Hola a todos. Antes de comenzar, quiero agradecer a Dvadcat09 y a Kenshi94 por leer mi historia y expresar su opinión. Muchísimas gracias, queridos amigos. Me alegra que les haya gustado el primer capítulo.

Ahora es momento de dejar el segundo episodio. Siento que voy a dejar cabos sueltos al no poder explotar la historia como se debe, al haber un límite de tres capítulos; pero espero que posteriormente pueda añadirle más episodios y hacer algunas modificaciones.

Gracias por la atención. Sin más qué comentar, se quedan con el nuevo capítulo.


Capítulo II: Trágicas expectativas


Era cerca de la media noche en el Earthrealm. Se escuchaban gritos de horror por doquier, mientras el negro entorno pronto se tornó rojo, a causa del fuego ardiente de la comunidad que se incendiaba.

La agitación era mucha. Mujeres salían de sus hogares, con sus hijos en brazos, corriendo para huir del peligro. Si tenían suerte, podían salvarse atravesando el extenso río que dividía una comunidad de la otra; aunque no sabían por cuanto tiempo lograrían estar a salvo. Las personas que no corrían con la misma fortuna eran detenidas por un rayo que penetraba en sus espaldas y que las hacía caer al suelo, acabando con sus vidas después de una corta agonía.


Un hombre huía despavorido, mientras su agitada respiración inevitablemente resonaba por los caminos que recorría. La oscuridad era absoluta, y a menudo volteaba hacia atrás, con el fin de ver si seguía siendo perseguido.

Pudo distinguir la entrada de un recinto religioso y entró ahí, cerrando el portón de inmediato. Estaba muy oscuro, pero la luz de la luna entraba por una rendija del lugar, dándole un poco de visibilidad. Se ocultó debajo de una enorme mesa, mientras tiritaba de miedo. Murmuraba oraciones y súplicas, desesperado, esperando no ser encontrado.

De pronto, el sonido de unas cadenas arrastrándose lentamente lo hicieron guardar silencio. Mordió su propia mano, intentando ahogar sus gemidos, al intentar contener el llanto.

El ruido de las cadenas, acompañadas de ruidos guturales que no parecían humanos, se escuchaba más y más cerca. El nerviosismo del hombre fue tal, que comenzó a sudar excesivamente. Cerró los ojos con fuerza, desesperado por evadir la realidad; sin embargo, instantes después, escuchó unos pasos justo enfrente de él.

Abrió los ojos, imaginando que su temor se había hecho realidad. Vio hacia el frente y lentamente subió la mirada. Dio un fuerte grito de terror, al encontrarse con un escalofriante rostro degradado —al ser un cadáver ambulante—, con la mirada perdida, alumbrado por la luna que se filtraba por la rendija. Su cabeza estaba ladeada, pues su cuello fue roto gracias a un violento movimiento hecho por uno de sus peores enemigos, para acabar con existencia. El ser que amenazaba su vida emitía extraños y atemorizantes sonidos, ajenos a una voz humana: era Liu Kang.

El hombre reaccionó dando un brinco, apresurándose a huir. Liu Kang dirigió un puñetazo al sujeto, sin embargo, terminó golpeando la mesa, destruyéndola al instante.

En su desesperación de tratar de escapar, chocaba con sillas y muebles, que no podía distinguir entre tanta negrura. Se dirigió rápidamente a la salida, sin dejar de mirar atrás. Cuando intentó atravesar la puerta, chocó con algo, al estar distraido mirando atrás. Vio el obstáculo que lo hizo detenerse y gritó nuevamente cuando vio que se trataba de Raiden, vestido con un elegante pero sombrío atuendo, y con sus ojos resplandecientes emitiendo una atemorizante luz roja.

—No intentes huir y enfrenta tu destino con la poca dignidad que te queda, estúpido mortal.

El dios del trueno lo tomó por el cuello y comenzó a sacar electricidad de sus manos, mientras lo apretaba con fuerza. El hombre gritó desgarradoramente, sintiendo la fuerte electricidad consumiendo su vida a cada segundo. Finalmente, Raiden lo soltó y vio su cuerpo inerte cayendo al suelo.

—Uno menos —susurró para sí mismo y cruzó los brazos.

No obstante, sintió una presencia detrás de él. Se giró de inmediato y vio un remolino aproximándose a él con rapidez. Extendió su mano al frente y creó un escudo de electricidad que desvaneció el remolino en cuanto hizo contacto con él.

—¡En el nombre de la Tierra, acaba con esta locura de una vez, Raiden! —dijo Fujin, caminando apresurado, acompañado por Kung Lao, quien seguía su ritmo.

—¿Llamas locura a mi derecho? —cuestionó, furioso.

Fujin y Kung Lao detuvieron su andar, a algunos metros de distancia de él.

—¡Nada te da derecho a matar a la gente que hasta hace un tiempo dependía de ti! —el monje Shaolin intervino, haciendo que Raiden volteara a verlo con desprecio.

—Hice mi mayor esfuerzo por evitar la ruina y la tragedia para la Tierra y sus habitantes. ¿Y qué recibí a cambio? ¡su imprudencia! Lo que llevó mi paciencia al límite, fue ese tonto mortal que hizo en tan poco tiempo lo que yo traté de evitar por milenios.

Los guerreros sabían que se refería a Shujinko y el gran error que cometió al haber liberado a Onaga en los reinos.

—Él no sabía que estaba sirviendo a Onaga. Fue engañado durante años —explicó inútilmente el dios del viento.

—Las excusas no cambian las consecuencias de sus actos. Veo que hasta el más valiente y hábil de los guerreros puede cometer errores capaces de echar al vacío los esfuerzos; como él, o como cualquier otro mortal que hoy camina por las calles con calma y tal vez mañana cause la destrucción del mundo por su insensatez. Por eso debo asegurarme de que en el Earthrealm sólo permanezcan aquellos que son dignos de pisar su tierra.

Detrás de él venía caminando torpe y lentamente el cadáver de Liu Kang. Fujin y Kung Lao lo miraron con horror y dieron unos pasos atrás, involuntariamente; reacción causada por el impacto de verlo en esas condiciones.

Raiden miró hacia atrás para ver el origen de sus expresiones y, orgulloso, tomo del hombro a Liu Kang.

—Siempre pude confiar en él en vida. Pensé que ni siquiera su muerte debía ser un impedimento para que siguiera a mi servicio. ¡Juntos haremos de este lugar un nuevo mundo! Dejen de hacerme perder el tiempo y huyan o mueran. Liu Kang, ¡abátelos!

Después de dar la orden, el dios del trueno les disparó a ambos hombres unos potentes rayos, arrojándolos a varios metros. Levantó un brazo y desapareció, a la vez que un rayo invocado por él golpeó el suelo. Liu Kang enderezó su cuello y caminó hacia ellos lentamente, con los brazos extendidos, dispuesto a asesinarlos. Ellos yacían en el suelo quejándose e intentando recuperarse del ataque de electricidad.

Cuando Kung Lao se percató del acercamiento de Liu Kang, reunió fuerzas y, desde el piso, le lanzó su sombrero, causándole un corte en su mejilla, de la cuál no brotó sangre; sin embargo, abrió su degradada piel, pareciendo no haberle provocado dolor.

El monje Shaolin se levantó rápidamente y ayudó a levantar a Fujin.

—¡Volvió a escapar! ¡Pudimos detenerlo! —exclamó furioso, mirándolo alternadamente a él y a Liu Kang, al tanto de cualquier ataque.

—Mi intención no era atraparlo, ¡era dialogar!

—¡¿Dialogar?! —la explicación de Fujin le pareció ridícula; no obstante, ese no era momento para discusiones. Al escuchar una especie de rugido emitido por el difunto guerrero, supo que debían buscar la manera de detenerlo.

Liu Kang tomó vuelo con el brazo para lanzar hacia ellos una de las largas cadenas que tenía aseguradas en sus muñecas, cuyos extremos terminaban en unos filosos garfios, que podían herir gravemente a algún rival. Kung Lao sujetó la cadena en el aire y la jaló fuertemente para llevarlo hacia él. En cuanto estuvieron frente a frente, le dio varios puñetazos en la cara, terminando con uno de mayor potencia que lo hizo caer al suelo momentaneamente.

—¡Lamento mucho tener que hacer esto, Liu Kang! —sintió remordimiento al verse obligado a atacar a su hermano espiritual; pero no tenía otra opción.

Lo que le daba un poco de consuelo, era que en realidad ese no era Liu Kang, sino sólo su forma material, corrompida por la maldad de Raiden.

El guerrero zombi se puso de pie con agilidad, misma que la que poseía en vida y después de hacer unas elegantes maniobras, le lanzó una bola de fuego a su oponente.

Fujin creó un remolino, que emergió del suelo justo enfrente de la bola de fuego, apagándola tan pronto como chocó con ella. Posteriormente alzó los brazos y comenzó a levitar. Al estar en el aire, ubicó a lo lejos a Liu Kang y se lanzó en picada hacia él, dándole una patada que lo arrojó contra la pared.

El muro se cuarteó después de la colisión. El zombi pareció aturdirse, pues intentaba levantarse; sin embargo, caía. Kung Lao aprovechó esa oportunidad y caminó hasta él, con su sombrero en la mano. Lo levantó tan alto como pudo, con la intención de partirlo a la mitad; pero una advertencia de Fujin lo distrajo.

—¡No, Kung Lao, no debemos matarlo! —dijo agitado y se acercó rápidamente—. Tal vez lo necesitemos.

Con desacuerdo, el monje Shaolin bajó su brazo, mientras respiraba agitadamente, a causa de la actividad física. Estaba molesto, pues parecía que trataba de proteger a Raiden y a Liu Kang a toda costa.

Ambos guerreros miraron a Liu Kang por última vez y Fujin tocó a Kung Lao, para teletransportarse al templo del dios del viento.


Después del momento de tensión, en el majestuoso recinto de Fujin, aparecieron súbitamente ambos guerreros, seguido de un intenso destello, con algunas heridas, que afortunadamente no eran de consideración. Tras unos instantes, Kung Lao rompió el silencio.

—¿Puedes decirme qué significa todo esto? —preguntó, impotente de que le haya impedido detener a los enemigos—. Raiden y Liu Kang no han hecho más que causar muerte y destrucción. Pudimos evitar que más sangre se derramara; no obstante, permitiste que siguieran libres, acabando con todo lo que se encuentren en el camino. ¿De qué lado estás, Fujin?

Entendió que estuviera molesto; pero estaba seguro de que su explicación lo haría comprender su extraña decisión.

—Sé que te parece extraño que me rehúse a someterlos, pero estas decisiones van más allá de la misma seguridad de la Tierra. Implica, incluso, la seguridad de los reinos.

De sus ropas sacó el fragmento del obelisco que Kung Lao halló en la zona prohibida de Edenia.

—Esta pieza confirma que el rumor del que te hablé no era propiamente eso, sino la total y trágica verdad —observó por un momento la pieza y la estrujó con su mano, lamentándose, haciendo polvo la roca, mientras los residuos caían a sus pies—. Kung Lao..., estamos ante lo que puede ser el fin de los tiempos.

Las palabras de Fujin lo confundieron aún más. Se mostró preocupado y, desesperado, le pidió que continuara.

—¿Qué quieres decir? ¡Explícate, por favor!

—Hace un tiempo, Argus, el dios de Edenia, solicitó un diálogo en privado con los Elder Gods. Fue concedido de inmediato. A pesar de mi insistencia para que me dijera el motivo del extraño encuentro, él se negó, argumentando que con el tiempo lo descubriría.

Caminó hasta un estante de fina piedra y tomó un pergamino, amarrado con un lazo dorado.

—Hoy recibí una notificación, de parte de los mismos Elder Gods —observó el pergamino y lo abrió para leerlo una vez más, incrédulo de lo que estaba escrito, pero pronto volvió a cerrarlo—. Kung Lao, los Elder Gods han estado conspirando para lograr nuestra desaparición; aunque, de cierto modo, por una justa causa.

—¿Qué habría de justificar el hecho de que los mismos Elder Gods hubieran planeado nuestra muerte, incluso para los que hemos sido leales con la Tierra?

—Después de varias eras de Mortal Kombat, los reinos están comenzando a desgastarse, a causa del gran poder de los kombatientes de todos los reinos. Fuerzas de la luz o de la oscuridad, no importa de qué lado estemos, todos hemos contribuido a que pasara esta crisis. La esposa de Argus, una vidente de nombre Delia, predijo que de no controlar esto, los kombates podrían debilitar y romper los reinos, causando el... Apocalipsis.

Después de tener los brazos cruzados, a causa de su indignación con los Elder Gods por buscar su fin, los bajó, al entender que la gravedad del asunto lo ameritaba.

—Cuando Argus advirtió a los Elder Gods sobre la visión de su esposa —prosiguió Fujin—, exigieron una solución de inmediato. Ellos y Argus discutieron la manera de evitar esta catástrofe y acordaron que la mejor opción era matar a los kombatientes; matarnos a todos. Sin embargo, Delia pidió clemencia por todos los honorables luchadores quienes no merecerían tener un final así. A cambio, se comprometió a crear una salvaguardia de los reinos que se encargaría de absorber la energía y poder los luchadores.

—¿Y de qué forma la salvaguardia tomará nuestro poder?

—Habrá una batalla en el sur de Edenia; el mismo lugar al que fuiste a investigar. Fuerzas de la luz contra fuerzas de la oscuridad. El fin de esa batalla no lo tengo del todo claro; no obstante, supe que el ser creado por Delia hará acto de presencia y se alimentará de nuestra energía y poder. Eso podría debilitarnos, haciéndonos vulnerables al ataque de nuestros enemigos.

—Fujin, quiero que seas franco: ¿moriremos? Es decir, Delia al menos logró que tuviéramos la oportunidad de luchar y defendernos, en lugar de que seamos cazados uno a uno sin más opción; pero... tantos luchadores...

La pregunta de Kung Lao le pareció difícil de responder, pues la realidad no era favorecedora para ninguno de los guerreros. Aceptando su petición, le habló con claridad.

—Si el plan de los Elder Gods funciona, y la salvaguardia logra su cometido, las consecuencias serían benéficas para los reinos, pero letales para nosotros, pues muy pocos lograrían sobrevivir a una batalla en donde nuestro poder se concentraría con una magnitud inimaginable. Y si falla, estaríamos en la antesala de la destrucción total. Si la salvaguardia no logra absorber la energía de los guerreros, los reinos no soportarían tal concentración de poder que habrá en ese momento y todo culminará en la total devastación.

Notó su desánimo después de la explicación; sin embargo, le hizo saber de una oportunidad, que, aunque parecía inalcanzable, con mucho esfuerzo quizá podría lograrlo.

—No todo son malas noticias. Existe la posibilidad de sobrevivir y más que eso. Si alguien tiene la fuerza suficiente para derrotar a la salvaguardia, después de que haya absorbido el poder de todos los luchadores, podría convertirse en un ser supremo, de poder inigualable, pues toda la energía absorbida de los kombatientes pasaría a ese guerrero. Puedo ser yo, puedes ser tú, o incluso puede ser Shao Kahn. Es por eso que te pido que logremos hacer de los guerreros del bien un gran equipo, defendernos los unos a los otros, y así, si llegaramos a perecer, ellos tengan más oportunidad que los guerreros del mal de obtener un poder absoluto.

Kung Lao odiaba esa situación. No estaba seguro de qué tan fácil o qué tan difícil sería poder derrotar a la salvaguardia para absorber la gran energía de todos los luchadores. Eso no era ningún consuelo para él. Prefirió cambiar el tema un poco, regresando a la pregunta que dio origen a esa trágica explicación.

—¿Raiden qué tiene que ver con todo esto? —preguntó, con desgano.

—Confío en que Raiden puede cambiar. Su naturaleza no es mala; sólo su mente es la que se ha trastornado. Sé que puedo lograr que él luche de nuestro lado. Es por eso que no quiero que nos vea como sus enemigos del todo. Un sólo hombre puede hacer una gran diferencia. Intentaré que se una a nuestro ejército junto con Liu Kang. Tú sabes el gran poder que tiene Raiden. Luchando en el lado del mal puede ser realmente peligroso. Aun que no acepte luchar con nosotros, tiene que ir a pelear a como de lugar.

El monje Shaolin pensó que Fujin era muy iluso al pensar que Raiden podría unirse a ellos; pero sería más lo que ganarían intentándolo, pues tenía el presentimiento de que todo estaba perdido.

—¿Qué sigue ahora, Fujin?

—Todos los guerreros de todos los reinos deben ser convocados a la gran batalla de Edenia. Tengo un aviso de reclutamiento para cada uno de los guerreros del bien. Necesito que te asegures de entregárselos. Debes decirles que no es opcional y que es absolutamente necesario que vayan a kombatir —Fujin miró nuevamente el pergamino que tenía entre sus manos y se lo ofreció a Kung Lao—. Este te pertenece.

El monje Shaolin lo tomó y lo abrió para leer su contenido. Leyó la convocatoria de guerra, firmada por los Elder Gods al pie de la carta con letras doradas, como una advertencia de que ese aviso no debía pasar por alto, al ser un mandato supremo.

—Los avisos de reclutamiento serán entrgados en breve, Fujin —aseguró, resignado al mal panorama.

Posteriormente, el dios del viento le confió los pergaminos. Kung Lao emprendió el viaje para llevar la convocatoria de la gran batalla en Edenia a cada uno de los guerreros aliados de todos los reinos


Su primera parada sería en un estudio cinematográfico, en Los Angeles, California.

Se estaba filmando una escena de acción, en la que un hombre salió disparado hacia un ventanal, haciéndose añicos al instante, después de recibir una fuerte patada.

—¡Corte! —ordenó el director.

Los extras que se encontraban en escena de inmeadiato se disolvieron y fueron a descansar un poco. La estrella principal caminó hasta el director, con una botella de agua en la mano.

—¿Qué tal quedó la toma? —preguntó Johnny Cage, mientras se hidrataba, convencido de que su actuación había sido "brillante".

—Bien, pero los actores y yo te agradeceríamos que no dieras golpes reales, ya que es el tercer actor que se fractura un hueso por culpa de tus exageraciones. ¡Ahora tendremos que buscar un reemplazo de Ricky para que acabe sus escenas!

—Lo siento, creo que se me pasó la mano... de nuevo. Pero debes entender que a mí me gusta el realismo, odio que las escenas de lucha se vean falsas.

—Sigue así y lograrás que todo el presupuesto se vaya en buscar suplentes de nuestros actores. Entonces el realismo habrá salido más caro que toda la utilería.

El enfurecido director se fue antes de escuchar la réplica de Cage, dejándolo con la palabra en la boca.

—Supongo que necesita usar el sanitario —se dijo a sí mismo, a pesar de que era evidente su molestia.

Se dirigió a su camerino para repasar sus diálogos. Mientras revisaba el libreto, uno de los asistentes tocó a su puerta.

—Cage, tienes visitas —dijo el sujeto, después de abrir la puerta sin esperar la respuesta de Johnny, pues al parecer era urgente.

Tan pronto como dio el anuncio, se retiró y dejó pasar al visitante. El actor se sorprendió y se levantó de su asiento de inmediato.

—¡Kung Lao! ¿Qué haces aquí? Siempre que alguien viene a visitarme es para cobrarme, y no recuerdo haberte pedido dinero prestado a ti.

Le extendió la mano e intercambiaron un fuerte apretón de manos. A pesar de las circunstancias a Kung Lao le dio gusto ver a Cage después de tanto tiempo. El sentimiento era el mismo para el actor.

—Sólo vine a convocarte a la que podría ser tu última batalla, antes de que los reinos se destruyan por completo.

—Menos mal. Ya me estaba preocupando por mi cuenta bancaria —bromeó, impertinentemente.

—Cage, esto es serio. Los reinos están atravesando por una severa crisis. Es un asunto muy complejo para explicártelo ahora, pero en Edenia se llevará a cabo una batalla en la que la presencia de todo luchador que haya participado en Mortal Kombat es imprescindible.

—¡Vaya!, ¿entonces es muy necesario aisitir a esa batalla campal? No creo que puedan contar conmigo; tengo grabaciones hasta fin de año. Estoy preparando un filme de acción en Dubai titulado...

Se detuvo al ver que Kung Lao lo miraba con desprecio, al no ser el momento indicado para hablar de ese tema.

—Perdón... —dijo después de aclararse la garganta—. Y... ¿quién ha organizado la fiesta?

—Tal vez te interesaría revisar tu aviso de reclutamiento y ver que está firmado por nada más ni nada menos que los Elder Gods —abrió el pergamino y se lo entregó, señalando con su dedo índice la rúbrica al pie del documento.

—¡Bonita tinta! —se levantó las gafas de sol, y observó perplejo el pergamino y leyó su contenido. El hecho de que viniera de parte de los Elder Gods no le auguraba nada bueno—. Supongo que nos hemos portado muy mal para recibir un citatorio de esta clase.

—No del todo. Pero sí somos responsables del peligro que corren los reinos, a pesar de que no fue nuestra intención.

Kung Lao trató de resumirle el gran problema que Fujin le planteó. Johnny se quitó las gafas, mostrando una enorme preocupación en su mirada.

—¿Tan difícil es la situación? —cuestionó y agachó la cabeza—. No hay problema, Lao. Ahí estaré.

—Lo sé —respondió el monje y le extendió la mano, pues era momento de retirarse.

Johnny estrechó su mano y le dio un abrazo, dándole unas palmadas en la espalda.

—Me dio gusto verte de nuevo. Será... divertido ver a toda la pandilla reunida en un sólo lugar, ¿no crees? —bromeó, tratando de tomar con optimismo el oscuro panorama.

—Nos veremos después, Cage —respondió después de esbozar una sonrisa, ignorando la guasa.

Salió del estudio y después de respirar hondo, pensó en el siguiente lugar al que debía acudir. Aún le quedaban muchos avisos por entregar, por lo que debía apresurarse, para darle tiempo a los guerreros de prepararse antes del fatídico día.


Kung Lao hizó un extenuante viaje de reino en reino para entregar las notificaciones a todos los luchadores del bien, quienes se unirían al ejército comandado por Fujin. Después de unos días, todas las convocatorias fueron repartidas..., excepto una.

Fujin y Kung Lao acudieron al Sky Temple en busca de Raiden. Intentaron hablar con él para pedirle que deje sus impsulsos destructivos y se una a ellos en la difícil batalla que estaba por venir.

—Permítanme decirles que su visita ha sido en vano —rompió el aviso de reclutamiento y dejó caer ambas partes al suelo, ante la mirada atónita de los luchadores, sentado en un elegante trono—. No deseo participar en más batallas inútiles. Nada garantiza que los reinos salgan bien librados a pesar de esta guerra. Considero que si los reinos han de ser destruídos, que así sea. Dejemos de prolongar esta larga agonía, que ha permanecido por milenios, y enfrentemos el destino de una vez.

—Raiden, no tienes opción. Es un mandato de los Elder Gods. No tienes que luchar de nuestro lado si no es tu voluntad, pero debes asistir a la batalla —reclamó Fujin, aproximándose a él, muy molesto, pero unos guardias pusieron unas lanzas enfrente de él, para imperdirle que se acerque más.

—Los Elder Gods poco cuentan para mí. Estaré satisfecho con ver estallar todo. Soy un ser eterno, que difícilmente puede ser destruido en su totalidad. Con los escombros que queden de los reinos podría hacer grandes cosas. Y me complacerá utulizar sus osamentas como ornamentos para mi reino, como una prueba de la debilidad de todos ustedes.

Kung Lao empujó a los guardias que antes habían detenido al dios del viento y decidió retarlo frente a frente.

—¡Basta ya de esta estúpida actitud, Raiden! —dijo furioso y se paró adelante de él—. En estos momentos el poder y el resentimiento no son apropiados. Fujin tiene razón: sabes que en tu interior no deseas ver al mundo hecho trizas, pero es tu ridículo rencor lo que no te deja razonar. Hoy los reinos no están en peligro por culpa de un mortal, ¡sino por culpa tuya! Todos los que hemos luchado en Mortal Kombat somos culpables de esto. Los Mortales ya están expiando sus culpas al estar en peligro en estos momentos. Lucha con nosotros y sal bien librado de la batalla con dignidad, y después busca hacer de la Tierra, que tal vez salves, un lugar mejor.

Raiden se puso de pie y tomó a Kung Lao de su ropa, para reprenderlo como el niño malcriado que era ante sus ojos en esos momentos.

—¡Haré de la Tierra un mundo mejor! ¡Eso lo prometo! Pero no bajo sus reglas ni de las nadie más. Será bajo mis propias reglas —lo soltó y lo empujó, haciéndolo caer sentado—. Les daré la oportunidad de que se vayan, antes de que ordene a mis guardias arrojarlos al vacío.

Fujin volteó a ver a Kung Lao. Con la mirada le indicó que lo mejor era marcharse.

—Irá a la batalla, yo lo sé —susurró el dios del viento, mirando a Raiden con recelo. Ambos luchadores se dirigieron a las largas escaleras que los llevaría hasta el piso de abajo, en donde estaba la salida, mientras eran custodiados por un par de guardias.

Cuando se fueron de su vista, Raiden se agachó para tomar las partes del pergamino que rompió. Observó las mitades por un instante y esbozó una maliciosa sonrisa.