Capítulo 1
Lenguas de hierro
El aire se le escapaba de los pulmones, rasgando todo a su paso y generando un dolor punzante en el pecho, pero Scorpius no iba a parar. Iba a gastar hasta su último aliento para escapar de esas bestias. Las ramas de los árboles frondosos ya le habían rasgado la ropa y le habían dejado arañazos en el rostro como si quisieran apresarlo allí, como un sacrificio para los monstruos que los perseguían. Pero aun así no pararía, a pesar de que su pómulo izquierdo y brazo dolían y que sentía un líquido tibio bajando por su rostro. No pararía porque el dolor y el cansancio no eran nada comparado con el miedo que sentía en ese momento.
– Ya no puedo. – jadeo Lily delante de él. Su hermano le apretó aún más la mano y la jaló con más fuerza, pero la pelirroja trastabilló y cayó al piso.
– Vamos Lily, ya falta poco. – dijo Albus desesperado mientras observaba intercaladamente al prado y hacia el bosque.
Efectivamente, faltaban tan solo unos 20 metros para llegar al prado. Tan solo 20 metros para que las luces del sol evitaran que las bestias los atacaran, sirviendo de una muralla natural pero potente. Era tan corto el espacio que el muchacho ya sentía la brisa en el rostro. Pero el poco tiempo que habían ganado, se les había esfumado en ese instante y ya era demasiado tarde.
Un olor nauseabundo se apoderó del bosque, fue tan fuerte y tan repentino que Scorpius no pudo evitar una arcada mientras apuntaba con su varita hacia el bosque. Tembloroso y lleno de miedo solo tenía claro que el defendería a sus amigos de las cuatro bestias que habían aparecido frente a ellos.
Tenían capas largas y grises, rasgadas por partes, dejando al descubierto una piel negra y podrida, llena de gusanos y pústulas infectadas. Sus rostros eran la peor cosa que había visto Scorpius, ni siquiera los dementores podían compararse con ellos. Cabezas peladas y orejas puntiagudas. Allí donde habían estado los ojos solo había cuencas oscuras y profundas, no había nariz, solo dos orificios pequeños, su boca era negra como el carbón y llena de dientes puntiagudos que sobresalían, llenos de sangre y pus.
– Sangre pura… – siseo él más alto con una voz gutural que hizo que los tres muchachos se estremecieron de miedo.
Y él supo, supo que todos los mitos y los cuentos de terror con los que habían crecido en Hogwarts eran reales y que no había escapatoria para él. Su sangre era su condena. Pero tal vez con su sacrificio podría comprar tiempo para Albus y Lily. Los miró por unos segundos, el miedo reflejado en los ojos de la niña de apenas 12 años. Y en los ojos de su mejor amigo, el terror puro al entender lo que estaba a punto de hacer, nunca habían necesitado palabras para entenderse. Albus levantó a Lily y se echó a correr, en el mismo momento en que Scorpius lanzaba el hechizo con todas las fuerzas que tenía.
– Confundus. – gritó.
El hechizo salió de la barita del joven con tanta potencia que hubiera podido derribar a cualquiera, pero a esas bestias tan solo les llegó como una briza que revoloteó ligeramente sus túnicas maltrechas.
Se echaron a reír, una riza cruel y antigua que le puso la piel de gallina. El primero de ellos se relamió los labios con una lengua sanguinolenta y bífida. Los otros tres tan solo sonrieron.
– Pobre sangre pura. Es tan estúpido. – dijo el más pequeño. Scorpius lanzó otro hechizo y nuevamente las bestias se echaron a reír.
Tiempo, tiempo, tiempo. Necesitaba tiempo para Lily y Albus. No podía verlos, pero sabía que ya faltaban tan solo unos metros para que estuvieran a salvo y para que tal vez pudieran pedir ayuda.
Una de las bestias señaló con una mano huesuda y putrefacta hacia sus amigos.
– Los mestizos escapan. – habló y luego las cuatro bestias clavaron la mirada en Scorpius haciendo que el cuerpo entero del muchacho comenzara a temblar.
– Valiente…– sisearon al unísono como serpientes.
– Nos va gustar tu sangre. – siseo el último de ellos y comenzó a acercarse.
Scorpius trató, realmente trató de correr, pero sus piernas parecían hechas de plomo y aunque lo intentó, ni siquiera pudo moverse.
Pasaron tan solo segundos, unos cuantos segundos en los que el muchacho logró retomar la compostura, pero ya era demasiado tarde, aquellas bestias ya lo habían rodeado.
– Será lento – dijo el más alto mientras ahondaba más en la herida del rostro de Scorpius.
Scorpius gritó al sentir la uña de la bestia rasgando su piel hasta llegar al hueso. Escarbando para que la sangre se discurriera por toda su mejilla. Sus piernas temblaron, pero otro de ellos lo tomó por los hombros, obligándolo a mantenerse de pie.
– Y doloroso – susurró otro mientras se disponía a tomar su brazo.
Le arrancó en un abrir y cerrar de ojos la manga de la camisa y le lamió la herida que tenía desde el codo hasta el hombro. Scorpius volvió a gritar de dolor. La lengua de la bestia estaba llena de pequeñas cuchillas que hicieron que su brazo comenzara a sangrar en grandes cantidades.
La bestia que estaba detrás de él rasgó su camisa por completo, dejando al descubierto su espalda. Volvió a utilizar sus garras, esta vez para rasgar su piel. Fue el dolor más abrumador que había sentido el joven Malfoy. Gritó hasta que sus cuerdas bucales se destrozaron y sus piernas comenzaron a temblar. Los monstruos volvieron a apresarlo, manteniéndolo suspendido en el piso con su fuerza sobre natural mientras comenzaban a darse un festín a lengüetazos. Brazos, piernas, pecho y espalda, lo desollarían vivo, con esas lenguas monstruosas.
Gritó hasta que la voz se perdió en el aire, hasta que perdió las esperanzas de que alguien llegara y lo salvara, hasta que se dio por vencido y cerró los ojos, rezando a todos los dioses para que eso acabara pronto.
Un grito agudo y lleno de dolor hizo que Scorpius abriera nuevamente los ojos. El muchacho cayó de rodillas, tembloroso. Las bestias lo habían soltado.
Todo era confuso en ese momento, sobre todo porque había perdido tanta sangre que sus oídos zumbaban, la cabeza le daba vueltas y la vista se le nublaba. Se obligó a mantenerse consciente para entender que es lo que estaba ocurriendo. ¿Habían venido a salvarlo?
Unas manos cálidas y pequeñas le tomaron el rostro con suavidad. Se encontró con unos ojos color avellana con reborde dorado y una cabellera de un rojo cobrizo que caía como una cascada ondulada a su costado, tapando lo que ocurría a su alrededor. Vio sus labios carnosos de color rosa pálido y su rostro tostado por el sol.
La joven decía algo, sus labios se movían, pero Scorpius aún no podía escuchar.
– Vete, sal de aquí si puedes – logró entender. Mientras la joven se volvía a parar y se lanzaba hacia las bestias.
Y fue en ese momento en el que Scorpius al fin pudo ver lo que sucedía a su alrededor. La bestia que había gritado, estaba desplomada en el piso, con una daga sobresaliendo de su espalda. La chica de cabellera rojiza fue tras ella y la arrancó sin piedad. Scorpius sintió el sonido del hueso romperse mientras ella volvía a chantar la daga en el cráneo del monstruo, se la arrancó nuevamente en un abrir y cerrar de ojos y fue corriendo hacia donde estaban los otros tres. Las bestias peleaban con un muchacho de cabellera negra y cuando la pelirroja llegó a él, Scorpius no pudo creer lo que veían sus ojos. Ambos estaban tan coordinados que parecían danzar un baile mortal. Cada giro grácil era una sentencia de muerte. Cada paso, una estocada. Pronto el bosque se llenó de un olor a sangre podrida y hasta los animales más peligrosos de ese bosque se quedaron en silencio. Habían matado a las cuatro bestias, tan rápido y tan sincronizados que Scorpius pensó por unos segundos que estaba muerto o a punto de hacerlo y que eso no era nada más que una estúpida fantasía.
La muchacha volteó a verlo y él pudo ver algo en esos ojos, no supo definir si era miedo, sorpresa o quizás asco. Se quedó paralizada por unos segundos, vio al otro muchacho, esperando una orden silenciosa y aunque él negó con la cabeza, la pelirroja caminó hacia Scorpius.
– Esta muy herido Casian, ni siquiera ha hecho caso a mi orden – le dijo al pelinegro. El chico miró a Scorpius con desprecio.
– Si lo ayudas, te va a costar unos buenos latigazos – habló con frialdad mientras le clavaba la mirada a Scorpius. Era la primera vez que el joven lograba ver sus ojos con precisión, dorados como el oro mismo.
Estaba muerto, definitivamente lo estaba porque no había forma de ver unos ojos de tal color. Trató de decir algo, pero de su boca no salió nada más que un balbuceo.
La pelirroja le puso un dedo en los labios.
– Guarda tu energía mago, vas a necesitarla. – dijo la joven. – No puedo curar tus heridas, pero puedo hacer que el dolor pare y que la fuerza vuelva a tus huevos. Seguirás sangrando, pero te dará tiempo. – habló mientras le mostraba una daga llena de sangre negra. La limpio en su ropa, dejando al descubierto la hoja de la daga, negra y llena de minúsculos puntos plateados, como una noche estrellada. Era la cosa más bonita y letal que había visto en toda su existencia. – Esto es mi Grisha – susurró la muchacha mientras se la pasaba por los brazos. – Es como tu varita. – Volvió a susurrar, mientras seguía recorriendo el cuerpo del muchacho. Poco a poco Scorpius sintió como un manto helado cubría su cuerpo y al mismo tiempo su fuerza regresaba, su mente se hacía más lucida y el dolor paraba.
– Gracias. – habló con la voz ronca y la muchacha le sonrió ligeramente.
– Si no te apuras, no servirá de nada, niño plata. – le habló mientras la muchacha se paraba. Le tendió una mano y Scorpius la tomó. Efectivamente, su cuerpo no dolía, pero aun sentía como la sangre discurría de las heridas.
– Vámonos ahora, ya vienen. – Ordenó Casian, mientras veía hacia el prado.
La ayuda al fin estaba llegando. El pelinegro ni si quiera espero, tan solo saltó hacia los árboles y desapareció entre las ramas con movimientos casi felinos.
La muchacha estaba a punto de hacer lo mismo, a punto de huir con él, pero Scorpius la tomó de la muñeca y la detuvo.
– Espera. – le habló y ahora que podía verla como realmente era, se dio cuenta de que no había forma de que fuera mayor que él. Una joven de tan solo 14 años le había salvado la vida. Albus jamás le creería, ni siquiera él podía creerlo.
– ¿Qué pasa? – le preguntó mientras Scorpius trataba de memorizar cada facción de ese rostro.
– ¿Por qué mi magia no funcionó? – preguntó al fin. La muchacha se soltó de su agarre con delicadeza.
– Por qué los Lenguas de Hierro son más antiguos que sus varitas, quizás que la magia misma y como tal, solo pueden morir con algo que se forjó en el mismo momento que ellos. – habló con suavidad y le mostró su daga. El muchacho volvió a ver nuevamente la piedra estrellada, como si hubieran puesto un puño del mismo cielo en ella.
Escuchó los gritos de la familia de Albus detrás de él. Giró por reflejo y los vio allí, viniendo en su búsqueda. Sintió como el aire regresaba a sus pulmones. No lo habían olvidado, estaban viniendo en su rescate junto a Albus.
Volteo nuevamente para ver a la pelirroja, pero ya no estaba allí. Cayó de rodillas, como si cuerpo se estuviera dando por vencido ahora que sabía que estaba seguro.
El primer rostro que vio fue el de Albus. Sus ojos verdes estaban inyectados de horror y aun que no tuvo la valentía para ver su cuerpo maltrecho, Scorpius sentía la sangre derramarse por sus extremidades y si bien no dolía, el rostro de Albus delataba su mal estado.
– Pensé que nunca llegarías falco inútil. – fue lo primero que le dijo a su amigo y le sonrió con alivio. Su mejor amigo lo miró con tantos sentimientos encontrados en ese momento que Scorpius no pudo evitar reír toscamente. En ese momento, a pesar de posiblemente estuviese muriendo, estaba feliz de tenerlo a su lado.
– Papá creo que está entrando en shock – hablo Albus muy serio y Scorpius volvió sonreír con más ganas.
– Échalo en el piso. Vamos a trasladarlo ahora. – dijo Harry Potter mientras se arrodillaba al lado de Scorpius. – Tomen aire. – habló y fue su única advertencia.
El mundo giró alrededor de Scorpius, el muchacho cerró los ojos y al abrirlos, las luces blancas de San Mungo lo cegaron por completo, obligándolo a cerrar los ojos de nuevo.
Escuchó las voces de las enfermeras y luego la voz de su padre. Lo habían estado esperando. No lo habían dejado solo.
El hechizo no se fue gradualmente y el dolor regresó como un golpe seco en el estómago, le quitó el aire y estremeció sus huesos. Gruñó de dolor con todas las fuerzas que le quedaban. Sin el hechizo ya no eran muchas. Escuchó a su padre, le escuchó decir su nombre varias veces, escuchó que la magia no estaba funcionando, que lo estaban perdiendo. Escuchó muchas cosas y quiso hablar, pero se dio cuenta que ya no podía. Estaba muriendo.
Cuando volvió a tener conciencia de su cuerpo, cada parte de él quemaba. Quiso gritar, quiso pedir ayuda, pero su boca y ojos parecían estar bloqueados por alguna especie de magia viscosa y antigua.
– Quiero que entiendas que esto lo hago por ti. – habló su padre y fue lo último que escucho de él.
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Bueno este básicamente fue mi sueño, más bien una pesadilla, pero realmente me agradó. Espero que a ustedes también les guste.
Luciana
