Comienza la parte de John, son muy cortos lo se, pero no me daba para más, lo siento. Y como lo tengo completo y son cortitos intentaré en la medida de mis posibilidades actualizar éste todos los días.
Veinte poemas de amor y una canción desesperada
(John y Mary)
[1] Primer encuentro
Tú lo has querido Mary, que no soy capaz de leer poesía ¿no? Quieres que sea romántico y voy a ser romántico. Te vi cuando volvía a Lawrence de Vietnam, el mismo día. Llego a mi pueblo desde un sitio horrible y allí estabas tú, tan mandona y enteradilla como siempre.
(…)
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Ves esos versos, yo estaba así, me sentía así. Las guerras son malas Mary, en serio que lo son. Ves cosas, haces cosas… piensas que si obedeces todo está bien. Así es más fácil. Pero después te das cuenta, no todo es blanco o negro, hay matices, no todos los que creemos monstruos lo son.
Me empujaste, y me gritaste ese día. Te juro que pensé "¡Que cría más idiota!", pero ¿sabes? Me pasé una semana pasando adrede por la puerta del instituto con excusas tan tontas como llevar algún recado o saludar a algún conocido. Sólo para verte de nuevo.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Hasta había planeado chocar "accidentalmente contigo", había ensayado qué te iba a decir "Oye jovencita, a ver si miras por dónde vas en lugar de chocarte aposta con soldados para ligar", ruin ¿verdad? No te vi en esos días. No te vi hasta que acompañaste a tu madre al taller y ya no fui capaz de decirte nada.
Me sentí observado, pero buscaba tu mirada y me ignorabas, creí que ni siquiera me encontrabas guapo. Pensé que lo mismo me había pasado de borde, a fin de cuentas sólo eras una niña. Y yo uno de esos demonios que habían estado en la guerra.
(…)
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Cuando viniste a recoger la furgoneta de tu padre, sola, te dije que no te daba las llaves. Perdona, pero quería que me miraras, aunque me fusilaras con la mirada. Quería que me hicieras caso, en parte porque creí que me odiabas sin motivos, en parte porque quería odiarte al sentirme odiado.
Qué idiotez más grande ¿no Mary? Aquí me tienes, soy capaz de disparar con un rifle a un hombre a más de cien metros y no se explicar lo que pasa por mi cabeza cuando leo los versos de un poeta que no entiendo.
