Quebrarlos, romperlos, sentir cómo intentan devolverle el golpe, le brinda una satisfacción que nada, ni nadie más puede, porque aquí, en este momento, puede hacer algo, no solo tiene que sentarse y ver o escuchar, la respuesta está en sus manos, en sus puños. Y con cada puñetazo que da, con cada patada, llega el alivio, pasajero, pero alivio al fin y al cabo, no tiene que pensar, no tiene que sentir, solo golpear. Aquí, puede contraatacar, devolver cada insulto, cada ofensa…, puede defenderse.
Pero cuando la adrenalina de la pelea pasa, cuando el escozor de las heridas desaparece, cuando la sangre, ajena y propia, ha sido lavada de su cuerpo y de sus manos, cuando cada una de las heridas ha sido limpiada y examinada cuidadosamente, cuando cada gasa y cada venda ha sido puesta casi a la perfección en cada lugar, se deja caer en la cama y se esconde entre las mantas, porque eso es lo que en realidad hace, esconderse del mundo, de sus acciones, mientras el vacío oscuro y desesperado de su existencia le alcanza, el temblor recorre su cuerpo, y no hay nada que pueda hacer para detener las garras heladas que amenazan con desgarrar su ser, tiembla y en su garganta muere prisionero el gemido animal que nunca vivió, mientras las furiosas lágrimas escuecen las heridas en su piel.
…
—¿Qué sucede contigo? —pregunta Sho al ver a Kyoko removerse inquieta, era desesperante de ver, pero era una bienvenida distracción a su sesión de estudio.
—No es nada —responde con esa sonrisa tan suya, mientras se masajea inadvertidamente la espalda.
Seguramente esa idiota alma gemela de ella estaba lloriqueando de nuevo, Kyoko cree que él no lo sabe, pero lo hace, nunca las ha visto, las flores de Kyoko, pero sabía de escuchar a su madre a escondidas, que las flores de Kyoko estaban en su espalda, y más veces que no la había visto masajearse zonas de la espalda cuando creía que nadie la veía. En la espalda, ya desearía él que las suyas estuvieran fuera de la vista y no en su brazo como un cuadro en exhibición, girasoles, ¿por qué tenían que ser girasoles? Pero al menos, su alma gemela, parecía no ser llorona, no como Kyoko o su susodicha alma gemela.
Kyoko quiere ver, de verdad que quiere ver lo que está segura es una nueva camelia en su piel, pero tan pronto como termina de estudiar con Sho, tiene que ayudar a la Okami con el servicio del comedor. Camina con gracia sirviendo en el comedor, pero no puede apartar sus pensamientos de las cada vez más presentes camelias en su piel, no, ya no solo eran blancas, tenía poco más de una docena de camelias rosadas abrazándole la cintura y subiendo por su espalda, la espalda donde entre las hojas de brillante verde se mezclan delicadas flores blancas, rosas y unas nuevas abrasantemente rojas.
…
Kyoko sonríe cortésmente a los comensales que aún se encuentran a esta hora en el comedor mientras avanza con la bandeja cuando sucede, el dolor insoportable, sobrecogedor, sus manos sueltan la bandeja, la porcelana estrellándose contra el piso, los contenidos dispersándose en derredor, pero Kyoko no oye, no ve, no siente la mano que sujeta intentando ayudarla a ponerse nuevamente en pie, no, Kyoko solo siente el dolor, la terrible quemazón en la espalda, puntos negros bailan en su visión, ¿está muriendo? No lo sabe, pero la oscuridad que finalmente la abraza, se lleva con ella la horrible quemazón, el agonizante dolor.
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—¿Está bien? —escucha a su padre preguntarle a su madre desde detrás de la puerta shoji.
—Lo estará, pero es…, impresionante —dice, no encontrando otra mejor palabra para describirlo—. Esa flor, ocupa prácticamente un cuarto entero de su espalda, y su piel está bastante inflamada. Anata, nunca había visto algo como esto, esta alma gemela de ella… ¿Por qué ella?
Sho aprieta los puños, ¿por qué Kyoko tenía que tener un alma gemela como aquella? Se suponía que las nuevas apariciones estuviesen acompañadas de ligeras molestias, no que fueran experiencias terribles que te hicieran perder el conocimiento. Acaso, ¿no había tenido ella suficiente con su madre?
Se escabulle en la habitación de Kyoko, no hay ningún movimiento, Kyoko sigue profundamente dormida, las sábanas cubriéndola de la cintura hacia abajo, dejando expuesta la mayor parte de su espalda, no puede evitar su fascinación al ver el intrincado diseño en su espalda, los colores. Pero allí en el lado izquierdo de su espalda, casi a la altura de la paleta, un paño cubre la piel, lo levanta cuidadosamente y aprieta los dientes al ver la inmensa flor roja refulgiendo sobre la lastimada piel, ¿por qué? Se pregunta antes de sumergir el paño en la vasija de agua que reposa cerca de la cama y volver a ponerlo sobre su piel, antes de salir silenciosamente de la habitación. ¿Por qué?
…
Los últimos rayos de sol se cuelan en la habitación y Kyoko todavía siente la incomodidad en la espalda, pero muy leve, casi inexistente. Sostiene a Corn, la piedra mágica que le ha dejado su príncipe de las hadas contra su pecho, Corn se la había dejado para que ella, la piedra, se llevara su tristeza, pero hoy no es su tristeza, ni su dolor el que quiere que Corn se lleve. No sabe si funcione, pero desea de todo corazón que lo haga, y le pide a Corn que la escuche, que obre su poderosa magia una vez más, pero no por ella, y tampoco por alguien que conozca, ella pide por esa otra persona en algún lugar del mundo, que sufre, por aquella cuyo sufrimiento ha sido tatuado en su piel, porque esa persona sin nombre y sin rostro necesita más la magia de Corn que lo que ella lo hace. Desprende a Corn de su pecho y lo levanta hacia los últimos haces de luz con la esperanza bailando en su pecho, por un breve momento su esperanza flaquea cuando el precioso azul no cambia, y justo cuando Kyoko cree que no ha funcionado, Corn brilla, brilla de ese precioso ámbar, ese del que brilla cuando se ha llevado todas las tristezas.
Abraza a Corn entre sus manos y lo lleva hacia su pecho.
—Gracias, Corn, gracias, sabía que no me fallarías.
…
Cierra los ojos y aprieta el vaso con fuerza en la mano, el hielo demasiado derretido a estas alturas para que la bebida siga siendo apetecible. Tenía que hacerlo, él tenía que hacerlo, no podía seguir viendo cómo se marchitaba, no había querido ver, no había querido oír, no había querido creer, si lo hubiese hecho, quizás, quizás…, pero de quizás está lleno el mundo. Deja con más fuerza de la necesaria el vaso en el escritorio y camina como animal enjaulado en la soledad de su estudio. Es su culpa, debió verlo, debió saberlo pero estaba demasiado ocupado.
Así que lo hizo, hizo aquella llamada pidiendo ayuda, la hizo cuando ella estaba lejos, aun sabiendo que iba a destrozar su corazón más allá de toda reparación, porque él, la persona que juro amarla más allá de todo, más allá del tiempo, él estaba permitiendo que robaran a su hijo, que lo llevaran lejos de ellos, y eso la destrozaría, pero tenía que hacerlo. Kuon se marchitaba poco más con cada día que pasaba, cada vez más y más lejos de su alcance. No habían hecho nada cuando podían, no podían hacer nada ahora que querían.
Siente la quemazón en la piel, la que no ha pasado en días, y duele en su corazón, duele más que los gritos ausentes, duele más que los reclamos inexistentes, duele más que el afilado silencio. Y su mundo parece derrumbarse completamente a sus pies porque en menos de setenta y dos horas ha perdido las dos partes del todo de su corazón. Y llora por primera y última vez. Él, él más que nadie, no tenía permitido llorar.
... ...
NA. Gracias a todos por sus bonitos reviews.
