Capítulo 1

Nueva Orleans

Kohaku y shippo taisho estuvieron dando una vuelta por los bosques y luego bajaron hacia el pantano, abriéndose paso alrededor de hoyas de barro, pinos y sicomoros. Bastante altos para su edad, los dos muchachos eran delgados y desgarbados porque aún no habían llegado a desarrollar la robusta musculatura de su padre.

Sus facciones lucían el sello de la arrogancia innata de todos los taisho. Los mechones de sus abundantes cabelleras negras les caían sobre la frente en una serie de rebeldes oleadas, y largas pestañas negras enmarcaban sus ojos azules. Quienes no los conocían nunca eran capaces de distinguirlos, pero por dentro eran todo lo distintos que pueden serlo dos muchachos. Kohaku era amable y compasivo, alguien que seguía las reglas incluso cuando no entendiera sus razones. shippo, en cambio, era implacable, detestaba la autoridad y se enorgullecía de ello.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó kohaku-. ¿Cogemos la canoa y buscamos piratas río abajo?

Shippo rió desdeñosamente.

-Tú puedes hacer lo que quieras. Yo pienso visitar a Madeleine.

Madeleine Scipion era una guapa morena, hija de un comerciante de la ciudad. Últimamente había mostrado algo más que un interés pasajero en shippo, aunque sabía que kohaku estaba prendado de ella. La joven parecía pasarlo en grande enfrentando a un hermano con otro.

El rostro sensible de kohaku reveló la envidia que éste sentía.

-¿Estás enamorado de ella? –shippo sonrió y escupió.

-¿Amor? ¿A quién le importa eso? ¿Te he contado lo que dejó que le hiciera la última vez que la vi?-pregunto shippo maliciosamente

-¿Qué? -quiso saber kohaku, cada vez más celoso. Sus miradas se encontraron. De pronto shippo le dio un ligero golpe en la sien y se echó a reír, para luego echar a correr entre los árboles perseguido por kohaku.

-¡Vas a decírmelo! -kohaku cogió un puñado de barro y lo arrojó contra la espalda de shippo-. Te obligaré a... Ambos se detuvieron en seco cuando vieron un movimiento cerca de la canoa. Un chiquillo vestido con ropas harapientas y un sombrero de ala caída tiraba de la embarcación. La cuerda con la que ésta había estado amarrada cayó de sus manos cuando se dio cuenta de que acababan de descubrirlo.

Cogió rápidamente un hatillo de tela y huyó. -¡Intentaba robarla! –dijo shippo.

Los gemelos olvidaron su reciente disputa y corrieron lanzando alaridos guerreros en pos del ladrón que escapaba. -¡Córtale el paso! –ordenó shippo. Kohaku fue hacia la izquierda, desapareciendo detrás de un macizo de cipreses que dejaban caer sus 4 barbas de musgo sobre las fangosas aguas marrones. En cuestión de minutos consiguió rebasar al chico y se plantó ante él justo más allá del bosquecillo de cipreses. Al ver los violentos temblores del muchacho, kohaku sonrió triunfalmente y se pasó un antebrazo por la frente cubierta de sudor.

-Lamentarás haber tocado nuestra canoa-jadeó, yendo hacia su presa.

Respirando pesadamente, el ladrón echó a correr en dirección contraria y chocó con shippo, quien lo agarró de un brazo y lo levantó del suelo. El chico dejó caer su hatillo y soltó un alarido que hizo reír a los gemelos.

-¡kohaku! –chilló shippo, esquivando los débiles puñetazos del chico-. ¡Mira lo que he atrapado! ¡Un pequeño lutin que no siente ningún respeto por la propiedad ajena! ¿Qué deberíamos hacer con él?-

Kohaku contempló al infortunado ladrón con la mirada llena de censura de un juez.

-¡Tú! -ladró mientras se contoneaba ante el chico que se retorcía-.¿Cómo te llamas?

-¡Soltadme! ¡No he hecho nada!-

-Sólo porque te hemos interrumpido antes de que lo hicieras –dijo shippo.

Kohaku silbó al ver los verdugones rojizos y los arañazos llenos de sangre que cubrían el cuello y los delgados brazos del chico.

-Les has ofrecido un buen banquete a los mosquitos, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo llevas en el pantano?-

El chico, que no paraba de debatirse, consiguió darle una patada en la rodilla a shippo.

-¡Ah, eso duele shippo se apartó la negra cabellera de la frente y fulminó al chico con la mirada-. ¡Ahora sí que se me ha acabado la paciencia!

-¡Suéltame, perro!-chillo el ladron

Muy irritado, shippo alzó la mano para darle un golpea su cautivo.

-Yo te enseñaré modales, muchacho.-

-shippo, espera -lo interrumpió kohaku. Era imposible no sentir simpatía por aquel niño irremisiblemente atrapado en la presa de su hermano-. Es demasiado pequeño. No abuses de tu fuerza.-

-Qué blando que eres.- shippo se burlaba, pero su brazo bajó-. ¿Cómo sugieres que le hagamos hablar? ¿Lo tiramos al pantano?-

-Quizá deberíamos... -comenzó a decir kohaku, pero su hermano ya iba hacia el agua, arrastrando consigo al niño que gritaba.

-¿Ya sabes que ahí dentro hay serpientes?-dijo shippo, alzando en vilo al chico y preparándose para tirarlo al agua-. Y son venenosas.

-¡No! ¡Por favor!- suplico el ladron tratando de safarse

-Y caimanes, también, que sólo esperan la ocasión de zamparse a un chiquillo como... -Su voz se disipó en el silencio cuando el sombrero del chico cayó al pantano y se alejo flotando sobre las aguas. Una larga trenza negra cayó sobre el hombro del muchacho, cuyas delicadas facciones ya no se hallaban ocultas por el sombrero.

Su ladrón era una chica, de la edad de ellos o quizás un poco mayor. Pasando los brazos alrededor del cuello de shippo, se agarró a él como si estuviera sosteniéndola sobre un pozo de llamas.

-No me tires al agua. Je vous en prie. No sé nadar. Shippo la apartó un poco y bajó la mirada hacia aquel rostro, pequeño y sucio, que estaba tan próximo al suyo. Parecía una chica corriente, guapa pero no excepcional, aunque eso costaba saberlo con todo el barro y las picaduras de mosquito que cubrían su cara.

-Bueno -dijo shippo lentamente-, parece ser que estábamos equivocados,kohaku.

Sacudió a la chica, que no paraba de protestar, para hacerla callar-. Silencio. No voy a tirarte al agua. Creo que puedo encontrar un uso mejor para ti.-shippo, dámela-dijo kohaku.

Shippo sonrió con expresión sombría y le volvió la espalda a su hermano.

-Ve a divertirte en algún otro sitio. La chica me pertenece. –alego shippo -¡Es tan mía como tuya!-dijo kohaku

-Yo soy el que la ha capturado -dijo shippo como si tal cosa.

-¡Con mi ayuda! –gritó kohaku, muy indignado-. ¡Además, tú tienes a Madeleine!

-Quédate con Madeleine. Quiero a ésta. Kohaku frunció el ceño.

-¡Deja que sea ella la que escoja!-propuso kohaku

Se miraron con expresión retadora y de pronto shippo se echó a reír.

-Que así sea-dijo; su ferocidad se había convertido en un lánguido buen humor. Meció a la muchacha en sus brazos-. Bueno, ¿a cuál de nosotros quieres?-

Kagome sacudió la cabeza, demasiado débil y agotada para entender lo que se le estaba preguntando. Llevaba dos días terribles yendo a través del pantano, mojada, cubierta de suciedad y segura de que un caiman o una serpiente venenosa la matarían en cualquier momento. El calor Y la humedad sofocantes ya eran bastante espantosos, pero la proliferación de insectos casi la había hecho enloquecer. No pararon de morderla y picarla a través de la ropa hasta que cada centímetro de su piel ardió con un escozor abrasador.

Kagome incluso había empezado a pensar que no sobreviviría al viaje infernal que había emprendido, y no le había importado. Cualquier cosa, incluso una muerte horrible en un pantano de Luisiana, sería preferible a una vida entera con naraku suzuki.

-Vamos, no tenemos todo el día -dijo con impaciencia el muchacho llamado shippo. Kagome se debatió, pero los flacos brazos de él eran sorprendentemente fuertes. Apretó la presa con que la sujetaba hasta que ella volvió a quedarse quieta con un gemido de dolor.

-Mon Dieu, no había necesidad de hacerle daño-dijo kohaku.

-No le he hecho daño –replicó shippo, indignado-. Sólo la he apretujado un poco. -Dirigió una mirada de advertencia a kagome-. Y volveré a hacerlo si no se decide de una vez.-

La mirada de Kagome fue del imperioso y moreno rostro del muchacho que la sostenía en sus brazos hasta las facciones, más claras, del que permanecía de pie junto a él. Comprendió que eran gemelos idénticos. El que se llamaba kohaku parecía un poco más bondadoso, y había un vestigio de compasión en sus ojos azules que Kagome no percibía en el otro. Tal vez pudiera convencerlo de que la dejase marchar. -Tú -dijo desesperadamente, mirando a kohaku.

-¿si? -se burló shippo mientras dejaba que los pies de Kagome tocaran el suelo. Con un bufido despectivo, la empujó hacia su hermano-. Ahí la tienes, kohaku, haz lo que te apetezca con ella. De todos modos no la quiero.

Luego cogió el hatillo y lo examinó, descubriendo un puñado de monedas atadas dentro de un pañuelo, un vestido enrollado y un peine de ámbar.

Incapaz de detener la inercia del empujón, Kagome chocó con el otro muchacho. Las manos de él subieron hacia sus delgados hombros y la mantuvieron en pie.

-¿Cómo te llamas? -preguntó.

Su voz era inesperadamente amable. Kagome se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se despreció a sí misma por aquel momento de debilidad, pero estaba agotada y medio muerta de hambre, y apenas podía pensar.

-¿Por qué querías llevarte la canoa? -preguntó kohaku.

-Lo siento. No debería haberlo hecho. Deja que me vaya... no volveré a molestaros.-

Kohaku la miró detalladamente de pies a cabeza. Kagome soportó el examen con resignación. Nadie había dicho nunca de ella que fuese una gran belleza, ni siquiera en sus mejores momentos. Ahora, después de su viaje a través del pantano, estaba cubierta de barro y olía muy mal.

Mientras la miraba, el muchacho pareció llegar a una decisión.

-Ven conmigo-dijo, cogiéndola de las muñecas-. Si estás metida en problemas, quizá podamos ayudarte. Kagome enseguida se alarmó. Sospechaba que el muchacho tenía intención de llevarla ante sus padres. En tal caso, la conducirían de vuelta a la propiedad de Suzuki en cuestión de horas.

-No, por favor -suplicó, tirando de su brazo aprisionado.

-No te queda otra elección.-

Kagome lo empujó lo más fuerte que pudo al tiempo que trataba de clavarle los codos y las rodillas. El la derrotó con humillante facilidad.

-No voy a hacerte daño –dijo kohaku, echándosela al hombro y pasándole el brazo por detrás de las rodillas. Kagome soltó un alarido en el que la rabia se mezclaba con la desesperación mientras se debatía impotente sobre su espalda.

Shippo contempló a su hermano con un sardónico fruncimiento de ceño.

-¿Adónde piensas llevarla? –pregunto interesado -Con nuestro padre.-contesto

-¿Con nuestro padre? ¿Y para qué vas a hacer eso? Lo único que hará será obligarte a soltarla.-

-Es lo correcto -dijo kohaku con tranquilidad. -Idiota –masculló shippo, pero lo siguió de mala gana mientras su hermano sacaba a su nueva adquisición de la orilla del pantano.

Kagome dejó de resistirse hacia la mitad de la pendiente, tras decidir que sería más prudente conservar las escasas fuerzas que le quedaban para afrontar el destino que le estuviera reservado. No podría escapar de las garras de aquel par de fanfarrones. Cerró los ojos, sintiendo que empezaba a marearse.

-No me lleves con la cabeza apuntando hacia el suelo -dijo con voz pastosa-. Si lo haces, vomitaré.

Shippo habló desde detrás de ellos.

-Se está poniendo un poco verdosa,kohaku.

-¿De veras? –kohaku se detuvo y dejó que los pies de Kagome descendieran hacia el suelo-.

¿Prefieres caminar? -Sí -dijo kagome, tambaleándose levemente. Los hermanos la cogieron cada uno de un brazo y la guiaron. Aturdida, Kagome miró a uno y otro lado, y fue entonces cuando comprendió que los muchachos tenían que pertenecer a una familia muy rica. Al igual que otros hogares de plantadores en el exclusivo distrito del pantano, la casa daba al bayou St. John, un dedo de agua que iba desde el lago Pontchartrain hasta el río Mississippi. El sol del atardecer relucía lánguidamente sobre el blanco y el gris pálido del exterior de la casa principal. Grandes verandas enmarcadas por gruesas columnas blancas circundaban los tres pisos. Numerosas arboledas de cipreses, robles y magnolios habían sido plantadas alrededor de la capilla, el ahumadero y lo que parecían ser los alojamientos de los esclavos.

Kagome sintió que el estómago se le revolvía de una manera muy desagradable cuando los muchachos la llevaron por un tramo de escalones que subían hacia la puerta principal de la casa. Pasaron por un oscuro y fresco vestíbulo a lo largo del que se alineaban hileras de oscuros bancos de caoba.

-¿Padre? –llamó kohaku, y una mujer de piel oscura y expresión sobresaltada le señaló una habitación que quedaba justo más allá de los recibidores gemelos que bordeaban el pasillo. Los muchachos llevaron su carga a la biblioteca, donde su padre estaba sentado detrás de un enorme escritorio de caoba. La estancia se hallaba espléndidamente amueblada, las sillas tapizadas con una delicada seda arriarilla que hacía juego con el motivo en amarillo y lapislázuli que adornaba las paredes. Pesados cortinajes de muaré de lana escarlata, recogidos, enmarcaban las ventanas.

La atención de Kagome fue de la habitación al hombre del escritorio. Éste mantuvo la mirada apartada de ellos mientras trabajaba. No llevaba chaleco, y la camisa blanca se pegaba húmeda a los contornos de su musculosa espalda.

-¿Qué ocurre? -dijo una voz muy grave que hizo que un escalofrío descendiera por la espalda de kagome . -Padre –dijo kohaku -, sorprendimos a alguien junto al agua cuando intentaba robar nuestra canoa.-

El hombre sentado al escritorio juntó los papeles en una pulcra pila.

-¿Oh? Bueno, espero que le enseñarais las consecuencias de poner las manos en una propiedad de los taisho. -De hecho... -comenzó a decir kohaku, y tosió nerviosamente-.

De hecho, padre...

-Es una chica –soltó shippo.

Evidentemente aquello atrajo por fin la atención de taisho, que, volviéndose en su asiento, miró a Kagome con fría curiosidad.

Si el diablo decidiera alguna vez asumir una apariencia humana, Kagome estuvo segura de que sería exactamente así: amenazadora, atractiva, con una nariz imperiosa, una boca áspera y hosca y malvados ojos oscuros. Taisho era una criatura de virilidad desbordante, con el intenso bronceado y la prestancia de alguien que pasaba una gran parte de su tiempo al aire libre. Aunque kagome era más bien alta, la presencia dominadora de taisho la hacía sentirse casi diminuta. El hombre se puso en pie, se apoyó en el escritorio y la escrutó perezosamente, al parecer muy poco entusiasmado por la visión en su biblioteca de una muchacha cubierta de barro. -¿Quién eres? -preguntó.

Kagome sostuvo sin pestañear su mirada escrutadora mientras consideraba distintas maneras de vérselas con él. Taisho no parecía ser la clase de hombre que se dejaría conmover por las súplicas lacrimosas. Tampoco se sentiría impresionado por las amenazas o el desafío.

Había una posibilidad de que conociese a la familia Suzuki, quizás incluso de que mantuviera una estrecha amistad con ellos. La única esperanza de Kagome era convencerlo de que no merecía que se molestara en ocuparse de ella.

Antes de que Kagome atinara a responder a la pregunta,shippo exclamó:

-¡No quiere decírnoslo, padre!

Taisho se apartó del escritorio y se acercó a kagome, quien no fue consciente de que estaba retrocediendo ante él hasta que chocó con la sólida forma de kohaku detrás de ella.

Taisho extendió la mano hacia kagome, deslizó sus largos dedos bajo su barbilla y le levantó la cara. Luego se la volvió hacia un lado y hacia el otro, examinando desapasionadamente los daños causados por su viaje a lo largo del bayou. Kagome tragó saliva bajo la presión de sus dedos encallecidos. El imponente pecho de taisho quedaba a la altura de su cara, la negra sombra del vello visible bajo el delgado tejido de su camisa.

Ahora que lo tenía tan cerca, Kagome vio que los ojos de taisho eran de un castaño muy oscuro. Siempre había pensado en el castaño como un color muy dulce, pero aquellos ojos proporcionaban una prueba innegable de lo contrarío.

-¿Por qué querías llevarte la canoa?-

-Lo siento mucho -dijo Kagome con voz enronquecida-. Nunca había robado nada antes. Pero yo tenía más necesidad de ella que ustedes.-

-¿Cómo te llamas? -taisho la obligó a levantar la barbilla con los dedos un centímetro más-. ¿Cuál es tu familia?-

-Es muy amable al interesarse de esa manera por mí, monsieur -dijo kagome en una rápida finta, perfectamente consciente de que la amabilidad era lo último que motivaba a kagome-. Sin embargo, no tengo ninguna necesidad de su ayuda y no deseo causarle molestias. Si me deja marchar, seguiré mi camino y...

-¿Te has perdido?

-No -se limitó a responder ella. -Entonces estás huyendo de alguien. El titubeo de Kagome se prolongó demasiado. -No, monsieur...

-¿De quién?-

Kagome apartó de su barbilla los dedos de taisho, al tiempo que una irremediable sensación de derrota empezaba a adueñarse de ella.

-No tiene ninguna necesidad de saberlo-dijo secamente-. Déjeme marchar.

Él sonrió como si se sintiera complacido por aquel destello de temple.

-¿Es usted de Nueva Orleans, mademoiselle? -No.

-Ya me parecía a mí que no. ¿Ha oído hablar de la familia taisho?

De hecho, Kagome había oído hablar de ella. Mientras contemplaba el esbelto y moreno rostro del desconocido, intentó recordar lo que se decía acerca de los taisho. El apellido había sido mencionado en la mesa durante la cena, cuando onigumo y sus amigos se pusieron a hablar de política y negocios. Varios plantadores de Luisiana habían llegado a figurar entre los hombres más ricos de la nación, y Taisho era uno de ellos. Si recordaba correctamente, la familia poseía enormes extensiones de tierra, las cuales incluían el bosque más allá del lago Pontchartrain. Los amigos de onigumo habían dicho con un cierto resentimiento que Inuyasha taisho, el cabeza de la familia, era amigo y asesor del nuevo gobernador del Territorio de Orleans.

-He oído hablar de usted -admitió kagome-. Es un hombre importante en Nueva Urleans, Sin duda tiene muchas otras cosas de las que preocuparse. Le pido disculpas por mi pequeña transgresión, pero obviamente no he causado ningún daño. Y ahora, si no le importa, me gustaría irme.

Kagome contuvo la respiración y empezó a volverse, sólo para que la enorme mano de él se cerrara suavemente alrededor de su brazo.

-Pero es que sí que me importa -le dijo con dulzura. Aunque el contacto no tenía nada de violento, dio la casualidad de que los dedos de Taisho se posaron sobre uno de los moretones más dolorosos infligidos por onigumo. Kagome tragó aire con una brusca inhalación y sintió que se ponía blanca, mientras sentía cómo todo su brazo palpitaba con una súbita agonía.

La mano de Taisho cayó inmediatamente, y la miró con fijeza. Kagome se apresuró a erguirse, e hizo todo lo que pudo para ocultar el dolor que le había causado. Cuando taisho habló, su voz fue todavía más suave que antes. -¿Adónde planeaba ir en la canoa? -

Tengo un primo que vive en Beauvallet. -¿Beauvallet? –repitió shippo, mirándola con desprecio-. ¡Eso queda a veintincinco kilómetros de aquí! ¿Es que nunca has oído hablar de los caimanes? ¿Y de los piratas del río? ¿No sabías lo que te podía ocurrir dentro del pantano? ¿Quién te has creído que eres?

shippo-lo interrumpió taisho-. Basta. Su hijo se calló al instante.

-Recorrer semejante distancia yendo sola es una empresa muy ambiciosa -comentó taisho-. Pero tal vez no planeaba ir sola. ¿Iba a encontrarse con alguien durante el camino? ¿Un amante, quizá?

-Sí –mintió kagome. De pronto se sintió tan cansada, sedienta y confusa que vio danzar chispazos plateados ante sus ojos. Tenía que alejarse de aquel hombre-. Eso es exactamente lo que he planeado, y está usted interfiriendo en mi plan. No permaneceré aquí ni un solo instante más. –Dio media vuelta y fue ciegamente hacia la puerta, consumida por el deseo de escapar.

Taisho la detuvo al instante, deslizando un largo brazo alrededor de su pecho mientras el otro rodeaba su nuca. Kagome apretó los dientes y dejó escapar un seco sollozo, sabedora de que había sido derrotada.

-Maldito sea -susurró-. ¿Por qué no se limita a dejarme marchar?

La voz de él, suave y profunda, le hizo cosquillas en la oreja.

-Tranquila, no voy a hacerle ningún daño. Estése quieta. Miró a los gemelos, quienes a su vez los contemplaban con fascinación.

-Marchaos, los dos.

-Pero ¿por qué? -protestó shippo con vehemencia-. Nosotros la encontramos, y además...

-Ahora. Y decidle a vuestra grand-mére que deseo que se reúna con nosotros en la biblioteca.

-¡Él tiene mis pertenencias! -dijo kagome, lanzando una mirada acusadora a shippo-.

¡Quiero que me sean devueltas!

-shippo -dijo Taisho en voz baja.

Con una sonrisa, el muchacho se sacó del bolsillo el pañuelo anudado con las monedas y lo arrojó a una silla cercana. Luego salió por la puerta antes de que su padre pudiera hacerlo objeto de ninguna reprimenda.

A solas con taisho, Kagome se retorció impotentemente en su presa. Él la contuvo sin ninguna dificultad.

-Te he dicho que te estuvieras quieta.

Kagome se quedó rígida cuando sintió que él le subía la camisa de un tirón, dejando al descubierto la maltrecha carne de su espalda.

-¿Qué está haciendo? ¡Basta ya! No consentiré que se me trate de esta manera, arrogante...

-Cálmate. -Le embutió el extremo de la camisa en la parte de atrás del cuello-. No tienes nada que temer. No siento ningún interés por tus... -Hizo una pausa y añadió sardónicamente-: encantos femeninos. Además, normalmente prefiero que mis víctimas estén un poco más limpias que tú antes de abusar de ellas.

Kagome dejó escapar un jadeo ahogado y clavó las uñas en la dureza del antebrazo de él cuando sintió el contacto de su mano en la espalda. El fino vello de su nuca se erizó en respuesta al roce de los dedos masculinos. Taisho localizó diestramente el nudo que ataba el paño empleado para ceñirle los senos bajo el brazo derecho de kagome.

Comprendiendo que ninguna resistencia impediría que él hiciese lo que deseaba, Lysette se ahorró el esfuerzo de plantarle cara.

-No es usted un caballero -masculló, torciendo el gesto mientras él aflojaba el vendaje.

El comentario no pareció afectarlo en lo más mínimo. -Cierto -dijo, y apartó la áspera tela que había mantenido aplastados sus pechos debajo de la camisa.

A pesar de su desazón al ver cómo un desconocido la dejaba medio desnuda, Kagome no pudo contener un suspiro de alivio cuando el escozor de la apretada tela fue apartado de su magullada espalda. Sentir el contacto del aire fresco en su piel húmeda la hizo estremecer.

-Tal como pensaba-le oyó murmurar a taisho. Kagome sabía muy bien qué era lo que estaba viendo: los moretones que le había dejado la paliza administrada por onigumo hacía ya una semana, las hinchazones de las picaduras de insectos, el amasijo de señales causadas por los rasguños y los arañazos. Nunca se había sentido tan humillada, pero de algun modo y a medida que el silencio se prolongaba, dejó de importarle lo que pensara él. Estaba demasiado exhausta para poder mantenerse en pie por sí sola. Su mentón bajó hasta que su mejilla quedó apoyada en el hombro de taisho. No pudo evitar notar su fragancia, el aroma a limpia piel masculina que se mezclaba con los tenues vestigios de los caballos y el tabaco. Aquel olor tan masculino resultaba inesperadamente atractivo. La nariz y la garganta de kagome se abrieron para aspirar más a fondo, mientras que toda ella comenzaba a relajarse contra el sólido peso del cuerpo de él.

Un extraño estremecimiento la recorrió de arriba abajo cuando las puntas de los dedos del hombre descendieron por su espalda, a lo largo de su columna vertebral. No esperaba que un hombre tan enorme fuese capaz de tocar con tanta delicadeza. De pronto se le hizo difícil pensar, y toda la escena quedó cubierta por una espesa niebla que prometía el olvido. Kagome luchó por permanecer consciente, pero debió de perder el sentido durante unos segundos, porque luego no guardaría ningún recuerdo de cómo él había vuelto a bajar la camisa sobre su espalda, y sin embargo de pronto estaba cubierta y Taisho le había dado la vuelta dejándola de cara a él.

-¿Quién fue? -le preguntó. kagome sacudió la cabeza y habló a través de unos labios resecos y agrietados.

-Da igual.

-Mademoiselle, no está en condiciones de desafiarme. No me haga perder el tiempo, y no pierda el suyo. Limítese a decirme lo que quiero saber, y luego podrá descansar.

Descansar. La palabra hizo que Kagome sintiera cómo todo su ser se estremecía de anhelo. Estaba claro que él no la dejaría marchar, y ofrecerle resistencia no tenía ningún sentido. Después, se prometió a sí misma. Luego pensaría en cuál iba a ser su próximo paso v haría un nuevo plan. Mientras tanto, tenía que recuperar las fuerzas.

-Fue mi padrastro -dijo. -¿Su nombre?

Echando la cabeza hacia atrás, Kagome miró dentro de los oscuros ojos de él.

-Primero prométame que no le avisará de que estoy aquí. Una breve carcajada se ahogó en la garganta de taisho. -No voy a hacer tratos contigo, petite.

-Entonces ya puede irse ir al infierno.

Los dientes de Taisho destellaron en una breve sonrisa. Estaba claro que se sentía más divertido que irritado por su desafío.

-De acuerdo, prometo que no lo avisaré. Ahora dime cómo se llama.

-Monsieur onigumo niwua. –

-¿Por qué te pegó?- pregunto Taisho -Hemos venido de Natchez para mi boda. Yo desprecio a mi prometido, y me he negado a cumplir el compromiso matrimonial que acordó mi padrastro.- le contesto kagome

Las cejas de Taisho se elevaron ligeramente. Hasta que una joven criolla se hubiera casado, se consideraba que su padre -o su padrastro- era su dueño y señor absoluto, en la misma medida en que luego lo sería su esposo. Desafiar los deseos de un progenitor, especialmente en lo tocante al matrimonio, era impensable.

-La mayoría de las personas no le censurarían a un hombre que disciplinara a una hija rebelde en semejantes circunstancias-dijo él.

-¿Y usted qué haría? -preguntó Kagome con voz apagada, conociendo ya la respuesta.

-Yo nunca le pegaría a una mujer-dijo él sin la menor vacilación, dejándola muy sorprendida-. Sin importar cuál fuese la provocación.

-Eso... -La voz pareció quedársele pegada a la garganta-. Eso es una gran suerte para su esposa, monsieur. Taisho extendió la mano hacia ella y devolvió a su lugar con dedos muy delicados un mechón de cabellos que se le había movido del sitio.

-Soy viudo, petite.

-Oh. –kagome parpadeó con sorpresa, preguntándose por qué la información hacía que sintiera una extraña punzada en el centro de su cuerpo.

-¿Dónde se aloja tu padrastro?

-En la casa de monsieur Suzuki –dijo kagome, y reparó en el súbito destello que apareció en los ojos de él. Taisho guardó silencio durante unos instantes, antes de volver a hablar con una voz suave, casi aterciopelada. -¿Tu prometido es naraku suzuki?

-Sí.

-¿Y tú te llamas...? -insinuó él.

-kagome higurashi -susurró ella, derrotada-. Supongo que conocerá a los Suzuki, monsieur.

-Oh, sí.

-¿Sois amigos?

-No. Entre nosotros existe una cierta animosidad. Kagome consideró la información. Si a Taisho no le gustaban los Suzuki, sería un poco más fácil procurarse su ayuda. -¿inuyasha?-pregunto una señora de edad avanzada

¿Que pasa?

Una mujer de edad avanzada y cabello plateado que llevaba un magnífico vestido de muselina color lavanda adornado con encajes entró en la biblioteca. Frunció el ceño con consternación cuando vio lo sucia que estaba kagome.

-Ésta es mademoíselle Kagome higurashi, maman. Una visitante de Natchez. Al parecer se ha visto separada de su familia. Los chicos la encontraron fuera y me la han traído.

Haz que preparen una habitación, ya que pasará esta noche con nosotros. -Dirigió una mirada inescrutable a kagome-. Mi madre, kaede taisho-murmuró-. Ve con ella, petite.

Pese a su obvia curiosidad, kaede se abstuvo de hacer ningún comentario y extendió una mano hacia Lysette en un gesto de bienvenida. Las gentes de Nueva Orleans eran hospitalarias por naturaleza, y ella no era ninguna excepción. -Pauvre petite. -

Chasqueó la lengua en señal de simpatía-. Ven conmigo. Haré que te preparen un baño, y luego tienes que comer y dormir.

-Madame... -comenzó a decir Kagome con voz trémula-. Tengo que...

-Ya hablaremos más tarde –dijo kaede, y avanzó hacia ella para cogerla de la mano-.

Allons, niña.

-Merci, madame -murmuró Kagome dando su conformidad N, fue de buena gana con ella, sintiéndose más que deseosa de escapar a la presencia de inuyasha taisho.

Tenía intención de recuperar las fuerzas lo más deprisa posible y dejar la plantación a la primera oportunidad que se le presentara.

Dos horas después, una kaede muy agitada se acercó a su hijo. Inuyasha estaba de pie ante la ventana de la biblioteca con una copa en la mano.

-¿Cómo se encuentra? -le preguntó sin volverse.

-Se ha bañado, ha comido un poco y ahora está descansando. Noeline le puso un ungüento en los rasguños y las picaduras de insecto. –kaede se reunió con él junto a la ventana y contempló el pantano sumido en el silencio-. Recuerdo que hace muchos años conocí a la madre de kagome,naomi . Naomi es una Magnier, y los Magnier eran una familia que antaño vivió en Nueva Orleans pero lamentablemente no produjo hijos que hiciesen perdurar el apellido. Me acuerdo de que Jeanne era una mujer de una hermosura excepcional, y es una lástima que su hija no haya heredado su belleza.

Inuyasha sonrió distraídamente, acordándose del rostro pecoso de la chica, sus desafiantes ojos azules y su trenza roja medio deshecha. Estaba claro que Kagome Higurashi no era una belleza convencional. Sin embargo, había algo en ella que hacía que la deseara. No superficialmente o como un mero capricho del momento, sino con un anhelo que impregnaba todo su ser. Kagome prometía algo muy poco habitual: una intensidad de sensación, una plenitud que finalmente satisficiese aquel deseo que llevaba tanto tiempo atormentándolo.

Ya se había dado cuenta de que bajo el deseo también había una insistente curiosidad.

Quería llegar a conocerla, poner al descubierto las facetas de una joven más resuelta, franca y llena de desesperación que nadie a quien hubiera conocido jamás. Kagome iba a ser suya. Bien sabía Dios que naraku Suzuki nunca estaría a su altura.

-¿Sabes con quién va a desposarse, maman?-preguntó. Las finas cejas oscuras de kaede se unieron cuando frunció el entrecejo.

-Sí, me ha hablado del acuerdo matrimonial con naraku suzuki.

-Sí, el hombre que hizo caer la deshonra sobre mi esposa, y sobre mi apellido. Me parece que lo más apropiado es que ahora yo se lo haga pagar a Suzuki tomando a su prometida.

Su madre lo miró como si se hubiera convertido en un desconocido.

-¿Qué quieres decir con eso de que «tomarás» a su prometida?

-Y entonces -murmuró él con voz pensativa-, un duelo será inevitable.

-¡No, no lo permitiré!

Él le dirigió una mirada burlona. -¿Cómo planeas detenerme?

-¿Serías capaz de causar la ruina de una joven inocente sólo para acabar con naraku suzuki? Kagome Higurashi no ha hecho nada para perjudicarte. ¿Quieres que tu conciencia cargue con ella durante el resto de tu vida?

-Yo no tengo conciencia -le recordó él con aspereza. Kaede inspiró hondo.

-inuyasha, no debes hacerlo.

-¿Preferirías verla casada con un hombre corno Suzuki? -¡Sí, en el caso de que la única alternativa sea ver cómo causas su ruina y haces que termine en las calles!

Cuando vio el horror que había en los ojos de su madre y supo que ella lo creía capaz de lo peor, Inuyasha se sintió dominado por un súbito impulso de demostrarle que estaba en lo cierto.

-No terminará en las calles -dijo fríamente-. Yo correré con su sustento después, naturalmente. Un precio muy pequeño, considerando la oportunidad que me habrá proporcionado.

-Puedes estar seguro de que su padrastro te retará a duelo.

-No sería el primer duelo que he librado.

-Alors, tienes intención de violar la inocencia de kagome, establecerla en una residencia donde será objeto del desdén de toda la sociedad decente, y batirte en duelo con un padre ya entrado en años que intenta vengar el honor de su hija después de haberla visto sumida en la ruina... -Padrastro. Que no vacila en levantarle la mano, podría añadir.

-¡Eso no justifica tu conducta! ¿Cómo puedo haber criado a un hombre tan perverso como tú?

La parte decente de inuyasha-lo poco que quedaba de ella se removió incómodamente ante las palabras de su madre. Sin embargo, la perspectiva de poder vengarse por fin del hombre que le había arruinado la vida lo atraía demasiado. Dejar de aprovechar la oportunidad que se le ofrecía le era tan imposible como hacer que su corazón cesara de latir.

-Te lo advierto, maman: no interfieras. Hace años que espero esta oportunidad. Y no malgastes tu simpatía con la chica. Te garantizo que la compensaré adecuadamente en cuanto todo haya terminado.

GLOSARIO

Lutin: duende

Je vous en prie: por favor

Mon Dieu: dios mio

Monsieur: señor

Mademoiselle: señorita

Grand-mére: abuela

Petite: pequeña

Pauvre: pobre

Madame: señora

Allons: voluntad

Merci: gracias

Maman: mama

Alors: entonces