Cuando No-Crowley abrió los ojos esperaba sinceramente encontrarse en el infierno. Había estado soñando con el incendio de la librería, solo que en su sueño olía a plumas quemadas y había un bulto indefinido aferrado a un libro que no ardía. A su lado unas gafas parcialmente derretidas. Cuando Crowley se acercó el bulto se movió ligeramente como intentando decirle algo, le pareció que intentaba advertirle pero al acercarse más se dio cuenta de que el movimiento eran las llamas consumiéndolo todo y que el ruido era el crepitar del fuego. Al acercarse aún más, el bulto se derrumbó en un montón de ceniza irreconocible. Y en el aire quedaba ese olor a plumas quemadas… y a desinfectante. Fue el olor a desinfectante lo que le despertó, al final su cuerpo sí que había colapsado, que curioso, no creía que fuera posible.

Además de los pitidos, notó una presencia a su lado e irracionalmente pensó que era Azirafel.

Lestrade se levantó de la silla al ver los ojos abiertos del muchacho. Era un crio, un mocoso de pelo más bien largo y ondulado con una bata de hospital y una cantidad de tubos y cables como para asustar al más experimentado. Lestrade se había quedado porque se sentía en parte responsable, habiéndolo encontrado. Además se había cruzado con su hermano en el pasillo (aquel tipo le había dado escalofríos) y le había parecido que el pobre chico no estaba bien atendido.

−¿Sherlock? ¿Estás despierto?

Sintió una punzada de amargura al darse cuenta de que, lógicamente, no era Azirafel. Se acabó, a partir de ahora iba a usar únicamente la lógica. Y no era lógico echar de menos a un enemigo, por mucho tiempo que hubiesen pasado siéndolo. "Claro que estoy despierto." Pensó acordándose de la pregunta "¿Qué clase de idiota pregunta algo así?". Iba a hacer el comentario cuando entró por la puerta un hombre más bien bajo y gordo con bata de médico. Fue hacia las máquinas sin tan siquiera mirarles.

−¿Sherlock?−Volvió a preguntar.

Al demonio se le hacía raro escuchar su propio nombre. Lo había escogido él mismo y lo saboreaba encantado, tenía ese aire de exclusividad que tanto le gustaba, pero no acababa de acostumbrarse a él. Primordialmente porque nadie lo usaba.

−Sí, estoy despierto.

El hombre se revolvió ligeramente incómodo, como si no supiera qué decir. Al final extendió una mano.

−Soy Lestrade, jefe de policía. Llevábamos tiempo intentando hacernos con el camello al que el otro día ayudaste a arrestar. Nos diste las pruebas que necesitábamos.

−Que alegría.− Contestó Crow…Sherlock totalmente falto de interés. Tenía que acostumbrarse al nuevo nombre.

−Fui a agradecértelo y te encontré tirado.

−Sí, bueno, es algo que hago en los ratos libres.− Dijo poniéndose las manos tras la nuca.

El hombrecito que había entrado antes dio un pequeño grito cuando una de las máquinas dio un chispazo.

−Mierda− Dijo en voz bastante baja.− ¿Por qué lleváis todo el día fallando?

−¿Ocurre algo?− Preguntaba Lestrade, por supuesto, Sherlock ya sabía lo que pasaba.

−Nada, lo siento, no pasa nada, son estas máquinas.

−Claro que pasa algo. – Interrumpió Sherlock – Alguien lleva horas esperándote y no vas a poder salir de aquí hasta dentro de… otras tres horas como poco. Y además tendrías que acabar los experimentos que tienes a medias en el laboratorio ponerlos por escrito y pasarlos a limpio. Por si fuera poco hay una compañera de trabajo que te está sacando loco con sus flirteos, es guapa pero estás casado. Son razones decentes para estar enfadado. Por cierto, con los experimentos te puedo echar una mano.− Se produjo un silencio incómodo− En serio, estoy tan aburrido que podría hasta arreglar esas máquinas por ti. Lo que sea.

−Pero no te conozco, ni siquiera sabes cómo me llamo.

Sherlock se inclinó un poco hacia adelante. – Buenos días, Mike… Stamford− Leyó en la placa.

Mike se marchó sin mirar atrás y Sherlock pudo oler el miedo. Sonrió volviéndose a acomodarse en la cama, y eso que no había usado ninguna habilidad demoníaca. Además volvería. Tendría que volver cuando las máquinas fallaran… todas a la vez. Y cuando su experimento explotase. Puede que aquello empezase a ser incluso divertido.

De momento lo más divertido de todo era la cara de Lestrade.

−Vamos, no me digas que no lo has visto. Pero si era dolorosamente obvio.

−Si al entrar no ha saludado, es porque no está acostumbrado a tratar con gente, el hospital comparte algunas de sus salas con investigadores, sobre todo los laboratorios y en sus mangas había restos de suciedad y quemados químicos, pero hay falta de personal, vacaciones, han llamado al primer tonto que han encontrado. Su estado de ansiedad delata que llegaba tarde a alguna parte, pero aunque estaba nervioso no se daba prisa, lo que significa que llega espectacularmente tarde y que aun va a llegar más tarde. Teniendo en cuenta los turnos normales de las enfermeras, los médicos y el resto del personal… lo más probable es que aun fueran otras tres horas. Además en el bolsillo lleva un bolígrafo, mal puesto, por cierto. Por lo que es de los que aun toma apuntes a mano y los pasa después a limpio, porque hoy en día si no tienes un archivo en digital no eres nadie.

De verdad, pan comido.

−¿Y lo de la chica? ¿La compañera? Ya he visto que estaba casado por el anillo pero ¿lo demás?

−También fácil. Pero reconozco que desde tan lejos no has podido oler la pista clave. Nuestro amigo Mike tiene un ligerísimo aroma a colonia de mujer. Demasiado ligero como para que haya habido un contacto cercano pero ha invadido su espacio personal, de ahí el aroma. Además, es una colonia bastante juvenil, fresca; ella necesita de los halagos de los demás para sentirse segura porque al ser joven le falta experiencia. Si hasta ahora esa técnica le ha funcionado a la chica, es porque efectivamente es guapa además de pesada. Por otra parte, has visto el anillo pero te has saltado las marcas evidentes de que alguien ha estado dándole vueltas hasta hacerse sangre, signo inequívoco de que está pensando si engañar a su mujer vale la pena.

Simple. Aburrido.

La cara de Lestrade merecía la larga explicación pero no era algo que quisiese volver a hacer.

− ¿Vendrías algún día a Scotland Yard? Puede que eso te entretenga y nos harías un favor a todos.

− ¿Ayudar a las fuerzas de la ley?− Sherlock no se esperaba ese ofrecimiento.

−Tómalo por el otro lado, hacer sufrir a los criminales.− Sherlock hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa porque Lestrade había entendido sorprendentemente rápido qué le gustaba y qué no, así que lo tomó por el otro lado y la idea le gustó, además era más fácil incordiar a la policía desde dentro.

Todas las máquinas de la planta escogieron ese momento para venirse abajo.