Fascinación

Fascinado la observaba de lejos, el Dios disfrazado de hombre a la mortal.

Fascinado la admiraba a la distancia, el cazador obsesionado con su presa.

Fascinado el lobo seguía a sol y a sombra cada paso dado por el inocente cordero.

Alabastro puro era la piel que él en su dolorosa agonía deseaba acariciar, besar, lamer, morder.

Esculpido en mármol parecía su cuerpo, más hermoso que cualquier sublime obra de arte creada por las manos expertas y divinas de Miguel Ángel él lo juzgaba, pero convertirlo en su refugio y templo no podía.

Dos pedazos de océano negros como las noches de invierno en Albania eran sus ojos de Asia. Daban a sus rasgos finos y exóticos un toque exquisito, casi felino. Exquisitos y casi felinos eran sus movimientos, frágiles y delicados, hechizante, hipnóticos.

Su sangre y labios eran del mismo color que las piedras preciosas: rojo oscuro.

Ambos él deseaba con locura.

De ambos él quería alimentarse.

Ambos estaban prohibidos.

Ambos lo tentaban tortuosamente.

Ambos los provocaban.

Sus labios eran la fruta de la cual él bocado no podía probar, su sangre era el elixir que se volvería veneno en su boca si él osaba a beberlo.

Ella era a él una droga: saciaría la sed, calmaría el hambre, pero lo convertiría en adicto para siempre, provocaría con cada mordida una necesidad más y más grande que debería ser satisfecha para que él sobreviviera, lo volvería total y absolutamente dependiente de su esencia, y entre euforia y placer acabaría conduciéndolo lentamente a su final.

Ella, tan pura y perfecta, él no podía corromperla.

Fascinado la miraba, escondido en las sombras.

Relamió sus afilados colmillos con lentitud exasperante, buscando calmar el dolor que sentía en ellos debido al hambre, el deseo, la lujuria y la ansiedad que ella despertaba en él. Sus ojos en la penumbra resplandecían como nunca, el tono chocolate se volvía por momentos de un oro intenso que quemaba tanto como el fuego concentrado que ardía en su centro, en el punto exacto donde debería haber estado su alma. Ansiaba acercarse a ella, acunarla en sus brazos, rendirle culto, intoxicarse con su perfume, besarla, recorrer con su lengua cada centímetro de piel.

Morderla.

Pero no podía.

El objeto de su fascinación era veneno.

El objeto de su fascinación era peligroso.

El objeto de su fascinación acarrearía castigos insufribles si por la tentación él se dejara vencer.

Gota a gota, besos a beso, la sed y el hambre parecerían calmarse al principio, sólo para volver aún más feroces después, arrasando, para dominarlo.

Gota a gota, beso a beso, la adicción acabaría consumiéndolo, devorándolo, enloqueciéndolo, reduciéndolo a cenizas.

Un segundo de descontrol sería suficiente para desatar en la Tierra el infierno.

Gota a gota, beso a beso, el vampiro que deja sangre pura tocar sus labios comienza a transitar el doloroso y largo camino de regreso a la mortalidad que alguna vez llamó suya.

¿Existe forma de que acabe conociendo la muerte física quien camina entre los mortales aparentando ser uno de ellos, disfrazando su inmortalidad?

Sí.

Una gota de su sangre bastaría.

Una mordida a sus labios bastaría.

El objeto de su fascinación era aquél con el poder de inducirlo a traicionar a su raza.

El objeto de su fascinación era aquél con el poder de desviar al ángel negro y hacerlo pecar.

El objeto de su fascinación eral aquél con el poder de desatar una guerra.

El objeto de su fascinación era aquél con el poder de guiarlo a la muerte.

Por eso amarla y pecar eran uno sinónimo del otro.

Por eso amarla merecía un castigo.

Por eso amarla él no podía permitirse.

Por eso amarla él nunca podría.

Pero la amaba.

Dios, cómo la amaba.