Multitud - Afrodita + Aioria
Miraba intensamente, oculto detrás de una columna. Sus hermosos ojos llenos de envidia. El límpido cielo que debían haber mostrado, nublado por un sentimiento obscuro y complejo: un deseo tan denso que podía sentirlo acariciarle todo el cuerpo, un ansia de destruir todo si no cumplía con sus esquemas.
Y lo que miraba ni siquiera era algo fuera de lo común: había una pequeña multitud –así lo veía él– de caballeros, aprendices y escuderos alrededor de un niño pequeño, que recién llegaba al Santuario.
Aioros mantenía a su hermano sobre sus rodillas, triste pero orgulloso de poder encontrarle en ese lugar. Él ya era caballero de oro y se encargaría de que Aioria tuviera una buena infancia mientras aprendía a ser caballero y a proteger todos los ideales de la diosa.
El niño estaba ajeno a tales pensamientos, jugaba con el largo cabello de Saga que lo soportaba pacientemente y Shura no dejaba de reírse ante su forzada expresión de calma.
Otros niños se fueron acercando, atraídos por las risas.
Cada vez se nutría más aquel grupo, todos sacudían el brillante y dorado cabello del bebé y le hacían comentarios agradables a su hermano. Una cierta sensación de alegría dominaba la escena.
Pero Afrodita no se movió de su lugar; no hubiera podido aunque lo hubiera intentado. Miraba a Aioria con una expresión que estaba llena a partes iguales de admiración, deseo, envidia y deseos de destrucción. Jamás se había sentido así, amenazado por la mera presencia de alguien. Aquel niño era como un sol: su cabello destellante y dorado, los brillantes dientes de leche que relucían en cada sonrisa y unos ojos verdes como la esmeralda más brillante. Pero no era sólo su apariencia, había algo en la forma en que todos gravitaba a su alrededor, que hacía que Afrodita sintiera como si estuviera siendo eclipsado, borrado.
Él mismo era un niño que resultaba atractivo, lo sabía, la gente se lo decía; pero no tenía la simpatía de Aioria y no despertaba aquellas muestras de ternura. Jamás había sido tratado de la forma en que trataban a aquel niño. Un sentimiento negro y terrible se expandió por su estómago y le subió ácido a la garganta.
No era justo. Aquel chico acababa de llegar al Santuario y tenía amigos,
mientras que él estaba solo. Lo odió, siempre lo odió a partir de aquel primer día. Y como nunca se atrevió a salir de atrás de la columna, siguió solo.
Estaba aislado, y sólo tenía su odio.
