- Sí, o peor.
- Sabes que trato con lo peor de la policía, no me asusta la escoria de los corruptos.
- Tú no entiendes, ya no se trata de policías.
- Lo sé, dentro del departamento he llegado hasta un par de cargos importantes y sé que no actúan por su cuenta. Les llegan órdenes de fuera.
- ¡No! No… Tory por favor, no tienes idea de lo peligroso que es…
- ¿Qué querías que hiciera? – le interrumpió – quería saber, tenía derecho a saber.
- No. Te equivocas. No tenías derecho. Aquello fue un error mío, no tenía que ver contigo. No tenías que saber. No es bueno saber demasiado.
- Roy… mira, no quiero hablar de esto por teléfono.
- No… no tengo tiempo para encontrarnos. Tengo que irme a mi…
- Me llamas de Hempstead, no está tan lejos de aquí. Hace 12 años nos despedimos y – tomó un segundo - deja que ahora nos despidamos como es debido. No quiero volver a tener ese amargo sentimiento como que falta algo. La otra vez fue un adiós pero sentí que quedaba algo pendiente entre nosotros.
- Tory, te lo suplico.
- Roy – la situación la exasperaba, quería rogarle verse, pero esa indignación que sentía hizo que sonara más como una orden que una súplica - si realmente ahora quieres hacer las cosas bien… hazlas todas.
Se maldijo por haber sonado como una orden. No estaba en situación para mandar, incluso podría hacer que saliese al revés de lo que pretendía.
Al cabo de unos segundos oyó su respuesta – sé dónde es, espérame – colgó antes de que él pudiera cambiar de opinión. Cargó con su abrigo, su bolso, ni siquiera esperó al ascensor, bajando por las escaleras de servicio sacó las llaves del vehículo y en menos de dos minutos ya se había incorporado al tráfico de la ciudad de Nueva York.
El trayecto de 20 minutos le pareció que le había costado una hora completa. Llegó a una zona de Hempstead y aparcó. Los edificios urbanos pero con un estilo semi-industrial eran característicos de la zona. El olor de agua salada estancada, algas podridas y metal impregnaba todo el ambiente, salvo cuando se cruzaba con algún restaurante de comida grasienta donde la fritura de aceite de maíz emanaba por los conductos de la extracción a la calle.
Giró la esquina y se dirigió hacia unas atarazanas remodeladas, donde unos niños lanzaban lo más lejos que podían unos botes vacíos de refresco al agua para luego, con unos tirachinas, intentar acertar al objetivo. Pasó de largo las carcajadas de los niños, continuó bordeando el tinglado y acabó sentándose en una de las gradas.
No había pasado un minuto cuando abrió su bolso, se colocó sus gafas para ver mejor y buscó el móvil para ver la hora con toda la intención de volver a llamar al último número de teléfono que había marcado.
Comprobó los minutos que había tardado desde que salió por la puerta de asuntos internos y con una mueca de contrariedad volvió a guardar el móvil en el bolso sin hacer la llamada. La impaciencia se estaba apoderando y para aplacarla volvió a coger el bolso y a rebuscar la funda de sus gafas. Antes de quitárselas volvió a mirar la hora en el móvil y seguía en el mismo minuto de antes.
Sintió una mano apoyándose en el alto de su espalda, cerca de la nuca y levantó la vista hacia arriba. Por detrás se había acercado Roy y estaba sentándose a su lado. Él la miró un instante y le sonrió imperceptiblemente. Terminó de tomar asiento y retirando su mano cambió el objeto de su mirada hacia la zona de la bahía que se extendía delante de ellos.
Ella seguía mirándolo. Estaba casi hipnotizada, quería abrazarlo por el reencuentro pero también estaba tan paralizada que no era capaz de articular nada. Tras unos instantes se quitó las gafas caídas para poder ver con una única silueta, aunque ésta fuera borrosa y las guardó. Volvió a mirarlo y él seguía perdido allá por la bahía. Al final ella también se giró hacia la bahía como si pudiera saber a qué punto estaba mirando.
- Recuerdo que no llevabas gafas – dijo él tras unos minutos para romper el silencio.
- Recuerdo que no tenías canas en el bigote – contestó ella mecánicamente.
Sonrió y por segunda vez Roy volvió a mirarla. Ella sentía su mirada pero no quería girarse aún, así que cerró sus ojos.
- Ha pasado mucho tiempo.
- Doce años y… - continuó sin abrir los ojos – cuatro meses.
- Mucho tiempo.
- Pero yo aún lo recuerdo como ayer.
- Yo también. Sabes que no fue fácil tomar aquella decisión.
- ¿Y ahora?
- Ahora ¿qué?
- La decisión que vas a tomar ahora.
- Esta es sencilla. Dolorosa, pero sencilla.
- ¿Y tu familia? – abriendo los ojos - ¿Has pensado en ellos?
- Por supuesto.
- ¿Y así? ¿Vas a dejarles sin padre? – Al fin lo miró - ¿Sin marido?
- Si no hago esto tampoco tendrían un padre ni un marido. Tory, tendrían un fantasma. Alguien que creerían que soy pero que en realidad lo único que sería… sería una mentira.
- Yo… no puedo entenderte.
- No espero que lo hagas.
Victoria negó con la cabeza y bufó por la nariz.
- Hace doce años me dijiste que no querías volver a vernos para no causarme ningún problema. Querías eliminar todos los lazos, contigo… aunque entonces no lo entendí, averigüé cosas y entiendo porqué. Necesito saber por qué vas a hacer esto. ¿Vas a capturar? ¿Vas a matar al culpable de esto?
- No creo. Sólo quiero hacer las cosas bien.
- ¿Entonces?
- Hay otra víctima. Otra inocente a proteger.
- No puedes entregar tu vida así. Siempre habrán más víctimas.
- En este caso sí.
- ¿Por qué?
- Porque está en peligro por lo que yo hice.
- No. Lo que tu hiciste fue sobornar a unos mafiosos y luego salir del entramado. Cortaste todo de raíz ¿Cómo puede haber alguien que aún esté relacionado contigo y con entonces?
- Se trata de la última víctima con la que estuve relacionado de aquello. Se trata de – no quería decir el nombre, no le había dicho nada a Tory y siguiendo su norma se resistía a decir más.
- Entonces… ¿Te refieres a la agente Beckett? ¿Katherine Beckett?
Él se sorprendió que ella supiera el nombre.
- Roy, he tenido mucho tiempo en averiguar detalles. Y de forma discreta.
Él empezó a negar con la cabeza
- No. No. No. No. No deberías saber… ¿Cuánto sabes?
