Desvelo

Minato siempre había estado orgulloso de sus habilidades domésticas, pese a que durante la preparatoria se había ganado muchas burlas por ello. La camisa azul perfectamente planchada, con cuello y puños almidonados hacían sus ojos más celestes de lo que eran en realidad. El pantalón blanco ajustado en la cadera y holgado hacia las piernas le daba a su figura una línea estilizada, alta y atractiva. Aunque su elección de guardarropa no hacía mucho por competir contra trajes color naranja y camisas de flores que conformaban los atuendos de la mayoría, se destacaba sin ningún problema de los caquis, marrón y negro de su facultad. No le atraía la idea de uniformarse sobriamente como ellos, pero tampoco le iban los estampados, si bien eso no había impedido que se comprara una chaqueta blanca con flamas en los bordes.

Encontró su aula sin ningún problema y junto con varios alumnos empezó la búsqueda del lugar ideal para tomar dos horas de Historia de la Economía Nacional. El lugar perfecto estaba libre, no en la primera línea, ni tampoco hasta el final, dejó el cuaderno de notas sobre la mesa y se quitó la chaqueta.

Cualquiera que lo viera, estaría completamente seguro de que sentarse debía de ser para él, un ritual casi místico que iba en búsqueda de las opciones mas viables para pasar dos horas sentado sin arrugar la ropa. Para cuando finalmente lo consiguió, notó a su compañera de junto.

—Hola —dijo ella sonriendo.

Minato hizo el gesto de vuelta.

—Mi nombre es Nakahara Mikoto —se presentó.

— Namikaze Minato.

El silencio se hizo presente en cuanto entró el profesor. Su presentación quedó interrumpida ahí, pero para el joven rubio, que ya conocía a rasgos generales el tema que abordaba el hombre como introducción a su clase, su atención se había quedado en la joven por distintos motivos.

Primeramente, resultaba ser la única mujer en toda el aula. Las mujeres de su edad, que se interesaban en la universidad, eran pocas, tan solo de su preparatoria el número era un cero ridículo y la mayoría pensaba que era más importante empezar a buscar un esposo adecuado que ser profesional en lo que fuera. Él había recibido varias declaratorias en los últimos días de clases y su padrino había escrito los números telefónicos directamente sobre el anuario, guardándolo en la caja fuerte de su oficina "para cuando lo considerara oportuno", advirtiéndole que, si se tardaba demasiado, no quedaría ninguna chica.

En segunda instancia, su apellido activó su memoria y no tardó en caer en cuenta de que no era un apellido corriente y que ese era también el del Primer Ministro del País del Fuego, lo que indicaba que bien podría estar emparentada con él, y dado que provendría entonces de una familia con fuerte presencia política, seguramente sus aspiraciones de vida no iban encaminadas a buscar la seguridad económica y social a través del matrimonio, como consecuencia, sería una estudiante en serio, una mujer inteligente e independiente.

No por eso menos bonita, como tercer punto de su observación. Su largo cabello liso caía sobre su espalda, solo sujeto por una amplia diadema color azul ultramar con lunares blancos, de la misma tela de su vestido. Los zapatos tenían un tacón poco pronunciado, de color blanco igual que el cárdigan que descansaba sobre sus hombros, medias delgadas… y desvió la vista antes de que ella notara que la miraba y lo juzgara como pervertido. Que no lo era, pero vivir tantos años con Jiraiya volvía un poco difícil ignorar al género femenino.

Consiguió prestar atención al profesor y tras unos minutos, se sintió orgulloso de poder considerar que tenía notas del tema.

La clase terminó, él tomó sus cosas, tenía media hora libre antes de la siguiente, lo que le daba tiempo adecuado para inscribirse en las pruebas de atletismo.

—¿Y así acaba toda nuestra relación, Namikaze-san? —preguntó la chica con un dramático tono de ofensa.

—Lo siento tanto, no era mi intención ser mal conversador.

—Podrías compensarlo si me acompañas a mi siguiente clase.

—Bien, me alegra eso, no quisiera dejar a una chica ofendida —enseguida extendió su mano para ofrecerse a llevar su cuaderno también, pero ella lo pegó contra su pecho y negó con la cabeza. Ante eso, Minato solo pudo sonreír y apartarse para dejarla pasar.

—Pensaba usar este descanso para anotarme a las pruebas de atletismo, pero no tengo ni idea de dónde está el área deportiva.

Mikoto hizo una perfecta "o" con sus labios pintados de pálido rosa.

—Un deportista.

—Solo me gusta correr.

—Supongo que entonces yo debo ser quien te escolte, me parece bien. Por aquí.

Salieron del edificio para encontrarse con el mundo de alumnos que ocupaba las áreas verdes y los andadores en una explosión multicolor de conversaciones y risas.

—¡Minato-kun!

Minato se sobresaltó al escuchar el innecesario grito de Kizashi justo detrás de él.

—¿A qué hora te levantaste? No te vi salir.

—Muy… temprano —respondió girándose para saludarle.

—Ah, estás acompañado, mucho gusto soy Haruno Kizashi, soy compañero de habitación de Minato-kun.

—Encantada, soy Nakahara Mikoto.

Minato soltó una carcajada ante la expresión perpleja de la joven y no estaba seguro sobre si lo que la había impresionado era el pelo-estrella rosa de Kizashi o su camisa violeta con escarola, o los inmensos pantalones verde lima.

—Bien, los dejo, al menos ya confirmé que mi compañero de habitación no es un fantasma o algo así —y se alejó de ahí con una risa extraña que no hizo más que avergonzar a Minato, pero a Mikoto le causó gracia.

—Disculpa, no me rio de tu amigo, pero se ve que es divertido.

—Los es… supongo, al menos una parte de él.

—¿Y la otra?

—Da miedo.

La pista estaba poco más lejos de lo que había supuesto y completamente del otro lado al que había recorrido por la mañana. Y como el camino era largo, empezaron por hablar de sus horarios de clase que coincidía en varias horas, especialmente en la mañana. Después hablaron algo de sus respectivas preparatorias, algunos conocidos y el clima. Lo normal.

Había varios chicos haciendo fila frente a una modesta mesa que atendía un hombre alto, amplio de hombros, pero de complexión esbelta que estaba de pie. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, las facciones de su rostro eran rudas, pero lo más llamativo eran sus ojos color rojo.

—Las pruebas se realizarán el viernes para todas las disciplinas de atletismo: carreras, saltos, lanzamientos y marcha. Gimnasia y natación será el sábado, todas las artes marciales el domingo. Estén atentos a los horarios publicados en las pizarras de anuncios de los dormitorios y facultades.

—¿Cuándo serán las pruebas de soccer, entrenador Yūhi?

—Todos los deportes de equipo tendrán sus pruebas conforme lo decidan los capitanes —anunció el hombre —¡Y nadie va hacer prueba sin certificado médico! —agregó con más severidad al tiempo en que repartía los formatos de inscripción.

Minato alcanzó uno y buscó en el bolsillo de la camisa un bolígrafo para rellenar.

—No quiero parecer insensible a tu interés deportivo, pero tenemos solo seis minutos para llegar a la siguiente clase —susurró ella.

—¡¿Qué pasó con los otros veinte?!

Mikoto se encogió de hombros, Minato escribió más aprisa, entregó la hoja y había pensado en correr, pero no estaba del todo seguro sobre qué tan apropiado sería tomarla de la mano para arrastrarla consigo. Ella intentó algo parecido a correr, pero la etiqueta de la feminidad y sus zapatos no ayudaban en absoluto.

Llegaron casi quince minutos tarde, tan sigilosamente como pudieron entraron por la puerta posterior, deslizándose a algunos asientos vacíos del final.

—Oh no, estamos en problemas —dijo Mikoto en cuanto el regio rostro del profesor se clavó en ellos. No les dijo nada, continuó hablando y aunque paulatinamente dejó de mirarlos, el efecto que había causado era tan acusatorio, que los demás compañeros empezaron a girar para ver quién había sido el desafortunado.

Minato no pudo evitar el ruborizarse mientras que su compañera insistía en acomodarse el cabello que no estaba fuera de lugar.

—Es el decano Uchiha, no sabía que nos daría clase —susurró Mikoto.

Minato conocía el nombre y la reputación, y físicamente lo recordaba como el hombre al que le había preguntado por el supervisor de los dormitorios. Con eso se ruborizó más, había llegado tarde al registro de dormitorios y a su primera clase.

Para cuando terminó, empezando el ruido propio de la salida de todos los alumnos, los dos chicos pensaron en fugarse, dispersos entre la multitud, pero antes de que lo notaran, el Decano ya estaba junto a ellos.

Minato iba a decir "Tranquilo, solo fueron quince minutos", pero casi enseguida se quedó callado y agachó la cabeza.

—Señorita Nakahara, señor Namikaze. Si piensan que las cartas de recomendación en mi escritorio son para que su estadía sea más cómoda — dijo con un todo de voz bajo, casi lúgubre —… quiero para la siguiente clase, un ensayo sobre los factores que permitieron el crecimiento económico del País del Fuego, en los últimos diez años.

Ambos asintieron quedamente.

—Bueno… supongo que podemos vernos en la biblioteca más tarde ¿No? —preguntó Minato una vez que el hombre se hubo marchado.

—Supongo, mi última clase termina a las seis.

—Yo termino a las cuatro, así que nos veremos en la biblioteca entonces.

Minato tomo otras dos clases antes de terminar el día, aun así le quedaban dos horas libres antes de reunirse con Mikoto, así que tomó su auto y condujo hacia la pequeña ciudad para hacer unas compras y llamar a Jiraiya. Había cabinas telefónicas en el campus, pero en la euforia del primer día, todos llamaban a sus casas y no había podido tomar turno para usarlas.

—Hola viejo —dijo después de que la operadora tomara el pedido de conectar la llamada.

Estaba por tomar el auto e ir a la universidad para saber porqué mi muchacho no se había dignado en llamar —respondió el hombre al otro lado de la línea haciendo que el chico riera con ganas.

—No lo harías.

¿Por qué no?

—Veamos… ¿Quién está a tu lado? ¿Yurika? ¿Yumi? ¿Emi? ¿Las tres?

Fue turno del hombre para reír.

¿Qué tratas de decir?

—A menos que estés solo y aburrido vendrías, pero tú nunca estás solo, menos aún aburrido.

Eso es bueno, un hombre de mi edad debe dedicarse a disfrutar lo que le queda de vida. Saluden chicas.

¡Hola, Minato-kun!

Un coro de voces femeninas le saludaron y acabaron en risas.

—Hola, chicas. Solo quería decirte que estoy bien, ya me acomodé, mi compañero de cuarto me asusta, voy a hacer pruebas de atletismo y mi horario es terrible.

No irás a pedir una beca ¿Verdad? Deja eso para quien realmente lo necesite, yo puedo hacerme cargo de tus cuentas.

—Lo sé, y lo agradezco.

Bien, bien ¿Y las chicas?

—Hay una, pero no voy a hablar de ella contigo, aunque a propósito de eso, debo pasar a recogerla ¿Tú enviaste una carta de recomendación al Decano Uchiha?

No ¿Para qué? ¿Uchiha, dijiste?

—Sí ¿Te suena el nombre?

Los Uchiha son una plaga en la escuela de negocios, el que no entra ahí es como la vergüenza de la familia. Mantenlos cerca, aunque no los recomiendo como amigos.

—Debo irme, te llamo después, lo prometo.

Mi viejo trasero no se moverá de aquí.

—Te quiero, viejo.

Terminó la llamada y regresó al campus, Mikoto ya lo esperaba, y juntos fueron a la biblioteca central para hacer el ensayo, que en conjunto con las demás primeras tareas, les llevó más tiempo del que habían planeado, aunque quizás el interrumpirse para seguir conversando de cosas más triviales fue un factor determinante para demorarse.

—Te llevaré a tu dormitorio.

Mikoto asintió colocándose bien el cárdigan, pero apenas salieron, el frío de la madrugada la obligó a frotarse los brazos. Sin pensarlo dos veces, Minato se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros ante lo cual, la chica hizo un mohín.

La dejó justo en la puerta de su edificio y después él se dirigió al suyo, no muy lejos de ahí, miró su reloj de pulsera.

—Que extraño —susurró notando el vaho blanco que era su aliento.

Eran exactamente las tres de la mañana, el silencio era total, no había siquiera rastros de animales aún despiertos y el viento no soplaba dejando las hojas de los árboles inertes. Vio la entrada del edificio a un par de metros y frente a la puerta, una visión le obligó a apresurar el paso, reconocería ese cabello rojo en donde fuera. Miraba hacia arriba, a lo más alto del edificio y parecía no notar que él iba a su encuentro. Llevaba la misma ropa de la vez anterior y pese a no llevar abrigo alguno, parecía no sentir el frío.

—¡Oye! —la llamó, aunque no tenía nada particular para decir.

La chica no se sobresaltó, giró hacia él muy lentamente, con los ojos exageradamente abiertos y el rostro inexpresivo.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó él al no tener algo mejor que decir.

—¿Lo sientes? —susurró.

—¿El frío?

—El aliento de los muertos, ttebane.

Minato tragó saliva y se llevó una mano a la cabeza para revolver su propio cabello.

—La otra noche…

—Hace diez años un profesor saltó desde allá arriba cuando le dieron la noticia de que su hijo murió en combate. A veces lo ven en las escaleras, subiendo, y después pueden escucharlo gritar durante su caída, ttebane.

El joven rubio se aclaró la garganta, incómodo.

—… Yo… hace frío, deberías entrar, no conmigo quiero decir, bueno ¿Tu dormitorio está cerca? ¿Quieres que te acompañe?

Ella no respondió, giró sobre sus talones y se alejó despacio, Minato entró rápidamente al edificio sacudiendo la cabeza para quitarse de la mente sus palabras. Subió a toda prisa hasta su dormitorio, Kizashi estaba despierto, o lo despertó cuando entró porque le preguntó si estaba bien.

Pero no pudo responder.


Comentarios y aclaraciones:

¡Feliz aniversario Irresistiblemente Naranja!

¡Gracias por leer!