Capítulo 2. El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos. [William Shakespeare, escritor inglés]

Por muchos años que pasaran, el Callejón Diagon seguía siendo un caos a finales de agosto. Tiendas repletas de estudiantes de Hogwarts comprando para un nuevo curso, gnomos de Gringotts ajetreados corriendo arriba y abajo, fanáticos del Quiddicth admirando la nueva Nimbus 9999, adultos de dudosa reputación perdiéndose disimuladamente hacia el Callejón Knockturn, y así un largo etcétera de situaciones que se repetían año tras año.

Y en medio de ese caos, una elegante chica morena miraba el reloj con impaciencia mientras repasaba con la mirada, y cierto aburrimiento, a todos los chicos y hombres que pasaban a su lado. Iba vestida con una hermosa y cara túnica de color verde manzana y un sombrero que la hacía parecer 5 años mayor de lo que era.

-El sombrero es francamente horrible, Theo –murmuró una voz en su oreja, con la clara intención de asustarla. La única reacción de la morena fue levantar una ceja y girarse para mirar a la recién llegada.

-El amor de tu vida se va a casar con tu hermana, Nickie –contraatacó Theodosia Nott -. Y no me llames Theo, parece que sea un chico.

-Haya paz. Odio que me llamen Nickie. ¿Sabes algo de Lucianna? –preguntó Dominique mientras ambas chicas emprendían el camino hacia su primer objetivo del día: La Botica.

A pesar de no haberse visto en todo el verano, no hubo besos ni abrazos de reencuentro, Theodosia no era muy dada a las muestras de afecto públicas y la cobriza respetaba su decisión. Ambas sabían que su amistad era inquebrantable y no hacía falta demostrarlo con "cariñitos" ni abrazados como si el mundo se fuera a terminar mañana.

-Se queda en Croacia hasta el 31 de agosto –contestó la morena abriendo la puerta de la tienda y dejando pasar primero a Dominique-. Me ha dicho que le compremos sus cosas también y que nos devolverá el favor con creces, lo que significa que nos va a dejar copiar sus redacciones de Transformaciones durante todo el curso.

Estuvieron más de media hora seleccionando cuidadosamente los ingredientes que iban a necesitar para este curso, pues como decía su profesora de Pociones: "lo importante de una poción, a parte de la habilidad que se tenga en esta materia, es la calidad de los ingredientes; puedes ser tan buena como yo haciendo pociones, pero si la materia prima es de mala calidad, el caldero te va a explotar en la cara".

Las tres amigas cursaban el EXTASIS de Pociones, aunque sólo Dominique y Lucianna lo hacía porque realmente les gustara la asignatura; Theodosia se había apuntado a todos los EXTASIS que había podido para no aburrirse en sus dos últimos años en Hogwarts. Ser hija de una importante familia mágica tenía sus ventajas y una de ellas era tener trabajo asegurado en la cúpula dirigente del inmenso imperio Greengrass.

Desde pequeña, Theodosia había sido educada para convertirse, en un futuro, en alguien importante e influyente dentro del conglomerado de empresas de su familia materna, imitando a su madre, Daphne Nott, y a su tía, Astoria Malfoy.

Su madre era la presidenta del imperio, mientras que su tía se dedicaba mayoritariamente a las obras de beneficencia y a recaptar fondos para las diferentes fundaciones benéficas de las cuales era responsables los Greengrass.

Hacia el mediodía, las dos chicas se sentaron en la Heladería Florean Fortescue para disfrutar de un helado de cerveza de mantequilla, el favorito de las dos, mientras hablaban de las respectivas novedades del verano. Las bolsas, resultado de una fructífera mañana de compras, se amontonaban a sus pies.

-¿Andrómeda Tonks te dijo que lucharas por Lupin? –preguntó Theodosia después que Dominique le contara todo lo que había ocurrido en la comida del "compromiso" entre su hermana y Ted.

-Sí –aseguró Dominique mientras se llevaba una cucharada de helado a la boca-. Victoire y ella nunca se han llevado demasiado bien y eso que Victoire ha intentado por todos los medios caerle bien a su futura suegra.

-Supongo que un Slytherin sólo puede ser comprendido por un Slytherin –dijo la morena. Dominique se encogió de hombros señalando que no estaba del todo de acuerdo con esa afirmación-. Cambiando de tema, te he traído un regalo de Sudáfrica.

-Espero que no sea otro ser vivo –suplicó Dominique mirando como Theodosia abría su bolso y sacaba un pequeño paquete envuelto en papel verde. El año pasado la morena había osado regalarle una planta exótica tailandesa y Dominique no había logrado mantenerla viva más de una semana.

La cobriza podía ser una de las chicas más inteligentes de Hogwarts, capaz de cursar siete EXTASIS, pero era incapaz de hacerse cargo de una planta o cualquier otro ser vivo. Era de las pocas alumnas de Hogwarts que no había traído nunca una mascota al colegio, si quería enviar correos usaba la lechuza de su hermano o una de las de Hogwarts.

-Tranquila, aprendí la lección el año pasado –dijo Theodosia tendiéndole con una sonrisa el paquete.

Una sonrisa iluminó la cara de Dominique mientras abría el regalo, en el fondo a sus dieciséis años seguía siendo una niña y le encantaba abrir regalos sorpresa. La manera más fácil de romper el tímpano de hielo en que a veces se convertía la chica era sorprendiéndola con regalos.

-¡Oh! ¡Es precioso! –exclamó mientras sujetaba con la mano izquierda un hermoso collar de ámbar y jade. Sin dudarlo ni un momento, se lo puso alrededor del cuello y sonrió a su amiga dándole las gracias. Theodosia respondió con una inclinación de cabeza.

-Hablando de algo precioso… -dijo la morena al cabo de unos minutos mientras con la mirada señalaba a un chico que acababa de salir del Caldero Chorreante.

-Frank –murmuró Dominique siguiendo la mirada de Theodosia.

Frank Longbottom era lo contrario a su padre: alto, musculoso, guapo y popular. Era capitán de Quiddicth, cursaba el EXTASIS de Pociones y odiaba Herbología. Lo único que padre e hijo tenían en común era que ambos eran Gryffindor.

En ese momento, Frank iba hablando tranquilamente con dos chicas idénticas, Alice y Agnessa Longbottom, sus dos hermanas pequeñas. Una sonrisa apareció en los labios del muchacho al oír un comentario de Alice. Iba a contestarle a su hermana, pero justo en ese momento vio a las dos Slytherins sentadas en la heladería. Su mirada se fijo en Dominique durante un segundo antes de volverse hacia sus hermanas para decirles que podían ir a hacer las compras solas.

-Es lo que te hemos estado pidiendo toda la mañana –dijo Agnessa con exasperación antes de marcharse con su hermana hacia la tienda de Quiddicth. Ambas eran unas fanáticas del deporte y co-capitanas del equipo de Quidditch de su casa, Hufflepuff.

Una vez sus hermanas se habían marchado, Frank Longbottom se acercó a las dos Slytherins que seguían en la heladería. Theodosia había perdido el interés en el chico y estaba ojeando una revista que había encontrado abandonada en la mesa de al lado, pero Dominique seguía mirándolo fijamente.

-Weasley –dijo cuando llegó a su altura.

-Vaya, ¿vuelvo a ser Weasley? –preguntó la cobriza con sorpresa fingida-. No decías lo mismo la última vez que nos vimos

-Dominique –contestó Frank cortante. Se notaba que quería estar en cualquier sitio, menos ahí-. Ayer Roxanne me contó que Victoire y Teddy se habían comprometido. Podrías felicitar a Victoire de mi parte, por favor.

-¿Por qué no lo haces tú mismo? –preguntó Dominique mientras una media sonrisa pícara aparecía en sus labios-. ¿O es que tienes miedo de venir a casa?

-Tú díselo –contestó fríamente el muchacho antes de darse la vuelta y marcharse sin añadir nada más.

La sonrisa de Dominique aumentó mientras veía el chico marcharse en dirección a su casa, el Caldero Chorreante. La familia Longbottom había comprado el local hacia cinco años y Hannah (Abbott) Longbottom, esposa de Neville Longbottom y madre de Frank, Agnessa y Alice, era la nuestra mesera de ese popular local. El ambiente tétrico que había reinado cuando Tom era el mesero había desaparecido, y Hannah había logrado crear un nuevo estilo acogedor que gustaba mucho más a los clientes.

-Cada verano le sienta mejor a ese chico –murmuró la morena apartando su mirada de "Corazón de Bruja" para fijarla en el culo del muchacho que se alejaba.

-Si –afirmó Dominique.

-¿La última vez que nos vimos no decías lo mismo? –dijo Theodosia repitiendo las palabras que su amiga acababa de decirle a Frank-. ¿Algo que debería saber?

-Nada fuera de lo normal. Nos acostamos la última noche del curso pasado y sus remordimientos le han impedido dirigirme la palabra hasta hoy. Lo mismo que ha pasado cada vez que nos hemos acostado estos dos últimos años. Ya sabes cómo funciona Frank.

-Debe ser muy duro para un Gryffindor engañar a su pareja –reflexionó la morena comprensivamente. Dominique levantó una ceja ante el comentario, Theodosia Nott nunca era comprensiva con nadie.

-Eso tiene fácil solución, que deja a mi prima Roxanne.

-Parece mentira que aun proclamando a los cuatros vientos estar enamorada de Lupin, sigas sin poder desengancharte de Longbottom.

-Me encanta follar con él –reconoció Dominique mordiéndose el labio-. Aun siendo un Gryffindor, sabe lo que se hace –añadió con una sonrisa.

-No empieces otra vez con tu teoría de las casas y el sexo, por favor –suplicó la otra chica.

-No sé de qué te quejas, si tú me has ayudado con creces a demostrar mi teoría –replicó Dominique sacándole la lengua.

Theodosia Nott era para la mayoría de la población femenina de Hogwarts el perfecto prototipo de una "zorra Slytherin". Le encantaba el sexo y no se escondía de ello, su lista de conquistas y amantes era tan larga que ni siquiera Lucianna, la mejor estudiante de Slytherin, era capaz de recordar todos los nombres y casas. En sí mismo, el sexo por el sexo no era problema, el problema de Theodosia era que nunca tenía en cuenta los sentimientos de los demás. Ella no mentía a los chicos; les decía claramente que sólo era sexo sin compromiso, pero nunca tenía en cuenta si estos tenía novia cuando un chico se le ponía entre ceja y ceja. Y era justamente por esa manía de escoger chicos con pareja que se había ganado el odio de las chicas de Hogwarts. Sólo se habían salvado los chicos que tenían, habían tenido, o tendrían según la morena, algún tipo de relación con sus dos mejores amigas, el resto había pasado por sus sábanas.

Una vez ambas terminaron el helado, siguieron con las compras pues aún les faltaban algunas cosas básicas, como por ejemplo los libros. Siempre los compraban a última hora de la tarde porque así no tenían que cargarlos durante todo el día.

Cuando entraron a la librería, se sorprendieron en encontrar una larga cola de personas que esperaban ser atendidas. Ambas se disponían a armarse de paciencia, cuando una de las primeras personas de la cola se volteó hacia ellas y les hizo una seña para que se acercaran.

-Hola Rose –dijo Dominique con una sonrisa. La verdad es que Rose y ella nunca habían sido unas primas muy unidas, se llevaban dos años y a esas edades eso era mucho tiempo, pero desde que ambas eran las dos únicas Weasley fuera de la querida casa Gryffindor, un vínculo se había creado entre ellas sin que ninguna de las dos se diera cuenta-. Hola Hugo –añadió al ver que al lado de Rose estaba su hermano.

-Buenos tardes, Dominique, Nott –dijo Rose devolviéndoles la sonrisa.

Rose Weasley era la viva imagen de su madre, Hermione Granger Weasley, pero en pelirrojo y alto como su padre. Había heredado la inteligencia de su madre y eso había sido decisivo para que acabara en Ravenclaw, dónde obviamente se había convertido en una estudiante modelo, así como integrante del equipo de Quiddicth de su casa.

Por el contrario, Hugo Weasley era Gryffindor y todos decían que había heredado el carácter de su padrino, Neville Longbottom. Era responsable, generoso y siempre dispuesto a ayudar a su prima Lily a estudiar, odiaba el deporte y era bastante torpe. Físicamente, se parecía a su padre, Ron Weasley, pero con el pelo color castaño y los ojos marrones.

-¿Qué pasa hoy aquí? –preguntó la morena mirando a los dos hermanos.

Los hijos de Ron y Hermione se encogieron un poco al sentir la mirada de Theodosia en ellos. Dominique negó con la cabeza sabiendo cuan aterradora e intensa podía ser una de las miradas inquisitivas de su amiga. Mirada que había perfeccionado en los dos años que había sido prefecta de Slytherin.

-Tenían que ponerse enfermos el mismo día y justo poco antes de la vuelta al colegio –el señor Blotts pasó murmurando y maldiciendo por su lado. Iba cargado con varios libros que se mantenían en un equilibrio precario.

-Sus dos ayudantes se han puesto enfermos hoy –explicó Rose-. Llevamos una hora aquí y no ha parado de murmurar la misma frase una y otra vez.

-Debería haber una ley mágica que impidiera que dos ayudantes de la misma tienda se pusieran enfermos el mismo día. ¿Qué quieren? –preguntó el señor Blotts con agresividad.

-Queremos los libros para el tercer y el quinto curso de Hogwarts y… -comenzó Rose para luego ceder la palabra a su prima para que pidiera sus libros.

-Tres libros de séptimo de Pociones, Encantamientos, Transformaciones, Aritmancia y Astronomia, dos de Herbología, uno de Runas Antiguas, uno de Critaturas Mágicas, uno de Historia de la Magia y uno de Defensa Contra las Artes Oscuras. Gracias.

-Por cierto, Dominique, tu no lo sabes aún porque no viniste al cumpleaños de tío Harry–dijo de repente Rose mientras esperaban que les dieran lo que habían pedido-. Me han hecho prefecta de Ravenclaw.

-¿Si? Felicidades. –contestó con una sonrisa la cobriza-. ¿Alguna novedad familiar más que tenga que saber?

-Mmmmm… Frank sigue siendo capitán del equipo de Gryffindor y Lucy y Albus han sido nombrados prefectos de Gryffindor.

-Parece que en Gryffindor todo queda en familia –comentó Theodosia.

-Aquí tienen sus libros –dijo el señor Blotts interrumpiendo la conversación.

Una vez todos hubieron pagado sus respectivos libros, Theodosia pagó los libros de Lucianna, Rose y Hugo se marcharon a buscar a su padre a Sortilegios Weasley después de despedirse de las dos Slytherins. Dominique y Theodosia, por su lado, fueron a admirar la tienda de Quiddicth un rato y luego se despidieron hasta el 1 de setiembre, pues no podrían verse hasta ese día en el Hogwarts Express debido a varios compromisos de la familia Nott-Greengrass.

Con paso lento debido al peso de las bolsas, Dominique se encaminó hacia Sortilegios Weasley. No se podía empezar un nuevo año en Hogwarts sin un buen surtido de bromas de la tienda, nunca se sabía cuando se podían necesitar pastillas vomitivas para espantar a un pretendiente demasiado molesto, o caramelos de la verdad para sonsacar información. Además desde la tienda de sus tíos podía irse a casa a través de la red Flu fácilmente.

-Bienvenido a Sortilegios Wealsey –su primo James apareció en la puerta con una sonrisa que hubiera hecho sombra a un anuncio de dentífrico, pero al ver a Dominique, la sonrisa se le congeló en la cara. James había decidido ganarse su primer salario trabajando los meses de verano en la tienda de sus tíos y la verdad es que según lo que había oído la cobriza se le daba muy bien, sobre todo con las clientes femeninas-. ¿Qué haces tú aquí?

-Soy una nueva clienta. ¿No deberías tratarme mejor? –preguntó Dominique pasando por delante del muchacho y entrando a la tienda, mientras escondía una sonrisa. James Potter era uno de los familiares que no había aceptado ni aceptaría nunca que ella estuviera en la odiada y temida casa de las serpientes. Su relación era difícil y tortuosa, ambos sacaban del otro lo peor que había en ellos.- Quiero un paquete de siete pastillas vomitas, dos docenas de caramelos de la verdad y tres paquetes de Magifuegos Salvajes Weasley grandes. Y rápido, por favor. Tengo prisa.

Lanzándole un mirada helada, James se dirigió al almacén y volvió con lo que le había pedido la chica en menos de un minuto. Cuánto antes se perdieran de vista, mejor para todos fue lo que pensaron ambos.

-Son 79 galeones y 2 Stickle –dijo James con tono neutro e evitando mirarla a los ojos.

-Un "por favor" no hubiera estado de más –dijo Dominique mientras sacaba las monedas.

-Lo dice la que ha dicho quiero esto, eso y aquello; y rápido –contestó el pelirrojo con rabia contenida.

-Al menos he dicho por favor –sentenció la chica-. Aquí tienes 79 galeones y 2 stickles de plata.

-Gracias –replicó James con retintín.

-De nada –dijo Dominique con la sonrisa más falsa del mundo cogiendo la bolsa.

-¿Dónde vas? –preguntó James al ver que Dominique se dirigía hacia el almacén tranquilamente.

-Voy a usar la chimenea para ir a casa. ¿Y desde cuando tengo que darte explicaciones a ti? –bufó la chica taladrándole con la mirada.

-Desde que estoy de encargado de la tienda, porque tío Ron y tío George se han tenido que ir a casa –contestó el muchacho interponiéndose entre el almacén y Dominique.

-¡No me jodas! También son mis tíos y todos utilizamos esta chimenea para ir a casa.

-Ya, pero no puedo asegurar que no vayas a coger nada del almacén. Y no puedo dejar la tienda sin atender para acompañarte hasta la chimenea.

-¿Es una broma, verdad? ¿Qué coño te pasa, James?

-Te lo acabo de decir –dijo el hijo mayor de los Potter con arrogancia.

Dominique no se podía creer cuan absurda era la situación. Ella siendo retenida por su primo pequeño para así no poder utilizar la chimenea de la tienda de sus tíos. Con un suspiro, sacó su varita. No tenía ganas de discutir, lo único que quería era irse a casa.

-¿Vas a hechizarme? –preguntó James sin sorprenderse demasiado.

-Sé que me crees capaz de eso, pero no. Reduccio –dijo la cobriza apuntando a todas sus compras que quedaron reducidas al tamaño perfecto para que pudieran ser llevadas dentro de su bolso.

Aún no tenía diecisiete años, así que por eso no había realizado el hechizo durante el día, pero sabía que dentro de la tienda de sus tíos nadie detectaría un poco más de magia, pues el sitio estaba repleto de cosas mágicas.

Con una última mirada airada a su primo, cogió su bolso y se marchó de la tienda. Se le había ocurrido dónde podía encontrar otra chimenea, y la verdad es que el plan le parecía mil veces mejor que empezar un duelo verbal con su primo sobre quién tenía o no derecho a utilizar la chimenea de Sortilegios Weasley.

Salió del Callejón Diagon al Londres muggles. Eran las seis de la tarde pero seguía haciendo un día radiante así que decidió ir caminando hacia Covent Garden. Le encantaba Londres, ella que se había criado en una casita al lado del mar, le fascinaba esa gran ciudad llena de ruido, olores, gente... Recordaba claramente la primera vez que había visitado Londres, de hecho era el recuerdo más lejano que tenía y eso que ella sólo tenía 3 años.

Recordaba sobretodo el paseo por el Londres muggles, sus padres habían decidido llevarles a Louis, a Victoire y a ella a pasear por Hyde Park después de que hubieran acabado las gestiones que tenían que hacer en el Ministerio de Magia. Dominique se acordaba especialmente de los coches que había divisado desde su privilegiada posición en la espalda de su padre. A partir de ese día, había desarrollado un amor incondicional hacia la velocidad. Amaba todo lo que podía hacerle sentir velocidad. De hecho, llevaba ahorrando el dinero que le daban para sus cumpleaños para comprarse un coche muggle cuando tuviera 18 años y se sacara el carné.

Paseando tranquilamente, al cabo de media hora llegó delante de una puerta de color rojo que era la entrada a unos apartamentos que se escondían del ojo muggle entre una tienda de pastelitos y una supermercado.

-¿Diga? –una voz masculina y distorsionada se oyó a través del intercomunicador, un minuto después de que llamara.

-¿Teddy? Soy Dominique, ¿puedo pasar? –preguntó la cobriza dándose cuenta en ese momento que no había pensado en un plan B en el caso que Ted Lupin no quisiera abrirle la puerta.

El sonido inconfundible de la puerta abriéndose hizo que una sonrisa apareciera en sus labios, sin dudarlo ni un segundo la empujó y entró en el hall del edificio. A pesar de ser un edificio para magos, los apartamentos disfrutaban de las últimas tecnologías muggles, como el intercomunicador, electricidad o televisión por satélite. Ignorando el ascensor, Dominique subió hasta el piso de Ted por las escaleras.

-¿Qué haces aquí? –el pelo azul eléctrico de Ted Lupin apareció en la puerta de su casa y sus ojos ambarinos la sondearon para saber qué la había traído hasta aquí.

-La verdad es que por un momento pensé que no me ibas a abrir la puerta –comentó Dominique apartando al hombre de la puerta y entrando como si fuera su casa.

Ted la observó acomodarse en su sofá tranquilamente, antes de cerrar la puerta y seguirla al interior de su apartamento con recelo. Dominique Weasley era una caja de sorpresas, nunca sabías qué esperar de ella.

-Me encantan las vistas –comentó la cobriza señalando el enorme ventanal que ocupaba la mayor parte de una de las paredes del comedor. Se quitó las botas que llevaba y subió los pies al sofá, poniéndose cómoda-. La verdad es que James me ha vetado el uso de la chimenea de Sortilegios Weasley, así que he pensado que podía usar la tuya para ir a casa…

-Toda tuya –interrumpió el muchacho colocándose al lado de la chimenea e indicándole dónde estaban los polvos Flu.

-Pero he decidido que estaría bien que me invitarás a cenar… ya sabes, como ahora vamos a ser familia, estaría bien que estrecháramos nuestra relación.

-Dominique… -murmuró Ted perforándola con la mirada.

-Entiendo que el hecho que esté sentada en tu sofá, otra vez, te trae recuerdos que de seguro quieres olvidar –dijo Dominique devolviéndole a Ted una mirada pícara.

El recuerdo de la noche que pasaron juntos en este mismo piso hacia más o menos un año flotó en el ambiente, haciendo que Ted Lupin quisiera poner tierra por medio entre él y Dominique.

Justo cuando Ted iba a replicarle y a decirle que se marchara de su casa, el timbre de su casa sonó inesperadamente por segunda vez esa tarde. Con gesto confundido, Ted accionó el intercomunicador.

-Buenas tardes, señor Lupin. Soy la profesora Sprout. ¿Puedo pasar?

-Claro –respondió Ted. Miró a Dominique y le hizo una mueca en señal que no tenía ni la menor idea de porque la directora de Hogwarts estaba en su casa mientras abría la puerta principal.

Al cabo de varios minutos, apareció Pomona Sprout de dentro del ascensor. Iba vestida con su usada túnica de color tierra y un sombrero hecho por ella con flores de mandrágora y hojas de hierbabuena.

-Buenas tardes, directora. Bienvenida a mi casa –dijo Ted mientras con un gesto le indicaba que entrara.

-Buenas tardes –respondió la mujer antes de pararse sorprendida al ver a Dominique en el sofá-. Buenas tardes, señorita Weasley.

-Buenas tardes, profesora. ¿No es un poco raro ir a visitar a exalumnos en pleno verano?

-¿No es un poco raro que una alumna se tome la confianza para preguntar eso a su profesora?

-Estamos en verano. No es mi profesora en estos momentos –comentó Dominique con una sonrisa. La verdad es que se llevaba bastante bien con la regordeta y bajita directora de Hogwarts, debido seguramente a la cantidad de veces que ella y Theodosia fueron a su despacho durante su segundo y tercer año, en su etapa más rebelde.

-Consecuentemente, puedo visitar a mis exalumnos en mi tiempo libre, ¿no cree, señorita Weasley?

-Claro que sí –cortó Ted que se estaba cansando del intercambio entre las dos mujeres-. Aunque me encantaría saber el motivo de su visita. Pero primero, perdone mi descortesía, siéntese, por favor. ¿Desea tomar algo? ¿Un té?

-Un Rooibos de vainilla, si puede ser –dijo la profesora con una sonrisa, mientras se acomodaba en el sillón.

-Claro, es mi té preferido –dijo Ted antes de desaparecer hacia la cocina.

El silencio reinó entre Dominique y la directora de Hogwarts hasta que el chico volvió de la cocina con tres humeantes tazas de té.

-Un Rooibos de vainilla para usted, profesora, otro para mí y un té verde con jazmín.

-Te has acordado –murmuró Dominique sorprendida y sintiendo una cálida sensación en el pecho.

-Como olvidarlo –murmuró a su vez Ted. En el mismo instante en que lo dijo, se arrepintió al ver la sonrisa cálida de la cobriza. Quería mucho a Dominique y por ese mismo motivo, odiaba tener que hacerle daño-. Usted dirá –añadió girándose hacia la profesora Sprout.

-Como sabréis, Hogwarts está recibiendo cada vez más alumnos, tantos que algunos profesores han solicitado ayuda para poder impartir las clases con la misma calidad que hace unos años. Por ello, el Consejo del Colegio ha decidido que cada profesor que lo solicite tenga la ayuda de un profesor adjunto. La profesora Turpin ha solicitado esa ayuda para las clases prácticas y ella misma me ha sugerido que se lo pidiera a usted, señor Lupin.

-¿Yo? ¿Profesor adjunto de Defensa Contra las Artes Oscuras?

-La profesora Turpin me ha comentado que durante sus años en Hogwarts ayudó a los alumnos de cursos inferiores en esa misma asignatura. Además, usted es auror y eso nos sería de gran utilidad en ese asignatura.

-Además, según tío Harry, tu padre fue el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras de todos los tiempo –añadió Dominique sabiendo que ese argumento sería más importante que cualquier alabanza que la profesora Sprout pudiera dedicar a las habilidades de Ted.

-Me gustaría saber más.

-Claro, pregúntame lo que quiera.

Durante la siguiente hora, Dominique estuvo presente en una especie de partido de tenis. Pregunta o inconveniente que Ted tenía, respuesta y solución que la profesora Sprout daba al problema. A pesar de no querer parecer una creída, la cobriza sabía que la única razón por la cual Ted aún no había aceptado el puesto como profesor adjunto, era ella. Vivir debajo el mismo techo con la hermana sin escrúpulos de tu prometida que podía meterse en tu cama cualquier noche, no era el escenario ideal justo los meses antes de la boda.

-Obviamente, no tiene que decidirlo ahora mismo. Tiene tiempo para meditarlo hasta el 30 de Agosto –dijo la profesora Sprout cuando Ted se quedó sin más preguntas-. Ahora si me disculpan, tengo otros asuntos que atender. Espero recibir noticias suyas pronto, señor Lupin. Hasta el uno de Setiembre, señorita Weasley. Acabe de pesar unas buenas vacaciones.

-Usted también, profesora –dijo Dominique con una sonrisa.

Ted acompañó a la directora hasta la puerta del ascensor, momento en el cual la cobriza decidió que no era una buena idea forzar más la situación con Ted y se marchó por la chimenea sin despedirse.