Disclaimer: Hp es propiedad de Rowling. Yo soy sólo una huilde fickera que quiere reviews.
Este fic participa en el Reto Solsticio de Invierno del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
El último heredero
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Tom Marvolo Ryddle sabía una cosa: aquella era la primera Navidad realmente feliz que había tenido.
No había recibido muchos regalos. Apenas una túnica de gala, grageas de todos los sabores, un libro de magia antigua, y una pluma de águila, cortesía de Edward Nott, Liam Rosier, Anton Mulciber y Gregory Dolohov. Sin embargo, estaba feliz de estar en Hogwarts. Estaba lejos del asqueroso orfanato, de la horrible señora Cole, y de sus inferiores compañeros. Era raro sentirse feliz.
Tom envidiaba a la gente feliz. Le parecía una afrenta. Él siempre creció con la idea de que algo le faltaba, de que algo le habían robado cuando nació. Ver a la gente feliz hacía que se le revolvieran las tripas, se le frunciera el semblante y tuviera varios problemas para seguir con la charada de su calma personalidad. Él siempre supo que era especial, pero no sabía hasta que punto. Él siempre supo que era mejor que las insignificantes lagartijas con las que era forzado a vivir. Por eso le gustaba Hogwarts, porque al menos por un momento, él era feliz.
- Vamos a jugar con bolas de nieve. ¿Quieres venir? - le preguntó Mulciber.
- Sí.
Jugaron con bolas de nieve, jugaron bromas pesadas, hicieron uso de sus regalos. A Mulciber le habían regalado polvo de oscuridad. Lo lanzaron en un pasillo y dejaron que todo aquel que pasara por ese pasillo se volviera loco mientras ellos se reían. Dolohov tenía en su poder discos con colmillos, los lanzaron en la biblioteca e hicieron correr a la señora Penitrae mientras intentaba salvar los libros. Por supuesto, nadie supo que ellos tenían algo que ver con esas bromas. Nadie, excepto tal vez Dumbledore y Carol Leipzig.
- Si son malos - rió Carol.
- ¿Nos delatarás? - la retó Nott.
- No, por supuesto que no. No soy una soplona.
- Bien.
Carol no era especialmente desinteresada. Siempre cobraba por su silencio, y en creces.
Si Tom lo pensaba con atención, Carol era igual a él. Manipulaba a todos para conseguir su propio beneficio, cobraba cada favor que hacía, y nunca la descubrían. Carol tenía una vena de maldad, además era condenadamente astuta y siempre sabía saber más de lo que sabía. Tom siempre sabía lo que ella hacía antes que llegaran los rumores, y lo mismo pasaba en el otro caso.
Los Leipzig eran una familia de sangre pura, famosa por su habilidad en el arte de hacer pociones. Provenían de Alemania y estaban asentados en casi toda Europa. Eran una familia bastante grande pero no muy unida. Tom sabía todo esto por conversaciones que había tenido con Carol. Ella no le daba demasiada importancia a su historia familiar. Sí, Carol hubiera sido otra, Tom la envidiaría por su numerosa familia y se alejaría de ella. Por alguna razón sólo podía cultivar la extraña amistad que sostenían y confiar que el tiempo los distanciara.
- Feliz Navidad - susurró Carol mientras ponía en sus manos un juego de ajedrez mágico.
Más tarde en la soledad de su cama, Tom revisó el regalo de Carol. Estaba incompleto: no estaban ni el rey blanco ni la reina negra. Tom sonrió.
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