Rose observaba ensimismada la enorme biblioteca de su tía abuela. Le apasionaban los libros. Ya había abierto alguno, siempre con el correspondiente permiso, pero lamentablemente no se había enterado de nada. Su lenguaje era difícil, distinto. Aún así, le gustaba mirar las palabras escritas, los dibujos y los esquemas. Sabía que su tía abuela era bruja y ese mundo la fascinaba. Pero nunca la había visto utilizar su magia.

Sus ojos se posaron en un reluciente ejemplar de tapas negras. Sin pensarlo, Rose extendió la mano.

-Ah, no.-dijo una áspera voz a sus espaldas-. Ese sí que no, Rose.

La joven se volvió, un tanto decepcionada. Le hablaba su tía, la vieja y famosa Neriah. Debía haber sido hermosa, en otro tiempo. Ahora, sus cabellos estaban grises y su piel mostraba alguna que otra arruga. Cada vez que la miraba a ella, o a sus abuelos, le parecía casi imposible considerar la idea de que todos ellos una vez fueron jóvenes, y que realizaron grandes hazañas.

-Dime, tía, ¿por qué ese no?

La mujer acarició suavemente el lomo del libro, con mirada nostálgica.

-Hay cosas que es mejor no saber, o incluso mirar.

Tales palabras, lejos de disuadirla, aumentaban aún más su curiosidad. Echó una última y leve mirada al libro, para luego volver a concentrarse en su tía. La admiraba mucho, y desde niña había querido ser una gran hechicera como ella. Ella había elegido su propio destino, aunque por eso mismo sus bisabuelos le retiraron la palabra hasta su muerte.

-Tía.-dijo a media voz-. Nunca te he visto usar tu magia.

La mujer soltó una risotada y sonrió.

-Claro, porque esto es mucho más que trucos baratos. No puede usarse a la ligera.

Rose se quedó callada durante un buen rato. Volvió a mirar los libros.

-Quisiera aprender el lenguaje arcano.

-¿Y de qué te serviría, Rose? –Contestó Neriah-. A mí sólo me trajo problemas.

-Pero –se apresuró a añadir la joven-. Tú decidiste tu propio camino.

El rostro de Neriah se tornó serio, y Rose supo que había metido la pata. A nadie en la familia le gustaba hablar del pasado, un pasado que Rose desconocía. Respecto a ese pasado, la joven sólo había oído historias y cuentos, y su madre le había dicho mil veces que no debía tomarlos al pie de la letra.

-Sí, es cierto, elegí mi propio camino. Al igual que puedes hacer tú, pero sin tener que usar la magia.

-Pero me gustaría aprenderla, Tía.

La mujer se llevó una mano a la sien.

-Ah, Rose.-murmuró mientras se mesaba los cabellos-. ¿Acaso no lo entiendes? Elegí mi camino, un camino que entonces consideré correcto. La magia trae problemas desde que uno toma la decisión de estudiarla. ¿Qué diría tu madre si se esterase?

-Madre no tiene por qué saberlo.-respondió Rose, tajante-. Podría ser nuestro secreto.

Su tía la miraba fijamente, manteniendo un semblante severo. A Rose le costaba sostenerle la mirada.

De repente, la mujer empezó a reír.

-¿Qué te hace tanta gracia?-inquirió Rose, azorada.

-Me has recordado a una chica joven que vivió aquí hace mucho tiempo. Al igual que tú, era una cabezota, una cabezahueca, si me permites la expresión. No quería aceptar su destino, era rebelde.

-Y… ¿Qué pasó con ella?

-Eligió aceptar lo que realmente era. Se casó con el hombre elegido por sus padres, no por obligación, sino por amor. Decidió seguirle a su morada cuando podía haberle obligado a permanecer en su propio hogar. Le dio hijos, cuando podría no haberlos tenido.-Respondió Neriah-. ¿Lo ves, Rose? Aunque te parezca que este castillo es tu jaula dorada, puedes hacer lo que tú quieras hacer, puedes trazar tu propio camino dentro del que otros han elegido para ti.

Rosé bajó la cabeza, meditando aquellas palabras. Su tía le puso la mano en el hombro.

-La magia sólo te destruiría, Rose. Casi me destruyó a mí.

-¿Casi te destruyó? ¿Cómo fue eso?

-No importa.-se apresuró a responder la otra-. Ahora sal de este lúgubre estudio y vete a pasear por el jardín. Haz amigos, Rose.

Rose rió.

-No creo que haga muchos amigos después de lo que le hice a esa chica.

La joven volvió a reír, y esta vez Neriah rió con ella.

-Cada día me recuerdas más a tu madre. Pero tranquila, hasta una cabeza loca como ella encontró amigos.


Rose paseaba distraída, sin prestar atención a los otros viandantes. Había encontrado una puerta secreta en el jardín privado de sus abuelos, una puerta que la llevó directamente al exterior. Ahora, la joven caminaba por el pueblo a sus anchas, sin nadie a sus espaldas susurrándole tonterías al oído. Por primera vez en meses, se sentía libre.

A ambos lados del camino había pequeños puestos llenos de toda clase de mercancías. Le hacía recordar su hogar, a Hamlin Garde, cuando había día de mercado. De pequeña, le gustaba escaparse sólo para pasear por las atestadas calles. Ahora se sentía tan a gusto como en casa.

-¡Apártate, chica!

Un jinete se abría camino al galope. Los viandantes se apartaban como podían, y más de uno por poco fue atropellado. Rose saltó a un lado e increpó al tipo usando los insultos más hirientes que se le ocurrieron. El otro se alejó como si nada, dejando un rastro de destrucción.

La joven había caído al suelo. Se levantó, manchada de polvo y con la cara sucia. Su vestido se había enganchado con un poste y tenía un desgarrón en la falda. Rose maldijo al jinete en todos los idiomas que conocía. Ese era su vestido favorito.

No había podido verle la cara, pues había pasado demasiado deprisa. Era noble, pero no reconocía su blasón. Tendría que averiguarlo. Enfadada, Rose emprendió el camino de regreso al castillo.

-Cuando me entere de quien eres –rumiaba- te las voy a hacer pagar todas juntas.