Los Personajes son de Meyer.

La historia es enteramente mia.

¡Un gran Saludo!

Los invito a disfrutar de esta historia que me sale del corazón.


Capítulo 1

Conmigo no te hagas la mala, pequeña.

Edward Cullen siempre había sido un hombre controlado. De hecho, su madre siempre había bromeado con la expresión de seriedad que desde temprana edad adornaba su pequeño rostro.

Y no es que eso lo hiciera una persona fría y despota, por supuesto que no. Pero siempre había tenido el don de controlar sus emociones por lo menos en frente de la gente.

Aquello había sido una característica curiosa mientras crecía. Sin embargo, desde que había comenzado a trabajar había sido una habilidad envidiable por muchos, en especial sus competidores. En lo negocios se debía ser lo más hermético posible, no dejando a la contra parte conocer del todo sus intenciones.

Si, en el trabajo la palabra "hermético" describía muy bien a Edward Cullen.

En realidad nunca había tenido que cambiar mucho su personalidad dentro y fuera de la oficina. Ninguna persona había logrado crisparle los nervios lo suficiente para sacarlo de la comodidad de su calma. Ni siquiera Rosalie, con la que había mantenido una relación mayormente sin altibajos. Claro está, hasta justo antes del final de la misma.

Ninguna persona jamás lo había descontrolado, solo aquella mujer que ahora se encontraba casi desnudar sobre él. La dulce Isabella.

Ella lo tenía en sus manos, literalmente.

Esa pequeña mujer lo miraba con victoria en los ojos. Si, ella creía que lo tenía dominado. Isabella tenía una actitud que él nunca había conocido y que no se creía en lo absoluto. Estaba casi seguro de que ella trataba de comportarse como una leona cuando en realidad era una dulce gatita.

Una dulce y excitante gatita.

Y por más que le encantara ese jueguito, nunca podría engañarla. No. Ella tenía que saber quien era el que mandaba en aquel momento y en todos.

Porque si algo era Edward Cullen era autoritario hasta la médula.

Edward había decidido aceptar la invitación de su hermano Emmet por pura cortesía. De por si resultaba bastante extraño que fuera de visita a la casa de los que alguna vez fueron sus propios suegros. Pensó que si de causalidad se encontraba Isabella presente la saludaría con cortesía y nada más. Después de todo a sus veintiséis años era muy seguro que ya tuviera su vida hecha. Por lo que sabía hace mucho que no volvía a Forks debido a su trabajo y eso a él le produjo algo de alivio. La verdad es que aún no estaba listo para verla.

Y la situación en la que se encontraba había confirmado su miedo, jamás en su vida hubiera estado preparado para aquello.

Pero ya que la pequeña Isabella quería jugar a ser el policía malo entonces él con gusto le enseñaría su propia placa condecorada. Porque entre los dos ya sabía quien era el que terminaría ganando.

Para desconcierto de Isabella una lenta sonrisa se formó en los labios de él, compitiendo con la suya propia en términos de malicia.

-Yo no soy un objeto, Isabella. No puedes proclamarme de tu propiedad así nada más.- Su tono fue autoritario y calmado, mientras volvía a mirarla con la tranquilidad de siempre. Casi le recordó cuando solía reprenderla por su impulsividad ya casi más de tres años atrás. La máscara estaba puesta otra vez.

Eso la molestó. Le molestó porque la situación ya no era la misma. Ella ya no era tan joven, ya no era tan sumisa. Y por supuesto que ya no era la segundona. Si Rosalie se atrevía a poner sus ojos en Edward nuevamente ya ella se encargaría de matarla.

Eso era un hecho.

-No me mires ni me hables así Edward, lo detesto. Deja de ser un frigido.-

Él no pudo evitar ladear la cabeza y la sorpresa se escapó de detrás de su máscara. ¿Acaso había osado ella a decirle frigido a él? ¿cómo se atrevía ?

Isabella dudó un momento al ver la expresión de Edward después de aquel insulto. Sus ojos verdes mostraban algo que ella no pudo descifrar y eso la perturbó enormemente.

-¿Que te hace pensar que yo soy tal cosa, Isabella? - Su mandíbula se apretó visiblemente con su ego masculino herido. Ninguna mujer, jamás, le había dicho tal cosa. En la cama no tenía contenedor y eso lo sabía perfectamente.

Pero ella por otro lado no tenía ni idea, aún.

-Estoy en ropa interior agarrándole la polla y me miras como si nada, maldita sea. No me digas que la edad te ha vuelto impotente. Bien dicen que los treinta son el principio del fin - Una sonrisa de burla comenzó a formarse en el rostro de ella al decir tal cosa. Con obvias intenciones de molestarlo .

Pues lo había logrado.

Nadie le decía Edward Cullen que era impotente, y menos ella.

-Te exigo que me respestes, Isabella. Que no se te olvide quien manda aquí.-

Los ojos de Isabella se encendieron de ira. ¿Quien manda aquí? Pues ella por supuesto. ¿Que se creía él? ¿Que podría hacer con ella lo que quisiera? Pues no, ella lo había reclamado como suyo. Eso era verdad, pero bajo sus propias condiciones. Tiempo atrás habría dudado ante tal osadía, pero lo que sentía por Edward iba más allá de cualquier pensamiento racional.

Y si ella no supiera que él sentía algo parecido jamás lo habría hecho. Pero eso él no lo sabía, aún.

La cabeza de Isabella estaba hecha un lío tratando de contener todos aquellos pensamientos de enojo. Estaba tan enojada que no se dio cuenta del rápido movimiento de la mano de Edward. La mano en la que hace un segundo estaba sentada, la misma mano que ahora se había girado debajo de ella, la misma dueña de los dedos que ahora inesperadamente la acariciaban.

Dejó escapar un jadeo de sorpresa mientras su cuerpo se estremecía suavemente. ¿De verdad él se había atrevido a tocarla tan íntimamente?

-¿Q-que estás...?- soltó un pequeño chillido cuando Edward se incorporó rápidamente, quedando sentado en la cama aún con la mano entre sus suaves muslos. Tuvo que poner su otra mano en la espalda baja de ella, de otro modo se habría caído de espaldas al suelo.

-¿No te gusta que te toque?- Su aliento caliente sobre el cuello de ella, mientras la acariciaba nuevamente sobre la fina tela de encaje. Isabella dejó escapar esta vez un gemido y se removió nerviosa en su regazo. Edward sin embargo no la dejó escapar.

-Deténte, Edward. No me toques así - Haciendo todo lo contrario, él abrió sus propias piernas causando que los muslos de ella se abrieran un poco más, dejándola más expuesta para él.

-Tú me has tocado así, Isabella. Me tomaste sin importarte nada. Es lo justo, preciosa- mordió la suave carne de su lóbulo segundos antes de hacer a un lado la indefensa tela y tocar su parte más íntima y delicada.

Isabella gimió de sorpresa mezclada con placer y llevo ambas de sus manos a los hombros de Edward, al sentir como la torturaba con movimientos suaves pero ejerciendo la presión adecuada para descontrolarla.

Infinidad de veces imaginó aquel momento, ser tocada por Edward era lo que más había deseado cuando aún era el novio de su hermana. Pero jamás pensó sentirse así por una simple caricia de su parte. Podía sentir como se excitaba rápidamente queriendo más de él. Mucho más.

Esta vez fue Edward quien la besó, metiéndole la lengua en la boca sin contemplaciones. Isabella se perdió en las sensaciones que le provocaban sus dedos y sus labios. Y muy a su pesar pasó de tratar de resistirse a entregarse al momento sin reparos. Era algo maravilloso.

Los que se encontraban abajo seguro que jamás se habrían imaginado una escena tal. La menor de las Swan gimiendo de placer por las caricias del mayor de los Cullen. Si, seguramente algo impensable.

-¿Te gusta? Se que sí- gruñó Edward con voz ronca mientras bajaba sus labios al cuello de ella. Isabella se estremeció al sentir la aspereza de su barba incipiente sobre su blanca piel - Espero que te quede claro que yo mando aquí- dictaminó mientras succionaba su suave piel, ella gimió en el mismo momento en el que él introdujo un dedo en su interior.

Edward se sentía extasiado , era increíble cómo podía sentir tanto placer sólo tocando a Isabella y disfrutando de sus reacciones. Isabella mordió su propio labio con fuerza, tratando de no ser muy ruidosa. Trató de resisitir las oleadas de placer cuanto pudo, no queriendo mostrar en realidad la magnitud del placer que él le estaba proporcionando. Se sentía totalmente sensible y expuesta a él pero al mismo tiempo sentía que estaba a punto de llegar al cielo. No quería que alguien la escuchara y la interrumpiera mientras estaba a punto de llegar a su...

Mientras estaba a punto de llegar a nada.

Edward, en un rápido movimiento se giró y la dejó tendida en la cama, justo antes de que pudiera llegar y disfrutar de un muy placentero orgasmo. Ella lo miró con los ojos brillantes y aún confundidos por el placer antes experimentado, su pecho y cuello estaban colorados y su cabello algo desordenado.

Estaba exquisita.

Pero eso no detuvo a Edward para tomarla de los muslos, girarla boca abajo y darle una sonora nalgada en su nalga izquierda.

-Conmigo no te hagas la mala, pequeña. Realmente no te queda-

Sin más se incorporó, rodeó la cama y se fue. No sin antes recordarle que seguramente ya estaría la cena.


Edward tuvo que quedarse unos segundos al pie de la escalera para controlar sus emociones. Tuvo que admitir que le tomó más de lo esperado recuperar su semblante tranquilo. Y es que Isabella lo había enloquecido, era verdad.

Apenas y podía creer lo que había hecho, dejarla así había sido todo menos caballeroso y se lamentaba. Pero al mismo tiempo no se arrepentía de aquello, había disfrutado de su suave piel y lo había complacido escuchar aquellos gemidos provocados solo por él. Desde hace mucho tiempo no sentía esa vitalidad característica de sus años de juventud. Se sentía poderoso por haberla tenido entre sus brazos.

Sin embargo Edward no estaba seguro de si aquello era correcto, Isabella Swan era una fruta prohibida para el. Era muy joven, mucho más que él, y eso era algo que lo tenía intranquilo.

Si, definitivamente por mas que lo deseara lo suyo nunca podría ser. Ella aún tenía que vivir cosas y era mejor que estuviera con alguien de su edad. Manejar la empresa familiar absorbía su tiempo demasiado, no podría cuidar de una flor tan fresca como Isabella adecuadamente. Estaba decidido, jamás volvería a tocarla, aunque sus manos escocían por hacerlo de nuevo.

-Edward, querido. ¿Todo bien?- La madre de Isabella lo sacó de sus pensamientos con aquel comentario. Él se dirigió nuevamente al sofá con paso tranquilo y se acomodó como si nada.

-Así es, señora Swan. Espero que Isabella haya recapacitado.-

Si, realmente esperaba que hubiera entrado en razón y desistiera en llamarlo como "suyo". Que lo odiara por ser un desconsiderado era lo mejor.

Pero no pudo estar más equivocado. Isabella ahora más que nunca lo quería para ella. Para bien o para mal.Se encontraba aún recostada en la cama, mirando al techo con las manos fuertemente apretadas. ¿Es que era posible tanta ignominia? ¿Como podían pasarle tantos fiascos en un lapso de tiempo tan corto?

Estaba desplazada y sin hogar momentáneamente, teniendo que compartir el techo con su madre la histérica y su hermana la creída. Edward le había robado su habitación y la había frustrado sexualmente.

Si, solo faltaba que Santa Claus le dejara carbón bajo el árbol.

De mala gana se levantó y se dispuso a tomar una ducha caliente lo más rápido que pudo. Comenzaba a tener hambre y si no comía algo lo antes posible su humor empeoraría. Claro, si aquello era posible.

Unos cuantos minutos después ya se encontraba en la habitación del fondo. Sus paredes eran de un color blanco que no brindaba nada de calidez al lugar. Y la cama era horriblemente dura. Bufó, vaya navidades serían aquellas.

Por suerte alguien había dejado su maleta sobre la triste cama y rápidamente se dispuso a buscar algo que ponerse. Estaba tentada a colocarse una hermosa blusa de tirantes color champaña cuando al mirarse en el espejo dejó escapar un grito.

Un visible y fresco chupeton se encontraba adornando la pálida piel de su cuello.

¡Maldito, Edward! La había marcado intencionalmente.

Ese hombre del demonio se las pagaría.

De mala gana se enfundó en unos vaqueros y una blusa manga larga con cuello color rojo. Terminó el conjunto con unas sandalias negras.

Rápidamente arregló su cabello y se colocó un poco de brillo en los labios, consciente de que por lo menos debía dar buen aspecto ahora que no parecía salida de una película apocalíptica.

Con un suspiro fuerte abrió la puerta y bajo las escaleras.

-¡Debiste haberlo visto, mamá! Emmet nadó todo el camino hacia la orilla solo para llegar hasta mi. Se arrodilló y me pidió matrimonio frente a todos. ¡Es el mejor!- Una Rosalie muy orgullosa exhibia unas cuántas fotos de su último viaje con su prometido.

La expresión de su cara le dio a Isabella dolor de cabeza.

Era la misma maldita cara que puso cuando les anunció que había pescado al egresado más sexy y adinerado de su universidad. Osease, Edward.

Esa perra tenía un radar para los buenos partidos.

- ¡Isabella, mi cielo! Mírate, ya pareces gente. Ahora si, ven a saludarnos como se debe jovencita-

Cinco miradas curiosas se posaron abruptamente en ella. Si no estuviera acostumbrada ya a estar frente a grupos de personas sin duda se habría sonrojado. Justo como años atrás. Caminó con tranquilidad hacia su madre, quien tenía los brazos abiertos y una brillante sonrisa en el rostro.

Isabella se sintió estrujada una vez correspondió el abrazo- ¡Mi dulce niña! Hace tiempo no volvías a casa. Te has olvidado de tus padres-

Su desconsuelo teatral era realmente gracioso.

-Tengo obligaciones mamá, lo sabes- respondió Isabella un tanto incómoda al terminar el abrazo- Te recuerdo que soy una adulta con cuentas que pagar-

-Eso no es excusa Isabella. Yo he visitado a nuestros padres en todas las festividades. Deberías tener más consideración con ellos.-

Y ahí estaba Rosalie. Ella no era capaz ni de fingir amabilidad, ni un saludo apropiado le había dirigido. Siempre con esa constumbe de tratar de aleccionar a Isabella, como si ella fuera perfecta.

Aunque bueno, físicamente lo era. De eso no había duda.

Si había que elegir entre una rubia despampanante y una morena sin gracia era muy obvio quien saldría ganando.

Quien siempre seguia ganando, en realidad.

-Tienes toda la razón Rosalie, no tengo corazón. Pero debes entenderme, no es culpa mía. Hay algo sumamente desgastante que hacen los adultos de hoy en día y que toma gran parte de su tiempo. Y no es follar, como podrías pensar querida hermana, es trabajar-

El rostro de Rosalie se tiñó de un rojo fuerte mientras la miraba con los ojos desorbitados por el enojo. Y no ayudaba en nada la carcajada que había soltado su flamante prometido. Para nadie era un secreto que Rosalie nunca había ejercido su profesión. Pasó de ser mantenida por su padre a ser mantenida por su futuro esposo. Ella lo miró con indignación dándole un manotazo al hombro.

-¡Vamos, Rosie! No te ponga así. A parte de un buen culo tu hermana también tiene buen humor- Emmet siguió con una brillante sonrisa en el rostro aun cuando Rosalie comenzó a susurrarte cosas de forma amenazante, enfrascándose en una pelea privada.

El Jefe Swan carraspeó tras su bigote al escuchar la alusión al trasero de su pequeña hija.

-Vamos Bells, ¿Es que no vas a saludar a tu viejo?- Edward pudo ver como los ojos de Isabella se suavizaban al escuchar al señor Swan y como inmediatamente se lanzaba a sus brazos. Seguidamente padre e hija se acomodaron en el sofá aún abrazados. Ni una palabra vino después de eso y no lo necesitaron. Charlie era un hombre de pocas palabras pero con un solo gesto podía demostrarle cuanto la quería.

Eso complació a Edward. Al menos algo de la vieja Isabella seguía intacto.

-¡Mira lo que encontré cariño, tu viejo suéter navideño!- Isabella gimió cuando vio aparecer a su madre por la puerta con el viejo suéter grueso y tejido a mano que siempre se había puesto en esas fechas.

Era horrible.

-Mamá- Sonó casi como una adolescente afligida.- Me niego a ponerme eso. Siempre lo he odiado lamento que te enteraras de esta forma-

Su madre rodó los ojos.

- ¿Crees que no lo sé? Pero es tradición señorita. Todos tenemos uno puesto, incluso Edward y Emmet. ¡Así que tú también debes usar uno!-

Dirigió su mirada por primera vez al causante de su frustración sexual y se encontró con unos ojos verdes que la miraban de forma intensa.

Eso era cierto, Edward también llevamos un suéter. El suéter. Pero como olvidarlo.

- No me importa- Se abrazó más a su padre de forma infantil- No quiero.

Cinco minutos después y tras un violento ataque por parte de su madre, Isabella se encontraba enfundada en ese enorme suéter con las mejillas arreboladas.

Maldita sea.

-Miraté, estás preciosa- Expresó su madre complacida. Isabella rodó los ojos ante tal mentira. Y estuvo a punto de rebatir ese hecho si no hubiera sido por qué nuevamente su mirada se encontró prendada a la de Edward. Quien la miraba con una suave sonrisa en los labios que la sobrecogió.

-Es verdad, te ves adorable. El color combina con tus mejillas-

Se quedó muda. Al parecer Edward tenía una memoria excelente porque eso ya se lo había dicho antes, aunque el rubor de sus mejillas en ese entonces no había sido precisamente de rabia.


4 años antes...

En la casa Swan había gran revuelo. La navidad siempre era una época respetada y sagrada, lo que significaba que se festejaba como dios manda. Es decir, mucha comida y por supuesto muchas visitas. Las hijas de Charlie y Renee tomaban merecidas vacaciones de sus universidades y volvian al nido para convivir con sus padres hasta el inicio del nuevo año. Debido a aquello la casa se encontraba en un caos total. Se podian ver trabajadores entrando y saliendo sin descanso. Su único objetivo era seguir las impetuosas ordenes de la señora de la casa para colocar todos los adornos de navidad en sus respectivos lugares. Desde el árbol, los más minimos detalles en las paredes y las mesas, hasta los famosos renos de Santa Claus en el tejado.

En ese caos encontró Isabella su hogar. Volvia exhausta de la Universidad y lo que menos queria era verse inmersa en tanto caos. Pero asi estaban las cosas, y con un gran suspiro tomó su maleta como pudo y la arrastró a la entrada de su casa. De todos modos aquellos días eran importantes, su hermana Rosalie volveria en unos días y por fin les presentaría a su flamante conquista. De la cual no dejaba de parlotear cada vez que la llamaba a ella o a sus padres.

A Isabella aquello la tenía sin cuidado, desde el instituto Rosalie siempre habia tenido a los mejores partidos comiendo de su mano. Realmente no era una novedad. Isabella solo esperaba que aquel intruso fuera amable cuando menos. Sino esas vacaciones serian muy tensionantes. El novio de su hermana se quedaría en su casa a pasar las fiestas, vaya forma de conocer a la familia politica.

Tan distraída iba en sus pensamientos que no distinguió algunas luces de navidad desperdigadas en la calzada. ¿Resultado? Su culo habia besado el suelo.

Vaya entrada triunfal se habia cargado. Los obreros se detuvieron a mirarla con curiosidad, lo cual le sacó un sonrojo a sus traicioneras mejillas.

-Estoy bien- se apresuró a decir poniendose a gatas en un lamentable intento de recobrar el equilibrio.

-¿Necesitas ayuda?- Una suave voz le habló por encima de su cabeza, y al alzar su rostro se encontro con unas piernas fornidas. Wow, los obreros de hoy en día estaban de lo mejor. Debia ser por el trabajo, claro. Se sacaban unos músculos...

Siguió divagando en su mente mientras subia la mirada. Las caderas del hombre eran estrechas y estaban adornadas por unos pantalones descaderados. Podía imaginarse las maravillas que escondía aquel pantalón, y el bulto que al parecer tenía en el bolsillo no ayudaba mucho a que su imaginación dejara de volar.

¿Es que traía algo guardado o era realmente su..?

-¿Se te perdió algo en mi entrepierna?- Quiso saber el extraño al que estaba acosando con su mirada con una voz un tanto molesta.

-En mirar no hay pecado- Dijo Isabella sin pensar al subir la mirada y encontrarse con unos ojos verdes que instantaneamente la intimidaron. El extraño alzó una ceja con incredulidad.- Es decir, solo te estaba mirando el paquete.- Los ojos de él se abrieron con sorpresa y dio un paso hacia atrás.

-¡Quiero decir que tienes un bulto en el bolsillo!- Su mejor amigo, el rubor, hizo acto de presencia-No estaba hablando de tu paquete, estaba hablando de ese paquete. Bueno, si es que tienes uno en el bolsillo por que sino no estas nada mal. Ahi tienes un buen regalo de navidad amigo...- Trató de ser graciosa para salir de esa situación tan vergonzosa pero no lo logró.

-¿Así es como interactuas con extraños? Me parece que halagar mi entrepierna no es que sea un buen tema de conversación.- El obrero de preciosos ojos verdes y cabello cobrizo la miraba divertido esta vez. Con los brazos cruzados sobre un suéter de lana tejido a mano.

-No te sorpredas en realidad. Soy experta en ponerme en situaciones de verguenza absoluta. Tu suéter es horrible, por cierto. Casi tanto como el mio.- Comentó poniendose de pie como pudo. Claro y con un poco de ayuda del extraño, quien la tomó de un brazo suavemente- Gracias, por cierto.-

-De nada, en cuanto a mi suéter me lo dio mi abuela. No podría defraudarla.- Esta vez fue él quien le dio un repaso con sus intensos ojos verdes.

-Si buscas algo que decirme para compensar mis comentarios inapropiados te sugiero que no me recuerdes lo horrenda que me hace ver este suéter. Me veré en la obligación de patear tu paquete. Si sabes a lo que me refiero- Isabella se cruzó de brazos tratando de verse amenazante, como siempre no tubo éxito.

Él le mostró una hermosa sonrisa inesperadamente. Se veia como esas personas que no sonrien mucho.

-No pretendía hacerlo. En todo caso te queda bien ese súeter.- Su extrema cortesía la hizo rodar los ojos.- Soy Edward, por cierto.-

-Yo soy Isabella, mucho gusto. Y no tienes que mentirme Edward, sé que parezco un saco de patatas.- Ella comenzó a jugar con la manilla de su maleta. Edward, bonito nombre para un bonito chico.

-Es verdad, te ves adorable. El color combina con tus mejillas- Acto seguido las mejillas de Isabella se tiñeron de rojo, dándole la razón. Sabía que no era verdad, pero aún así el gesto le gustó. ¿Será que el obrero era de Forks?¿ Donde viviría? Él era amable, le gustaba.

Estuvo a punto de arriesgarse y preguntarle, en verdad le gustaría verlo de nuevo. Un bombón así no se encontraba en cada esquina. A demás tal vez él no tuviera...

- Tu debes ser Isabella Swan, yo soy el novio de Rosalie por cierto. Mucho gusto en conocerte. Y para resolver tu duda, no tengo nada en el bolsillo-


Vaya forma de traer un recuerdo inesperado a la mente. Edward sonrió complacido al ver las emociones que pasaban por el rostro de Isabella ante el recuerdo que ambos habían compartido. Inesperadamente sus mejillas adoptaron una tonalidad roja.

Al parecer eso tambien había quedado de la antigua Isabella, con un poco de suerte podria hacerla ser como antes.

-Hija, veo que Edward ha sabido tranquilizarte. Subiste las escaleras muy alterada- Comentó el Jefe Swan sacando a Isabella de sus pensamientos. Ella miró a Edward nuevamente y repentinamente el brillo malicioso de momentos antes volvió a sus ojos.

Él tragó pesado.

-Al contrario papá, me siento ultrajada- Isabella hizo un teatral movimiento de su rostro, y sus manos. Mostrando toda la tristeza que pudo.

Había salido acriz ahora.

-¿En serio, hija? Me sorprendes. ¿Que te hizo este muchacho entonces?- El bigote de Charlie se movió levemente mirándo a su pequeña hija. Sin percatarse de la diversión en sus ojos por lo que estaría apunto de decir.

Edward se removió incómodo. Ella no sería capaz de revelar la naturaleza de su encuentro de escaleras arriba. ¿O sí?

-Papi, Edward es un desalmado.- Bueno, al parecer sí- No habló conmigo. ¿Sabes lo que hizo? No fue capaz de darme un org...-

-Un organizado planteamiento de las cosas que había hecho mál, señor Swan- La potente voz de Edward se hizo escuchar mientras la miraba con advertencia.- Isabella ha tenido un comportamiento inaceptable y en ese momento consideré que no tenía derecho a replicar. Espero me entienda.-

Ella mordió su labio para contener la risa al ver cómo las manos de Edward se crispaban.

Estaba molesto por casi delatarlo.

Si, definitivamente traer de nuevo a la vieja Isabella requeriría bastante tiempo.


Hola chicos, como están?

¿Qué tal les ha parecido el capítulo?

Los veo en los Reviews para saber sus opiniones. Son muy importantes para mi.

Los quiere,

Bell Cullen Hall