Bueno, llegué un poco más pronto de lo que pretendía, pero he tenido ataques compulsivos de inspiración, así que he decidido subir el primer capítulo antes del Sábado. Este capítulo es más bien introductorio.

Este capítulo es para Natalia, que de seguro llegaría a pegarme cuando me viera si no hago la dedicatoria correspondiente. Te amo mejor amiga, gracias por darme ideas de como secuestrar adecuadamente a alguien.

Disclaimer: Insisto en que Glee no me pertenece, Blaine jamás habría engañado a Kurt de ser así.


Boy sees his father crushed under the weight,

Of a cross in a passion where the passion is hate.

Blaine Anderson fue criado como un muchacho común y corriente. Bueno, su familia siempre había sido de esas familias que la gente comúnmente llama pudientes. Nacido en Lima, Ohio, pero sus padres acabaron por comprar una casa más amplia a las afueras, básicamente en medio de Westerville y su lugar natal. Intentaron educarlo como un hombre de bien, su madre le dedicaba todos sus minutos, después de todo, su hermano mayor ya era demasiado mayor como para tomar el papel de niño mimado, y eventualmente se marchó de casa para seguir sus propias ambiciones y poco se supo de él desde entonces. Aprendió a tocar varios instrumentos a partir de los seis años, y por más que su padre intentara enseñarle a hacer cosas diferentes, lo único que le interesaba a parte de la música era la equitación y el tiro con arco.

Lo educaron en casa durante los primeros años, hasta que decidió entrar en una escuela pública para realizar sus estudios de educación media. Su madre estaba completamente en contra de dicha decisión, estando segura de que aquello no serviría para reforzar su personalidad, pero su padre quería que viviera todo tipo de experiencias. Por experiencias jamás llegó a imaginar que saldría a una cita con un chico, y que se declararía abiertamente homosexual a los catorce años. Las cosas en su casa dejaron de ser fáciles, su madre dejó de verlo como un niño consentido y su padre ni siquiera era capaz de mirarle a los ojos mientras cenaban en las noches.

Las comodidades eran las mismas, tenía el dinero que necesitaba, y empezó a pasar todo el tiempo posible fuera de casa con tal de no toparse con la mirada decepcionada de su madre, y en ocasiones —cuando su padre se encontraba por ahí— la mirada de asco de su progenitor.

Cuando se enteraron de la noticia, en su colegio, no se lo tomaron muy bien. Le dieron una paliza que le hace arder los músculos y las costillas hasta la luz del día de hoy. Su padre decidió que él era un inconveniente, por lo que en cuanto estuvo lo suficientemente bien como para moverse por su cuenta, lo envió a un Internado en Nueva York, Dalton Academy. Ni siquiera tuvo muy en cuenta el hecho de que aquel lugar estaba repleto de muchachos, sencillamente lo quería lejos, lo quería en un lugar en el que tuviese que visitar exclusivamente en los Veranos, y para esa temporada se encargaba de estar demasiado ocupado como para preocuparse por él.

Sus años en Dalton fueron los mejores, tener la posibilidad de abrazar el lado artístico que le brotaba de forma natural, y a la vez practicar ciertos deportes con el fin de llegar un poco más formado a casa para el Verano y probarle a su padre que seguía siendo un hombre a pesar de con quien prefiriera estar tomado de las manos. Tenía las mejores calificaciones, era el favorito de los maestros, y tenía una forma de encantar a todo el mundo con el carisma tan contagioso del cual era poseedor. Se esforzaba por parecer un muchacho perfecto, hecho y derecho, se mantenía distraído para disminuir sus ataques de ansiedad, y ese temperamento ocasionalmente violento que aparecía por ahí intentaba aplacarlo con el Club de Pelea que habían inaugurado en Dalton.

Jamás le interesó la pinta de malote. Era un muchacho normal, al cual le gustaban los corbatines, y la ropa de colores también le encantaba porque no entendía cómo vestirse con solo colores monocromáticos. La gente le molestaba por su forma de vestir, y luego un rumor de que le había partido la cara a alguien se extendía, y entonces nadie volvía a molestarlo de nuevo. Le gustaba su reputación.

Sin embargo, al cumplir dieciocho años las cosas cambiaron. Se graduó, lo que recibió a cambio fue un pequeño departamento en Brooklyn, un espacio reducido para lo que estaba acostumbrado, pero suponía que por algún sitio se tenía que empezar… Y luego todo desapareció. Su padre quería que él viviera por su propia cuenta, Blaine no sabía si eso era un reto, si su padre realmente creía que no podía sostenerse bajo su propio pie, pero lo hizo.

En un mundo en el que sus buenas notas no impresionaban a nadie, tuvo que empezara remar desde el suelo más árido hasta encontrar la primera fuente de agua dulce. Podía pagar su departamento, y sus calificaciones le ayudaban a mantener media beca en una de las academias de artes del distrito. Pero para él no era suficiente. Se había convertido en un muchacho malcriado sin darse cuenta, en alguien codicioso, que necesitaba sentirse completamente cómodo y tener una cuenta abierta para sentirse completo.

En uno de los bares en los que trabajaba como ambientador y barman cuando era requerido, conoció a un muchacho que le ayudó a encontrarse a sí mismo nuevamente. Un futuro cineasta, estudiante de la New York Film Academy. Sebastian cambió su vida por completo. No tuvo ningún tipo de revelación insólita al conocerlo, sencillamente una conversación que fluía con facilidad, y una sonrisa coqueta a la cual buscaba mantener interesada con tal de seguir observando por un tiempo más.

Su padre lo contactó dos años después, y al ver que no había acabado muerto o vendiendo su cuerpo en alguna esquina, decidió invitarlo a cenar. Blaine ni siquiera estaba seguro de si debía o no asistir a aquél lugar en donde su progenitor le había citado, pero fue impulsado a hacerlo porque alguien le había insistido en que debía creer en las segundas oportunidades.

Seguramente si no hubiera asistido nunca a aquella cita, su vida no habría cambiado tan drásticamente como lo hizo.

—Estoy enfermo, hijo.— Fueron las palabras de recibimiento de su padre. O bueno, al menos el hombre había sido lo suficientemente cordial como para saludarlo, y preguntarle acerca de su vida en New York.

—¿Qué tienes?— Pretendió no tener arcadas al escucharlo, hablándole como si en verdad lo considerara sangre de su sangre, cuando en realidad tan solo estaba buscando beneficiarse de él.

—Sarcoidosis pulmonar.— Si le preguntan, Blaine jamás admitirá que tuvo que aprenderse el nombre de la enfermedad para googlearla más tarde.

—¿Y a eso se debe esta cita? ¿quieres contarme que estás enfermo?— No debía ser tan duro con él, o al menos eso le habían dicho, pero Blaine no estaba interesado en mantenerse cien por ciento educado con alguien que le había dejado completamente solo durante tanto tiempo.

—Se debe a que en cualquier momento puedo morir si hay una falla en mis pulmones, y tu debes aprender acerca del negocio de la familia.


Llegó a su departamento sintiéndose mareado y nauseabundo. ¿Cómo reaccionaba uno ante semejante proposición? Lo primero que había resonado en sus oídos había sido dinero. Sabía que su padre había trabajado toda la vida en una compañía importante, que era lo que había mantenido a su familia con tantos gustos y placeres, y era lo que lo mantenía constantemente de viaje, y a un par de grandulones en la puerta. Nunca había preguntado qué hacía su padre porque no lo consideraba algo de su interés, lo suyo era la música, y en ese momento no sabía si habría preferido no enterarse jamás.

Se estaba involucrando con una de las mafias más grandes, que aparentemente no funcionaba únicamente a nivel nacional. Había escuchado hablar de ello, después de todo, siempre se había encontrado bastante interesado desde la primera vez que tocó los libros de Mario Puzo, y había investigado más de la cuenta. De hecho, gran parte de sus notas en Historia y Ciencias Sociales habían sobresalido gracias a sus trabajos acerca de libros como En Nombre de Dios, de David Yallop.

En el mundo siempre había existido mafias de todo tipo, drogas, armas, en su tiempo incluso casinos. ¿Quién no reconoce una mafia por sus asesinos a sueldo? Su padre era un contratista, como una persona común y corriente que ofrece la mano de obra para una compañía… Sencillamente sus medios eran diferentes.

No sabía todos los secretos sucios detrás de aquello, sencillamente le había contado de que se trataba, y le había recordado que de abrir la boca, se le olvidaría que la sangre que se derramaba sería la de su hijo. Blaine le creyó de inmediato, por lo que cuando Sebastian le preguntó porque se encontraba tan pálido, lo único que él fue capaz de inventarle fue que su padre quería que trabajara con él, y que su madre quería verle. Lo último era una vil mentira, pero aún así permitió que su pareja comprara los tiquetes para que él fuese a visitarla.

Pasó la siguiente semana encerrado en un hotel en Ohio, preguntándose si era o no lo correcto encargarse de todo lo que su padre le pedía. Su ética le gritaba que se diera la vuelta, que utilizara sus ahorros para largarse del país, o que simplemente negarse y prometer no decir absolutamente nada. Algo en su interior le gritaba que lo último no era una opción.

La parte más ambiciosa de su ser le decía que lo intentara, ¿qué era lo peor que podría pasar? Su padre le había enseñado a hacer lo que tuviera que hacer para conseguir un fin, porque el fin justifica los medios. Blaine necesitaba dinero, porque los preuniversitarios ya no hacían nada por él, porque su escuela de artes no le enseñaba nada diferente y porque por más que aplicara a cientos de becas, debido a su historia familiar y al supuesto apoyo económico que debía tener de acuerdo a la declaración de renta de sus padres, todos se negaban a darle financiación de cualquier tipo.

Se encontró a sí mismo diciendo que si, en contra de sus mejores principios. Y entonces los entrenamientos dieron inicio. Blaine había nacido con una puntería increíble, pero el aprender a utilizar diferentes tipos de armas le aterraba. Los revólveres se le daban bien, sin embargo le parecía repugnante la idea de enterrar una navaja en alguien más. Tuvo que encerrarse en el baño más de una vez, ante la idea de la sangre deslizándose a lo largo de sus manos por borbotones, la idea hacía sentirse enfermo, la idea hacía que quisiera darse la vuelta y renunciar. Su padre no lo permitió.

Un mes después, lo enviaron a hacer un trabajo sencillo, con una guía en caso de que no pudiese hacerlo por su cuenta, y evidentemente no fue capaz. Fue la burla de todo el mundo durante una gran cantidad de semanas, lo que lo forzó a trabajar con mucha más fuerza de lo normal. Blaine siempre había sido competitivo, aunque en ese momento no estaba compitiendo por algo que se vería como sano. Cuando le preguntaron si quería dejar el trabajo, Blaine no lo permitió.

Para su segundo trabajo lo logró, a pesar de que al terminar había salido corriendo hacia el primer baño público que encontró, su cuerpo contrayéndose en asquerosas arcadas. ¿Su único error? La forma de abandonar la escena del crimen, pero eso requiere práctica, le había comentado su padre.

Sus ganas de impresionar eran insanas, pero un año y medio después, se había convertido en alguien lo suficientemente rápido como para convertirse en la mano derecha de su padre. Mantenía dos vidas aparte, una que era la que siempre había deseado, tener un progenitor orgulloso de su hijo, que no sentía asco al presentarlo ante alguno de sus compañeros de negocios. Y la otra vida, en la que era un muchacho educado, cordial, con el mismo encanto de siempre y que además, enseñaba a los niños de las escuelas distritales a tocar instrumentos y daba clases particulares de piano los fines de semana.

Había dejado de sentirse culpable, como si de apagar un botón se tratara, como si tuviera un trastorno de personalidad múltiple que le permitía negarse por completo a la sensación de odio a sí mismo tras asesinar a alguien, y luego estuviese esa otra cara que le resultaba más agradable, que era excelente para tratar con personas… Y que se aferraba a la idea de algún día dejar de necesitar el dinero y triunfar siguiendo sus propias metas, sin necesidad de su padre y toda la porquería que había detrás de su negocio.


Cuando el tiempo de Sebastian empezó a reducirse, Blaine empezó a trabajar más. Sus amigos se quejaban de apenas verlo, él se excusaba tras sus dos trabajos como tutor y los estudios. Tuvo una época bastante baja, en donde empezó a cuestionarse cada una de las cosas que hacía, e incluso tuvo la osadía de llamar a su padre y decirle que renunciaba, que no quería nada más de aquella mierda.

Temía que sus amigos se dieran cuenta de que había algo mal con él, temía que Sebastian se diera cuenta de que había algo mal con él. Durante aquel mes, empezó a replantearse su vida entera, y cuando miraba hacia atrás, se daba cuenta de que jamás podría llegar a escapar de las cosas horribles que había hecho. Su padre le perseguía como un fantasma, lo escuchaba en su cabeza, y luego, al tenerlo de frente tendiendole su arma para que volviera al trabajo y tuviese las pelotas bien puestas para enfrentar sus responsabilidades, Blaine la tomó y estuvo a punto de dispararle.

Después de un mes de culpabilidad, vinieron dos semanas de violencia, rencor y odio. Aceptó cada trabajo que pudo sin que pareciera que había un asesino serial suelto por el estado de Nueva York. En las noches se daba una ducha, y cuando tenía un exceso de energía en su interior, buscaba alguna pelea en el Bronx, que efectivamente tiene su popularidad por ese justo motivo.

Sus amigos decidieron hacer una intervención cuando lo arrestaron por meterse en una pelea callejera, su padre pagó la fianza, pero le recordó que debía ser más cuidadoso que eso, por el simple hecho de que no podía tener antecedentes. Blaine inventó una historia acerca de su familia, y como cada vez se sentía más presionado por su padre, y ellos le creyeron… Volvieron a sacar al ser humano que había dentro de él de a pocos, y volvió a tomar forma.

—Uno a la semana. Lo tomas o lo dejas.— Necesitaba recuperar su vida, y honestamente no quería admitir en voz alta que había disfrutado más los asesinatos y los golpes durante esa diminuta época en la que se había lanzado al infierno.

—Las ofertas las hago yo, mocoso insolente.

—Pues entonces consigue a alguien más que haga el trabajo.

Había aprendido como manipular a su padre. Estaba jugando un juego de ruleta del cual no podría salirse luego, pero en ese momento no se encontraba como para pensar en las consecuencias de sus acciones. Quería concentrarse en conseguir el dinero, en ahorrar suficiente para no necesitarlo luego, y sencillamente dar la espalda.

Nunca esperó que tras una noche con Sebastian llegaría uno de sus últimos trabajos. Nunca esperó tener que empezar a cuestionarse en salvar la vida de alguien completamente ajeno a su situación, pero al colgar el móvil aquella noche, tras comunicar que se iría un par de semanas de la ciudad ya que había habido un testigo, supo que tenía que hacerlo, supo que tendría que poner en juego su ética de nuevo.

—Blaine, no puedes olvidarlo, son las normas.

—Sé bien cuales son las normas.

—No puede haber testigos, lo matas a él, y te largas.

No se atrevió a escuchar nada más, cortó la línea y guardó su móvil en el bolsillo, dándose la vuelta para hacer contacto visual con ese muchacho. Blaine no estaba seguro de si se merecía o no morir, la mayoría de las personas que había matado tenían un motivo de peso detrás, estaban involucrados con las personas equivocadas al menos. ¿Kurt? Lo único que Blaine sabía era que por la mirada retadora que pretendía ocultar el temor que sentía, lo más malo que había hecho ese muchacho era haber arrojado un papel en la calle o tardarse más de veinte minutos en la ducha.

—Tu vienes conmigo.