La Colina Puño no era ni de lejos el lugar más alto, atemorizante o peligroso de la región; pero para los habitantes del Valle Pacífico, acudir a un lugar donde los pokémon se entendían mejor a golpes y patadas no era una opción a considerar. Buneary tenía un poco más de conocimiento de la zona por lo que otros viajeros le habían contado durante sus travesías: el lugar se había convertido en un territorio de entrenamiento para los tipo lucha y en su cima se encontraba custodiado un tesoro muy valioso para sus habitantes. Por lo tanto, había que tener bastantes agallas para irse a meter a un lugar así; idea que la tenía fascinada.
—No importa si el tesoro vale mucho o poco en el mercado negro —comentaba la coneja—, éste es mucho más valioso si es difícil de conseguir, o al menos así lo veo yo —para Ralts seguía siendo un concepto difícil de asimilar… ¡Qué necesidad de complicarse la vida!
Una vez hallaron la entrada, Buneary se aseguró de que su nueva compañera recordara lo más elemental que le había explicado sobre los territorios de exploración: Cada lugar tiene un determinado número de pisos y que a medida que se subía (o bajaba en algunos casos) los pokémon que aparecían eran más fuertes, por lo que era muy importante que bajo ninguna circunstancia se separaran.
—¿Todo listo?
—No estoy segura, ¿no existe alguna especie de mapa?
—¡Por supuesto que no! —Contestó con tonalidad alegre, cosa que sólo hizo deprimir a Ralts—. Además, si existieran sería mucho más simple y cualquier pokémon podría aventurarse y llevarse el tesoro.
Verla tan confiada y alegre por el reto que les esperaba le infundía la suficiente seguridad como para llegar a pensar que no sería más difícil que ir al mercado a comprar víveres, que era como la cosa más emocionante que solía hacer.
Aunque esa confianza sólo le duró al escuchar un rugido proveniente de la entrada.
—Creo que primero deberíamos hacer un buen plan. Sí, eso. No podemos actuar sin pensar —dijo intentando aparentar ser astuta y no cobarde.
—Ralts, no creo que haber acompañado a un perfecto desconocido a un lugar solitario haya sido una buena idea, para empezar.
Aludida por la pedrada, fue la psíquica quien tomó la mano de su compañera para adentrarse casi corriendo a la colina.
El interior no era tan oscuro como ellas se imaginaban. Existían antorchas a lo largo de un angosto pasillo, aunque quedaba claro que el camino continuaba más adelante. Caminaron pie con pie hasta toparse con la primera intersección; hacia la derecha se veía una sala amplia y a la izquierda era complicado deducir a dónde llevaba. Tomaron la opción que se veía más segura y pronto llegaron a una sala con varias marcas en el piso; tan rápido dedujeron que debía tratarse de una zona de entrenamiento, pusieron a trabajar sus patitas para alejarse de ahí. El problema estuvo en que, al doblar en el siguiente pasillo, se encontraron de cara a un Machop… uno con muchas ganas de estrenar saco de boxeo.
Por instinto, Ralts dio un paso hacia atrás, lo que permitió que Buneary pudiese esquivar el puñetazo de un salto. Aprovechando el momento, usó 'encanto' para evitar que alguno de los golpes fuese a resultar fulminante para cualquiera de las dos. Con gracia y estilo, Buneary dio un nuevo salto acrobático para quedar detrás de Ralts, la maniobra dejó tan impresionado al rival que por unos escasos segundos se quedó perplejo, mismos segundos que aprovechó para motivar a su compañera a usar sus poderes psíquicos.
Segura de que podría con la tarea, Ralts se concentró y extendió su brazo para intentar canalizar mejor su ataque. Suspiró.
Y en un abrir y cerrar de ojos… ¡Desapareció del pasillo!
—Genial, qué buen momento para descubrir que la chica se podía teletransportar… —Para "mejorar" su suerte, de reojo pudo ver cómo otro Machop iba llegando de refuerzo—. Lo siento chicos, no soy de las que se involucra con dos al mismo tiempo— se jactó con coquetería antes de echarse a correr en sentido contrario.
No sabía a ciencia cierta qué había pasado, juraba que lo había hecho igual que en esa ocasión pero el efecto resultante fue completamente diferente. Y estaba completamente aterrada. No sabía en dónde se encontraba, si era un lugar completamente nuevo o si ya había pasado por ahí, tampoco ayudaba que la textura de piedra de las paredes era prácticamente la misma a lo largo del pasillo y en la sala por la que habían pasado. Intentó mantener la calma aunque el corazón estaba a punto de salírsele por la boca y miró al su alrededor con más atención. Notó que a su extremo derecho se encontraban unas escaleras y recordó que era lo que estaban buscando, pero ¿de qué le servía si su compañera no estaba? Si salía a buscarla seguramente no recordaría como regresar a esa sala. Mientras se mortificaba, vio cómo un pokémon esférico de grandes brazos se acercaba a ella:
—¡Eh, tú! ¿Eres nuevo? Seguro que eres de esos que piensa que por ser un tipo roca no tengo la más mínima oportunidad —Ralts intentó excusarse pero fue interrumpida antes de poder pronunciar un par de sílabas—. Pues bien, ¡prepárate! —Y dicho esto, le soltó un buen puñetazo al rostro. Al ver que el curioso pokémon sólo lloraba a la par que se tallaba los ojos, Geodude decidió ir a la sala de a lado confiado en que el entrenamiento lo había hecho más poderoso.
Al escuchar lo que supuso era un llanto, Buneary dobló justo por donde no pensaba pasar y encontró a Ralts afligida y con el rostro enrojecido.
—¡Ralts! ¿Estas…?
—¡No, no estoy bien! —Interrumpió—. ¡No sirvo para la aventura o para pelear, sólo quiero irme a casa!
Después de volverse a tallar, Ralts pudo contener las lágrimas y observó bien a su compañera: toda la felpa de su cuerpo se encontraba sucia y tenía marcas en las orejas; ciertamente a ella le había ido peor y, sin embargo, no se mostraba atemorizada ni enojada a causa de su petición.
—Descuida, no hay ningún tesoro que valga más que la vida de un compañero. Te llevaré a casa. Pero antes, comamos una baya.
Tras recuperar energías, Buneary lideró el pequeño equipo confiando en que la persecución anterior le había dado una idea general de la zona y no les tomaría demasiado encontrar la salida. Ralts no dejaba de pensar que, pese a ser un pokémon algo alocado, Buneary era alguien de buen corazón que se preocupaba por los demás, igual que cualquiera en la aldea. Entonces comenzó a pensar que quizá su miedo la estaba volviendo alguien egoísta; diciéndose que de haber sido inversos los papeles, ella no hubiese tenido el espíritu para salvarla de las garras de aquel rufián.
—Buneary, dime… ¿tú sabes por qué hace un rato desaparecí?
—No tengo ni idea —contestó de nueva cuenta en tono completamente despreocupado—, pero creo que esa pregunta sólo la puedes contestar tú. ¿Hiciste algo diferente?
Ralts lo pensó una y otra vez y, recordando aquel sentimiento de culpa y deuda, obtuvo la respuesta. Pidió a Buneary amablemente que se detuviesen.
—Yo… sinceramente tenía miedo. Después de que Sneasel me atacó sentí… sentí que lo que él había hecho no estaba bien. Temí que si se acercaba a la aldea pudiera lastimar a alguien más… y quise detenerlo. Pero cuando vi a ese pokémon musculoso preparando su puño… temí que me hiciese daño y quise huir.
—Eso suena sensato. Mi madre siempre decía algo como: "Linda, cuando las cosas se pongan feas lo mejor es que hagas como que tienes 'pies rápidos' y huye… y si se ponen más feas… ¡Déjalos noqueados con una 'patada salto' en la cara!" —¿¡Qué clase de educación le habían dado a esa chica!? Bueno, de todos modos creyó entender el mensaje de aquella… ¿moraleja?
Cuando Buneary insistió en continuar por el riesgo que implicaba quedarse en el mismo sitio mucho tiempo, Ralts tomó nuevamente una decisión: seguir adelante. La coneja estaba bastante contenta con el cambio de idea pero aun así preguntó el motivo.
—Si regreso ahora, volveré a mi tranquila vida de siempre: hacer las compras de la semana, tomar el té con la señorita Cherubi, apoyar a los Pidgey cantores del colegio de Blissey, hacer mi declaración de impuestos a final de año… —¿¡Eh!? ¡Pero si hacía eso sólo podía significar que ella era una adul…! ¿¡Cuántos años tenía realmente!? Se preguntó la tipo normal—. No es que realmente me moleste vivir así, seguro que tú lo encuentras aburrido —ver secar barro de Muk sonaba más divertido, de hecho— pero… si alguien más interrumpe esa tranquilidad nuevamente… nadie podrá hacer nada y sólo habrá desdicha. Por eso… ¡Por eso he decidido que seré fuerte y valiente como tú para proteger la aldea de pokémon como Sneasel!
De no haber sido por la revelación de sus responsabilidades adultas, hubiese saltado de la emoción al escuchar un discurso tan motivacional.
—¡Genial! ¡Tú puedes quedarte con las lecciones valiosas y yo con los tesoros! —Por un instante sintió una mirada más mortífera que un 'vaho gélido'—. ¡Era broma! ¡Ja, ja!
Ya que no habían avanzado demasiado, regresaron con facilidad a la sala de las escaleras a donde nuevamente se encontraba Geodude presumiéndole a un Rattata lo fuerte que se había vuelto y de cómo había dejado llorando a "un pokémon bien rarito". Ralts sintió algo desde el interior de su tripita y estaba segura que no era hambre; volvió a extender su brazo y esta vez una onda de choque invisible salió disparada hacia la piedra flotante, haciendo que ésta se estrellara de lleno contra la pared.
Subieron por las escaleras antes de que el alboroto llamara a más pokémon.
El piso superior no era demasiado diferente al anterior, solo que la cámara parecía ser mucho más grande y que en ella había más Machop dándose puñetazos entre sí.
—Chicos, creo que necesitan un poco de ánimo para seguir entrenando —dicho esto, Buneary soltó una serie de besitos que redujeron la posibilidad de recibir golpes letales y cuando estuvieron más cerca, Ralts se sintió un poco más segura y pudo atacar sin mayor problema, dejándolos tirados en el piso.
Avanzaron por otro estrecho pasillo a la derecha y pronto llegaron a otra sala de entrenamiento.
—¡Al piso y quiero diez!
Aquella orden había sido dada por un pokémon que Ralts nunca había visto, Buneary tampoco pero por su apariencia robusta y esos enormes puños que tenía por manos dedujo que podía ser peligroso. Quienes le obedecían eran tres pokémon redondos y peluditos con una cola prensil que no dejaban de sudar haciendo que el cuarto apestara. Mientras las chicas tapaban su nariz (o donde Ralts debería tenerla) el entrenador notó su presencia.
—Nunca los había visto por aquí. Extraño, tienen pinta de debiluchos, pero si pudieron subir por las escaleras quiere decir que han escalado de rango —no tenían ni idea de qué estaba hablando—. ¡Pero no dejen que esos humos se les suban a la cabeza, les faltan años de entrenamiento para poder estar al nivel del señor. ¡Así que denme veinte abdominales!
Antes de poder aclarar con palabras lo que seguramente no podrían hacer por la fuerza, fueron rodeadas por otros Machop listos para castigar a los desobedientes. No quedaba de otra.
—¡Buah, esto es indignante! ¡Una delicada dama como yo no debería estar haciendo esto!— Buneary no tenía nada de delicada… ni de dama, pensó Ralts. Pero ella tampoco tenía condición física como para no quejarse.
A regañadientes y después de que Ralts estuviese a punto de desmayarse como tres veces, Makuhita dio por finalizada la sesión, amenazando que al día siguiente sería más estricto con los tiempos. Las chicas quedaron completamente molidas en el piso sin siquiera haberse enfrentado en batalla; una vez que el resto se retiró, como pudieron comieron otra baya y, al sentirse mejor, avanzaron por otro pequeño pasillo llegando a un cuarto mucho más pequeño al que Ralts denominó "área de guardado" y Buneary "sala de objetos gratis". Tras un moralino discurso de por qué robar estaba mal, la coneja echó una última mirada melancólica a esa semilla cura antes de subir por las escaleras que ahí mismo se encontraban.
El nuevo piso era ligeramente diferente, las antorchas se encontraban mucho más diseminadas dificultando la visión, a duras penas podían ver el rostro de preocupación de la otra y sería difícil saber de dónde podía provenir un ataque.
—Debemos estar cerca de la cima, a lo mejor y es el último piso, el más difícil siempre. Puede que ahora mismo salga un temible Onix y nos devore —al voltear, notó a Ralts mucho más pálida de lo usual, lo cual ya era mucho decir—. Eh… o quizás sólo haya Zubat, ¡siempre hay Zubat en las cuevas!
Entonces escucharon un sonido similar al de antes de entrar a la cueva y un estruendo que hizo vibrar el lugar. No tuvieron el valor para mirar detrás pero estaban seguras que, fuese lo que fuese, se encontraba a sus espaldas.
—Ra-Ralts… n-no… no estás aterrada… ¿v-verdad?
Volteó por un instante y al ver esa extraña aura blanquecina a su alrededor, dedujo que estaba en pánico y que volvería a teletransportarse por accidente. Si eso pasaba, seguro que ella también desaparecía… ¡pero de la faz de la tierra!
—¡Corre!
Buneary la sujetó y echó a correr. Para su fortuna, aquel lugar parecía un pasillo recto conectado por pequeñas cámaras, o eso imaginó por la cantidad de Zubat que parecían salir de la nada para estrellarse de cara con ellas. Continuaron su marcha a la par que el pasillo vibraba y cuando sintieron el piso moverse dieron un tremendo salto. Al abrir los ojos, notaron una luz.
—¿Ya nos morimos? ¡Ah, qué horror! ¡Tan sólo de pensar en todos los lugares que nunca visité ni todos los tesoros que nunca tendré! —Y se puso a llorar a lágrima tendida.
—Buneary… ¡Buneary! Creo… que era la salida.
