N/A: segunda aclaración espacio temporal, este relato ocurre algunos años en el pasado. B&B se encuentran viviendo en el departamento de Booth. Brennan está embarazada de Christine.

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El sonido ocasionado por algo cayendo al piso lo despertó.

"¿Bones?" preguntó con voz adormecida mientras estiraba un brazo, buscando en la oscuridad a su compañera. Nada. El lado de la cama que desde hacía algunos meses le pertenecía a ella, estaba vacío. Las sábanas aún tibias eran prueba suficiente de que no hacía mucho hubo alguien recostado sobre ellas.

Se incorporó, y aguzando la mirada comprobó que la puerta del dormitorio estaba abierta. Encendió la lámpara sobre la mesa de noche de su lado de la cama y observó su celular. Ninguna llamada perdida. Miró la hora. Era muy temprano aún, incluso para ella, y su cada vez menos frecuente necesidad de estar en su amado laboratorio desde antes del amanecer.

Con pereza, se levantó de la cama. En un acto involuntario se pasó ambas manos por la cabeza, intentando acomodar un poco su pelo desordenado. Sin proponérselo se miró en el espejo del otro lado de la habitación y al descubrir una marca sobre la piel en la base de su cuello, una sonrisa enorme y maliciosa se dibujó en su rostro. Intentó recordar el instante preciso en que ella lo había mordido, pero fue inútil. Imposible.

Cada vez que hacían el amor, su cuerpo lo traicionaba, sumergiéndolo en una sensación de felicidad que no cambiaría por nada del mundo, a pesar de que lo transformaba en un ente incapaz de hilvanar dos ideas coherentes juntas. Incluso después de horas, la intensidad de las emociones vividas afloraba en su mente, bloqueando sus pensamientos.

Procurando no hacer ruido abandonó el dormitorio. Atravesó el corredor en dirección a la cocina, y amparado en la oscuridad de la noche, se detuvo en el marco de la puerta para observarla.

Allí estaba ella, su amada Bones. Sentada a la mesa disfrutando de las galletas de mantequilla de maní que tanto le gustaban. Tan tranquila y relajada. Nadie podría creer que se trataba de la misma mujer que algunos años atrás había roto la muñeca de un asesino en serie con un solo golpe.

"Booth… ya no quedan más galletas". Fueron las palabras quejumbrosas con que ella lo recibió. Levantando el rostro en dirección hacia él. Castigándolo. Dedicándole la mirada de niña pérdida que siempre hacía surgir en él la necesidad inmediata de abrazarla y jurarle que nada, ni nadie, la volverían a entristecer jamás.

"Lo siento Bones, te prometo que mañana te compraré una camionada completa… y después, iré a la farmacia por una crema para esta mordida que no sé cómo ha aparecido en mi cuello". Respondió el agente intentando hacerla sonreír.

Un gesto risueño en remplazo de la mirada triste, sumado a una levantada de hombros que proclamaba inocencia, fueron las respuestas que ella le ofreció voluntariamente. Y a pesar de que aparentaba no darle importancia al hecho de que el hombre frente a ella estaba completamente desnudo, Booth descubrió un destello juguetón en los ojos de su pareja.

Entonces con actitud divertida, el hombre se acercó. Tomó la última galleta y ante la mirada atónita de ella, se la llevó a los labios fingiendo que iba a comérsela. Pero, justo antes de meterse la galleta en la boca, se rectificó y la ofreció a su compañera, diciéndole con una sonrisa traviesa, "ya veo dónde estaba mi bata…". Y sin darle oportunidad de contestar, agregó "te prepararé una de mis famosas tortillas de vegetales, ¿te provoca?".

Con una sonrisa complaciente, la mujer respondió "gracias Booth" en un tono de voz que era casi una caricia. Al mismo tiempo que se giraba sobre su asiento de manera que pudiera observar con claridad y de cuerpo entero a su compañero.

Algunos minutos más tarde, en el silencio de la noche, el sonido seco del disparador de la cámara del celular de Brennan llamó la atención del que alguna vez fue el mejor francotirador de su generación.

"… también me provocaría un poco de chocolate caliente" fueron las palabras que salieron de los labios de ella, mientras con total naturalidad volvía a guardar su celular en el bolsillo de la bata, sin preocuparse por ocultar la sonrisa pícara que cubría su rostro de oreja a oreja.

Sin hacer ningún comentario. Con absoluta resignación. El hombre tomó el delantal que colgaba del perchero junto al refrigerador y se lo amarró a la cintura.