Ni-hachi soba

De cómo el Ichiraku Ramen se completó en Konoha

Los pequeños aprendices de ninja corrían por la calle para llegar a tiempo a clases del nuevo curso de la academia militar. Era un buen día, como lo hacía prácticamente todo el año en una aldea tan bien situada geográficamente. La generosa mañana también invitaba a aquellos que no tomaron el camino shinobi a realizar sus tareas cotidianas, tanto así que ya se podía escuchar muy bien el agua que bajaba por las calles y el restregado de las escobas que sacaba el polvo de la casa y lo dejaba en la vialidad terrosa que devolvía el favor a lo largo del día. Pero él se había levantado más temprano que los demás como era su costumbre y esa labor ya estaba hecha, ahora estaba en la bodega llenando los sacos de harina que acababa de traer del molino para mantenerla seca mientras no la ocupara. Una vez llenos les colocaba una etiqueta para no confundirlos; trigo, alforfón, sémola, arroz, soja. Y, finalmente los ponía sobre los estantes de madera.

Aún no terminaba cuando percibió un ruido, y como no había escuchado sonar el chime de la entrada se asomó a la cocina apenas sacando la cabeza por el umbral que dividía los sitios. No había nadie. Regresó a su labor cuando de nuevo escuchó el ruido. Extrañado tomó una de las varas que usaba para remover las salsas en añejamiento y se acercó decidido a buscar al intruso.

Siguiendo su oído llegó hasta una alacena baja donde guardaba las reservas algas deshidratadas. Previendo que se tratase de alguna alimaña se apresuró a abrir la puerta y sacarle, pero grande fue su sorpresa porque no se trataba de roedor o bicho alguno.

— ¡Ayame-chan! ¿Qué haces ahí escondida?

—No quiedo id a la escuela

La pequeña se metió a la boca la última porción del sobrecito de alga seca que había abierto y salió de su escondite pasando a tomar otro pequeño paquete de la caja. El hombre miró a su hija en un fallido intento de severidad con los brazos cruzados aún sosteniendo la vara de bambú que había sacado de la bodega mientras la pequeña luchaba con el empaque plástico que la separaba de su preciado tesoro.

— ¿Tu madre sabe que estás aquí?

—Si lo supieda no tendlía caso escondedme

Cuando lo pretendía aquella niña era la cosa más dulce y adorable del mundo, pero él que la conocía perfectamente sabía que era un pequeño demonio cuando de caprichos se trataba.

— ¿Y por qué no quieres ir?

Desistiendo de su intento por abrir la bolsita de celofán, ella puso sus manos en la cintura, levantó la cara hacia su padre y con los ojos cerrados repitió de memoria cada palabra de un discurso sobre las mujeres de la hoja, imitó una vocecilla de dama de rancia aristocracia que alababa las hazañas de la aldea y la necesidad de ser buenas esposas de valientes shinobi.

La imitación de su maestra de Protocolo no solo había resultado cómica, el hecho de que aún no pudiera marcar la "r", reemplazándola con una "d", a sus cuatro años enfatizaba la dulzura de su calidad de niña que en esos momentos dejó imposibilitado al hombre para reprenderla por, muy seguramente, angustiar a su madre que debía estar buscándola por cielo, mar y tierra. Quizás en el mar no porque no estaban cerca de él… bueno quizás se las arreglaría para encontrar una playa, su mujer era "algo" extremista.

— ¿Por qué no quieres ir? ¿Por qué tu profesora no te agrada?

—No es eso

– ¿Entonces?

—… Yo… yo… ¡Yo quiedo sed ninja!

El afectuoso padre ya veía venir ese día, y no pudo contener un suspiro de resignación mientras levantaba la vista al techo como lo hace la mayoría de la gente, quizás las respuestas estaban ahí. Desde que él y los demás refugiados llegaron a la aldea, había ocurrido en los miembros más jóvenes lo que llamaron "la manía del héroe" en la que se les figuraba el deber shinobi como algo muy glamoroso, y por supuesto acompañado de la fiebre "voy a ser Hokage".

Sintió como unas pequeñas manos jalaban de su yukata para atraer su atención, cosa que logró sin mayor esfuerzo:

— Llévame a la academia ninja — le pidió con su vocecita habitual sonando tan sincera que hasta al hombre tuvo miedo de que sus intenciones fueran serias. La miró unos momentos, sus ojitos suplicantes estaban quizás doblegándolo, pero no se trataba de comprar un perro o ir a dormir a casa de una amiga, estaban hablando que su dulce y pequeña primogénita quería formarse en la milicia y salir a arriesgar su integridad física, mental y moral. Tras unos momentos la tomó por la cintura, la cargó, la sentó sobre la mesa y él se acomodó en una silla de modo que los dos quedaran a la misma altura.

— ¿De dónde sacaste la idea de querer ser ninja? — le preguntó directamente, era una niña, pero no por eso significaba que razones no tuviera.

Los ojitos cafés suplicantes pasaron en un instante a adquirir un brillo propio de la determinación, de la admiración, ese tipo de brillo que llega a afilar la mirada.

—Los sannin legendadios— respondió en un susurro misterioso pero cargado de emoción.

—Ayer degesadon de una misión, debiste estad ahí, fue inqueídble

— ¿Y… quieres ser como Tsunade-sama?

—No

—… ¿Entonces?

Odochimadu-sama estaba con una niña…

—… Así que quieres ser como Anko-san.

— ¡Quiedo ser ninja!

Los ojos claros seguían con el brillo y en ningún momento desvió la mirada, estaba decidida aunque no explicaba el porqué. No dijeron más nada, el silencio se apoderó de la cocina por unos minutos que parecieron los más largos de su vida, para ambos. Se abrían quedado así por quien sabe cuánto tiempo de no ser por el chime que anunciaba la llegada de un posible cliente.

—Hablamos más al rato, busca a tu madre para que no se preocupe más.

—Papá…

—Haz lo que te digo, ve.

La niña salió de la cocina haciendo un gesto de desilusión, solo un poco más de tiempo y lo habría convencido. Pasó al otro lado de la barra y buscó con la mirada al impertinente que había interrumpido su acto de cachorro abandonado. Se trataba de una pareja, una chica de cabello negro sujetado por una coleta alta y extraños ojos rojos, y un moreno de cabello castaño con un cigarro en la boca. Los dos eran muy jóvenes, quizás por eso le extrañó más el vicio de aquél sujeto, usualmente los fumadores eran viejos ociosos. Frunció el ceño cuando la miraron con cierta ternura, miserables, si no hubieran llegado…

—No se pedmite fumad aquí adento — les dijo en un tono fallidamente severo. El chico le sonrió mientras su compañera le retiraba el cigarro.

—Ya se lo quité pequeña — agregó la chica sonriéndole también.

Ayame por respuesta suspiró con fastidio, y salió de la tienda al tiempo que su padre le daba la bienvenida a la pareja.

Fuera del local ya había mucho movimiento, caminó por la acera que llevaba al colegio señoritas de Konoha, seguro encontraría a su madre en el camino. Seguía molesta por su fracaso, pero no se rendiría tan fácilmente y conseguiría su objetivo costara lo que costara. Caminaba sin mucha prisa porque ganas de llegar no tenía. Levantó la mirada al cielo, estaba despejado y como el sol no estaba en su punto más alto la temperatura no alcanzaba a ser ni medianamente molesta.

La gente al verla pasar le saludaba con mucho ánimo y ella les correspondía sin prestar atención, ya estaba pensando en otra forma de convencerlo. Cerca de ahí estaba la Academia ninja, cuando se dio cuenta bajó el paso aún más. Ellos ya habían empezado sus lecciones y podía escuchar perfectamente como el maestro de la clase les comenzaba a recitar un sermón sobre el código ninja. Cada mañana cuando pasaba por ahí con su madre podía oír el corito de voces que repetían lo que se les decía, otras, era el choque metálico de la práctica con armas, estas eran muy pocas, pero el chocar de los aceros le daba mucha curiosidad.

Recordaba una vez en que vio a su padre afilando los cuchillos de la cocina. El ir y venir de la hoja frotándose contra la lija era hipnótico, de alguna manera la había atrapado con el misterioso y fascinante brillo del metal. También los había probado cortando algunos rábanos, parecía que nada detendría el corte, era rápido pero ligero. No sabía cómo explicar exactamente la atracción que tuvo ese día solo observando una cosa tan cotidiana para su progenitor.

Pero, sin duda el sonar de los ejercicios era distinto. Cuando chocaba contra la madera de las dianas de entrenamiento no era como cuando se cortaban los vegetales en la tabla, los kunais tenían más fuerza, un solo golpe que se supone fuera preciso. A veces también oía de metal contra metal, ese era más extraño. Naturalmente que era cuando dos cuchillos ninja chocaban en combate, y, cuando estaba de buen humor les encontraba algunos ritmos como si de una melodía se tratara. Y sabía de música porque en la escuela daban clases de eso aunque ella no fuera excepcionalmente buena para ello.

Regresó a la realidad y como un impulso salió corriendo sobre la misma calle, ya era tarde y no quería el sermón sobre los buenos hábitos de puntualidad. Pero al dar la vuelta en una esquita chocó contra algo, en realidad contra alguien y cayó de espaldas al suelo. Molesta encaró desde abajo al sujeto pero lo único que vio fue una sombra alejarse a toda prisa. Apenas se puso de pie y mientras sacudía su yukata otro par de sombras pasaron a su lado, estas sin tirarle. Seguramente eran guardias siguiendo al otro que indudablemente era algún pillo que se pasó de listo.

Las dos sombras apenas y se fijaron en la niña, estaba bien y era prioridad alcanzar al fugitivo. Lo siguieron entre las callejuelas hasta que tomó de nuevo una vía principal. La pareja se separó para colocarse a ambos lados del prófugo y trataron de cerrarle el camino, pero el otro se anticipó y lanzó un par de kunais con cellos explosivos que sus perseguidores evadieron sin problema. Los cuchillos al fallar en su objetivo siguieron su camino libremente.

Solo fueron unos momentos...

Únicamente algunos segundos los que el joven shinobi moreno tardó en saltar la barra para apartar al hombre de los fideos de la explosión. Una nube blanca cubrió todo el local y parte de la calle. La pareja de ninjas y el dueño del local salieron por debajo de una de las mesas tosiendo un poco por la polvareda de harina. Afortunadamente solo la bodega había resultado gravemente dañada, el resto solo debía ser limpiado.

La kunoichi salió a la calle buscando al trío que se alejaba.

—Estúpido Genma. — bufó molesta cuando reconoció a uno de los tres. Inmediatamente regresó adentro, su compañero y el dueño miraban aún como poco a poco la nube blanca se dispersaba.

—Lo siento viejo, veré que el Hokage lo envíe a arreglar esto. — le dijo el chico mientras sacaba su cajetilla de cigarros para tomar uno.

—No te preocupes hijo, supongo era más importante la misión.

—Se supone que protejamos la aldea no que la destruyamos.

Se quedaron un rato en silencio los tres, como si las partículas blancas fueran la cosa más interesante del mundo. El joven hizo ademán de marcharse tomando de la mano a su compañera, mas en anfitrión los detuvo.

—Vinieron a comer, no darles nada es una falta de respeto.

El dueño se ajustó la pañoleta de la cabeza y caminó de regreso a la cocina. Las ollas estaban con sus tapas pero el impacto de la explosión las había descubierto y ahora estaban contaminadas, en la mesa de servicio aún estaba su masa de harina de alforfón* protegida por su capa plástica, pues afortunadamente aún reposaba desde la noche anterior. Dudó un momento, cuando vio una pequeña vasija sobreviviente, era harina de trigo y la única con la que podría espolvorear la masa cuando estirara los fideos. Nunca había mezclado harinas salvo algunas veces la de trigo con la integral. Miró de reojo la bodega, no quedaba nada, luego por detrás de su hombro a una apenada kunoichi sentada en un banco de la barra y a su compañero disfrutando de su cigarro de pie cerca de la puerta.

Respiró profundo, el cocinero que no se arriesga jamás descubre nuevos sabores.

Terminó de amasar y comenzó a estirar los fideos, frunció un poco el seño, la masa era extraña y la tarea resultaba difícil, pero planeaba terminar.

Lanzaba la cuerda de un lado hacia el otro con un movimiento circular. Se torcía a la derecha, espolvoreaba con más harina, se estiraba, torcía a la izquierda de la misma manera. Cada vez que se estiraba la masa, el número de fideos aumentaba. Intensificó un poco la fuerza y la velocidad para terminar y para cuando estos alcanzaron su espesor adecuado ya estaba por dejarlos listos para hervir… pero a último instante optó por darles un doblez mas quedando así más delgados de lo que comúnmente se hacían.

Mientras la masa se cocía y a la par en que mentalmente oraba a todo lo que se le pudiera orar para que sus fideos quedaran bien, buscaba frenéticamente la caja de reserva de verduras que tenía fuera de la bodega. Cuando la encontró se apresuró acortarlas en tiras muy finas, tanto para que concordaran con lo delgado de la pasta como para hacer que rindiera más, puesto que debía servir dos platos y lo que tenía apenas alcanzaba para uno. Tomó el puerro y a toda prisa lo cortó en lunas finas, la zanahoria, la cebolla, el jengibre y el cebollino, los dejó cocer en agua mientras iba a escurrir los fideos.

Después de refrescarlos y retirar el exceso de almidón de la pasta, tenía que preparar una nueva sopa. Lo hizo con el caldo de las verduras al cual agregó un poco del alga que su hija había tomado en la mañana, la wakame*.

Preparó los platos y decidió decorar con un poco de wasabi y jengibre encurtido que estaba en la despensa.

El bol terminado se puso a la mesa. El chico apagó su cigarro y entró a tomar su lugar. La pareja miró unos momentos lo que les servían y confiando en el talento del hombre separaron los palillos.

—Itadakimasu. — dijeron al mismo tiempo.

El sabor era fuerte, concentraba el del alforfón pero sin duda la otra harina le daba un toque muy distinto, porque no era ni uno ni otro. Las verduras resaltaban perfectamente pero sin opacar la masa de ninguna manera. Al ver la cara de satisfacción con el platillo que acababa de crear sonrió más satisfecho que ellos al degustar. Miró hacia afuera.

Quizás… un poco de harina de trigo no sería tan malo para su hija.


Cometarios y aclaraciones:

*Algunos autores denominan al alforfón (alfalfa) trigo sarraceno o trigo negro, pero no es trigo, ni siquiera un cereal, ni tiene nada que ver con la Arabia (por lo de alforfón), ni es negro: a veces es verde oscuro, grisáceo o incluso rojizo. En Asia se usa para hacer harinas para fideos.

*La famosa Wakame, es conocida en el mundo occidental como "alga Golfo". Esta es una de las algas más consumidas en Japón y en todo el mundo. Tanto deshidratada como en conserva o fresca, desarrolla unos sabores espectaculares. Su uso va desde los caldos para fideos sencillos hasta elaborados sushis.