Aquí otro capítulo de esta historia que parece que está gustando tanto. En fin, seguid así con los comentarios y los seguidores de la historia y los favoritos, y no os cortéis en recomendarla XD.

P.D: ¿Alguien interesado en hacer un video para youtube como si fuera un trailer?


Se despertó con un hambre mortal, y cuando finalmente abrió los ojos, vio una cabecita morena con la cara escondida en el hueco de su cuello. Emma supo que eso era lo que quería para el resto de su vida. Cuando además vio el chupetón, grande como el solo en el bronceado cuello, no pudo esconder la satisfacción y sonrió hasta que le dolió la cara. Pero su felicidad se desvaneció cuando oyó como desde fuera, la madre de Regina preguntaba si podía entrar.

― Joder ―pronunció la rubia, saliendo de la cama, bajando por la ventana, tal y como había subido la noche anterior. Con su pijama de flores azules y sus pantuflas de conejitos asesinos, y por supuesto, su cabello transformado en un nido de pájaros, volvió a casa sin darse cuenta de que se había dejado las puñeteras llaves en la mesilla de Regina. ― Su puta madre ―exclamó, volviendo la parte trasera del jardín, mirando para arriba, viendo a la señora French desaparecer del escenario. Subió sin pensar en que quizás… se encontrara a la chica desnudándose.

Un pequeño chillido se escapó de los labios de la más bajita mientras buscaba como loca la parte de arriba del pijama para taparse. Una baba cayó de los labios de Emma para chocar contra el impoluto suelo del dormitorio.

― Toma, tus llaves ―dijo Regina, dándole torpe las llaves, roja de vergüenza. Aunque tenía de reconocerlo, había sentido la misma chispa que ayer cuando había visto aquellos ojos verdes fijos en sus… bueno, eso. Su… ¿amiga? partió hacia su casa y ella se arregló y bajó a desayunar.

― Buenas, enana ―saludó su "simpática" hermana. La verdad era que solían buscarse las cosquillas mutuamente, pero cuando era necesario, ahí estaban la una para la otra.

― Hola, bruja mala ―replicó mientras tomaba asiento.

― Y tú Reina Malvada.

― Eso sólo es un personaje, Zellie, ya sabes que me amas.

― Sí, como la trucha al mero ―dijo sarcástica la pelirroja.

― Hay que comprar un espejo nuevo ―dijo Bella al mismo tiempo que su marido servía el desayuno.

― Tendrá que ser mañana, hoy estamos toda la familia ocupados ―respondió Rupert, sirviendo a su hija mayor.

― ¿Ocupados? Yo he quedado con mi novio, no sé si lo recordáis ―comentó Zelena.

― Tú te dejas al malandrín ese y te vienes con tu maravillosa y perfectísima familia a conocer a la novia de tu hermano, que ha venido a la ciudad con ella ―el hombre no apoyaba la relación de su hija y aquel muchacho. Se preocupaba por ella. Robert Locksley era un joven problemático, dos años mayor que ella, un ladrón, un peleón y un poco borracho. De verdad que no sabía que veía su pequeña naranja en ese personajillo de tres al cuarto. Y encima todos lo llamaban Robin, como si fuera un personaje de cuento. Patético.

― ¿Neal está ya en el pueblo? ―preguntó con un brillo especial en los ojos la menor de la familia. Su hermano Neal había sido siempre su protector. Desde el primer momento en que pisó el pueblo, la protegió tanto a su hermana como a ella, y en muy pocos meses, olvidaron ambas por completo que habían pasado toda su vida, la de las dos, sin poder estar junto a su hermano mayor. Fue un apoyo impresionante y las dos zagalas querían ser como él, aunque sin salir tanto de fiesta, eso era algo que volvía loco a Rupert.

― Está en el piso de encima de la tienda ―dijo su padre.

― Te cojo el coche ―gritó Zelena mientras salía corriendo en dirección al Mercedes de su padre.

― Hey, ni se te ocurra ―gritó Gold enfurecido. ― Zelena Evangeline Gold French, aléjate de mi precioso coche o no verás la luz del sol en… ―pero las hermanas Gold ya se habían ido a la búsqueda de su hermano.

Llegaron en un par de minutos a la tienda del padre, y se encaminaron al apartamento del universitario. Tocaron el timbre y esperaron pacientes hasta que la puerta se abrió, revelando la imagen de un Neal bastante ojeroso y manchado de chocolate.

― El monstruo del cacao ha vuelto ―anunció Regina, lanzándose a los brazos de su hermano.

― Manzanita -―replicó él alegremente, estrechándola contra sus brazos.

― Naranjita ―exclamó abrazando posteriormente a su hermana menos menor. Las invitó a pasar, pidiendo perdón de antemano por el desorden, pues acababa de llegar y aún tenía que estudiar, pues le quedaba el último curso.

― ¿Qué tal les ha ido la vida a las más guapas del barrio? ―inquirió despreocupado.

― Yo sigo con Rob, iremos a la misma universidad. Regina sigue soltera ―dijo Zelena guiñándole un ojo a su hermano.

― Bonita, que yo tengo muchos pretendientes ―fingió haber sido ofendida.

― Gina, cariño, son actores. No te aman incondicionalmente, ―su tono era una falsa dramatización muy cómica que acompañó con unos exagerados movimientos― están interpretando un personaje.

La chica se llevó un cojinazo por parte de su hermana y la sala se inundó de risas.

― Que raro que no te haya salido novio con el cambio que has pegado ―reflexionó Neal.

― Eso es porque yo ahuyento a los mozos ―confesó Zelena.

― Eres una acaparadora. Ya tienes novio, deja algo para las demás ― dijo Regina con una sonrisa. Era cierto, desde que hacía sólo unas semanas comenzó el curso escolar, cada vez que algún chulito se acercaba a ella intentando ligársela, la bruja mala aparecía y los espantaba. Se había ganado a pecho su apodo, y Zelena no podía estar más orgullosa, porque, vale que era cruel con ellos, pero su hermana era lo principal.

El teléfono de Zelena vibró, indicando un mensaje entrante, y al leerlo, sonrió como una idiota. Se despidió escueta de sus hermanos y partió al encuentro con su novio.

Neal decidió arreglarse e irse a tomarse un café con su hermano, sin importar que ya hubieran desayunado.

Se acercaron al Frozen y se sentaron en una mesa del fondo. Desde allí, Regina podía ver a Emma atender junto a sus amigas, que habían decidido ayudarla. Esa era la cafetería de la madre de Emma, y la morena no pudo evitar fijar sus ojos en Emma. Emma con camiseta ajustada. Emma con shorts. Emma y sus músculos. Emma y su moño rubio. En definitiva, y por si no había quedado claro, Emma; Emma Swan por todos lados.

Pero, para la, ese día, jefa del local, tampoco había pasado desapercibida la hija del dueño de medio pueblo, incluida su cafetería. Estaba preciosa con aquel vestido de flores y su cabello al viento. Pudo ver, cuando la chica se retiró un mechón y lo escondió tras la oreja, todas las perforaciones con pendientes y aros. Recordó en ese momento haber visto también el día anterior, cuando la vio desnuda, y ese misma mañana, un pendiente en el ombligo con forma de atrapa sueños. Aunque Emma estaba celosa. No sabía quién era el muchacho moreno que estaba enfrente de ella. No podía verle la cara, y no sabía si realmente quería. ¿Quién era, su novio o qué? Cogió su teléfono y pensó en mensajear a la joven, pero se contuvo cuando Ariel le dijo que los gofres de la mesa cinco estaban listos. Ya hablaría con ella después y le dejaría claro quién mandaba en esa relación, o lo que fuera que tuvieran.

― Bueno, entonces… ¿nadie especial? ¿En serio, Ginny?

― Punto número uno: que me llames Gina o Reggie tiene pase, pero Ginny ya no ―advirtió la morena con el dedo apuntando a Neal. ―Punto número dos: No, por enésima vez, no hay nadie.

El más mayor sostuvo su mirada chocolate, igual que la de su hermana, a la susodicha, y sentenció: ―Mientes.

Regina se dio por vencida. Vale, no podía ocultarle nada su hermano, eso estaba claro.

― De acuerdo, a lo mejor, y sólo a lo mejor, hay alguien, pero no te lo puedo decir. Sólo puedo decirte que… creo que es correspondido y… es lo mejor que me podría haber pasado ―confesó emocionada. Sí, ella era lo mejor que le podría haber pasado. Pero, como se suele decir: la alegría dura poco en la casa del pobre.

Terminaron su conversación y se marcharon a la mansión, a preparar las cosas para cuando Neal fuera a por Tamara y la llevara a casa a comer.

Emma los vio marcharse, el brazo del chico en la cintura de su chica. Se sentía traicionada, estúpida, engañada, celosa, furiosa y con sed de venganza. Nadie que jugara con Emma salía bien parado, y por mucho que la quisiera, ella no sería la excepción.

La comida estaba lista, el timbre sonó. Bella abrió la puerta y vio a su hijo junto a la que supuso que sería su novia, debido mayormente a que están cogidos de la mano.

― Bienvenidos ―dijo apartándose de la puerta.

― Encantada de conocerla, señora French ―dijo Tamara, acercándose para darle dos besos.

― Llámame Bella mejor, no soy tan vieja.

― Hola, mamá ―dijo Neal abrazándola hasta que la dejó sin poder respirar apenas. ―Huele rico ―añadió, olfateando cual sabueso, caminando ciegamente hacia la cocina, donde encontró a su padre poniendo la mesa.

― Hola, hijo ―el padre del novio se acercó hasta su hijo y lo abrazó. Había sido una eternidad separados.

― Hola, pelo pantene ―saludó haciendo que todos rieran.

― Tamara, este es mi padre, Rupert Gold, y esas dos histéricas neuróticas que se están peleando por vete tú a saber qué, son mis hermanas. La morena es Regina, la que compone; la pelirroja es Zelena, la que no hace nada excepto morrear a su novio ―aclaró.

― Te he oído, capullito de alhelí ―informó la aludida, tirando de una tela que su hermana quería para ella.

―Bueno, la comida ya está esperando para ser comida, ¿me acompañáis al salón? ―esa fue Bella intentando poner paz.

Todos comenzaron a comer hasta que Rupert comenzó con el interrogatorio a su nuera.

― Bueno, Tamara, me ha dicho Neal que estudias Derecho.

― Sí, es mi último año. Trabajaré en el bufete de mi padre con mi hermana Andrea y bueno, pues veremos cómo van las cosas.

― ¿Cómo os conocisteis?

― Vaya, eso es un poco embarazoso.

― Cuéntalo ―intervino Zelena.

― Bruja ―siseó Neal a su hermana.

― Iba un poquito distraído por la acera, yo iba con un café… en resumidas cuentas, chocamos, su móvil se hizo añicos y yo tengo una blusa menos.

La comida se alargó en cena, y al día siguiente, los mismos planes se repitieron.

En cuanto a Emma, había pasado aquel fin de semana sola, con su madre y su hermana fuera, ocultando sus más oscuros deseos. No quería pensar en hacerle eso, no después de lo que sabía; pero, cuanto más intentaba alejar aquello, más fuerte venía cada escena que su mente imaginaba. Y de verdad que no quería, pero era un cóctel explosivo mezclar los celos y la rabia con el deseo sexual. Aquella noche volvió a mirar a través de la venta, su corazón volvió a acelerarse. No tenía ni puñetera idea de qué iba a pasar, pero sí que tenía algo claro: la necesitaba. No importaba quién fuera ese chico, iba a ser suya, costara lo que costase. ¿Con quién había dormido la noche anterior? Con ella. Porque ella la amaba. Oh, sí, la amaba. Y aunque fuera un amor tóxico que envenenaba cada fibra de su ser, era amor. La manera en la que su sonrisa iluminaba su corazón, eso era amor.

Emma sabía que no era algo estable tener esos sentimientos, ser tan desconfiada, pero no lo podía evitar. Antes de que Ingrid apareciera en su vida, Emma era una huérfana más, sola y asustada. La propiedad era algo importante para ella. Y esa chica era suya. Ella la vio primero, y babeaba, literalmente, por ella, desde que tenía catorce años, y actualmente tenía diecisiete, así que… eran tres años de amor, fuera correspondido o no.

Regina notó que su vecina, Emma, tenía algo en los ojos y la estaba mirando. ¿La estaba espiando? Otra vez la misma chispa. El mismo sentimiento, la misma electricidad. Le gustaba que la mirara. Que sólo ella la mirara.

Se comenzó a desnudar lenta y sensualmente y se tomó su tiempo para buscar el camisón y ponérselo. Sonreía y miraba fijamente por la ventana, le encantaba. Ahora estaba muchísimo más satisfecha con su cuerpo que antes, y sabía que no era un top model, pero tampoco estaba tan mal. La manera en que la rubia observaba cada uno de sus movimientos la hacía sentir como una obra de arte, como si fuera la mujer más hermosa del mundo. Quería que la animadora la mirara así toda su vida, y ya de paso, si babeaba no opondría resistencia. Sintió unas ganas enormes de reírse al recordar la escena de la mañana del sábado, cuando su boca se convirtió en un lago de babas, y sólo se había quitado la parte de arriba.

Finalmente, se metió a la cama y apagó la luz, no sin antes mandarle un beso a través de la ventana. Esa noche, ya no hubo pesadillas, sólo sueños que distaban mucho del amor inocente.

A la mañana siguiente ya era Lunes, de nuevo. Emma se despertó con los delgaditos brazos de su hermana alrededor suyo. ¿Cuándo habían vuelto? Daba igual, Anna estaba allí, sana y salva. Esa pequeña castaña era de las pocas personas que podían llenar el inexplicable vacío que sentía. Tenía a Elsa, a Ingrid y a Anna, y a sus amigas, como Ruby, Ariel o Ashley. Pero a pesar de eso, sentía que algo no marchaba bien. Las pesadillas eran algo recurrente en sus noches, y era consciente de que su vida no la llenaba. Ella no quería tener el mismo destino que su madre, ella quería llegar a más. Ella no quería contemplar el arte, ella quería hacer arte. El miedo constante a que su pequeña no despertara una mañana era horrible, y temor a no ser lo suficientemente buena era abrumador. Ya era popular y una de las mejores alumnas de todo el instituto, pero estaba cansada de aquello. Fue bonito mientras duró, pero tener a un montón de niña detrás de ella como perritos falderos ya no era guay. Era aburrido. Ella quería destacar por su cabeza, no por su uniforme deportivo. Tenía más facilidades que el resto sólo por eso y era injusto. Se había convertido en algo que siempre había odiado.

Se arregló rápida y se fue corriendo hacia su escarabajo amarillo. Llegó puntual, pero no entró a clase. Ahí estaba Regina saliendo de un choche desconocido. Emma observó al conductor, el muchacho del otro día. Su sangre comenzó a hervir y sus puños eran ahora dos bolas pálidas. Alguien iba a pagar.

Antes de que la morena pudiera entrar a su primera clase, Emma la arrastró hasta los baños y la encerró en un cubículo. La obligó a sentarse en una taza y la besó sin previo aviso. Ni siquiera dejó que se quitara la mochila. Regina sintió el sabor metálico de la sangre, de su propia sangre, mas Emma no dejaba de besarla. La besaba para recalcar que era suya, suya y de nadie más. La joven no comprendía que estaba sucediendo, que había pasado con la dulce y cariñosa Emma de hacía tan solo dos días, en la oscuridad de su dormitorio. Se había transformado en algo que la asustaba y excitaba a partes iguales. No pudo evitar gemir cuando su ropa interior desapareció sin ceremonias. Sintió las cálidas manos de su compañera en su entrepierna y tuvo que clavar sus uñas en la espalda ajena, así como tuvo que morderse el labio aún más fuerte de lo que ya había mordido Emma. Necesitaba contener aquel grito. La entrada fue brusca, agresiva, violenta. Ligeramente dolorosa. Sostuvo las lágrimas en cuanto empezó a recordar aquellas traumáticas noches. La chica dijo algo, ella no escuchó. Una parte irracional hizo caso, alternándose entre el placer de la situación y el sufrimiento del pasado. Se corrió y sintió la cabeza de la que fue su enemiga entre sus piernas limpiándola. Temblaba como una hoja, quería golpearla.

― Ahora eres definitivamente de mi propiedad ―siseó, guardándose su ropa interior en la mochila. ― Si quieres recuperarlas―condicionó, ― ya sabes dónde encontrarme ―finalizó con una mirada lasciva.

La estudiante le dio un puñetazo cargado de indignación y rabia que hizo a Emma tambalearse y tener que apoyarse en una pared del cubículo. Regina la miró con una mirada más oscura que la noche más macabra, y con una voz gutural y un veneno mortal, dijo: ―hazle un favor al mundo y muérete. Salió de allí con paso firme, dispuesta a hacer lo que fuera necesario para librarse de esa inestable relación.

― ¡Puede que tengas novio, pero eres mía, puta! ―gritó furibunda Emma, y Regina se giró y la alcanzó con grandes zancadas, poniéndola contra la pared, agarrándola del cuello. Ahora lo comprendía todo.

― No es mi novio, zorra asquerosa, es mi hermano ―respondió con fría calma impropia de una persona tan pasional como ella. ― Y tú no eres nada excepto una bastarda que ojalá no hubiera nacido―añadió apretando sus finas manos contra el cuello de la pobre Emma que estaba a punto de llorar. Se marchó de una vez por todas dando un portazo bastante sonoro. Esta vez no iba a llorar. Ya lloró a manos de Killian, pero con Emma Swan iba a ser diferente. Si la rubia quería guerra, iba a destruirla, así fuera lo último que hiciera.

Cuando ambas llegaron a sus respectivas casas, una vez la noche cubrió el tranquilo pueblecito de Storybrooke, lloraron. Lloraron como si el mundo se fuera a acabar. Lloraron por diferentes situaciones pero idénticos sentimientos. Y esta vez, fue Regina Gold quien se marchó a casa de Emma Swan en plena madrugada. Esta vez, fue distinta. Porque Regina la obligó a abrazarla, y le juró que haría de su vida un constante infierno si se atrevía a volver a lastimarla. Y juró y perjuró para sí misma que se desenamoraría de aquella desconsiderada e insensible rubia, aunque tuviera que convertirse en un monstruo descorazonado para conseguirlo.


¿Alguien tiene idea de lo que va pasar a continuación? ¿Alguna teoría? ¿Algo que os gustaría ver más? Estoy abierta a sugerencias ;)