Es algo raro que se me pasó por la mente. No me lo toméis en cuenta -_-
Recuerdo el día en que Germania te trajo. Eras pequeño, muy pequeño, pero tus vivos ojos azules reflejaban una inteligencia impropia de un bebé. No te parecías en nada a mi, eras el vivo calco de Germania, con los rasgos más suaves. Claro, eras un bebé, tan indefenso... Ese viejo...Sentía envidia por él, también habías heredado el cabello dorado. Me pregunté de donde coño salí yo, frustrado.
Aún no tenías nombre. El abuelo decía que tenías que llevar uno que cuando fueras mayor hiciera que te enorgullecieras de él, que impusiera, así que había que pensarlo con calma.
No tendría ni tres años, así que me costó convencer al viejo para que me permitiera tenerte entre mis brazos, me hizo sentarme en un sillón y no me quitó los ojos de encima. Miró por la ventana unos instantes- seguramente meditando alguna forma de llamarte-, en los que tú tirabas de mi colgante- ya sabes cual- y reías. Te besé la mejilla.
-Ludwig. Te llamarás Ludwig.
