejado sus lanzas a un lado, y aprovechando la distracción de los nobles en la mesa principal también habían endulzado su noche con algo de vino.

Dean soltó un bufido, y se sirvió otra copa.

"¿Qué se supone que eres, Winchester? –Pensó, algo mareado, mirando su reflejo en el vino-. Ni la mitad de hombre que tu padre. Ni la mitad de sabio que tu hermano"

Se bebió esa copa de un trago y volvió su atención al par de guardias, discerniendo solo entonces que alguien faltaba en ese banquete. En la mesa donde se hallaba estaban las dos hermanas del rey, Hannah y Reachel; otros nobles importantes, Sam, un par de Hombres de Letras y… una silla vacía.

-¿Dónde está ese muchacho… Castiel? –preguntó Dean, inclinándose hacia Hannah Novak, la pelinegra que tenía a su derecha.

-¿Mi hermano? –respondió ella, distraída. También había bebido, y aunque fuese sólo un poco, parecía dispuesta a ser sincera-. Jamás viene a los banquetes. Pero no porque no quiera. Michael deja una silla vacía cada vez, para simbolizar que tiene un sitio aquí, sin embargo… Castiel tiene prohibido aparecer en los banquetes oficiales.

Dean la observó largamente, enarcando una ceja, sin terminar de creérselo.

-Es un bastardo, lo sé –dijo ella, sonriéndole al bufón que acababa de dar una voltereta-. Pero es mi hermano –suspiró-. Pero Michael es el rey, y son sus decisiones –parecía resignada.

Dean asintió un par de veces, sin saber que responder. Se sirvió otra copa de vino, y prefirió mantener un silencio prudente.

Fue un alivio cuando el rey dio por terminado el banquete, y el centenar de caballeros y damas nobles que habían asistido se pusieron de pie para retirarse no sin antes hacer una reverencia. El salón de banquetes quedó vacío, con el crepitar de las tremolantes velas provocando un eco en sus altos muros blancos.

Dean observó al puñado de hombres que habían permanecido allí, le parecían suficientes para formar el Consejo de Guerra y decidir cómo detendrían el avance de los demonios. Estaban Sam, los otros dos Hombres de Letras, Kevin, el General Uriel del ejército Real, el Capitán Raphael de los Custodios, y el Rey Michael.

Pero antes de que alguno pudiera decir algo, el Rey se puso de pie.

-Señores –dijo Michael, con su barbilla ligeramente levantada en ese gesto arrogante tan típico de él-, lamento anunciarles que el Consejo de Guerra quedará pospuesto para dentro de cinco semanas.

-¿Puedo preguntar por qué, mi lord? –intervino uno de los Hombres de Letras.

-Alteza –corrigió Michael con una voz tan venenosa que revolvió el estómago de Dean-. Y pues cinco semanas es lo que tardará en llegar un emisario del norte.

-¿El reino de Skoll se unirá a esta guerra, alteza? –inquirió Sam, con cautela.

-Todo reino humano se unirá para acabar con esas abominaciones. Incluso mi tía Amara, la temible reina de Skoll. Y el rey de Bor, de quién también recibiremos un emisario en unas cuantas semanas –las palabras de rey fueron firmes, no dejaron lugar a discusión en especial cuando el rubio monarca acomodó su corona de oro y zafiros, y atravesó con largas zancadas el salón de banquetes dejando a sus súbditos con la palabra en la boca.

-Si los demonios atracan y asedian esta ciudad antes de que los ejércitos del norte lleguen estaremos perdidos. Esta ciudad representa poder, si la toman, serán invencibles. ¡En cinco semanas los demonios podrían atacar Valkyria! ¡Esperar a los emisarios es una decisión ridícula! –exclamó Dean. Su voz grave retumbó en el salón de techos abovedados.

Dean siempre se había caracterizado por ser bastante irrespetuoso, pero por la mirada que le dedicó Sam, supo que esa vez se había sobrepasado.

El rey se volteó ligeramente.

-Esta ciudad es inexpugnable, sus murallas están protegidas por las runas enochianas de los Primeros Reyes y ningún demonio ha podido descubrir cómo destruir ese poder –dijo, su voz era hielo puro.

-Puede que sólo sean leyendas, alteza –añadió Dean, quién no se había caracterizado por mantener la boca cerrada. Sam tuvo deseos de darle un golpe para que se callara-. Se decía que Vanadis estaba protegida por la Marca y sangre de Cain el Primer Vigía, y los demonios demostraron lo contrario. Agatión es fuerte y mucho más desde que Lucifer se unió a ellos. Puede estarle susurrando al rey Azazel cada secreto de Valkyria y de todo el reino ahora mismo. La decisión que está tomando usted es…

-Mi decisión, lord Winchester. ¡Es mi decisión como rey de Enir, en el trono de Valkyria! –Exclamó Michael dándole las espaldas y continuando su camino por la sala del trono-. Y le aconsejo, lord Winchester que si quiere mantener su título, y su lengua no vuelva a pronunciar el nombre del traidor de mi hermano en mi presencia –dicho aquello el rubio desapareció por las puertas que fueron abiertas desde el exterior, por un par de guardias.

El silencio volvió a reinar en el salón del trono. Los Hombres de Letras, Kevin, Sam y los dos soldados pasearon sus desentendidas miradas por los bruñidos candelabros como si fuesen lo más interesante del mundo.

-Es un hijo de… -gruñó Dean, tragándose sus palabras y retirándose con largas zancadas, para no ocasionar más problemas.

Sam y Kevin no tardaron en seguirlo, con pasos apresurados, por los amplios corredores del palacio principal. Dean aceleró sus zancadas pero los dos no lo dejaron escapar ni siquiera cuando atravesó los patios principales donde un par de custodios jugaban a los dados, y se dirigió a los establos.

-No necesito escoltas –bufó ya exasperado.

-Dean… -musitó Sam, sin saber exactamente qué decir.

-¡Lo sé, Sammy! –El rubio se volteó con brusquedad-. Sé que hable demasiado y que es el rey, y… de haber sido otro le hubiera roto la cara –abrió una de las puertas de los establos con un tirón de su mano.

-No es como si no se lo mereciera –el murmullo casi imperceptible de Kevin tomó por sorpresa a ambos hermanos Winchester-. Lo siento –el muchacho alzó ambas manos-, es que a veces sólo… -balbuceó- El rey Charles era más sensato.

Sam soltó una risa y Dean enarcó ambas cejas.

-Pero no le digan que lo he dicho –de pronto Kevin pareció recordar que estaba hablando de su rey-. De verdad, no saben lo que me haría. ¡No tienen ni idea de lo que les hace a los que…

-¡Ey, ey, ey! –Dean le puso una mano sobre el hombro-. Calma, nadie dirá nada. Pero creo que me olvidaría de todo lo que dijiste si me hicieras un favor…

Kevin y Sam observaron a Dean con sospecha.

-¿Cu-cuál, mi lord?

-¿Cuál es la mejor taberna de la ciudad?

De esa forma Dean, Sam y Kevin terminaron en lo profundo de la ciudadela, dentro de una desvencijada casa de dos pisos, en una calle estrecha y polvorienta iluminada por pebeteros oxidados que colgaban de algunas puertas. En el primero los hombres brindaban, la cerveza corría y unas cuantas mujeres con el corpiño desatado bailaban soltando pícaras risas al ritmo de un ebrio que tocaba el violín. En el segundo… bueno, la música se encargaba de ahogar los gemidos y los gritos provenientes de allí.

Cuando Dean pidió otra ronda de cerveza Kevin ya estaba muy mareado y Sam aún no había terminado su segunda jarra.

-¿Acaso en la logia de los Hombres de Letras se les olvida como divertirse? –bromeó Dean.

Kevin se limitó a murmurar algo y Sam a sonreír de medio lado tomando un sorbo para que su hermano no bebiera sólo.

Esa taberna era diez veces mejor que el banquete en el palacio real, decidió Dean. No habían bufones, ni platos exquisitos, pero el caluroso ambiente iluminado por las velas, las voces de algunos guardias ebrios cantando y el sonido de las faldas de las bailarinas al moverse calmaban el alma.

De pronto una mujer de vestido de encaje rojo y negro que había terminado de coquetear con uno de los guardias quién terminó dormido al fondo de la taberna, movió su ágil cuerpo hasta Kevin. El muchacho se puso de todos los colores cuando la joven se sentó en sus piernas, rodeándolo por el cuello con ambos brazos.

-Eres muy guapo, cariño. ¿Por qué no te había visto antes aquí? –le dijo ella.

Kevin tartamudeó sin conseguir responder. Dean a su lado soltó una carcajada divertida, mientras Sam ahogaba una sonrisa de vuelta en su jarra de cerveza.

Los tres estaban ebrios, cuando Kevin finalmente desapareció de su vista con esa mujer de vestido rojo. Sam estaba quedándose dormido por lo que Dean supo que era prudente retirarse. No les tomó demasiado tiempo caminar entre las calles vacías de la ciudad hasta las bibliotecas y el templo de los Hombres de Letras donde ambos hermanos se despidieron.

Dean iba de regreso al palacio, con el cuerpo agarrotado y la frustración aplastando sus hombros. Sabía que esa noche no lograría dormir por lo que, antes de subir por las escaleras del torreón donde estaban sus habitaciones, se le ocurrió una idea.

El palacio de Valkyria se hallaba en la cima de una colina desde la cual se podía dominar toda la ciudad. Pero, entre el torreón real y el torreón de los Custodios, había una amplia terraza cubierta de dos hileras de sauces llorones, y en su corazón, por lo que Dean sabía, había una fuente de aguas cristalinas.

Lo llamaban el Jardín del Rey, pero a juzgar por cómo era Michael Novak seguramente jamás ponía un pie allí. Confiando en esto, e incapaz de razonar demasiado a causa de todo el vino y la cerveza que se había bebido, Dean desvió sus pasos.

Subió por el torreón de los Custodios cuyas escaleras ascendían en forma de caracol hacia una sala superior. Antes de llegar a ésta Dean encontró la puerta de hierro forjado en forma de roble a través de la cual se colaba el frío de la noche.

La abrió y esta emitió un leve chirrido casi imperceptible. Atravesó el umbral, y caminó en la oscuridad abriéndose paso entre los sauces, con sus botas hundiéndose en la hierba. Sólo al llegar al borde de la terraza y apoyar las manos en el frío balcón de mármol, supo porque la gente decía que esa ciudad era tan hermosa.

Detrás de él los sauces crujieron y sus ramas lloraron al son del viento; frente a él, se desplegaba la maravillosa Valkyria. La muralla en la lejanía era una serpiente azul claro oculta tras un manto de niebla. El refulgir de antorchas y pebeteros que titilaban por las calles y los pasajes de la ciudadela parecían no tener fin cuando se unían al cielo salpicado de estrellas.

El beso frío del viento lo obligó a soltar una respiración temblorosa. Algo dentro de él decidió en ese momento que si Vanadis había caído, no permitiría que la capital lo hiciera. Ese lugar era su última esperanza.

Dean fue arrancado de sus pensamientos cuando un gruñido proveniente de la fuente se mezcló con algo parecido a un chasquido metálico. Volvió su atención al jardín donde las luciérnagas titilaban y, clavando sus ojos verdes en la oscuridad, aguzó el oído.

Alguien soltó una maldición, y ésta vez Dean estuvo seguro de que algo se había movido en la fuente.

Llevando su mano a la empuñadura de su espada, por instinto, avanzó hacia el lugar. Por un instante Dean supuso que se trataba de algún solado ebrio peleando con su sombra, o de algún ladrón que había logrado llegar hasta allí quizá trepando las murallas. Llegó a la fuente, donde el agua reflejaba las estrellas, entonces se detuvo en seco al notar que se trataba de un muchacho.

Éste blandía con ambas manos una espada mellada y un tanto oxidada, lanzaba tajos al aire, trepaba por el borde de la fuente y descargaba furiosos golpes hacia su enemigo imaginario. Rodaba por el suelo y parecía tomárselo tan enserio que a veces retrocedía, evitando una espada invisible.

Le tomó a Dean algo de tiempo reconocer ese cabello castaño alborotado, ese rostro ensombrecido por algo de barba, y ese par de ojos azules. Entonces reparó en que no lo había visto durante el banquete. Habían estado presentes los Hombres de Letras, caballeros nobles y sus damas, pero ni rastro del bastardo al que el rey Michael tanto despreciaba.

Con cautela, el rubio se aproximó a él. El castaño estaba tan absorto en su arduo entrenamiento que trepó de vuelta a la fuente, lanzó una estocada al aire, saltó con agilidad describiendo una media luna y…

Dean se aclaró la garganta.

El muchacho dio un respingo, dejando que la espada se le resbalara de las manos. La empuñadura lo golpeó en uno de sus pies, y soltó una maldición. El castaño quedó tan cohibido que, cubierto de sudor, con los ojos azules abiertos de par en par y la respiración agitada, a Dean le pareció tierno.

-¿Eso es lo que haces durante los banquetes? ¿Matar bandidos imaginarios? –bromeó Dean, cruzándose de brazos.

-¿Qué- qué está haciendo aquí? –el terror en el rostro del castaño era palpable.

-Nada. Lo mismo que tú, quizá… -Dean curvó sus labios con una de esas sonrisas suyas capaces de derretir el hielo-. Y no has respondido a mi pregunta –se aproximó a él.

-No tengo permitido estar en los banquetes –soltó el castaño, de mala gana. Pero pronto pareció reparar en lo que había dicho-. Lo siento, no debí… -recogió su espada e intentó marcharse.

-¡Espera! –Dean lo atrapó por la muñeca, casi en un acto de reflejo-. ¿Por qué "no lo tienes permitido"?

-Olvídelo –refunfuñó el otro, tratando de soltarse.

-¡Vamos! Sólo es un pregunta –el rubio soltó una carcajada divertida, aunque ya sabía la respuesta.

-¡¿Qué parte de "olvídelo" escapa de su entendimiento?! –la brusquedad de esas palabras tomó a Dean por sorpresa, soltó al castaño lentamente pero sin quitarle sus ojos verdes de encima-. Yo… lo lamento, mi lord. No era mi intención...- intentó disculparse ante el rostro sorprendido de Dean.

El rubio rompió a reír con gusto, sin saber exactamente por qué lo hacía. Ese muchacho, esos ojos azules, eran el compendio perfecto de inocencia y ferocidad. Por una parte parecía un niño asustado, nervioso y torpe; pero también poseía una especie de fuego oculto capaz de cegar o acelerarle el pulso a cualquiera.

-¿He dicho algo divertido, mi lord? –ladeó la cabeza.

Y ahí estaba de vuelta el inocente.

-No. No para nada -Dean tuvo que contener las carcajadas para no terminar llorando de risa.

-Entonces, si me disculpa –Castiel intentó marcharse, con algo de su dignidad intacta.

-¡Espera! –y para satisfacción de Dean, le hizo caso-. ¿Exactamente qué estás haciendo aquí, practicando a mitad de la noche?

-Es complicado, mi lord –musitó Castiel, desviando la mirada.

-¡Vamos! No puede ser tan malo. Y, además, deja de llamarme mi lord, Alteza –bromeó el rubio recordándole su primer encuentro en la sala del trono.

-No soy… -replicó, estoico.

-Lo sé, no eres el rey. Pero te veías muy cómodo en el trono esta mañana –Dean le dedicó un guiño que descolocó al otro-. Llámame Dean, ¿de acuerdo?

Castiel asintió, después reparó en que debía decir algo y balbuceó: -Soy… Ca… Castiel

-Bien, Castiel. Aun no has respondido a mi pregunta –Dean entornó los ojos y el castaño dejó caer los hombros.

-Pues –lo pensó un momento, como sopesando si podía confiar o no en ese extraño-. Michael… el rey Michael –se corrigió-, no consiente que yo...

Dean adivinó el resto, con gesto asombrado cruzó los brazos sobre el pecho y se sentó en el borde de la fuente. Castiel se le quedó mirando.

-No debería hablar así. Es mi hermano y mi rey, pero… -Castiel se sentó junto a Dean, a una distancia prudente, clavando sus ojos en el pasto que crecía alrededor de la fuente.

-Está bien. No se lo diré a nadie –aseguró Dean-. Igualmente no creo tener a quién. Quizá a Kevin, pero él no parece hablar mucho; o a Sam, y seguro lo apunta en uno de sus pergaminos.

Castiel esbozó una sonrisa desconfiada y Dean se le quedó mirando.

-Además, tu hermano es un cretino –añadió el rubio, sin rodeos. Castiel abrió los ojos de par en par, asombrado por el atrevimiento.

-Desde que murió mi padre –dijo, decidiendo que podía confiar en Dean-, Michael no consiente que un bastardo como yo maneje armas. Dice que sería un peligro para él y para todo legítimo heredero. Ahora que Agatión atacó el reino… quisiera más que nada ayudar. Unirme a la logia de los Hombres de Letras sería una buena opción para alejarme de… del rey, pero es mi hermano, mi familia y quiero pelear para defenderlos, para defender esta ciudad –soltó Castiel, con tono neutral a pesar de que había algo triste en su mirada-. Pero Michael impuso una ley con la que ningún bastardo puede unirse a los custodios o al ejército de la ciudad. Teme que…

-Que te levantes en armas y le quites el trono… ya que no hay legítimo heredero después de la muerte de Ephraim y la traición de Lucifer –completó Dean.

-Precisamente -Castiel asintió de forma casi imperceptible, con una sombra de amargura asomando en su rostro.

-¿Tan bien se siente poner el trasero en el trono? –preguntó, mordaz, luego de un largo momento de silencio.

Castiel volteó la cabeza entornando la mirada sobre Dean, repasó ese cabello rubio y el par de ojos verdes como tratando de adivinar si debía responder.

-De hecho es muy cómodo –se sinceró con toda la inocencia. Dean volvió a reír-. ¿He dicho algo gracioso? –frunció el entrecejo.

-¡Ah, Castiel! –Dean le apretó un hombro-. Eres hilarante…

De alguna forma esa noche Dean hizo un amigo de la forma más inesperada. Jamás había tenido uno, salvo por Sam; pero Castiel le agradó de una manera muy peculiar. Conversaron durante largas horas, y para cuando terminaron de reír de asuntos banales, las campanas del templo de los dioses repicaron en la ciudad, el alba roja y purpúrea nacía en el horizonte.

Bajaron del lugar antes de que algún guardia los descubrió, pero antes de separarse en uno de los corredores internos del palacio, Dean extendió una mano tomando a Castiel por la muñeca.

-Tengo una idea –sonrió, y Castiel le miró con cierto temor-. Te veo mañana, cuando oscurezca en el mismo lugar que hoy.

-¿Puedo saber por qué?

-Porque el emisario de Skoll tardará en llegar cinco semanas, y tengo la intención de enseñarte a manejar la maldita espada, Cas –aseguró el rubio.

Antes de que Castiel pudiera preguntar cómo lo había llamado, Dean le dedicó un guiño y se apartó con una sonrisa de suficiencia en los labios. El de ojos azules permaneció plantado a mitad del patio, inconscientemente ruborizado.

Continuará….