Gracias a todos los que me instais a que continue!!
Recuerdo: las partes narradas en Fantasí: Negrita.
Las del mundo real: sin negrita xD
I:
FANTASÍA EN PELIGRO Era medianoche, y en las copas de los
viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. De
pronto, un resplandor suave cruzó en zig-zag por el bosque, se quedó
temblando aquí o allá, levantó el vuelo, se posó en una rama y se
apresuró a continuar. Era una esfera luminosa, del tamaño de una
pelota, que daba grandes saltos, rebotaba de vez en cuando en el
suelo y volvía a flotar en el aire.Era un fuego fatuo. Un fuego
fatuo infatuado, lo que resulta bastante raro, incluso en
Fantasia.Llevaba en la mano derecha una diminuta bandera blanca, que
tremolaba a sus espaldas. Se trataba, pues, de un mensajero. No había
peligro de que, en sus grandes saltos aéreos en la oscuridad, se
diera contra el tronco de algún árbol, porque los fuegos fatuos son
increíblemente ágiles y ligeros y pueden cambiar de dirección en
mitad de un salto. A eso se debía su ruta en zig-zag, porque, en
general, se movía siempre en una dirección determinada.
Hasta
que llegó a un saliente rocoso y retrocedió asustado. Se sentó en
la oquedad de un árbol y reflexionó un rato, antes de atreverse a
asomar de nuevo y mirar con precaución al otro lado de la roca.
Ante
él se extendía un claro del bosque y allí, a la luz de una
hoguera, había tres personajes de clase y tamaño muy distintos. Un
gigante que parecía hecho de piedra gris y que tenía casi diez pies
de largo estaba echado sobre el vientre. Apoyaba en los codos la
parte superior de su cuerpo y miraba a la hoguera. En su rostro de
piedra erosionada, que resultaba extrañamente pequeño sobre sus
hombros poderosos, la dentadura sobresalía como una hilera de
cinceles de acero. El fuego fatuo se dio cuenta de que el gigante
pertenecía a la especie de los comerrocas. Eran seres que vivían
inconcebiblemente lejos del Bosque de Haule, en una montaña... pero
no sólo vivían en esa montaña, sino también de ella, porque se la
iban comiendo poco a poco. Se alimentaban de rocas. Afortunadamente,
eran muy frugales y un solo bocado de ese alimento, para ellos
sumamente nutritivo, les bastaba para semanas y meses. Además, no
había muchos comerrocas y, por otra parte, la montaña era muy
grande. Pero como aquellos seres vivían allí desde hacía mucho
tiempo -eran mucho más viejos que la mayoría de las criaturas de
Fantasía-, la montaña, con el paso de los años, había adquirido
un aspecto muy raro. Parecía un gigantesco queso de Emmental lleno
de agujeros y cavernas. Sin duda por eso la llamaban la Montaña de
los Túneles.
No resultaba muy sorprendente que aquel comerrocas
tuviera detrás una especie de bicicleta totalmente hecha del
material citado, con dos ruedas que parecían robustas piedras de
molino. En conjunto, la bicicleta parecía una apisonadora con
pedales.
El segundo personaje que se sentaba a la derecha de la
hoguera era un pequeño silfo nocturno. Como mucho, era dos veces
mayor que el fuego fatuo y parecía una oruga negra como la pez,
cubierta de piel, que se hubiera puesto de pie. Gesticulaba vivamente
al hablar, con sus dos diminutas manitas de color rosa, y allí
donde, bajo unos pelos negros y revueltos, debía de tener la cara,
ardían dos grandes ojos, redondos como lunas.
Silfos nocturnos,
de las formas y los tamaños más variados, había en Fantasía por
todas partes y, por eso, no se podía saber a primera vista si aquél
había llegado de cerca o de lejos. De todos modos, parecía estar
también de viaje, porque la montura habitual de los silfos nocturnos
-un gran murciélago- colgaba boca abajo, envuelta en sus alas como
un paraguas cerrado, de una rama situada detrás de él.
Al tercer
personaje del lado izquierdo de la hoguera sólo lo descubrió el
fuego fatuo al cabo de un rato, porque era tan pequeño que, desde
aquella distancia, sólo podía verse con dificultad. Pertenecía a
la especie de los diminutenses, y era un tipejo muy fino, con un
trajecito de colores y un sombrero de copa rojo en la cabeza.
Sobre
los diminutenses el fuego fatuo no sabía casi nada. Sólo una vez
había oído decir que ese pueblo construía ciudades enteras en las
ramas de los árboles, en las que las casitas estaban unidas entre sí
por escalerillas, escalas de cuerda v toboganes. Sin embargo, esas
gentes vivían en una parte totalmente distinta del reino sin
fronteras de Fantasía, más lejos, mucho más lejos aún que los
comerrocas. Por eso era tanto más extraño que la cabalgadura que
aquel diminutense tenía a su lado fuera precisamente un caracol.
Estaba detrás de él. Sobre su concha de color rosa brillaba una
sillita de montar plateada, y también el bocado y las riendas que
sujetaban sus cuernos brillaban como hilos de plata.
Por lo común,
en Fantasía, no todas las especies vivían en paz y armonía. A
menudo había luchas y guerras, existían también rivalidades de
siglos entre determinadas especies, y además no sólo había
criaturas buenas y honradas, sino también rapaces, perversas y
crueles.
Sólo después de haber contemplado un rato la escena se
dio cuenta el fuego fatuo de que los tres personajes llevaban una
banderita blanca o una banda también blanca cruzada en el pecho. Así
pues, eran igualmente mensajeros, y eso explicaba, que se comportasen
tan pacíficamente.
¿No estarían de viaje, en fin de cuentas,
por las mismas razones que el fuego fatuo?
Lo que hablaban no se
podía entender desde lejos, a causa del rugiente viento que sacudía
las copas de los árboles. Pero, como se respetaban mutuamente en
calidad de mensajeros, quizá reconocerían también como tal al
fuego fatuo y no le harían nada. Y, al fin y al cabo, tenía que
preguntar a alguien el camino. Sería difícil que se presentara una
oportunidad mejor en pleno bosque y en plena noche. Así pues, se
decidió, salió de su escondite agitando la banderita blanca y se
quedó temblando en el aire.
El comerrocas, que tenía el rostro
vuelto en su dirección, fue el primero que lo vio.
-Hay muchísimo
tráfico esta noche -dijo con voz rechinante-. Ahí llega
otro.
-¡Huyhuy, un fuego fatuo! -cuchicheó el silfo nocturno, y
sus ojos de luna se encendieron-. ¡Me alegro, me alegro!
El
diminutense se puso en pie, dio unos pasitos hacia el recién llegado
y gorjeó:
-Si no me equivoco, ¿usted está aquí también en
calidad de mensajero?
-Sí -dijo el fuego fatuo.
El diminutense
se quitó el rojo sombrero de copa, hizo una pequeña reverencia y
trinó:
-En tal caso, acérquese por favor. También nosotros
somos mensajeros. Siéntese.
Y, con un gesto de invitación,
señaló con el sombrerito el sitio libre que quedaba junto a la
hoguera.
-Muchas gracias -dijo el fuego fatuo acercándose más,
tímidamente-, perdonen la libertad. Permítanme que me presente: me
llamo Blubb.
-Encantado -respondió el diminutense-. Yo me llamo
Ockuck.
El silfo nocturno se inclinó sin levantarse.
-Mi
nombre es Vúschvusul.
-Mucho gusto en conocerlo -rechinó el
comerrocas-. Yo soy Pyernrajzark.
Los tres miraron al fuego fatuo,
que desvió la mirada nervioso. A los fuegos fatuos les resulta muy
desagradable que los miren descaradamente.
-¿No quiere sentarse,
amigo Blubb? -preguntó el diminutense. .
-La verdad es que tengo
mucha prisa -respondió el fuego fatuo- y sólo quería preguntarles
cómo llegar desde aquí a la Torre de Marfil.
-¡Huyhuy! -dijo el
silfo nocturno-. ¿Quieres ver a la Emperatriz Infantil?
-Exacto
-dijo el fuego fatuo-. Tengo un mensaje muy importante que
transmitirle.
-¿Qué mensaje? -rechinó el comerrocas.
-Bueno...
-el fuego fatuo cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra-,
es un mensaje secreto.
-Los tres tenemos la misma misión que
tú... ¡Huyhuy! -respondió Vúschvusul, el silfo nocturno-. Estamos
entre colegas.
-Es posible que incluso llevemos el mismo mensaje
-opinó Úckuck, el diminutense.
-¡Siéntate y cuéntanos!
-rechinó Pyernrajzark.
El fuego fatuo se instaló en el sitio
libre.
-Mi patria -comenzó a decir después de reflexionar un
poco- se encuentra bastante lejos de aquí... No sé si alguno de los
presentes la conoce. Se llama Podrepantano.
-¡Huyhuy! -suspiró
encantado el silfo nocturno-. ¡Un lugar maravilloso!
El fuego
fatuo sonrió débilmente.
-¿Verdad que sí?
-¿Y qué más?
-rechinó Pyernrajzark-. ¿Por qué estás aquí, Blubb?
-En
Podrepantano, nuestro país -siguió diciendo entrecortadamente el
fuego fatuo-, ha ocurrido algo... algo incomprensible... Es decir,
está ocurriendo aún... Es difícil describirlo... empezó por, es
decir... Bueno, al este de nuestro país hay un lago... o, mejor
dicho, había... llamado Cálidocaldo. Y todo empezó porque, un día,
el lago de Cálidocaldo no estaba ya allí... Simplemente había
desaparecido, ¿comprendéis?
-¿Quiere usted decir -preguntó
Úckuck- que se secó ?
-No -repuso el fuego fatuo-, en tal caso
habría ahora allí un lago seco. Pero no es así. Donde estaba el
lago no hay nada... Simplemente nada, ¿comprendéis?
-¿Un
agujero? -gruñó el comerrocas.
-No, tampoco un agujero -el fuego
fatuo parecía cada vez más desamparado-. Un agujero es algo. Y allí
no hay nada.
Los otros tres mensajeros intercambiaron miradas.
-¿Qué aspecto tiene... huyhuy... esa nada? -preguntó el silfo
nocturno.
-Eso es precisamente lo que es tan difícil de describir
-aseguró el fuego fatuo con tristeza-. En realidad, no se parece a
nada. Es como... como... Bueno, ¡no hay palabras para
describirlo!
-¿Como si uno se quedara ciego al mirar ese lugar,
no? -se le ocurrió al diminutense.
El fuego fatuo lo contempló
con la boca abierta.
-¡Eso es exactamente! -exclamó-. Pero, ¿de
dónde... quiero decir, cómo... o es que también conocéis
ese..
-¡Un momento! -rechinó el comerrocas interviniendo-¿Eso
ha ocurrido en un solo lugar?
-Al principio sí --explicó el
fuego fatuo-; es decir, el lugar se hizo cada vez mayor. Cada vez
faltaba algo más en la región. El Supersapo Sumpf, que vivía con
su pueblo en el lago de Cálidocaldo, desapareció de repente. Otros
habitantes comenzaron a huir. Pero poco a poco empezó también en
otros lugares de Podrepantano. A veces era al principio muy pequeño,
una cosa de nada, del tamaño de un huevo de gallineta. Pero esos
lugares se ensanchaban. Si alguien, por descuido, ponía el pie en
ellos, el pie... o la mano... o lo que hubiese entrado allí
desaparecía también. Por lo demás, no es doloroso... lo único que
pasa es que, al que sea, le falta de pronto un pedazo. Algunos hasta
se han tirado dentro intencionadamente, al ver que la nada se les
acercaba demasiado. Tiene una fuerza de atracción irresistible, que
se hace tanto más intensa cuanto mayor es el lugar. Ninguno de
nosotros podía explicarse qué era esa cosa horrible, de dónde
venía ni qué se podía hacer contra ella. Y, como por sí sola no
desaparecía, sino que se extendía cada vez más, finalmente se
decidió enviar un mensajero a la Emperatriz Infantil para pedirle
consejo y ayuda. Y ese mensajero soy yo.
Los otros tres
miraban ante sí en silencio.
-¡Huyhuy! -se oyó decir al cabo
de un rato a la voz lastimera del silfo nocturno-. Allí de donde yo
vengo ocurre exactamente lo mismo. Y estoy aquí con la misma
misión... ¡Huyhuy!
El diminutense volvió el rostro hacia el
fuego fatuo.
-Cada uno de nosotros -gorjeó- viene de un país
distinto de Fantasia. Nos hemos encontrado aquí por pura casualidad.
Pero todos traemos el mismo mensaje para la Emperatriz Infantil.
-Lo
que quiere decir -gimió el comerrocas- que Fantasía entera está en
peligro.
El fuego fatuo los miró uno tras otro, con un susto de
muerte.
-Entonces -exclamó poniéndose en pie de un salto-, ¡no
hay un segundo que perder!
-De todas formas, íbamos a marcharnos
ya -explicó el diminutense-. Sólo habíamos hecho un alto a causa
de la impenetrable oscuridad de este Bosque de Haule. Pero ahora
que
está con nosotros, Blubb, podrá iluminarnos.
-¡Imposible!
-exclamó el fuego fatuo-. No puedo esperar a alguien que monta en un
caracol.
-¡Pero si es un caracol de carreras! -dijo el
diminutense un tanto molesto.
-Y además... ¡Huyhuy! -cuchicheó
el silfo nocturno-. ¡Si no, no te diremos la dirección!
-¿Con
quién estáis hablando? -gruñó el comerrocas.
Porque la verdad
era que el fuego fatuo no había oído ya las últimas palabras de
los otros mensajeros, sino que se alejaba por el bosque a grandes
saltos.
-Bueno -dijo -grandes el diminutense, echándose el
sombrero de copa rojo hacia atrás-, como alumbrado de carretera, un
fuego fatuo quizá no hubiera sido de todas formas lo adecuado.
Al
mismo tiempo saltó a la silla de su caracol de carreras.
-También
yo -declaró el silfo nocturno llamando con un suave ¡huyhuy! a su
murciélago- preferiría que cada uno viajara por su cuenta. ¡Al fin
y al cabo, voy por el aire!
Y ¡zas! desapareció.
El
comerrocas apagó la hoguera golpeándola simplemente unas cuantas
veces con la palma de la mano.
-También yo lo prefiero -se le
oyó rechinar en la oscuridad-. Así no tendré que preocuparme de no
aplastar cualquier cosa diminuta.
Y se le oyó penetrar en el
bosquecillo sobre su potente bicicleta, con toda clase de crujidos y
chasquidos. De vez en cuando chocaba sordamente contra algún gigante
arbóreo y se le oía rechinar y gruñir. Lentamente, el estrépito
se alejó en la oscuridad.
Uckuck, el diminutense, se quedó solo.
Cogió las riendas de hilo de plata y dijo:
-Bueno, veremos quién
llega antes. ¡Vamos, viejo, vamos!
Y chasqueó la lengua.
Y
luego no se oyó nada más que el viento tempestuoso, que rugía en
las copas de los árboles del Bosque de Haule.
El
reloj de la torre próxima dio las nueve.
Sólo de mala gana
volvieron a la realidad los pensamientos de Roxas. Le alegraba que la
Historia Interminable no tuviera nada que ver con esa realidad.
No
le gustaban los libros en que, con malhumor y de forma avinagrada, se
contaban acontecimientos totalmente corrientes de la vida totalmente
corriente de personas totalmente corrientes. De eso había ya
bastante en la realidad y, ¿por qué había que leer además sobre
ello? Por otra parte, le daba cien patadas cuando se daba cuenta de
que lo querían convencer de algo. Y en esa clase de libros, más o
menos claramente, siempre lo querían convencer a uno de algo.
Roxas
prefería los libros apasionantes, o divertidos, o que hacían soñar;
libros en los que personajes inventados vivían aventuras fabulosas y
en los que uno podía imaginárselo todo.
Porque eso sabía
hacerlo..., quizá fuera lo único que realmente sabía hacer:
imaginarse algo tan claramente que casi podía verlo y oírlo. Cuando
se contaba a sí mismo sus histo
rias, a menudo olvidaba todo lo
que le rodeaba y se despertaba sólo al final, como de un sueño. ¡Y
aquel libro era exactamente de la misma clase que sus propias
historias! Al leerlo, no sólo había oído el rechinar de los
gruesos troncos y el rugido del viento en las copas de los árboles,
sino también las distintas voces de los cuatro extraños mensajeros,
y hasta se había imaginado percibir el olor del musgo y del suelo
del bosque.
Abajo, en la clase, comenzaría pronto la hora de
Ciencias, que consistía principalmente en contar pistilos y
estambres a las flores. Roxas se alegró de estar en su escondite y
poder leer. ¡Era exactamente el libro apropiado para él, pensó,
exactamente el apropiado!
Una
semana más tarde, Vúschvusul, el pequeño silfo nocturno, llegó a
la meta el primero. O, más bien, estaba convencído de ser el
primero, porque había llegado por los aires. Era la hora de la
puesta de sol, y las nubes del cielo de la tarde parecían de oro
líquido, cuando se dio cuenta de que su murciélago se cernía ya
sobre el Laberinto. Ése era el nombre de una gran llanura que se
extendía de horizonte a horizonte, y que no era otra cosa que un
jardín inmenso, lleno de perfumes turbadores y colores de sueño.
Entre arbustos, setos, prados y macizos con las flores más extrañas
y extraordinarias, discurrían anchos caminos y estrechas veredas de
forma tan artística y complicada, que el jardín entero formaba un
laberinto de increíble extensión. Naturalmente, aquel laberinto
sólo se había construido para jugar y divertirse, y no para poner
seriamente en peligro a nadie ni para defenderse contra ningún
atacante. Para ello no hubiera servido y tampoco la Emperatriz
Infantil necesitaba esa protección. En todo el reino sin fronteras
de Fantasía no había nadie de quien tuviera que guardarse. Eso se
debía a algo que pronto sabremos.
Mientras el pequeño silfo
nocturno planeaba con su murciélago, sin hacer ruido alguno, sobre
aquel laberinto de flores, pudo observar toda clase de extraños
animales. En un pequeño claro, entre lilas y lluvias de oro, jugaba
una manada de jóvenes unicornios al sol crepuscular, y una vez hasta
le pareció haber visto, bajo una gigantesca campánula azul, a la
famosa ave fénix en su nido, pero no estaba totalmente seguro y
tampoco quiso volver para comprobarlo, a fin de no perder tiempo.
Porque ahora aparecía ya ante él, en medio del Laberinto y
reluciendo en forma maravillosa, la Torre de Marfil: el corazón de
Fantasía y la residencia de la Emperatriz Infantil.
La palabra
"torre" podría dar quizá, a alguien que no haya visto nunca
el lugar, una falsa impresión, como si se tratase de la torre de una
iglesia o de un castillo. La Torre de Marfil era tan grande como una
ciudad. Desde lejos, parecía un picacho alto y puntiagudo, retorcido
sobre sí mismo como una concha de caracol, y cuyo punto más alto
llegaba a las nubes. Sólo al acercarse se veía que aquel inmenso
pilón de azúcar se componía de innumerables torres, torreones,
cúpulas, tejados, miradores, terrazas, arcos, escaleras y
balaustradas, que se entrecruzaban y entrelazaban. Todo era del
marfil más blanco de Fantasía, y cada detalle estaba tan
soberbiamente tallado, que se hubiera podido tomar por el más fino
encaje.
En todos aquellos edificios vivía la corte que rodeaba a
la Emperatriz Infantil: tesoreros y sirvientas, sabias y astrólogos,
magos y bufones, mensajeros, cocineros y acróbatas, funámbulas y
narradores de historias, heraldos, jardineros, guardianes, sastres,
zapateros y alquimistas. Y arriba del todo, en la punta más alta de
la majestuosa torre, vivía la Emperatriz Infantil en un pabellón
que tenía la forma de un capullo de magnolia. Algunas noches, cuando
la luna llena brillaba en el cielo estrellado de forma especialmente
grandiosa, las hojas de marfil se abrían convirtiéndose en una
espléndida flor en cuyo centro estaba la Emperatriz Infantil.
El
pequeño silfo nocturno aterrizó con su murciélago en una de las
terrazas bajas, donde estaban las caballerías. Al parecer, alguien
debía de haber anunciado su llegada, porque lo esperaban ya cinco
cuidadores imperiales de animales, que lo ayudaron a bajar de la
silla, se inclinaron ante él y luego, en silencio, le ofrecieron la
libación ceremonial de bienvenida. Vúschvusul probó apenas del
vaso de marfil, para guardar las formas, y luego lo devolvió. Cada
uno de los cuidadores bebió igualmente un trago, y luego todos se
inclinaron de nuevo y llevaron al murciélago a los establos. Todo se
desarrolló en silencio.
Cuando el murciélago llegó al lugar que
le estaba destinado, no tocó la bebida ni la comida, sino que se
enrolló enseguida sobre sí mismo, se colgó de su gancho cabeza
abajo y cayó en un profundo sueño de agotamiento. Lo que había
exigido de él el pequeño silfo nocturno había sido un poco
excesivo. Los cuidadores lo dejaron en paz y se marcharon de
puntillas.
En aquel establo, por cierto, había muchas
cabalgaduras: un elefante rosa y uno azul, un gigantesco grifo, cuya
parte superior parecía de águila y la inferior de león, un caballo
blanco alado, cuyo nombre fue conocido en otro tiempo fuera de
Fantasia, pero ahora se había olvidado, algunos perros voladores,
otros murciélagos también y hasta libélulas y mariposas para
jinetes especialmente pequeños. En otros establos había además
otras cabalgaduras que no volaban, sino que corrían, reptaban,
saltaban o nadaban. Y cada una de ellas tenía cuidadores especiales
para su servicio y aseo.
Lo normal hubiera sido que se oyera una
considerable confusión de voces: bramidos, chillidos, silbidos,
gorjeos, cantos de rana y graznidos. Pero reinaba un silencio
total.
El pequeño silfo nocturno estaba aún en el sitio en que
el cuidador lo había dejado. De repente se sintió abatido y
desanimado, sin saber muy bien por qué. Pero también él estaba
agotado por el largo, larguísimo viaje. Y ni siquiera el hecho de
haber sido el primero lo animaba.
-Hola -oyó decir de pronto a
una vocecita gorjeante-, ¿no es nuestro amigo Vúschvusul? ¡Qué
bien que haya llegado usted por fin!
El silfo nocturno miró a su
alrededor y sus ojos de luna se encendieron porque, en una
balaustrada, apoyado negligentemente contra un tiesto de flores,
estaba Úckuck, el diminutense, agitando su rojo sombrero de
copa.
-¡Huyhuy! -dijo el silfo nocturno desconcertado y, alcabo
de un rato, repitió otra vez-: ¡Huyhuy! -Simplemente no se le
ocurría nada más inteligente.
-Los otros dos -explicó el
diminutense- no han llegado aún. Yo estoy aquí desde ayer por la
mañana.
-¿Cómo... ¡huyhuy!... es posible? -preguntó el silfo
nocturno.
-Bueno -dijo el diminutense, sonriendo con un poco de
condescendencia-, ya se lo dije: tengo un caracol de carreras.
El
silfo nocturno se rascó con su manecita rosa la negra maraña de
piel de la cabeza.
-Tengo que ver enseguida a la Emperatriz
Infantil -dijo lloriqueando.
El diminutense lo miró
pensativo.
-Mmm -dijo-, bueno, yo solicité audiencia ya
ayer.
-¿Audiencia? -preguntó el silfo nocturno-. ¿No se la
puede ver enseguida?
-Me temo que no -gorjeó el diminutense-, hay
que esperar mucho. Hay... cómo diría... una enorme afluencia de
mensajeros.
-Huyhuy -gimió el silfo nocturno-, ¿por qué?
-Lo
mejor -trinó el diminutense- es que lo vea usted por sí mismo.
Venga, amigo Vúschvusul, ¡venga!
Los dos se pusieron en
camino.
La calle principal, que ascendía por la Torre de Marfil
en una espiral cada vez más estrecha, estaba llena de una densa
multitud de extraños personajes. Gigantescos yinnis, ataviados con
turbantes, diminutos duendes, trolls de tres cabezas, enanos
barbudos, hadas luminosas, faunos de pies de cabra, mujercitas
salvajes con piel de vellón dorado, resplandecientes espíritus de
las nieves y otros seres innumerables subían y bajaban por la calle,
formaban grupos hablando en voz baja, o se acurrucaban mudos en el
suelo, mirando ante sí melancólicamente.
Cuando Vúschvusul los
vio se quedó inmóvil.
-¡Huyhuy! -dijo-. ¿Qué pasa aquí?
¿Qué hacen aquí todos ésos?
-Son mensajeros -le explicó
Úckuck en voz baja-, mensajeros de todas las regiones de Fantasia. Y
todos traen el mismo mensaje que nosotros. He hablado ya con muchos
de ellos. Al parecer, en todas partes ha surgido el mismo peligro.
El
silfo nocturno dejó escapar un largo suspiro quejumbroso.
-¿Y se
sabe qué es y de dónde viene? -preguntó.
-Me temo que no.
Nadie puede explicárselo.
-¿Y la Emperatriz Infantil?
-La
Emperatriz Infantil -dijo el diminutense en voz baja- está enferma,
muy, muy enferma. Quizá sea ésa la causa de la incomprensible
desgracia que se ha abatido sobre Fantasía. Pero hasta ahora ninguno
de los muchos médicos que están reunidos en el recinto del palacio,
ahí arriba, en el Pabellón de la Magnolia, ha podido averiguar por
qué está enferma y qué se puede hacer para curarla. Nadie conoce
el remedio.
-Eso -dijo el silfo nocturno sordamente- es, ¡huyhuy!,
una catástrofe.
-Sí -respondió el diminutense-, eso es lo que
es.
Dadas las circunstancias, Vúschvusul renunció de momento a
solicitar audiencia de la Emperatriz Infantil.
Dos días después,
por cierto, llegó también Blubb, el fuego fatuo, que naturalmente
se había equivocado de dirección y había dado un enorme rodeo.
Y
finalmente -otros tres días más tarde- llegó el comerrocas
Pyernraizark. Vino a pie, apisonando el suelo, porque en un repentino
ataque de hambre furiosa se había comido su bicicleta de piedra...,
por decirlo así, como provisión de boca.
Durante el largo tiempo
de espera, los cuatro desiguales mensajeros se hicieron muy amigos, y
también luego siguieron juntos.
--
Fin del Capitulo 1. El anterior era un prólogo xD
Gracias a TODOS!! Quereis ver a Axel ya, eh? XD
Enseguida actualizaré! Lamento la espera
