¡Buenas, buenas!

¡He vuelto a las andadas! Después de desaparecer todo el mes de Agosto—como la irresponsable que no puedo evitar ser—, decidí hacer este desafío, aprovechando que me encanta la idea de hacer songfics (XD).

Bueno… eso era mi idea principal, pero al ver que no lograría terminarlo a tiempo, decidí darle amor a este fic que tan abandonado está y actualizar con algo (No, no es una ilusión XD). Este día estaré trabajando en un par de ideas que me vinieron debido a un evento en un grupo de Facebook, so, posiblemente me estén mirando por aquí cada tanto... eso espero.

Anyways, cualquier cosa, ya la diré en las notas finales.

¡Abur!


Disclaimer: Naruto no me pertenece, sino a Masashi Kishimoto. De ser míos los personajes, yo habría matado a Sasuke y Naruto porque sí (?).

La canción tampoco me pertenece. September es de Earth, Wind and Fire.


Advertencias: Este fic está ambientado en un Alternative Universe. Narrado en segunda persona. Contiene Drama, Angst, y Hurt/Comfort.

Se centrará en los personajes de Uchiha Sasuke, Hyūga Hinata y Uzumaki Naruto.


Si no estás de acuerdo con lo que se va a ver aquí, según tengo entendido, hay un botón que dice «Atrás». Púlsalo y nos evitamos malos ratos.


Summary: Como era de esperarse, Hinata te paso de largo, ignorando tu presencia; su curvilíneo cuerpo traspasó tus barreras, provocándote aquella misma sensación de vacío a la que, se suponía, te habías acostumbrado cuando cortaste todo contacto con ella.


.

.

.

.

.

.

.

.

.

.


II. That night of September


«Dime, Hinata, ¿recuerdas aquella noche que pasamos juntos? Si no mal recuerdo, fue un veintiuno de Septiembre. Y, sí, fue la última vez que estuve contigo, antes de dejarte ir».


Y ahí estaba ella, ataviada en un magnífico vestido de color blanco, de un matiz tan puro y quimérico, que no pudiste evitar reír con cierto sarcasmo ante la estúpida ironía de la situación. No obstante, lo dejaste pasar y seguiste degustando a tu sentido de la vista con la imagen que ella te concebía con aquel traje, ignorando también aquella ligera punzada en la cabeza que te decía que dejaras de mirarla —no por caballerosidad, sino porque ya no tenía sentido alguno hacerlo.

Ya no era divertido observarla y que ella ni cuenta se diera. En otras circunstancias, esa mujer estaría replicando con suma vergüenza por tu osadía, mientras tú fingías hacerla caso, para luego seguir con tu faena; pero, ahora, ella ni siquiera estaba enterada de que habías asistido a su boda, vestido con el mejor de tus trajes. Sí, su boda. Una celebración en la que tú podrías haber ejercido el rol del novio.

Empero, tú habías perdido aquel derecho y privilegio cuando la abandonaste aquella noche de Septiembre.

Suspiraste, al mismo tiempo que cerrabas los ojos con impotencia cuando, por alguna mala jugarreta del destino, ella volteó a ver hacia donde te encontrabas parado. Hinata Hyūga sonrió con notable alegría, por lo que recompusiste tu expresión y le devolviste el gesto, aunque con menos euforia. Se soltó con delicadeza del agarre de su ahora esposo—¡Ugh, cómo odiabas esa palabra!—, y corrió hacia ti, por lo que no pudiste evitar sorprenderte ligeramente. Si debías ser sincero contigo mismo, nunca visualizaste aquella vivaracha iniciativa en la relación que mantuviste con ella hacía dos años.

Inconscientemente abriste los brazos cuando la viste aumentar la velocidad de su carrera, esperando por el inminente encuentro de su cuerpo con el tuyo. No podías esperar ni un segundo más para estrecharla con fuerza, para sentir, de nuevo, la delicadeza y suavidad de su figura. Solo esperabas tener la suficiente compostura para recordarte de que ella ya no era tuya.

Pero, aquel contacto nunca se suscitó.

Como era de esperarse, Hinata te pasó de largo, ignorando tu presencia; su curvilíneo cuerpo traspasó tus barreras, provocándote aquella misma sensación de vacío a la que, se suponía, te habías acostumbrado cuando cortaste todo contacto con ella. Sin embargo, solo negaste con la cabeza, buscando despejar aquellos pensamientos de tu mente, y giraste la cabeza hacia atrás, donde notaste a la joven de perlados ojos abrazando a otra chica de cabellos rosados que tú conocías perfectamente.

El amor cambiaba la mente de los pretendientes,

Mientras espantaba a las nubes

Sakura Haruno, tu ex-compañera de trabajo, se aferraba con fuerzas al pequeño cuerpo de tu ex-novia; el aura entre ellas era como el de dos hermanas que no se habían visto desde hacía mucho, como el de dos mejores amigas apoyándose en uno de los mejores momentos de su vida.

Cuando el contacto fraternal llegó a su fin, viste con el ceño fruncido el rostro sonriente de Sakura mientras se separaba de Hinata y se quitaba las lágrimas que estaban emergiendo traicioneras de sus ojos esmeraldas. Ahora que te ponías a pensarlo con más detenimiento, los quinqués de la Haruno era algo que te llamaba bastante la atención —quizás era lo único. Eran como un reflejo de sus emociones, sentimientos y pensamientos; al igual que Hinata, la de cabellos rosas era como un libro abierto para ti. Fue por esos mismos ojos que te diste cuenta de que Sakura te quería, fue por esos mismos ojos que te diste cuenta de que tú querías a la Hyūga; cuando el brillo de esos ojos disminuía porque seguías los pasos de la menor, tú sabías que las cosas ya no serían como antes respecto a tu compañera.

«Deberías ser, uhm… más bueno con Sakura-san»

No. En realidad, tú no querías que las cosas con Haruno fuesen como antes.

Cuando notaste cómo ambas chicas se ponían a reír por la amena plática que mantenían, tú decidiste salir por un momento. No te irías por completo del lugar donde la gente socializaba con quien fuese que se le pusiera enfrente, pero tampoco te quedarías ahí ni un segundo más.

Necesitabas estar solo para pensar unas cuantas cosas, antes de intentar otro acercamiento casual con Hinata. Necesitabas… aire.

Nuestros corazones resonaban,

Mientras bailábamos de noche


«Su piel suave y cálida te provocó un placentero estremecimiento, mientras tú la encerrabas entre tus brazos. Te acomodaste mejor en la cama y los cobijaste a ambos con tu enorme sábana, cubriendo la desnudez de sus cuerpos; la besaste en los labios una última vez antes de que se quedara profundamente dormida sobre tu pecho, roncando ligeramente debido al excesivo cansancio que le provocaste con la reciente actividad. Sonreíste ligeramente ante este hecho y acariciaste su azulada cabeza, mientras llevabas tu oscura mirada hacia el techo de tu habitación. Era la primera vez que estaban juntos de aquella manera y, aunque fue una experiencia sosa por parte de ella al ser tan tímida, no pudiste no excitarte ante la idea de repetir.

Hinata se removió entre sueños, suspirando tu nombre, provocando que tu corazón se agitase con extraño goce ante ello; ella era menor que tú por diez años, y aun así había aceptado sentirse tan atraída por ti, como tú lo estabas de ella. Fuiste su maestro desde la secundaria—razón principal del por qué la conocías tan bien—, sabías qué le gustaba y qué le disgustaba, la inteligencia de la que era poseedora, así como también el tipo de familia que la despreciaba por estúpidos motivos sin fundamento. Hinata Hyūga siempre fue una chica muy accesible para ti, a pesar del miedo que le infundías cuando te molestabas; no obstante, nunca supiste realmente cuándo o por qué te gustaba tanto.

A veces pensabas que, a lo mejor, era un gusto pasajero, algo que solía pasar en las clandestinas relaciones profesor-alumna. Pero, y pese a creer fervientemente que era esto último, tú disfrutarías cada segundo que la chica te otorgase; después de todo, de piedra no eras y, desgraciadamente, también solías sucumbir a los placeres carnales cuando estabas en una época de estrés infernal.

Soltando un suspiro, estrechaste a la chica de larga cabellera contra tu cuerpo y decidiste no seguir pensando en tu situación con Hinata; no quedaba más que solo un año y ella pronto se iría a la universidad, mientras tú, sin más remedio, debías de quedarte en esa institución llena de féminas con las hormonas alborotadas».

Una reverenda mierda.


«Ojalá tuviese un maldito cigarrillo ahora mismo», pensaste con frustración, mientras te apoyabas en el árbol que estaba al frente de aquel edificio. Metiste las manos en los bolsillos de tu carísimo pantalón, y miraste con desgana hacia el suelo; ni siquiera habían pasado dos minutos desde que estuviste cerca de Hinata, y ya estabas ansioso por no verla.

No obstante, cuando estuviste a punto de patear una piedra que estaba cerca de tus pies, el sonido de la puerta de la entrada te alertó, por lo que giraste rápidamente la cabeza hacia ésta; tus cejas se alzaron cuando viste la figura de la chica de tus pensamientos, dirigiéndose cabizbaja hacia la banca que estaba justo al lado de ese árbol donde estabas tú, dejándose caer en ella. Omitiste el hecho de que ignoró tu presencia por completo, pues te preocupó más el hecho de verla enterrar el rostro en sus manos cuando sus hombros empezaron a temblar; frunciste el entrecejo ante eso, frustrado de no poder hacer algo para evitar que las lágrimas abandonasen sus liláceos ojos.

—Sasuke-kun...

Respingaste al escucharla decir tu nombre entre sollozos, acercándote un poco y colocando una mano sobre el tronco, atento a cualquier otro movimiento que su cuerpo hiciese.

—Te extraño tanto.

No pudiste evitar sorprenderte ante eso, pues, en todo ese tiempo que ella había estado junto a su prometido, nunca la habías visto pensando en otra cosa que no fuera él; es más, ni siquiera había titubeado ante su decisión de casarse con él. Te resultó extraño, pero a la vez agradable que ella te dedicase un segundo más en su vida, así solo fuera llamándote entre dolorosos lamentos. No fue para nada anhelante ni romántico el suspiro que emitió luego de nombrarte, pero tampoco fue despreciable ni fastidioso; te sentías confundido, a la vez que irritado, por ver cómo no dejaba de llorar. Hinata tenía en común con Sakura esa capacidad de lloriquear con facilidad, de expresar sus sentimientos con furor —aunque en distintas circunstancias, pues ella prefería hacerlo cuando creía que nadie la estaba mirando. Empero, la diferencia en ese asunto radicaba, principalmente, en que Hinata nunca había llorado por ti con aquella intensidad. Ni siquiera cuando tu relación de diez meses con ella terminó de la peor de las maneras, nunca derramó una sola lágrima.

¿Y ahora sufría por tu ausencia?

—Sasuke-kun... perdóname.

Sonreíste con cierta amargura ante la irónica situación, saliendo de tu evidente escondite y colocándote detrás de ella cuando los sollozos aumentaron su volumen. Alzaste tu mano con la intención de tocarla, mas, te detuviste justo cuando Hinata se enderezó; achicaste la mirada al notar cómo ella alejaba sus manos del húmedo rostro y se quedaba contemplándolas por un largo rato que a ti te pareció eterno.

«Joder».

Desesperándote por su ensimismamiento y su falta de reacciones, no pudiste aguantar ni un segundo más el sempiterno mutismo al que te habías sometido desde que la viste dar el «Sí» frente al sacerdote, por lo que, exclamando en voz baja, pero con el volumen suficiente para que te escuchara, te acercaste a su oído:

—Te he dicho tantas veces que odio tus disculpas, Hyūga.

Tú, de inmediato, te apartaste y normalizaste tu postura mientras ella, totalmente espantada, se levantaba de la banca y se daba la vuelta rápidamente; viste con una ceja alzada cómo ella volteaba a ver a todos lados sin poder encontrarte, y verte con aquel bendito traje que siempre le gustó.

—¿Sa-Sasuke-kun?

Apretaste tus labios con fuerza y te mantuviste de nuevo en silencio, perdiendo el ligero brillo que tus orbes obsidianas adquirieron cuando por una fracción de segundos había dado con tu posición, para luego volver a la labor de buscarte. Diste media vuelta, metiendo de nuevo las manos en los bolsillos del oscuro pantalón, a la vez que retomabas tus pasos hacia el interior del establecimiento; ya habían pasado alrededor de veinte minutos, y te preguntaste por qué nadie había salido todavía a buscar a la novia.

Sin embargo, decidiste no pensar en eso más. Hinata ya no era tu problema. Si se preocupaban por su ausencia o no, eso debería darte igual; si su ahora esposo estaba más ocupado divirtiéndose con los invitados, e ignorando el estado de su mujer, eso no debería quitarte el sueño. Lo tuyo con esa chica fue algo pasajero, recuérdalo. Aquella noche de Septiembre—según recuerdas, había sido veintiuno—, las cosas entre Hinata Hyūga y tú, Sasuke Uchiha, habían acabado, ¿te acuerdas? Tú mismo terminaste con ella de manera cruel, tú mismo ignoraste sus ruegos por una explicación a tu repentino actuar. ¡Vete de ahí! ¡Muévete, déjala sola! Que alguien más venga por ella y la cuide de la misma manera que tú deseas hacer ahora mismo.

«¡No!»

Y, sin embargo, te quedaste ahí, estancado en el mismo lugar, de espaldas a la mujer que te hizo feliz por diez malditos meses y que abandonaste por estúpido; sí, lo aceptabas, tu actuar fue estúpido, irracional, un comportamiento que no tenía nada que ver con el amado profesor que Hinata quería.

—Sasuke-kun, estás… ¿aquí?

¡Hinata!

Cuando estuviste a punto de verla por última vez, tragándote el agrio sentimiento que te provocaba su voz temblorosa al pronunciar tu nombre, no pudiste evitar quedarte totalmente estático cuando Hinata marchó hacia ti, sintiendo cómo volvía a atravesarte por segunda vez en la noche, para luego pasar por completo de ti y salir corriendo hacia el interior de la mansión. No pudiste moverte más, tus pies ya no quisieron responder, tu cabeza se había quedado en shock.

—¿Qué…?

Entrecerraste la mirada cuando el temblor en tu cuerpo se hizo evidente, apretaste los puños y alzaste una de tus manos para dirigirla a tu pecho; de pronto, tu visión se había ensombrecido al ver cómo los fuertes brazos de Naruto Uzumaki cogieron a su esposa en plena carrera, y le preguntaba neurasténico por qué tenía lágrimas en los ojos, por qué estaba tan perturbada. Pero, ni entre el molesto tartajeo que había regresado a su voz, después de años sin él, Hinata nunca respondió.

Apartaste la vista de inmediato. Una cosa era aceptar que Hinata se había casado con otro hombre, y otra muy diferente era aceptar que hallaba consuelo en otros brazos que no fueran los tuyos.

Llevándote la mano hacia el lugar donde estaba tu corazón, no pudiste evitar hacer una mueca cuando tus dedos se introdujeron en el negruzco orificio que te recordaba el por qué Hinata no había podido verte; y, aunque no te explicabas por qué te había podido escuchar, sabías que de nada servía aferrarse a esa pequeña luz de esperanza que la chica te daba al ser consciente de tu presencia.

Suspiraste una vez más, esta vez con el dolor patente en tu voz. Sabías perfectamente que solo estabas engañándote a ti mismo respecto a tu situación con Hinata; ya habían pasado cinco años desde que tú y ella rompieron, desde que la hiciste tuya por última vez.

Desde que te mataron por protegerla.

Perforado y lleno de sangre seca, decidiste que ya era suficiente por esa noche; tú no eras de esos idiotas que se lamentaban por sus desgracias —por muy muerto que estuvieras. De lo único que te podías lamentar era que, a pesar de que los años habían pasado como un huracán de emociones, Hinata seguía sintiéndose culpable de algo que no se pudo evitar por más que lo deseara.

Todavía podías recordar su figura paralizada y presa del miedo por culpa de aquel ladrón que intentó propasarse con ella, luego de haber roto tu relación. Todavía te reprochabas haberla gritado que ya no querías nada con ella porque te habías aburrido de su cuerpo, cuando la realidad era que, solo con el toque de sus manos, estimulaba hasta el último de tus poros; todavía te reprochabas haber provocado que se fuese hasta muy tarde a su casa, tomando el más corto de los caminos a través de un oscuro callejón, cuando la realidad era que solo querías llevártela a tu departamento y demostrarle que tu gusto por ella no era simple atracción sexual. Todavía te reprochabas no haber calculado bien el ataque de aquel imbécil, ignorando que pudiese estar armado con una pistola.

Sacaste tus dedos del agujero, llenándote de aquel líquido rojizo que ahora estaba más oscuro, sintiendo un horrible ardor—de manera paradójica, claro—al recordar cómo la bala impactó contra ti cuando empujaste a Hinata fuera de su trayectoria. Aquel suceso te había derrotado de forma patética, lo admitías, pero habías sacado a la de ojos inocentes del peligro, y eso había sido razón suficiente para permitirte cerrar los ojos en un sueño perenne.

¿Te arrepientes?

Respirando profundamente, sonreíste sin fuerzas a la mujer que tantas veces te había quitado el aliento con su inocencia, recibir los besos de Naruto con más calma y cierta diversión. No, no te arrepentías en lo absoluto de lo que hiciste. Aquel disparo que te mató la noche de un veintiuno de Septiembre lo recibirías mil veces más, aun si eso significara ser un alma en pena que observara impotente cómo se casaba con otro hombre, y formaba una vida a su lado.

Porque, así como fuiste un idiota al dejarla ir, ahora debías observar las consecuencias de tu estupidez.

Mis pensamientos están contigo,

Tomándome de las manos de tu corazón para verte


«Aquella noche, yo planeaba alejarte para siempre de mí, ¿te acuerdas? Al principio habías estado de acuerdo en mantener una relación meramente carnal conmigo, yo te enseñaba y tú aprendías los placeres que nuestros cuerpos se daban al fundirse; pero, cuando empecé a acostumbrarme a ti, sentí… algo que no podía describir. De hecho, hasta el día de hoy, sigo sin querer darle un nombre en específico.

Obviamente te opusiste a mis intentos por romper contigo, diciéndome que me tomara un tiempo para mí mismo y pensara mejor las cosas; no obstante, fue ese mismo consejo el que me hizo plantearme una gran diversidad de posibilidades. Tú todavía eras mi alumna, apenas estabas dejando la adolescencia atrás y yo ya te había arrebatado la virginidad; y, aunque mi atracción por ti era tan grande, omití tus palabras y tiré a la basura la caja de terciopelo que había comprado para ti.

Vaya estupidez pensar que podía haberte pedido matrimonio esa noche que morí entre tus brazos.

No obstante, y a pesar de que estoy muerto, y soy incapaz de tocarte o hablarte, me llena de orgullo saber que todavía te acuerdas de mí. No solo lo digo porque lloraste por mí—eso me dio rabia, a decir verdad—, sino porque, aunque tú estabas casándote con Naruto, de alguna manera, traías puesto el anillo que planeaba darte y que mandé a la mierda con la basura de aquella mañana. Sinceramente, no sé cómo lo conseguiste, pero, ver que lo lucías en el mismo dedo que denotaba tu alianza con ese Usuratonkachi debía significar algo, ¿no?

Aunque, ojalá hubiera sido mi anillo el único que tuvieras puesto en ese dedo.

Sin embargo, está bien. Merezco esto. Eso sí, recuérdalo bien, Hinata, porque no lo repetiré: volvería el tiempo atrás, a ese veintiuno de Septiembre, para demostrarte que no soy tan imbécil y hacerte mi mujer de una jodida vez.

Porque, ahora que lo pienso, sí era cierto cuando dijiste que algún día serías correspondida por aquel que amabas».

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.


¡Y se acabuche!

Meh, realmente quería hacer algo de esta índole—otra vez—, luego de pasar tanto tiempo alejada de los fics. ¡Septiembre fue un asco de mes conmigo! T_T Exposiciones acá, parciales allá, reportes aquí y un cabreo enorme por culpa de uno de los integrantes del equipo donde estaba, cuya desorganización me costó una buena e importante nota.

Ahora mismo sigo insultándolo en distintos idiomas…

Pero, ¡en fin! Juro que la próxima vez lo mando al carajo si lo vuelve a hacer. Por ahora, quiero decirles que seguiré trabajando en un fanart de Ino Yamanaka que tengo por ahí—en conmemoración a su cumpleaños… ayer :v—, y en las ideas que, como dije, vinieron a mí.

Espero que este capítulo les haya gustado. Quejas, reclamos, amenazas por hacerlo así de sad, lo pueden hacer por medio de un Review (XD).

¡Hasta la próxima!