La oscuridad se había apoderado del cielo a hora temprana. El descenso del sol sobre el mar había sido ocultado por los negros nubarrones que traían la tormenta. Se escuchaba un sonido lejano, semejante a una serie continuada de truenos acompasados. Pero Haryon sabía perfectamente que no se trataba de eso. Lo que escuchaba eran tambores. Cientos de ellos. El sonido de la muerte proveniente del sur. En el horizonte se dibujaba un enorme frente de velámenes, negros como la noche que se prometía. Sobre ellos, las tinieblas se aproximaban a su misma velocidad. El joven caballero rohir aspiró hondo, y soltó el aire poco a poco. La lucha y el derramamiento de sangre había marcado su vida los últimos seis años, pero nunca había participado en una batalla. No sentía miedo, sino tensión y excitación. Empuñaba su arco, percibiendo el suave tacto de la preciada madera de Lothlorien. Detrás de él, un pequeño tonel con cientos de flechas incendiarias perfectamente preparadas. Delante, un recipiente con óleo y fuego, para encenderlas. Estaba colocado en primera línea. Una hilera de barriles y seis metros lo separaban del agua. Haryon miró a su alrededor. Cientos de arqueros estaban preparados. En sus pechos, el cisne de plata sobre fondo azul, denotaba que pertenecían al ejército de Dor-in-Ernil. Gente corpulenta, de mirada severa. Uno de ellos daba instrucciones al resto, en perfecto adunaico.

- "Está diciendo que no apuntemos todos a las velas. Prenden muy rápido, y no es necesario utilizar demasiadas flechas para quemarlas. Hay que lanzarlas al interior de los barcos. Es posible que si lanzamos muchas, acertemos en algún lugar inflamable, consiguiendo hacer prender la madera" – tradujo el arquero situado a la derecha de Haryon, para que éste pudiera entenderlo. Su nombre era Tirandir. Se trataba de un dunedain de mediana edad. Pertenecía al ejército del Príncipe desde ya hacía tiempo. Sus ojos grises habían visto ya alguna batalla, e intentaban aconsejar al joven rohir que tan bien le había caído desde su llegada a la ciudad.

- "Gracias compañero. No sé que haría sin ti..." – contestó Haryon riéndose.

En el muelle, multitud de marineros hacían las últimas revisiones de los navíos de guerra. Blancos buques costeros, con dos foques o velas triangulares. En lo alto de los mástiles, sendos estandartes bordados en oro, con los símbolos del navío blanco y el cisne de plata, sobre fondo azul. También cisnes con las alas extendidas adornaban los espigones de proa. Treinta remos por costado permitían el avance cuando el viento no era favorable.

Un clamor de trompetas rasgó el silencio y la tensión. Haryon giró la cabeza, y miró hacia lo alto de la colina, donde descansaba el castillo de Dol Amroth. Una tremenda edificación de granito blanco, con una torre central que desafiaba al cielo, y que se veía desde muchas millas mar adentro. Decenas de otras torres más pequeñas, la acompañaban alrededor. Desde el castillo, en la cima, hasta el mar, se extendía una ciudadela totalmente fortificada. La puerta del castillo se abrió, y el Príncipe Imrahil apareció cabalgando sobre un precioso corcel gris. Las armaduras, tanto del caballo, como del Príncipe, eran de plata. Detrás de él, unos 300 jinetes perfectamente armados y pertrechados, con monturas igualmente grises, cabalgaban colina abajo, dirigiéndose al puerto. Cuando llegaron, se apostaron detrás de los arqueros. El Príncipe Imrahil habló.

- "¡Defensores de Dol Amroth! ¡La tormenta se acerca para acabar con nuestra ciudad, pero nunca hemos caído, y nunca lo haremos! ¡Que las costas de Belfalas sean bañadas por la sangre de Umbar!"

Todos al unísono elevaron al cielo un grito de furia y compromiso. Haryon no fue menos. Cogió una de las flechas, y miró al horizonte negro, cada vez más cercano, mientras las olas rompían progresivamente con mas fuerza en las rocas, pues una gran tormenta se acercaba. Se trataba de una tormenta extraña, pues seguía a la flota oscura, y se aproximaba a su misma velocidad. ¿Qué especie de poder maligno se acercaba con ellos?

Al amanecer, nada le hubiera convencido de que el día no iba a ser espléndido. Ni una nube se veía en el cielo, que extendía su manto azul sobre el infinito océano. El sol brillaba imponente sobre el puerto, pero la temperatura era agradable, pues la brisa marina aliviaba el calor producido por sus rayos. El mar estaba en calma, y las pequeñas olas apenas producían un sordo murmullo al romper contra las rocas. Las gaviotas volaban de un lado a otro, inundando el aire con sus incesantes voces. Los pescadores se afanaban por acabar los preparativos en sus barcos, pues la mañana se presentaba ideal para salir a la mar. La actividad en el puerto de Dol Amroth había sido superior a la que había habitualmente, pues varios mercantes traían ricas telas del sur. Las damas nobles y burguesas habían bajado hasta los mismos muelles entusiasmadas, sin importarles el olor a pescado. Haryon había llegado a la ciudad tras acompañar a una caravana de comerciantes, que venían desde el Norte. Todos los caminos eran peligrosos ahora, y los mercaderes acostumbraban a contratar a guerreros para que los protegieran, a ellos y a su rica mercancía. Nada más llegar, uno de los guardias de la ciudad se había interesado por las preciadas armas que llevaba el rohir, y establecieron una pequeña amistad. Su nombre era Tirandir.

Pero a media tarde, los vigías de las torres del castillo dieron la voz de alarma. Una gran armada negra se aproximaba desde el Sur. Toda la actividad de la ciudad cambió. Las damas volvieron a sus casas, y los pescadores que ya habían regresado, recogieron su mercancía. Los barcos pesqueros que iban llegando, fueron arrastrados rápidamente hasta un muelle interior, y se sacó la flora de buques costeros de defensa. Todo el ejército de Dol Amroth se preparó para la batalla. Y un eorlinga se unió a ella. Haryon le preguntó a Tirandir, defensor de la ciudad, que debía hacer para luchar junto a ellos. El dunedain lo llevó frente al jefe de la guardia del Príncipe, para que lo aceptara como soldado. El jefe de la guardia estaba en el castillo, preparando con el Príncipe Imrahil, y otros altos mandos de la ciudadela, la estrategia a seguir. Cuando el joven rohir vio al Príncipe, percibió enseguida que se trataba de un gran señor. Su porte era majestuoso. En su mirada se unían la decisión y la bravura de los antiguos númeonóreanos, con la sabiduría y belleza de los elfos. Tras ser confirmado como soldado de Dol Amroth, se dirigió junto a Tirandir hacia el cuartel principal de la ciudadela, donde se les daría instrucciones exactas. Durante el camino, el guardia le explicó, que según la tradición, el Príncipe de Dol-in-Ernil tenía ascendencia élfica. Le explico que Imrazôr el Númenóreano, padre de Galador, primer Príncipe de Dol Amroth, había tomado como esposa a una elfa, Mithrellas, acompañante de Nimrodel, amada del príncipe Amroth de Lorien, hijo de la Dama de la Luz y el caballero Celeborn. El rohir, cantó el Lay de Nimrodel junto a Tirandir, pues lo recordaba de las noches en que su madre le entonaba canciones de Lothlorien, cuando vivía en Edoras. El guardia quedó turbado, al ver los azules ojos eorlingas humedecerse.

Haryon seguía con la mirada fija en el horizonte. Las gaviotas no volaban ya, porque una niebla oscura parecía acercarse a la costa. El terror venía desde Umbar, pero realmente no sabían hasta que punto. Las naves negras, con sus negros estandartes, se veían ya perfectamente. Una gran tropa de guardias de la ciudad salieron de un enorme cuartel que había al lado del muelle central del puerto. Pertenecían a la división de marina. Decenas de buques blancos se llenaron de hombres dispuestos a luchar hasta la extenuación. La flota blanca estaba dispuesta para salir hacia el sur, al encuentro de los barcos corsarios, con sus capitanes confiados en poder acabar con ellos mediante pequeños ataques, apoyados por los arqueros, y las catapultas y balistas, apostados en los muelles. Montones de enormes piedras se acumulaban en las torres de la ciudadela. Al lado de cada montón, inmensas máquinas de guerra, que podían lanzar los proyectiles a muy largas distancias. Esta disposición se repetía en las tres calas que componían el puerto de Dol Amroth.

Haryon estaba en la cala central, donde se iban a concentrar la mayor parte de las fuerzas invasoras. Por ese motivo, el Príncipe en persona se había acercado allí, con el grueso de su caballería. En las otras dos zonas del puerto, había dispuesto alrededor de 100 jinetes con un capitán al mando. No menos de 700 arqueros había dispuestos a nivel del mar, entre los que se encontraban los mejores expertos dunedain, de la guardia de la ciudadela, y algunos sindar. Los elfos grises eran muy bienvenidos en Dol Amroth, y siempre había en la ciudad, o en los alrededores. El anhelo del mar les atraía, y cerraban los ojos escuchando el cantar de las gaviotas. Plantaban pequeños campamentos a la orilla de los ríos Gilrain o Ringló, rememorando y buscando, por qué no, a la dama que dio nombre a las más cristalinas aguas del Bosque de Oro.

El Príncipe habló de nuevo – "¡Hermanos arqueros! ¡Dividid vuestras filas en dos secciones, para dejarnos un pasillo central por donde poder cargar al enemigo, en el caso que algún navío negro llegara a desembarcar!"

Inmediatamente, el inmenso frente, armado con flechas incendiarias, se partió por la mitad, dejando un hueco de unos seis metros. Haryon y Tirandir quedaron en la sección izquierda, pero muy cerca del corredor central.

- "Si desembarca algún apestoso corsario, probará con gusto el acero de Edoras. Será lo último que pasará por su garganta" – dijo el rohir. Luego miró al dunedain, y bromeó – "Tranquilo sureño, estoy aquí para portegerte."

El guardia miró al joven guerrero divertido – "Estoy tranquilo, pero no por tu protección. Si no porque los Corsarios odian a muerte a los Jinetes de Rohan. Los ven culpables de la Guerra de Parientes, en la que ellos fueron los rebeldes que huyeron de Gondor, para morar en Umbar. Así que, siempre intentarán acabar contigo antes que conmigo."

- "Ja, ja, ja" – rió estrepitosamente Haryon – "Que gracioso."

Progresivamente, la oscura niebla que había estado cubriendo el puerto, se hacía más espesa, hasta llegar al punto de ocultar los barcos enemigos tras una cortina negra. Los múltiples faros, que descansaban en diferentes arrecifes, más allá de los muelles, no eran capaces de vencer a las tinieblas que invadían en ese momento las costas de Belfalas. Las olas rompían con fuerza en las rocas, desafiando las estructuras de las robustas torres luminarias que emergían sobre las aguas. El sonido de los tambores era cada vez más próximo, como un rictus de muerte y destrucción. De repente, una profunda y sibilante voz retumbó en las cabezas de las tropas de Dol Amroth, inundando sus corazones de temor y desesperación.

"BURZUM THRAKAT BÚBHOSH GHÂSH"
(Que las tinieblas traigan el gran fuego)

El cielo se iluminó, y la cruel tormenta estalló sobre La Bahía de los Barcos Blancos. La niebla se abrió, y aparecieron decenas de navíos corsarios, a menos de media milla de distancia. Enormes bajeles negros, con dos foques y una mesana. En los espigones, monstruosas cabezas con gestos grotescos y desesperados. Negras las velas, negros los estandartes. Pero una de las naves destacaba sobre el resto. Más grande y más terrorífica que las demás, surcaba el abrupto mar, encabezando la armada negra, envuelta en un halo de terror. Un rastro de cadáveres de peces marcaba el siniestro itinerario de la terrible imagen. Y su estandarte la hacía si cabe más aterradora, pues se trataba de El Ojo.

Un agudo chillido se elevó en el aire, amedrentando a los hombres de corazón débil. Muchos de los arqueros soltaron sus armas y se taparon los oídos aterrorizados. Algunos caballos se encabritaron asustados, arrojando al suelo a sus jinetes. Haryon seguía en su puesto, con el corazón acelerado. No entendía que era aquello tan terrible que se abalanzaba sobre ellos. A su lado, Tirandir observaba a los enemigos, con la respiración agitada. Gran cantidad de hombres hubiera huido de sus puestos de defensa, si no llega a ser por la rápida intervención de su señor, El Príncipe Imrahil. Azuzó a su caballo y cabalgó hacia el muelle. Se colocó enfrente de todas las tropas defensoras apostadas en la cala central. Levantó su espada y gritó.

"¡KADAR LAÎ! ¡ADÛN LAÎ! ¡AZRA BAWÎBA DULGÎ BÂ PHURSÂ NÊNUD! ¡ÊPHAL, EPHÂLAK ÎDÔN HI-AKALLABÊTH! ¡KAN IDÔ! ¡SÛLA YANÂKHIM!"

Su estampa recordaba a la de los antiguos reyes númenóreanos. Tal era la majestad del Príncipe de Dol Amroth, y tan alta la confianza y la estima que hacia él tenía su pueblo, que el miedo se borró del rostro de los defensores de la ciudadela. Aquellos que dudaban, volvieron a sus puestos. Hasta los grises corceles de la guardia, tranquilizaron su talante.

Tirandir miró con confianza a Haryon, traduciéndole las palabras que el gran Imrahil había lanzado a su pueblo en adunaico.

- "¡Gente de la ciudad! ¡Pueblo del Oeste! ¡Los vientos negros del mar no se precipitarán sobre nosotros! ¡Lejos, muy lejos queda ahora La Caída! ¡Aguantad ahora! ¡La victoria está cercana!"

El Príncipe hizo una señal, levantando el brazo que sostenía su espada, y un cuerno metálico sonó, con un quejido corto pero potente. En ese instante, los soldados apostados en las torres cargaron las catapultas. El Señor de Dol Amroth bajó su brazo, y una segunda llamada fue emitida por el cuerno. Gigantescos proyectiles volaron sobre las cabezas do los arqueros. Una lluvia de enormes rocas cayó sobre la armada enemiga, destrozando por completo dos de sus naves. Varias de ellas sufrieron daños, quedando inservible alguno de los mástiles. Pero los barcos negros se contaban por muchas decenas, y seguían avanzando hacia los muelles. Las catapultas siguieron lanzando las enormes piedras a discreción. Algunas acertaban en su objetivo, produciendo mayor o menor daño. Otras caían sobre las olas, enfureciendo más si cabe al mar. Uno de los navíos de Umbar fue partido totalmente por la mitad por un enorme proyectil. Los Corsarios se lanzaban por la borda, y eran inmediatamente engullidos por la terrible marea.

El Señor de Dol Amroth levantó su brazo armado en una segunda señal. En esta ocasión miraba hacia los heraldos apostados en las torres de su castillo. El jefe de los arqueros cogió una flecha incendiaria y la prendió. Luego la lanzó al mar, intentando que alcanzara la mayor altura posible. En las almenas de las torres del castillo y de la ciudadela, decenas de hombres hicieron sonar las trompetas de plata. Y la flota blanca salió al encuentro de los navíos corsarios. Las piedras seguían lloviendo sobre la gran armada negra, pero ahora sólo podían atacar a las naves de la retaguardia, para evitar que cayeran sobre los barcos del cisne. El frente de veleros blancos ocupaba todo lo ancho de la cala en varias filas, creando una red perfectamente trenzada. Las olas eran altas, y dificultaban su avance, pero la movilidad siempre era mucho mayor que la de las grandes naves corsarias. En el interior de los pequeños veleros blancos, había muchos arqueros con flechas incendiarias, que atacaban a los grandes navíos. Haciendo maniobras de acercamiento y alejamiento rápido.

El jefe de los arqueros del puerto alzó su brazo y elevó un grito al cielo. Todos los soldados cogieron una flecha y la encendieron en los fuegos que tenían delante. Luego colocaron las flechas en los arcos, tensando las cuerdas. Haryon repitió el proceso. Miraba la llama prendida delante de él. Al fondo, los velámenes negros que debían ser su objetivo. El jefe de los arqueros bajó su brazo soltando la señal final.

"¡IDÔ!" (¡Ahora!)

Como si hubiera sido Varda quien alzara su mano, el cielo se cubrió de luz ante la maligna oscuridad, provocada por el terror que gobernaba los barcos negros. Cientos de flechas incendiarias volaron hacia el Sur, atravesando la mortal bruma, y aterrizando casi todas sobre los navíos corsarios. Algunas morían en el agua, y unas pocas caían en las blancas embarcaciones amigas, aunque eran las menos, y ninguna nave de Dol Amroth se incendió por ese motivo. Desde ese instante, las flechas no dejaron de ser lanzadas en ningún momento, y la lluvia de fuego era continua sobre los enemigos.

De la armada de Umbar llegaban solamente algunas flechas negras, pero estaban demasiado lejos como para afinar la puntería. La tormenta de roca y fuego, iba dañando los bajeles enemigos, preparándolos para ser abordados por varios veleros del cisne. Las defensas de Dol Amroth eran fuertes, y parecía que iban a conseguir frenar la embestida, incluso antes de que ninguna nave negra pudiera tomar tierra. Los valientes marinos dúnedain las abordaban desde diferentes costados, e iban cayendo una a una. Los corsarios eran bravos luchadores sobre un barco. Pero los soldados de Dol Amroth eran muchos, y no podían hacerles frente. De repente, un murmullo salió del interior del gran navío principal de la armada negra. Éste iba creciendo, hasta que se fueron haciendo audibles las palabras de un terrible conjuro, recitadas por una voz ronca y sibilante.

"¡BURZUM THRAKAT BAGRONK!"
(¡Que las tinieblas traigan las oscuras aguas!)

El agua se agitó violentamente delante de la nave. Un temblor sacudió tierra y océano, y el mar se quejó con un rugido ensordecedor. Una gran ola oscura surgió de las profundidades, como un gran monstruo informe, sepultando todos los barcos blancos situados en el centro de la cala. Los marineros dúnedain desaparecieron en la garganta del abismo salado, engullidos por las tinieblas y las corrientes. La horrible tragedia fue seguida desde el puerto por los arqueros y la guardia del Príncipe, que gemían desesperados ante la muerte de sus compañeros. Haryon siguió lazando flechas incendiarias, centrándose en las oscuras velas de la nave que encabezaba la armada de Umbar. Pero no pudo dejar de emitir un profundo quejido. El Señor de Dol Amroth elevó de nuevo su espada, dirigiéndose a las torres del castillo, y las trompetas de plata volvieron a sonar, aunque esta vez anunciando la retirada. Los navíos del cisne que todavía quedaban a flote, viraron bruscamente hacia el Norte, buscando el refugio de los muelles.

La negra tormenta avanzaba inexorable, descargando rayos, que atravesaban la caótica niebla. Los potentes truenos se mezclaban con el espeluznante sonido de funestos tambores, heraldos de muerte, bardos de destrucción. Y la oscura nave del Ojo surcaba las olas, ajena a las dificultades del mar, dispuesta a tomar tierra. Arrastrando tras de sí un rastro de dolor y sufrimiento. Pero delante de ella, viajaba el terror y la confusión, que amedrentaban a los capitanes de los bajeles de Belfalas. Cuando éstos tomaron tierra, los marineros dúnedain corrían despavoridos hacia el puerto, gritando con voces aterrorizadas.

"¡AGÂN PHURSÂ NÊNUD! ¡AGÂN PHURSÂ NÊNUD!" (¡La muerte cae sobre nosotros! ¡La muerte cae sobre nosotros!)

El Príncipe Imrahil permanecía impasible sobre su impresionante corcel gris. Intentaba apaciguar los ánimos de su guardia y sus arqueros.

"¡KAN, ADÛN LAÎ! ¡KAN!" (¡Aguantad, pueblo del Oeste! ¡Aguantad!) – gritaba al viento, sobre truenos y tambores.

Al final, la nave del Ojo tomó tierra, y las tinieblas envolvieron la ciudadela. Sólo las torres despuntaban sobre ellas, como manos blancas llamando a la esperanza. Los barcos corsarios fueron llegando al puerto a lo largo de toda la cala central. Una nube de flechas negras salió de éstos, apuntando hacia los arqueros, hombres y elfos. Los defensores de Dol Amroth comenzaron a caer. Las flechas incendiarias no dejaban de llover sobre las velas negras. Y ahora más que antes, pues la distancia era más corta, y se hacía blanco más fácilmente. Pero aunque la madera negra ardiera, los enemigos no dejarían de invadir los muelles. Los hombres de Umbar comenzaron a pisar el suelo de Lond Ernil. Altos y corpulentos eran los Corsarios de Umbar. Llevaban cotas de malla, grandes yelmos y cimitarras. Los capitanes destacaban, pues sus armaduras estaban adornadas con remaches y bordados de oro, y en sus cabezas, una versión del antiguo yelmo karma. Pero no sólo corsarios viajaban en la armada oscura. Pues hombres del Harad saltaron también a tierra. Bajos pero fuertes, manejaban con destreza sus cimitarras. Rápidos de movimientos, no usaban armadura. Confiaban en sus reflejos, y usaban ropajes de algodón, con bellos bordados en el cuello y las mangas. Los enemigos se lanzaron sobre los arqueros dúnedain. Pero antes de que llegaran, El Príncipe de Dor-in- Ernil ya había elevado su espada, y los cuernos y trompetas de Dol Amroth rasgaban la oscuridad, sobre el grave retumbar de los tambores. Y los 300 jinetes de la guardia del castillo, cayeron sobre los invasores, como si de una marea blanca se tratase. La sangre de Umbar comenzó a caer sobre las costas de Belfalas a golpe de espada. Pero de la nave del Ojo salían otro tipo de soldados. Semejantes a los dúnedain, pero con la piel más oscura. No llevaban cimitarras, sino espadas y escudos, y eran fuertes, temerarios y violentos. Las negras cotas de malla no parecían ser un impedimento para su agilidad, tal era su fortaleza. Se trataba de los hijos de los Infieles de Númenor. Aquellos que habían sido pervertidos por Sauron, y quisieron desafiar a los Válar. La batalla se hizo entonces sangrienta. Muchos caballeros de la guardia del Príncipe eran muertos por las espadas monúmenedain. Las flechas negras seguían cayendo sobre los defensores de la ciudadela, hiriendo y matando a muchos. Una de ellas atravesó la garganta del jefe de los arqueros, cuyo cuerpo se desplomó al instante. Haryon se levantó entonces de su puesto, y desenvainó la espada de Eoric. La hoja forjada en Edoras brilló a la luz de las relampagueantes nubes oscuras.

"¡SOLDADOS! ¡ARROJAD AHORA VUESTROS ARCOS! ¡LLEGÓ LA HORA DEL ACERO!" – gritó con fuerza.

Los arqueros se pusieron en pie, y desenvainaron sus armas de mano. Y al grito de Haryon, se lanzaron sobre las huestes númenóreanas negras. La sangre infiel se mezclaba ahora con la que no lo era, pero en la tierra y no en la vida. La cala Oeste había caído, y una gran cantidad de guerreros corsarios llegaban hacia la central. Pero estas fuerzas eran contrarrestadas por la guardia procedente de la cala oriental, que había sido protegida y vencida, pues allí las tropas enemigas habían llegado ya mermadas, al no haber ola maligna que pudiera salvarlas. Y el choque se hizo terrible. La batalla estaba equilibrada.

Un caballo pasó por el lado del Hijo de Eoric. Su jinete había sido abatido, y el rohir no dudó en subir a su grupa, tras armarse también con un brillante escudo que había entre los cadáveres. En ese mismo instante, el Príncipe Imrahil se enfrentaba él solo a muchos guerreros mornúmenedain, montado en su precioso corcel gris. Haryon se dirigió al galope hacia el lugar donde éste se encontraba, y luchó a su lado. Terrible resultó esta unión para las huestes oscuras. Pues en sus escudos brillaban el navío y el cisne de plata, y arrasaban con todo a su paso. El eorlinga miró al Señor de Dol Amroth, y vio cuan grande era. Su mirada firme, tanto como su brazo, que sin descanso descargaba la preciada espada sobre los cuerpos enemigos. Pensó que eran nobles todas las sangres que por sus venas circulaban, fueran cuantas que fueran. El Príncipe Imrahil miró a Haryon, y vio en él a alguien llamado a la consecución de grandes gestas y hazañas. Grande sería su destino, pues grande era también su fuerza y su valor.

Parecía que la batalla iba a decantarse definitivamente del lado defensor. Ambos jinetes se separaron en ese instante, pues los enemigos empezaban a dispersarse. Y entonces Haryon sintió un frío enorme en su corazón, y la desesperación que quería atenazar su mano. Giró su cabeza hacia el lugar donde se encontraba la nave del Ojo, y vio el horror que guiaba todo el ataque. Y recordó las lágrimas de los cuidadores de caballos, aquellos que había en Rohan. Que se veían obligados a entregar todos los corceles que fueran negros, en tributo a Mordor. Y maldijo a Sauron por la perversión de tan bellas bestias, y tan queridas por su pueblo. Pues los ojos de aquel animal, sobre la cubierta del inmundo navío, eran rojos, y transmitían odio. Y sobre él un ser poderoso y terrible. El caballo saltó de forma espectacular hacia tierra firme, y el terror inundó los corazones de los soldados que se creían ya victoriosos. Muchos corrieron hacia la ciudadela, y ni las palabras de su príncipe podían ahora darles valor. Porque allí había un servidor del mal. Uno de los más poderosos. Su nombre era Akhorahil, El Quinto. Uno de los Nazgûl, Espectro del Anillo. Gran rey númenóreano antaño, Capitán de las fuerzas de Umbar en esta ocasión, brujo despiadado. Negra era la cota de malla que vestía, debajo de su enorme manto, también negro, que lo cubría por completo. En su mano izquierda una espada ancha, forjada en Minas Morgul. En su mano derecha, una enorme y terrorífica maza de guerra, que ningún hombre hubiera podido manejar.

Haryon intentó hacerle frente, y descargó su espada contra la del Nazgûl. Éste emitió un chillido, y la dejó caer, pues no esperaba el ataque del valiente rohir. Pero en un rápido movimiento, golpeó con su maza sobre el escudo del joven jinete, que cayó del caballo. El monstruo bajó de su corcel negro, dispuesto a rematar a su contrincante. Pero en ese instante apareció el Príncipe Imrahil, cabalgando al galope, y descargó su espada sobre el cuerpo del espectro. Éste lo esquivó, y Haryon aprovechó ese instante para arrastrarse detrás del Señor de Dol Amroth. No podría aguantar mucho tiempo, pues el poder de Akhorahil era muy grande, pero el valor y la nobleza del Príncipe conmovió al rohir. El Nazgûl elevó su mano izquierda, y con un rápido movimiento invocó a la oscuridad, que bajó acumulando la niebla, y cegó al Príncipe. Y con rapidez inhumana, le golpeó en el costado, con la terrible maza, hundiéndole varias costillas, y arrojándolo del caballo. El Señor de Dor-in-Ernil quedó inmóvil en el suelo, y el espectro emitió un terrible chillido, para hablar después.

- "Muere ahora, pues la oscuridad está llegando."

Haryon miraba la escena aterrorizado, pero actuó con presteza. Postrado de medio lado, sobre el húmedo suelo del puerto, sacó su preciado arco, regalo de Havrin. Y una de las flechas, fabricadas en Lothlorien, ligera pero precisa. Estiró su brazo hacia un recipiente de óleo y fuego, e introdujo dentro la punta de la flecha. La colocó en la cuerda, tejida con Hitlain, y tensó. El aroma a óleo desapareció, pues una brisa de niphredil envolvió al rohir, y los cantos lejanos serenaron su mente. El tiempo parecía ir más despacio, y observó la punta de la flecha donde una llama blanca prendió. En el fondo, uno de los faros perdidos en las tinieblas, refulgió con más fuerza, llamando la atención del Nazgûl. Era como si Amroth hubiera vuelto de las aguas, al ver la llama de Lorien. Quizá pensara que a la claridad de esa luz, la dama Nimrodel encontraría su camino, y llegaría a Dol Amroth. Haryon soltó la flecha, que atravesó el cuerpo del terrible espectro, haciendo que sus ropas prendieran instantáneamente. El monstruo soltó un chillido espeluznante, y montó sobre su caballo, huyendo al galope, hacia el Este. Atravesó la ciudadela, envuelto en llamas, y salió por la puerta oriental. Hacia Minas Morgul. En el aire se escuchaban risas, profundas y oscuras. ¿Cómo podía reír alguien ante la derrota?

La niebla se levantó, y las estrellas comenzaron a brillar en el cielo. La noche había llegado, pero esta vez era luminosa. Haryon elevó su espada, y gritó – "¡VICTORIA!".

Los soldados supervivientes le contestaron – "¡VICTORIA! ¡SÛLA!"

El rohir corrió hacia donde se encontraba el Príncipe.

- "¿Cómo estáis, mi señor?" – le preguntó .

- "Bueno... creo tener el costado destrozado, pero bien. Esto lo curará el tiempo. Valiente guerrero eres, Haryon, hijo de Eoric. Serás alabado con grandes alabanzas"- respondió Imrahil, dolorido.

Muchas mujeres comenzaron entonces a bajar hacia el puerto, para atender a los heridos, y llorar a los muertos. El suelo estaba lleno de cadáveres de muchos hombres y algunos elfos. Entre ellos, gran cantidad de heridos. Al primero que recogieron fue al Príncipe, al que subieron con cuidado hacia las casas de curación.

El joven eorlinga miró entonces hacia el interior del puerto, y vio a Tirandir, tumbado en el suelo, boca arriba. Corrió hacia él asustado. Tenía una flecha clavada en la pierna izquierda, y Haryon respiró aliviado. Era una herida fea, pero nada que no pudiera curarse. El dúnedain le miró a los ojos. Su tez estaba pálida.

- "Señor de Rohan... orgulloso estoy de haber luchado a vuestro lado. Espero que no sea la última vez" – habló, con voz entrecortada.

- "Por supuesto. Sólo tienen que extraerte la flecha. El tiempo cura todas las heridas, por lo menos las del cuerpo" – contestó el rohir.

Varias mujeres de la ciudad llegaron a su lado, dispuestas a llevarlo hacia las casas de curación. El joven eorlinga se alejó, para dejarlas trabajar. Pero entonces el gesto del dúnedain comenzó a cambiar. Se llevó las manos a la cabeza y el vientre, y se puso a gritar y gemir de dolor. Haryon corrió hacia él y le colocó la mano sobre la frente.

- "¡Está ardiendo! ¡Llevadlo a la ciudadela, rápido!

El bravo guardia del puerto empezó a sufrir terribles convulsiones. Sus ojos estaban extraviados en una mueca de terrible dolor. Empezó a vomitar. De su boca salía una extraña sustancia negra, que emanaba un terrible hedor. Las mujeres, lloraban asustadas. Haryon lo cogió en brazos, y lo llevó corriendo hacia las casas de curación. Los heridos empezaban a acumularse allí, pero pudo dejarlo en una cama. Miró a su alrededor, y el espectáculo que vio hizo que le flaquearan las piernas. Estuvo a punto de caer de rodillas. Cientos de soldados gritando de dolor, tumbados en camas y colchones. En el suelo, charcos de negruzco vómito. El olor era insoportable, hasta el punto que muchos de los animistas y cuidadoras tenían que salir fuera, para no vomitar también. El rohir miró de nuevo a Tirandir, y le dio un vuelco el corazón. El cuerpo del dúnedain permanecía totalmente inmóvil sobre la cama, y su tez estaba muy pálida. Un viejo hombre lo atendía. Parecía ser muy sabio.

- "¿Está muerto?" – preguntó el joven guerrero, con palabras entrecortadas.

- "Señor, el Príncipe Imrahil le reclama a su presencia" – un guardia le tomó del hombro por detrás. El anciano animista le miró, pero no dijo nada.

- "¡He preguntado que si esta muerto! – repitió alterado Haryon.

- "Por favor... mantengamos la calma. No lo sé. Parece tener aliento, pero está totalmente inmóvil. Ahora no puedo decir nada" – contestó el sabio sanador – "Por favor, dejadme trabajar."

Haryon miró al anciano con expresión seria y disconforme, pero se dio media vuelta, y se dirigió donde le guió el guardia. Era una habitación independiente de las común, en las casas de curación. Allí, sobre una cama, yacía el Príncipe de Dol Amroth. Era increíble el buen aspecto que tenía. Su costado estaba totalmente vendado, pero su color era inmejorable. El rohir quedó sorprendido.

- "Salve, Jinete de La Marca. Grande ha sido vuestro valor en esta batalla, e importante vuestro concurso. Además os debo la vida. Os estoy muy agradecido" – habló el Señor de Lond Ernil.

- "Ha sido un honor luchar a vuestro lado, mi señor. No todo el mundo tiene el privilegio de empuñar su espada junto tan noble caballero. Pero me temo que la batalla no ha terminado, con vuestro permiso. Pues algún tipo de brujería extraña azota a muchos heridos" – contestó el joven eorlinga.

- "Lo sé. Es propio de esos miserables usar venenos en sus armas, para que los heridos se conviertan en muertos, una vez acabe la contienda. Pero hay esperanza. Aquí tenemos muy buenos animistas. Identificarán el veneno que es, y conseguirán el antídoto necesario. Por lo que me han comentado, parecen los síntomas de la Galenaana. Aunque están estudiándolo un poco más, pues están convencidos que ese veneno se suministra en la comida o en la bebida, no con las armas. Los síntomas para los hombres son vómitos, grandes dolores y la caída en un coma profundo, que puede durar entre una semana y tres meses. Los elfos mueren al cabo de medio día, entre grandes dolores" – informó el Príncipe.

En ese momento, el anciano que atendía a Tirandir entró en la estancia. Su rostro parecía muy preocupado.

- "Disculpadme mi señor" – dijo, haciendo una reverencia.

- "¿Qué ocurre, maestro Joral? – contestó el Príncipe.

- "Tenemos malas noticias. No estamos ante un caso de envenenamiento. Esto no puede producirlo un veneno" – informó el animista.

El Señor de Dol Amroth miró al anciano incrédulo – "Pero los sintamos son los de la Galenaana, ¿no es así?"

- "Sí. Pero han caído varias cuidadoras ya" – respondió Joral, con voz entrecortada.

- "Es contagioso..." – afirmó Haryon preocupado.

- "Sí" – contestó el animista – "Y parece ser que por el aire, con lo que la expansión puede ser rapidísima."

El Príncipe miró al anciano con gesto desencajado – "¿Y no sabemos que enfermedad puede ser?."

Joral tragó saliva. Las manos le temblaban, y estaba muy pálido. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió hablar.

- "Mi señor. Llevo muchos años a vuestro servicio, y he visto todo tipo de enfermedades. Y a todas les he encontrado solución, pues nada existe incurable. Pero estos síntomas no los había visto nunca" – el anciano tomó aire, mientras el Príncipe lo miraba incrédulo. El animista siguió hablando – "He consultado mis manuscritos, y después de mucho buscar, sólo puedo pensar en una posibilidad."

- "¿Y cual es esa posibilidad? ¿Qué estamos sufriendo, mi sabio amigo?" – preguntó el Príncipe.

El anciano levantó su cabeza lentamente, y fijó su vista en la del Caballero de Dol Amroth – "Mi señor. Creo que se trata de la Celume Morne"

La mirada de Imrahil se clavó en la de Joral, y su cara comenzó a palidecer. Haryon no entendía nada, pero leyó el miedo en el rostro del Príncipe, y él lo sintió también.

(Fragmento escrito por Hispano)