Capítulo 2
"Las Palabras Adecuadas"
Peridot se levantó sin ánimos, no volvió a dormir desde que se levantó en la madrugada. Le dolía la cabeza y le ardían los ojos por la falta del sueño. Miró un rato a Amatista, pero decidió que no iba a hablarle. Odiaba cuando decía esas cosas, era como si no le importara su opinión y solamente quisiera hacer lo que era más cómodo para ella.
Dio un gran suspiro y con todas sus fuerzas se paró y se dirigió a la ducha. Había estado toda la noche pensando en su madre y su hermana, no comprendía como aquellos días le parecían tan lejanos, solamente habían pasado 5 años desde que su progenitora murió, cinco años desde la última vez que vio a Lapis, pesar de que ya tenía más de 10 años sin verla por aquel entonces. Jamás supo porque se fue, ella le decía siempre que era feliz junto a ella, que mientras estuvieran juntas nada malo les iba a pasar. Todo eso eran sucias mentiras. Lapis la odiaba, se lo había dejado claro en el momento que se fue.
Sin embargo su madre siempre estuvo con ella, la apoyó cuando más la necesitaba y Peridot sentía que había hecho lo mismo cuando estuvo enferma. Siempre con aquella sonrisa en los labios, siempre tan calmada y con esos ojos tan grandes y tranquilos que la solían hacer sentir en casa a pesar de estar en una sala de hospital. Sí, su madre era la definición perfecta de cómo deberían ser todas las mamás del mundo.
Ya no tenía nada de eso. De un momento a otro se había quedado sola, no tenía a nadie. Tenía familia lejana por parte de la familia de su papá, pero jamás había convivido más de unos minutos con ninguno. Ni siquiera recordaba sus nombres, y aun así algunos seguían viniendo a los aniversarios de la muerte de su madre, aunque fuera solamente para saludarla, quedarse a la comida e irse. Al menos estaban ahí.
Peridot suspiró mientras la última gota de la regadera caía y tomaba su toalla, al salir sintió el abrazo paralizante del frío de invierno, calaba hasta los huesos a pesar de que se acababa de bañar con agua caliente. Se amarró la toalla y salió temblando del baño lo más rápido que le fue posible.
Mientras salía de la casa, Peridot pensaba en lo que le había dicho Amatista. ¿Tendría razón? ¿Aquello solamente era un capricho de ella? Lo cierto es que llevaba algo de razón en eso de que solamente lo hacía porque se lo dijo Lapis. Aún conservaba la esperanza de que llegara algún día, con su sonrisa de culpa, con una mano rascándose la nuca, pidiéndole perdón por llegar tarde mientras la abrazaba. Eran tontas fantasías de una parte de ella que esperaba que todo pudiera volver a ser como era antes. Esa parte estaba muriendo, la reemplazaba otra parte que se preguntaba si todo eso era necesario, si realmente quería verla de nuevo. Ya habían pasado 15 años desde el día que se fue.
Peridot recordó que el día del funeral solamente se presentó, le dijo algo como:
-Siempre recuerda a mamá.- y se fue.
Esa parte que crecía dentro de ella le gritaba que Lapis no merecía ninguna molestia por su parte, que debía odiarla por lo que le hizo creer, por ser una mentirosa. Esa parte de ella tenía razón.
Solamente que Peridot no podía odiarla, jamás iba a lograrlo. Se descubrió incapaz de sentir algo diferente a la felicidad cada vez que la recordaba. No podía apartar aquellos recuerdos de su infancia en los que reían, jugaban y se cuidaban la una a la otra.
Paró un momento sus recuerdos para cruzar la calle, vio de un lado para otro, luego dirigió su mirada hacia al frente. Un pequeño parque donde los ancianos se sentaban a dar comida a las palomas y por el cual debía pasar antes de llegar a la parada de autobuses. A esa hora normalmente no había nadie, en especial un domingo. Por eso a Peridot le pareció extraño ver que alguien a lo lejos se le quedaba viendo.
Camino un poco más, para distinguir a esa persona, no fue hasta que estuvo a unos metros de ella cuando la distinguió. Y de pronto todo se congeló. Las aves que cantaban se callaron, el viento gélido y susurrante de la mañana paró, Peridot hubiera jurado que el tiempo mismo se detuvo en aquel instante. Lo único que tenía vida en ese momento era su corazón, que palpitaba tan rápido que creyó que saldría disparado hacia ella, la persona frente a ella. Su hermana, Lapis.
-¿Lapis? ¿¡Qué haces aquí!?
De pronto, todo volvió a su lugar, por la calle pasó un automóvil, las aves cantaban igual de fuerte que siempre y el viento helado calaba igual. En ese momento a Lapis se le cayó el cigarrillo que sostenía.
-Ah -gritó, con la misma voz que recordaba de siempre.
Era ella, sin ninguna duda, había cambiado mucho, estaba más delgada, tenía ojeras en sus ojos y su cabello castaño estaba hecho un desastre, pero definitivamente era ella.
Peridot corrió para revisar el muslo donde cayó el cigarro.
Lapis no podía alejar la primera impresión, le parecía un momento demasiado perfecto como para merecerlo, era como un regalo del cielo dado por accidente a quien no debían. Ahí estaba, sentada a su lado, quería decirle miles de cosas, miles de motivos, miles de disculpas. Lo había planeado todo para el momento que la volviera a ver, cada palabra y cada gesto, sin embargo, en aquel momento se vio incapaz de decir nada, solamente se quedó ahí, sentada sin saber que hacer y aun así, sentía que eso era lo que debía de hacer. De pronto Peridot habló.
-Creí que jamás te volvería a ver -le dijo, mirando al frente, pero incluso desde su posición, Lapis pudo ver un atisbo de su sonrisa. Tan bella como la recordaba. -No puedo creer que en serio estés aquí -siguió.
Lapis no pudo responder.
-¿Me equivoqué con la fecha? ¿O tuviste algún inconveniente?
Cada palabra le dolía.
-S-sí, no pude conseguir que alguien me cubriera en el trabajo -mintió, se sintió miserable por ello.
-Ah, ya veo. ¿Y eso es lo que pasó también los últimos cuatro años?
El corazón de Lapis se paró, sintió que las piernas le temblaban y sus ojos amenazaban con inundarse en lágrimas.
-No es lo que crees.
-Creo que no querías verme.
-No es eso.
-¡Entonces qué! -estalló Peridot.
Lapis trataba de calmarse, no era así como imaginaba su reencuentro. Se suponía que en aquellos instantes le estaría contando lo que sucedió, sus penas, sus lamentos. Y sus deseos.
-No puedo decirte -murmuró, impotente.
-¿Por qué no puedes?, ¿es acaso que no te bastó con abandonarme?, también quieres que… que… ¿qué te odie?, por favor, dímelo -suplicó su hermana menor.
Cada palabra le dolía más y más, era como soportar mil puñaladas en el estómago, claro que quería decirle, le asqueaba la sola idea de que le dijera que la odiaba a la cara. Una cosa era que ella lo creyera, y otra muy diferente enfrentarse a los ojos de Peridot, diciéndole aquello.
Lapis tomó aire, e hizo aquello que en verdad quería hacer el día que la viera de nuevo. No tontas palabras cursis, ni explicaciones inútiles, ni siquiera quería decirle nada, solo se auto engañaba, lo que en verdad quería era…
Peridot estaba fuera de sí, la parte rencorosa crecía más y más a medida que Lapis se quedaba en silencio, cada segundo sin decirle nada hacía crecer su rencor ¿acaso no había una explicación? ¿Se fue solo porque quiso? ¿O porque no soportaba vivir con ella? Pues podría morirse, había estado más de 15 años sin ella, la mitad de su vida, no se comenzaría a quejar ahora, simplemente…
Y eso fue todo, el odio murió con un simple acto, un acto que la hizo llorar. No por enojo ni tristeza, ni siquiera por felicidad, era nostalgia, melancolía, era recordar sus años con ella. Hacía mucho que no recordaba aquello.
Hacía mucho que no la besaba.
