Capítulo dos

Tres días después Hermione se dirigía al Gran Salón a desayunar. Estaba de buen humor. Ayer tuvo su último examen. Ahora solo quedaba esperar unos días a que salieran los resultados. Sonrió. Una cosa menos de la que preocuparse; Merlín sabía que en su caso ya tenía bastante. Por primera vez en una temporada, la vida iba bien.

Cuando llegó a la puerta del Gran Salón oyó a alguien llamar su nombre. Reconoció la dueña de esa voz. Padma Patil. La gemela de Parvati, pero de Ravenclaw. Sonrió y le dio un caluroso abrazo cuando se acercó.

― Mamá me escribió ayer, no nos podrá venir a recoger así que llegar a casa nosotras solas. Mencionó algo sobre los taxos, taxis... tesis... está en la carta, junto con la dirección a dónde tenemos que ir. Mamá nos recogerá ahí. Quería saber si tu sabías como llegar en trasporte muggle. ¡Está impaciente por volverte a tener en casa, Mya! En todas sus cartas de estos últimos meses no para de recordarme que no nos olvidemos de ti.

― No hay problema en lo del transporte muggle ― dijo Hermione después de echar un vistazo a la carta. Creo que tengo suficiente dinero muggle para pagar el taxi. Puedes escribirle a tu madre y decirle que cuidaré de vosotras dos ― añadió. Padma se rió.

― Si hay alguien en quién mamá tenga fe ciega, Mya, eres tu. Por cierto, la señora Westwind preguntó por ti. Según mamá quiere que vuelvas a cuidar a esa horrible vieja familiar suya.

― ¿En serio?

― No sé por qué te sorprendes, después de todo eres la primera bruja que consigue soportarla por más de dos días.

― Madam Westwind no es tan horrible. Solo es una persona cerrada. Después de conocerme un poco estuvo encantada de tenerme con ella, Padma.

― No me extraña que la señora Westwind esté dispuesta a pagarte una fortuna, dijo que fue el primer verano que no tuvo que sufrir a esa mala pécora. ― La gemela de Parvati se reía.

― No es una mala pécora.

― Es un verdadero grano en el culo y lo sabes. Pero por alguna razón le gustas. Mamá dijo que la visitó sólo para saber qué tal te iba en la escuela. ― Padma sonreía afectuosa. La noticia dejó boquiabierta a Hermione. Sus ojos estaban abiertos como los de una liebre. ¿La vieja Westwind había decidido salir de su casa? El verano pasado lo pasó entero con ella, y en ese tiempo no la vio salir por nada. Era sabido que no salía por nada. ¿Se había vuelto loco el mundo?

― ¡Vaya...! ― fue todo lo que pudo decir.

― Lo mismo que pensé yo. ― Padma la tomó de la mano y la guió hacia dentro del Gran Salón. ― Vamos, a comer, estoy hambrienta.

La vida iba bien. Hermione no podía creer la suerte que tenía. Pasaría el verano con una familia maravillosa, tenia un trabajo con un salario alto como las nubes y había terminado bien su sexto año en Hogwarts.

Al entrar fue a sentarse con Harry y Ron.

Su felicidad duró hasta que llegó el correo.

Cuando estaba comiendo sus huevos revueltos una pequeña lechuza marrón aterrizo en frente su plato. Hermione la miró extrañada, hasta que sus ojos se posaron en el pergamino que traía. En él figuraba su nombre y el sello del Ministerio de Magia. Sus ojos estaban fijados en el manuscrito. Sintió como se hundía su corazón. Eso no estaba ocurriendo. Esos imbéciles habían impuesto la Ley del Matrimonio, la causa de su estrés de las últimas tres semanas.

Lentamente cerró sus ojos, dio un profundo suspiro y los volvió a abrir. El manuscrito aún estaba allí. Su mundo empezó a dar vueltas. "Vale, que no te entre el pánico. No es tan malo como parece. Piensa. Necesito ayuda. Ayuda. Dumbledore. Él me ayudará. Sí. Pero primero..." Hermione miró a la lechuza que la estaba esperando. Tenía que tomar el pergamino. Su valentía de Gryffindor no la permitía ignorarla simplemente.

La Gryffindor de pelo rebelde apenas recordaba leerlo y salir del Salón. De camino a ver el director se encontró la profesora McGonagall.

― Señorita Granger, ¿por que no se encuentra usted de camino a encantamientos? Las clases empezarán pronto. ― Su voz era estricta.

― Necesito ver al director. Es urgente. Verá, hoy... ― la chica fue cortada.

― Estoy segura de que es fascinante, sea lo que sea, señorita Granger. Pero tenemos cosas más importantes que hacer que escuchar a una joven irresponsable. Puede venir a ver al director después de clases, si es lo que desea ― y la mujer se fue.

Hermione no podía creer lo que acababa de escuchar. Eso no estaba ocurriendo. Sabía que su mentora no estaba satisfecha porque ese año no se aplicó como los otros en transfiguraciones. Pero ya le había contado por qué. La investigación sobre el hechizo para proteger Hogwarts en caso de ataque era más importante. Lágrimas amargas salieron de sus ojos. Le había dicho a Dumbledore, junto a Harry y a Ron, que había conjurado el hechizo el día antes de la batalla final. No parecieron creerla pero no dijeron nada. Ahora lo entendía. No la creían. Las lágrimas caían a través de sus mejillas. El hechizo Protecto casi la mata. Pero lo conjuró de todas formas. Tres veces. Casi murió tres veces para luego ser traicionada por esos en quienes confiaba. Que ironía.

Su dolor se transformó en rabia. Bien, pues que les jodan. Les seguiría el juego, pero sería mejor que no esperaran que les perdonara una vez abrieran los ojos. Había perdido su respeto y confianza. Hermione secó sus lágrimas y se fue.

La clase de encantamientos pasó sin más. Se sentó con Lavender y Parvati. Entendieron lo que había pasado nada más Hermione entró en la clase. Ron y Harry la miraron sospechosamente pero decidieron ignorarla. Por lo que era la parte de Hermione, ya no eran amigos suyos.

― Aguanta, Mya, solo nos queda Snape, y después bienvenida será nuestra reserva de fire whiskey ― Lavender intentaba animarla. Hermione la miró con pesar. Lavender y Parvati intercambiaron miradas de preocupación. Hermione no bebía fire whiskey. No tuvieron que esperar mucho para ver que el temperamento infame de su amiga salía a flor de piel. Con la clase de pociones y su paciencia al límite, un desastre estaba a punto de ocurrir. Y lo hizo al final de la lección del profesor Snape.

― Señor Longbottom, ¿de quién es la muestra de la poción que me ha traído? ― preguntó Severus Snape con su infame cara de siempre.

― La mía, señor.

― Diez puntos menos por mentir. Todos sabemos que es usted incapaz de lograr una poción, Longbottom. ― Los de Slytherin se reían. Todo el mundo recogía para marcharse. La cara de Neville se había vuelto roja y parecía a punto de llorar.

Eso puso a Hermione de los nervios. Sabía que Neville había hecho la pocion él solito y la había hecho bien. Ella la había ayudado durante un par de años para llegar a esto; hacer bien una poción en la clase de Snape. Se dirigió a Snape con los ojos llenos de ira.

― Neville hizo la poción él sólo y lo sabe, señor. ― Su voz era clara y tranquila. La clase enmudeció. Todos estaban demasiado asustados hasta para moverse.

― ¿Qué acaba de decir, señorita Granger? ― su voz era tan solo un siseo.

― Creo que me escuchó, señor. ― Los ojos ámbar de Hermione encaraban los del profesor, negros sin fin. Snape le lanzaba su mirada más mortífera, pero ella ni siquiera pestañeó.

― Veinte puntos menos para Gryffindor por su osadía, señorita Granger. Y detención con migo, esta noche a las siete. No llegue tarde ― soltó.

― Ni soñaría con eso, señor ― respondió. Cuando el hombre se repuso de la impresión de haber sido contestado dos veces en cinco minutos, su victima ya había cruzado la puerta.

En el pasillo, Hermione sonrió ante la conmocionada expresión de Snape. Definitivamente, la conmoción no iba con él. Oyó algo que sonaba como "Veinte puntos, Granger." Bueno. Habrían valido la pena.

― Gracias por apoyarme, Hermione, y lamento que hayas acabado en una detención por mi culpa ― oyó la voz de Neville a su lado. Sonrió al chico.

― No te preocupes, Neville. Esa podrida rata negra no me puede hacer nada. ― Después de insultar a Snape se sentía sorprendentemente mejor. La ira la ayudó a conservar la poca cordura que le quedaba. Sus compañeras de habitación sonrieron en forma de entendimiento.

― ¡Eso fue sencillamente genial, Mione! Eres una Gryffindor.

― Me alegro que por fin te des cuenta que estamos en la misma casa, Ronald. Debe de haberte causado gran impresión después de seis años. Y vuelve a llamarme Mione y te dejaré en un permanente Silencio. ― Su voz era fría como el hielo. Ron Y Harry estaban sorprendidos.

No la habían creído ni habían confiado en ella desde hacía un año. Ya tenía suficiente. La dejaron colgada cuando necesitaba ayuda. Podían jugar con otra persona ahora. Hermione Granger necesitaba amigos de verdad. Las sonrisas en público no eran suficientes.

― Me encantaría quedarme a hablar pero me tengo que ir. Nos vemos en el dormitorio, chicas. ― Dirigió la última parte a sus compañeras de habitación y se fue.